Cuando el rock volvió a Montevideo: Airbag y sus dos noches eléctricas en el Antel Arena
Como suelen hacer, los hermanos Sardelli manosearon guitarras eléctricas, desbordaron de energía y trajeron los 80 al público juvenil.
29.06.2026 05:38
Por Catalina Zabala
catazabalaa
Las noches del 27 y 28 de junio volvió el rock al Antel Arena. Este fin de semana los protagonistas hablaron un mismo idioma: el sonido fuerte, la batería pesada, alaridos muy agudos, y la vedette de la noche, la guitarra eléctrica.
Airbag es una de las últimas palabras que saltan a la mente a la hora de pensar en bandas de rock del Río de la Plata. Pero guste o no, la realidad es que los hermanos Sardelli vienen años siendo la última línea de defensa del rock como género musical para las generaciones más jóvenes. Los únicos del panorama mainstream actual que luchan con colmillos y garras contra la muerte de la guitarra eléctrica. Porque si se miran las grillas tanto de los últimos shows del Antel Arena como de los próximos, sí, el rock está más muerto que vivo.
Oscuridad total. Una cámara móvil que graba desde el escenario hacia el público en la penumbra, pero se mueve. Parece estar espiando. Todo eso se proyecta en las pantallas gigantes. Y en el escenario, un avión enorme lo ocupa casi por completo. Visualmente, impone mucho. De repente, tres máscaras de calavera que asoman en el humo. Y así, una muerte anunciada para los fans más fieles de la banda que decidieron buscar el pogo: “Huracán” fue la enferma encargada de abrir ambas fechas este año. Una canción con poca letra, porque en este caso lo que importa es el sonido. La adrenalina acá está en su punto máximo, porque son pocas las canciones de Airbag que ofrecen ese tipo de vibración. Una que se siente en el pecho. Que abre las costillas.
Foto: Javier Noceti
“Huracán” siempre es de los momentos más armadores de pogo, suele ocupar un lugar más central dentro del setlist. Pero los recientes lanzamientos de la banda fueron “Reptiles” y “Blues del infierno”, canciones de un perfil energético muy similar que permiten otro juego dentro del show con el que antes no contaban. Hay más opciones.
Hubo pocas variaciones del setlist entre la noche del 26 y el 27. En ambos casos “Huracán” fue seguida por canciones que provocaron saltos en masa: “Intoxicarme”, “Perdido” y “Como un diamante”. Los Sardelli conocen la riqueza de su complemento y lo usan a su favor, y por eso este año la propuesta del ritmo fue muy clara, se alternaron: tocaba una Pato y luego una Guido. Rara vez en ambas fechas esa dinámica cambió.
¿Cómo se explica el fenómeno de Airbag? Una banda que empezó casi como boy band, los One Direction de Don Torcuato en los 2000. Que volvió viral “Amor de verano”, canción que hace años se rehúsan a tocar. ¿Por qué son tan contagiosos? ¿Cómo llenaron cinco veces el Estadio Monumental en 2025, en una época en la que el rock se escucha como un recuerdo fósil de lo que alguna vez fue su esplendor? Con referentes envejecidos, con absoluta carencia de canciones nuevas. ¿Qué tiene airbag?
Foto: Javier Noceti
Tiene, justamente, una corporalidad brutal. Herramientas que sobraban en los 80 y 90, cuando había muchas bandas como la Airbag de hoy. Pero ya se murieron todas. Y en una actualidad desbordada de un género urbano mega exitoso pero ya repetitivo, un pop sin sangre y un rock vencido, los Sardelli terminan concentrando a todos los buscadores jóvenes del rock en un solo proyecto, por una cuestión de demanda. Donde sobran sintetizadores y sonido mega producido, ellos traen instrumentos en vivo que suenan muy fuerte. Traen sudor, ironía, y hacen que los adolescentes dejen de verse obligados a escuchar a las bandas de rock de sus padres porque “no hay otra cosa en la radio de hoy".
De “Como un diamante” pasaron por un rato a su último disco, El club de la pelea I (2025). Sonaron “Extrañas intenciones” de Pato, armónica en mano, y “Corazón lunático” de Guido. Para la alegría de sus fanáticas, Guido les dio la suya, literalmente. Un gesto muy sexual que desató un grito extasiado en las fanáticas mujeres. La mano violenta en la entrepierna. Icónico movimiento de todas sus presentaciones, pero fue la primera vez que lo hizo en Uruguay.
Foto: Javier Noceti
La primera parte reventada del show terminó con “Noches de insomnio”. Y desde ese momento, quedó claro que no iban a respetar la clásica curva emocional de un recital: cada canción parecía desarmar la anterior en un subibaja constante e impredecible de energía.
Y así, llegó la primera lenta: “Pensamientos”. Luego le volvió a tocar a Guido, con “Vivamos el momento”. La estética sigue siendo la misma: cuero negro, lentes oscuros, pelo largo y una desprolijidad cuidadosamente calculada, con claras referencias a Axl Rose y al hard rock de los 80. Para los nostálgicos, Guido regaló su brazo derecho manchado de pintura azul para la primera noche, como en sus inicios. Pantalones militares, borcegos, gabardinas de cuero, cruz en el cuello de Guido, telas a cuadros. Prendas que solemos ver en ellos.
Foto: Javier Noceti
Hay una diferencia muy marcada entre el rock de Airbag y el rock argentino tradicional. No es solo una cuestión de influencias, sino de lenguaje sonoro. Ellos miraban a Guns N Roses, a Aerosmith, Van Halen, Led Zeppelin, Creedence. Y eso se nota. Tanto a nivel regional como de época en la que nos encontramos, proponen algo distinto, y así congregan masas. Airbag habla de excesos, deseo, velocidad, noches, apocalipsis, serpientes, armas, de Dios y del mal. Su imaginario está lleno de símbolos del hard rock clásico. Airbag no solo conserva la guitarra eléctrica, se queda también con una forma de entender el rock que casi desapareció. La del virtuosismo, los solos que no terminan, los riffs como protagonistas y el espectáculo de estadio. Tiene un ADN mucho más anglosajón que rioplatense, por sus influencias de la infancia. Sus canciones suenan más a Los Ángeles o a Londres que a Buenos Aires o a Montevideo.
El campo de pie cerca del escenario estaba muy aglomerado, y los pogos eran constantes. Círculos enormes que se habrían entre un público que esperaba la mínima señal sonora para empezar con los empujones. Hombres con máscaras, torso desnudo, uno que incluso terminó en calzoncillos. Chicas jóvenes que salieron en brazos lastimadas, y una vibración que no cedía. Los Sardelli se paraban en cajones, señalaban a sus elegidos para hacer contacto visual con ellos. Muchos en el público luchaban para ser vistos, para que notaran su existencia.
Foto: Javier Noceti
La siguiente bailarina en desfilar fue “No confíes en tu suerte” y el estreno de “Reptiles”, quizás el rock más pesado que tienen en sonido hasta la fecha. Por supuesto que es de Guido. Luces verdes y alaridos, como le gusta a él. De repente la pelota bajó un montón, porque fue el turno de “Va a ser difícil olvidar”. Desesperanza hecha canción. Pero el recreo para el cuerpo duró poco, porque en seguida volvió Guido con “Anarquía en Buenos Aires”.
Para este punto sucedió lo peor: falló gravemente el sonido. A diferencia del sábado, el domingo se trancaron los parlantes por varios segundos al comienzo de esta canción. Esto no volvió a suceder en ningún otro momento del show.
Hay algo que se repite mucho en las dinámicas de Airbag cuando ofrecen dos fechas: aunque la estructura y la calidad sea la misma, ambos shows son muy diferentes en carisma. El segundo encuentro suele ser más interactivo entre músicos y público, más descomprimido, con más minutos de improvisación. Este año sucedió lo mismo. Y esto no es sorpresa para sus oyentes más fieles, ya que el público en ambas noches tampoco era igual. La primera noche concentró un público más centrado, más madres e hijos, más parejas de novios. En la segunda había más fanáticos: menos disfraces de 96 y más entrega. Más tetas al aire en “Colombiana”, más pogos, canciones poco conocidas cantadas por todos.
Foto: Javier Noceti
Y así llegó la sensualidad, la carne. El primer anuncio de lo que todas las mujeres estaban esperando. Al grito de Patricio de “No sé pero puedo sentirlo de golpe” y lentes de sol, sonó “Verte de cerca”. Contorneos, gestos manuales, “es la primera vez que la tengo tan cerca, es como si pudiera morderte la lengua”. Es una letra muy física, una lamida al cuerpo.
El momento icónico que le siguió fue “El hombre puerco”. Una canción hipercrítica hacia la ambición desmedida y la corrupción humana. Habano en mano como siempre, Guido la cantó como si fuera un cuento, con sus gesticulaciones propias de ser muy consciente de lo que está diciendo. De ser un provocador. Le sale de adentro. Y así, el grito del final del tema: “Unite nene, tengo todo para vos: plata, fama, putas y rock n´ roll”.
Los Sardelli volvieron a bajar las revoluciones de una piña como se les antojó: tocaron “Nunca lo olvides”, hit reciente y balada por excelencia de la banda. Acá se dio otra variación de setlists. La primera noche, “Über puber”. La segunda sonó “Mamba negra”, ambos regalos para todos esos fans que las esperaron sin éxito en los shows de 2025.
Foto: Javier Noceti
Y con otro anuncio que ya se transformó en ritual, Pato avisó: “No hace falta que les presente a mi mejor amigo, Frankenstein”. Y así, como de costumbre, un enorme muñeco inflable con forma del monstruo literario ocupó el lado izquierdo del escenario: y ya saben, sonó “Motor enfermo”. A diferencia de la noche del sábado, “Asuntos pendientes” fue la antesala de un largo intercambio entre Patricio y el público. Primero, un increíble solo de guitarra que tardó alrededor de cinco minutos en los que mostró todo lo que tenía. Patricio es una persona muy histriónica, muy cautivadora, le encanta que lo miren. Es un frontman por excelencia, se lee en su apariencia. Todo de negro, claritos en el pelo, ojos delineados.
Mientras Patricio seduce y Guido atropella, Gastón sostiene todo desde atrás. Habla poco, pero es quien ordena el pulso de los conciertos.
Así, con humor en coyuntura del mundial de fútbol, anunció su “pausa de hidratación”, momento en el que los tres hermanos comparten una cerveza o un whiskey, según lo que la noche les demande. “Brindo por ustedes, por esta noche, por Uruguay", dijo Pato. Pidió lugar en la cancha, la asfixia era total, y continuó: “Ya es nuestra casa, año a año es cada vez mejor”. Guido agregó un “hoy hace más calor que ayer” con picardía, y sí, dentro del Antel Arena pasó lo que parecía imposible, pero que sin embargo siempre sucede. Luego de un sábado en el que los tres hermanos mostraron una energía avasallante en el escenario, el domingo avisaron que les quedaba mucha más. No querían irse, y se notaba. Alargaban conversaciones, se reían, lanzaban propuestas al público. “Así lo hacía mi abuelo, así lo hacía mi viejo, así lo hacemos nosotros", dijo Guido.
Foto: Javier Noceti
“Cicatrices” y “Apocalipsis confort” fueron los grandes hits que siguieron, y a continuación, un momento que sucede solo en Uruguay, pero que ya es otra tradición. Y el domingo, Pato contó la anécdota detrás de ese ritual: “Una vez estábamos en Treinta y Tres, y después de compartir carne asada, pan y vino, un guitarrero se puso a tocar una canción y no pude evitar pedir que la tocara de nuevo para robarle esos acordes”. Sonó un cover de “A Don José” de Los Olimareños. Y sin dejar de tocar, la enganchó con otro hito dentro de sus recitales: era el momento de “Por mil noches”. Esa canción que conocen todos los que no son oyentes de la banda. Esa canción que musicaliza incontables derrotas futbolísticas en TikTok. Una canción que habla de cuando das todo y no alcanza. Porque es verdad, no siempre alcanza. Como suele hacer, Patricio alargó la canción varios minutos acompañado de la armónica.
Luego de este protagónico de Pato, fue el turno de Guido. A diferencia de la primera noche, cantó “Ganas de verte” él solo con la guitarra. Casi la única canción que dedica a una mujer, una tal Sofía. La enganchó con su último lanzamiento, “Blues de infierno”. Un tema que propone un sonido muy puntual, un blues muy fuerte, muy distinto al resto de sus canciones. “¿Dónde estás? ¡Loca! ¡Sos hermosa!”, es un arrebato. Guido es un arrebato. Un impulso hormonal, adolescente. Se lleva todo por delante, y en esa canción lo desespera una mujer.
Foto: Javier Noceti
Y como los shows de Airbag son un conjunto de rituales, llegaba otro. Golpes sordos de batería. Golpes muy repetidos, separados entre sí. Era la hora del nudismo: como saben, las mujeres fanáticas de Airbag le entregan su cuerpo a los cantantes en una especie de liturgia que sucede en todos sus encuentros. Muchas de ellas subidas a los hombros de varones. Ellas se arrancaron las remeras, se arrancaron la ropa interior. Tetas al aire y un revoleo incesante de lencería en mano. Los guitarristas se paseaban de un lado a otro, señalaban a una o a otra y se lo festejaban. En el universo de Airbag es una dinámica sobreentendida en la que las mujeres se sienten cómodas y partícipes de la invitación. Es entregar todo, literalmente todo lo que hay. Confianza absoluta. Fiesta y morbo compartido.
Los motores se volvieron a calentar brutalmente con “Jinetes cromados”, canción violenta que abría los shows en la gira del año pasado. Y la famosa moto en llamas ocupando la pantalla. Después, “Cae el sol”, y la invitación de siempre. A dejar todo lo malo afuera, a olvidarse de las incomodidades durante tres minutos de canción. Como sucede siempre, Patricio transforma este momento masivo en algo muy íntimo. Luces apagadas y linternas de celulares. Lluvia de estrellas.
Foto: Javier Noceti
La sintonía sexual no se iba a cortar tan rápido, porque enseguida llegó “Bajos instintos”. Una invitación a consumar un deseo hasta el momento frustrado: “Y en la noche vendrás apagando mis incendios”. Instinto animal reflejado en la pantalla: el guepardo de siempre. Siguieron “Cuchillos guantanamera” y luces verdes: “Kalashnikov”. Al grito de “disco, disco, disco, shampein”, arenga conocida solo por los asiduos, se armó uno de los pogos más brutales en ambas noches.
Como parte de sus improvisaciones típicas, tocaron trozos de canciones de los Rolling Stones y el “no nos vamos nada, que nos saquen a patadas”. Un tarareo que sirvió para desatar otro pogo más. “La moda del montón” y “Solo aquí” dieron el cierre antes de que sonara “Por una cabeza” de Carlos Gardel. La señal eterna de que el ritual se terminó.
Foto: Javier Noceti
Quedarse con la Airbag de los 2000, con “Amor de verano”, “Ella no está” o “Tu banda” es muy reduccionista, es no conocer al grupo. Tres hermanos que empezaron a tocar con nueve, 12 y 16 años. Que comenzaron como una banda teen con sonido pop porque literalmente eran adolescentes, Guido era un niño. Los veteranos del rock los repudian, “eso no es rock”, se escucha con frecuencia. Lo que duele es que sean los únicos responsables de mantener viva la guitarra eléctrica en las generaciones más jóvenes y que lo logren con tanto éxito. En un mundo en el que la guitarra tiene fecha de caducidad, los Sardelli la mantienen viva en el Río de la Plata con increíble destreza y pasión reventada.
Llenaron cinco Monumentales en 2025, algo que hoy en día no consigue ninguna banda de rock local. La propuesta de El club de la pelea I y los adelantos hasta la fecha de su parte II demuestran que la banda cambió su sonido y que solo está en ascenso. Cada vez con sonidos más propios y más diferenciados entre canción y canción. Una esencia cada vez más específica. Menos lugares comunes, letras que cuentan historias. A día de hoy se mantiene como la única responsable de que los pogos en los jóvenes se sigan armando.
Foto: Javier Noceti
Airbag es prácticamente el último proyecto de rock masivo para menores de 30. Durante años se anunció la muerte del rock, pero quizá el error fue pensar que iba a sobrevivir repartido entre decenas de bandas. Airbag terminó concentrando sobre sus hombros una demanda que antes estaba distribuida. En un panorama donde abundan los sintetizadores y escasean las guitarras, los Sardelli llenan estadios porque ofrecen un capital casi inexistente: volumen, riesgo y una experiencia física. No son los últimos rockeros. Son, probablemente, los únicos capaces de hacer que miles de jóvenes vivan el rock como si todavía ocupara un lugar importante.
Por Catalina Zabala
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