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Quemar las naves

Daniel Drexler: “En casa había una admiración muy grande hacia nuestros padres”

El artista se encuentra preparando un show en el Sodre que recaudará fondos para la reparación del edificio de la Facultad de Medicina.

13.09.2026 13:10

Lectura: 18'

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Por Catalina Zabala
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La encrucijada de la Medicina y la música no solo fue edificante para Daniel Drexler, sino para toda su familia. Hermano de Jorge Drexler y formado en hogar donde la vocación médica y la sensibilidad artística convivieron de manera natural, encontró en esa aparente contradicció un modo singular de construir su camino. 

Esa confluencia será el eje del concierto que ofrecerá en el Auditorio Nacional del Sodre, acompañado por una banda de 13 músicos. El espectáculo tendrá además un propósito particular: los fondos serán destinados a contribuir con la recuperación y puesta en valor del edificio de la Facultad de Medicina, un lugar con el que Drexler mantiene un vínculo profesional y afectivo. Aunque la propuesta fue diseñada hace ya varios meses, la iniciativa cobró para Drexler una especial dimensión después del incidente ocurrido en la Facultad este martes 1° de setiembr. Como contó a Montevideo Portal, considera que volvió a poner sobre la mesa la necesidad de mejorar las condiciones de seguridad y convivencia en ese espacio.

Entre la entropía, la composición, la neurociencia y las posibilidades que ofrece Uruguay como plataforma para proyectarse al mundo, Drexler encuentra una forma de hacer convivir intereses que alguna vez creyó incompatibles. En esta conversación habla sobre el desafío de desarrollar proyectos artísticos y científicos desde un país pequeño, sobre la influencia de su familia y la necesidad de conservar, incluso en medio del caos, un espacio para la curiosidad, la música y las ideas que no pretenden tener una utilidad inmediata. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí

Vas a hacer un show en el Sodre que junta tus dos vocaciones, la música y la Medicina. ¿Qué encontraste desde la vocación en ambos mundos?

Es una buena pregunta, porque la verdad que durante muchos años pensé que estaba parado en una especie de encrucijada maldita que era difícil de resolver. Sobre todo a los 20- 30. Tenía la sensación de que tenía que tomar una decisión para algún lado y quemar las naves: o para el lado de la Medicina, o para el lado de la música. Y aparte lo viví con mucha culpa, me sentía un cobarde. "¿Por qué no me animo a tomar esta decisión? ¿Por qué sigo en esto eternamente?", me preguntaba. Y veía a mis colegas médicos que iban derechito, mis colegas músicos iban derechito, y yo siempre estaba ahí en esa locura de la que no he salido. Pero después a los 40 y algo, sobre todo cuando grabé el disco Uno (2017), básicamente era un disco que celebraba la capacidad de unir esos dos mundos. "Uno" de número pero también "uno" de unir. Y me di cuenta también de que estar parado en una crucijada tan dinámica tiene sus ventajas. Sigue teniendo sus desventajas, sigo llevando una vida absolutamente caótica. Pero también aprendí a darme cuenta de la ventaja que tiene en la vida tener una motivación, y yo siento una motivación en los dos lados. En determinada medida eso es un enorme estímulo para mantenerme adelante.

Tengo una enorme motivación en la música. En este momento todas las noches me acuesto, pongo la cabeza en la almohada y pienso en el concierto, en esta banda nueva que estoy armando, vamos a tener 13 músicos arriba del escenario. Tengo la suerte de estar trabajando con Diego Cotelo y con Nacho Algorta, que son dos músicos increíbles. Montevideo sigue dando músicos increíbles, y yo tengo la suerte de poder conectarme con ellos y armar proyectos. Eso es superdivertido. Hay un punto ahí de motivación vital que ya empieza a ser como una finalidad a esta altura de mi vida también. Y al mismo tiempo está todo el proyecto de tinnitus que no para de crecer. Acabamos de obtener la segunda habilitación de la FDA y en este momento estamos en 13 países en el mundo manejando telemedicina desde Montevideo. Es superdinámico, superinteresante y al mismo tiempo superangustiante cómo hago con los días de 24 horas, de dónde robo un pedacito para acá, dónde robo un pedacito para allá, cómo hago para no llegar tarde las notas, por ejemplo. En fin, todo ese tipo de cosas que están ahí.

Esta nueva etapa musical para mí es superestimulante. Yo no toco con banda desde antes de la pandemia. Todo este tiempo hasta acá estuve tocando mucho solo o en formatos muy reducidos. Subirme arriba del escenario del Auditorio del Sobre con 13 músicos y encima en una fecha que es aniversario de la Facultad y con una cosa tan linda, que es aportar para todas las cosas que está precisando ese edificio maravilloso que tiene la Facultad de Medicina. Es un edificio increíble. Yo cuando estaba dentro de la facultad no lo veía así, porque en cierta medida está lúgubre el lugar. Ahora que ya se empezó a reformar, y se arregló el ala central y todo, uno empieza a darse cuenta de que en realidad es un patrimonio increíble que tenemos. No solo los estudiantes de Medicina y los médicos, sino el país en general. Entonces, como decías vos al principio de la pregunta, poder conciliar esas dos cosas dentro de un concierto me viene como anillo al dedo, es una cosa muy linda.

¿Y en cuál de los dos mundos profesionales has encontrado más dificultades para desarrollarte?

Lo de las dificultades es relativo. Yo me crié toda mi infancia y mi adolescencia con referentes musicales a los que admiraba profundamente, como Eduardo Mateo, o gente que sigo admirando, obviamente, como Cabrera, Rada, Roos, etc. Siempre me crié con esa noción de que estamos en un país chico y que iba a ser difícil salir adelante, pero justo mi generación fue la que dio el salto a las tecnologías digitales y a esta posibilidad de manejarte por redes. Hay 600 millones de personas en el mundo que hablan mi idioma y está Brasil con 200 millones de personas, que también es absolutamente abordable. Yo más de la mitad de mis conciertos los doy en Brasil en este momento. Tengo una visión un poco diferente, porque los primeros pasos en mercados grandes, como Brasil, por ejemplo, o Estados Unidos, Argentina o España, son muy duros, y Uruguay es un gran incubador de ideas. Acá no es tan difícil al principio. Vos rápidamente podés acceder a los medios, podés conocer el circuito, hay una especie de amabilidad entre los colegas que yo en otros lados no la veo.

Hay vasos comunicantes entre diferentes estilos, entonces es normal que acá podamos hacernos un proyecto de canción y que estés tocando con gente del área erudita. Yo estoy haciendo un concierto con Nacho Algorta, que es director de orquesta. Eso se da muy fácil, este es un gran incubador de ideas. Particularmente esta ciudad, Montevideo. La producción creativa que tiene Montevideo es muy llamativa. Y no solo en la música, también dentro de la Ingeniería biomédica, que también ahí Uruguay es un gran incubador de ideas. A medida que fui entrando en esto de trabajar en una empresa que hoy en día está localizada en Estados Unidos, Canadá, Uruguay, México y Argentina, ellos siempre me mencionan, particularmente desde Estados Unidos, que Uruguay es un maravilloso sandbox. Es una palabra que tuve que aprender. Que es un lugar maravilloso para probar cosas, para desarrollar ideas. Un país pequeño con una población controlada, sin grandes accidentes geográficos, con muy buenas comunicaciones, con muy buena internet, con un nivel educativo medio- alto. Seguimos teniendo un nivel educativo medio- alto, ojalá que no lo perdamos.

Me doy cuenta mientras te voy contestando de que hay un paralelismo entre los dos ámbitos. En los dos ámbitos Uruguay es el lugar donde nacer, donde probar, pero también hay que saber saltar para afuera. Estoy de acuerdo contigo en que si no saltás para afuera en ninguno de los dos ámbitos, ahí la cosa se complica. Se complica y mucho, porque Uruguay es un barrio de San Pablo, es un país que realmente no tiene escala como para poder desarrollar ningún proyecto a largo plazo. Entonces yo siempre que hablo de esto, tanto con mis colegas médicos como con la gente de ciencia o con mis colegas músicos, entendemos que es muy duro desarrollar acá.

Hay que tener siempre el norte puesto en que tenés un continente entero que habla tu mismo idioma, pero incluso el portugués no es una barrera seria. Y tenemos una situación de paz y hermandad entre los países del continente que hace muy fácil ser recibido en cualquier lugar. Yo voy a tocar a Argentina y me siento que me están diciendo "estás en casa". Voy a tocar a San Pablo, a Puerto Alegre, y me dicen lo mismo: "Estás en casa". Desde ese punto de vista cambió mucho la imagen que yo tenía de las dificultades de desarrollar cualquier proyecto en Uruguay. Hoy en día lo veo al revés, lo veo como un lugar maravilloso donde uno puede desarrollar ideas, incubarlas y después proyectarlas para afuera.

En tu familia hay un ecosistema músico y médico muy fuerte. ¿Te sentiste determinado vocacionalmente por eso que se respiraba en tu casa?

Mi viejo y mi vieja eran otorrinos, el ecosistema musical vino después. Me llamó por el otro lado. En casa había una admiración muy grande hacia nuestros padres, y ellos tuvieron la capacidad de no marcar tanto la cancha. Simplemente los seguíamos porque los admirábamos. Eso es lo más difícil de todo, porque después romper eso es durísimo. Yo nunca me cuestioné cuando salí del liceo el hacer Medicina, para mí era un paso normal. Lo que fue una anomalía fue entender que aparecía la música ahí, una cuestión muy desafiante y emocionante. Estar en un mismo cuarto con Jorge con 16 años y yo con 11, y estar soñando con ir a ver a los Beatles, con ir a ver a Mateo en ese momento, ir a ver a Cabrera, a Roos, ir a los conciertos.

Fue una cosa muy rara de la forma en que se dio, muy desafiante, sobre todo entre los 20 y los 30 años. Ahí sufrí muchísimo porque no entendía bien para dónde iba el camino. Pero no fue para nada impuesto, eso es mucho más difícil. Si vos tenés padres que te imponen cosas, es divino porque en la adolescencia te rebelás. Pegás dos o tres patadas y salís para donde necesites. Y en nuestro caso, no. Mi viejo venía y me decía: "¿Vas a grabar un disco? ¡Qué bueno, Dani! Yo te ayudo, yo te pago la mitad de las horas de estudio, la otra mitad pagátelas vos". Obviamente había un viento a favor más claro cuando eran cosas médicas, pero no hubo ningún frente, y después pasó al revés. Mi viejo se jubiló y empezó a escribir, y entonces la cosa se fue aunando por ese lado. Es una familia muy desafiante, tenemos en este momento 11 gurises en la nueva generación: cuatro nenas y siete varones. Por suerte están todos logrando desatar esos nudos, porque es una presión muy grande. Pablo, el hijo de Jorge, decidió salir sin el apellido, lo cual me parece maravilloso. Se puso "Pablo Pablo". Está haciendo una carrera preciosa. Mi hija mayor es música, hay varios músicos entre esos 11 y tengo la sensación de que por suerte están todos logrando desatar sus dudas.

Tu último disco, La voz de la diosa Entropía (2022), mezcla un montón de géneros distintos, desde el reggae al tambor del candombe, que Jorge también rescató en su último disco. ¿Cómo elegís la sonoridad de cada canción, siendo estas tan distintas, en un mismo álbum?

A mí siempre me gustó el concepto que usaban los Beatles, de que en realidad vos ibas escuchando el disco y era como estar cambiando de dial, tener diversidad expresiva. A veces la monotonía me cansa. Yo creo que nosotros, desde el punto de vista neurofisiológico, estamos adaptados a prestar atención a la novedad. Entonces me gusta la novedad cuando aparece también adentro de la música. Yo escribo sin pensar cuál es el género que estoy escribiendo, después me doy cuenta de si tal canción es más como un candombe o si está en seis octavos, entonces tiene un aire más de chacarera, y trato de respetar eso. A veces me meto en algunos bailes complicados, porque entro en géneros que yo no domino, pero me sacan de mi zona de confort y me desafían.

La canción "La voz de la diosa Antropía" claramente tiene una reminiscencia de reggae. Es como un chiste en realidad, porque el reggae, lo maravilloso y lo genial que hacía Bob Marley era hacer canciones increíbles con dos o tres acordes, con una especie de intuición melódica y una capacidad artística tan increíble que lograba solo con eso hacer piezas maravillosas. Yo hice lo opuesto: "La voz de la diosa Antropía" tiene 25 acordes. En realidad es como un chiste, porque la canción va toda entreverada, como diciendo "tengo todo este laberinto en mi vida", y al final el estribillo dice "relax, relax, será la voz de la diosa Antropía". Me gusta hacer ese tipo de mezclas, me gusta experimentar, desafiarme. A veces le erro, pero a veces la pelota la emboco en el ángulo. Me gusta mucho el desafío. Yo ahora estoy grabando un disco nuevo y permanentemente me estoy buscando a mí mismo.

La palabra "entropía" etimológicamente tiene que ver mucho con el caos. ¿En el disco que estás componiendo ahora se resuelve ese caos?

No, no se resuelve, empeora. La tendencia es a que empeore. A mí me empezó a obsesionar el tema de la entropía. Tomar conciencia de que hay una ley suprema en el cosmos que subyace a todo lo que hacemos, que estamos permanentemente tratando de organizar nuestras vidas desde el punto de vista social, económico, laboral, desde el punto de vista de la crianza de los hijos, etc. Estamos todo el tiempo dando una pelea contra un mar subyacente de entropía que es hacia donde va el universo. El universo va hacia el desorden. La organización que implica generar un ser vivo, esa cosa maravillosa que hace el ADN de juntar átomos y moléculas y crear una estructura viva, es una anomalía en realidad dentro de la historia del universo.

Y la mala noticia es que el final del universo es caótico, es disperso, es carente de información. Empecé a tener esa imagen de que estamos permanentemente embistiendo molinos de viento, estamos navegando contra la corriente, y ahí me vino una idea que fue sanadora: si nada tiene sentido y estamos nadando contra la corriente, si la entropía con nuestros propios cuerpos va a ser lo que va a ser, disfrutemos el viaje. No hay que tomárselo demasiado en serio. Hay que generar un mínimo de orden para ser felices, no pasarse de rosca. Porque cuando uno se pasa de rosca, en vez de generar orden y felicidad termina generando obsesión y sufrimiento. De ahí también viene eso de "relax, relax, relax". Estamos acá bailando con la diosa Entropía, nos está llevando a un final entrópico, a un final caótico. Mientras estamos vivos, hacemos lo que podemos.

A mí me gusta mucho pensar en las cosas sin tener en cuenta la utilidad. El pensamiento funcional, a mí por lo menos, me aburre mucho. En esta sociedad está todo organizado como para que todo funcione, todo tiene que tener un objetivo generalmente económico. Eso le quita la locura a la vida, le quita la dimensión poética, le quita esta cuestión Quijotesca de salir a embestir un molino de viento. Para mí es ahí donde está la sal de la vida, donde está el disfrute de esas cosas que uno hace simplemente porque le gustan. Cómo surgió el Festival de la Serena, por ejemplo. Fue toda una locura, y sigue siendo una locura linda. Una locura poética. A mí en general me gusta mucho encontrar esas vetas. Me gusta mucho relacionarme con gente que las tiene. Vetas de hacer algo increíblemente loco, que no tiene ningún objetivo práctico y que simplemente está basado en el disfrute y en el deleite de hacer eso, lo que sea.

Tanto en tu propuesta como en la de Jorge hay mucha carga filosófica, lingüística y análisis de las palabras. Hoy en día está la opinión de que en los proyectos actuales se le presta menos atención a la composición de las letras. ¿Qué pensás sobre eso?

Cada género tiene su lenguaje, no necesariamente todos los géneros tienen por qué tener una visión filosófica. Yo, de hecho, trato de que en mis propias canciones haya algunas que sean directas y simplemente algo muy sencillo. Vos me hablabas de Jorge, y a mí me encanta una canción de Jorge que dice "me haces bien, me haces bien, me haces bien". Es la canción más simple que te puedas imaginar y, sin embargo, me gusta. De vuelta, me gusta la diversidad. No me gustaría pensar que todas mis canciones tienen un trasfondo filosófico. Es verdad que a veces me pasa en muchos proyectos que escucho que les falta la diversidad. Los veo como caminando en un solo plano y me aburren.

Vuelvo a la primera pregunta que me has hecho. Estoy parado en una encrucijada donde la diversidad me aparece continuamente. O sea, yo empiezo a hablar de la entropía porque en los últimos 10- 15 años en la ciencia empezó a ocupar un lugar central y el nivel entrópico de cualquier sistema pasa a ser una cosa muy importante. Por eso digo que a veces esa encrucijada es como estar al lado de una fuente que no para de darte cosas nuevas. Es verdad que incluso para hacer una letra muy sencilla, para decir "pero con vino tinto y pan, pero con vino tinto", hay que ser profundo. Y a veces eso me falta en muchos proyectos que veo. De hecho, en el Festival de la Serena estamos haciendo un montón de laburos de taller ahora, pensando un poco en nosotros mismos y en toda la gente que viene atrás, que están centrados en el tema de la letra justamente. No olvidarnos de que cuando estamos escribiendo una canción, estamos escribiendo texto también.

El show en el Sodre lo haces pensando en donar los fondos para la reparación del edificio de la Facultad de Medicina. ¿Cómo surgió esa idea?

Yo el año pasado fui a tocar a Facultad, y me quedé sinceramente con la sensación de que me estaban convocando porque me conocían a través de la Maestría en Ciencias que yo hice ahí en el laboratorio de Neurociencias de Facultad, y que me conocían solo mis colegas médicos. Quedaron un poquito sorprendidos cuando vieron que yo en realidad sí tengo una carrera paralela. Yo toco muchísimo fuera de Uruguay, entonces también acá a veces me ubican más por médico que por músico. Quedó algo muy lindo, quedaron muy contentos con el concierto que hicimos ahí en la biblioteca de la Facultad y quedó esta idea.

Cuando me dijeron de hacerlo en el auditorio me pareció que me quedaba grande. Pero cuando empecé a atar hilos pensé en que son 2.000 entradas, y que podíamos donar eso para el edificio para que se siguiera remodelando. Incluso con estas necesidades que surgieron ahora, para poder poner cámaras. Hoy en día es un lugar al que entra cualquiera y de cualquier manera. Poder darle el lugar que se merece es importante, esa maravilla que tenemos de fines del siglo XIX, principios del siglo XX. Todo empezó a encajar de una forma muy linda. Y encima, en el medio, me apareció esto de empezar a trabajar con Diego Cotelo, de seguir laburando con Nacho Algorta. No sé, fue como que de golpe todas las piezas del puzzle encajaron.

No puedo evitar preguntarte por el incidente de la Facultad, podés comentar lo que te parezca necesario decir al respecto.

Tenemos una necesidad urgente de remodelar ese edificio, de darle ciertas condiciones de garantía para la gente que trabaja adentro, garantías también para los estudiantes que están ahí. Hay que entender que el trabajo que hay que hacer en relación a los femicidios y a este tipo de situaciones es un trabajo durísimo, muy largo. La humanidad atávicamente tiene ciertos horrores que carga en relación a cómo son los vínculos, particularmente entre hombres y mujeres. Y ahí tenemos muchísimo camino. Hay que trabajar, trabajar y trabajar para terminar con esta cosa espantosa. Para que este tipo de situaciones no se vuelvan a repetir nunca más. Va a llevar tiempo, hay que tener paciencia. Y es muy importante también el trabajo que hacen ustedes desde los medios. Hay un trabajo ahí de educación importante. Es luchar contra algo que está muy metido dentro de la forma en que el ser humano se percibe a sí mismo, cómo se perciben las relaciones entre hombres y mujeres. Todavía sigue habiendo una sensación de que yo soy "propietario de", y eso hay que destruirlo. Lleva tiempo, hay que trabajar con muchísima tenacidad y con muchísimo aplomo. No tirar nunca la toalla.

Por Catalina Zabala
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