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Historias
Mirror, mirror

Cualquiera erra un penal: Diana Ross, Roberto Baggio y la eterna soledad de los doce pasos

Un mes, una anécdota y una condena. Cómo los pies de una diva y un fuoriclasse encerraron al Mundial de Estados Unidos '94 entre paréntesis.

12.06.2026 14:36

Lectura: 8'

2026-06-12T14:36:00-03:00
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Por Sebastián Chittadini

La escena tiene una belleza renacentista combinada con la tranquilidad de un pueblo rural. Roberto es un adolescente italiano de pelo ensortijado que acaba de hacer seis goles en un partido del Caldogno, en un estadio que cuatro décadas más tarde llevará su nombre. Un ojeador del Vicenza lo está viendo, esperando que terminen los 90 minutos para convencerlo de fichar por su equipo. Va a debutar como profesional con 15 años, aunque tenga que esperar dos temporadas para consolidarse.

En 1982, Roberto es un fenómeno. Como lo es la cantante norteamericana que debuta en el número 80 del Hot 100 de Billboard con “Mirror, Mirror”, una canción que habla de un hechizo que nunca podrá romperse y de alguien que permanece atrapado en un espejo para siempre. Dicen que penal bien pateado es gol. Doce años después, en Estados Unidos, Roberto Baggio podrá mirarse en el espejo y ver a Diana Ross.

Mucho antes de que se pateara el primer penal del Mundial ‘94, hubo un creativo que dio el puntapié inicial en una de esas lluvias de ideas grandilocuentes. Es divertido imaginarlo diciendo con seguridad que había pensado en ella rematando desde los doce pasos. Tal vez desde un poco más cerca, para asegurar. Una vez captada la atención de sus compañeros, es posible hasta ver su cara de satisfacción contando que el arco se partiría en dos cuando la pelota entrara. Si se podía pensar, se podía hacer.

El sol domina el estadio Soldier Field de Chicago. El cielo despejado recibe miles de globos con los colores de la bandera de Estados Unidos, mientras Oprah Winfrey presenta a la inigualable Diana Ross. Cientos de bailarines vestidos de blanco sosteniendo discos blancos forman una flecha gigante que apunta a un extremo de la cancha, se separan formando un corredor para que pase ella. Vestida de rojo y blanco, sale bailando al son de “I’m coming out”, su hit de 1980.

Saluda a la multitud. Radiante, levanta los brazos y empieza a avanzar por la cancha. Nadie lo nota, pero tiene justo al lado una bandera de Italia. Camina, corre, salta. Domina la escena, aunque por un momento se nota que está haciendo playback. ¿Qué más da? En el otro extremo, se ve a un joven vestido de arquero que espera parado en la línea de gol. Debe ser vencido por Diana Ross y el arco de plástico debe abrirse, así lo pensó el creativo en la lluvia de ideas y ganó la aprobación de sus pares. Nada puede salir mal en una ceremonia de apertura de un Mundial, aunque sea en un país al que no le interesa demasiado. ¿Sabe la gente en el estadio y la que mira por televisión que está a punto de presenciar un momento histórico?

Toma una carrera poco ortodoxa, mientras no menos de 25 bailarines invaden el área. También hay un hombre con un megáfono, dos camarógrafos que corren y un encargado de accionar el dispositivo que abrirá el arco cuando la pelota cruce la línea. Cualquiera diría que una ejecutante que se mueve hacia atrás, hacia adelante y otra vez hacia atrás está siendo presa de los nervios. Se aproxima titubeando a la pelota y le pega mal, se nota que no está acostumbrada a la ejecución de penas máximas de soccer. Su supuesta pierna hábil, la derecha, parece rígida. La pelota sale desviada, a un metro del palo derecho del arquero, que se ha tirado para ese mismo lado. Igual, como estaba estipulado, el arco se abre y el show continúa. La cantante se queda congelada un segundo con el micrófono en la mano, aunque sigue corriendo exultante hacia el escenario para interpretar un popurrí de sus grandes éxitos. Alguien habla de un mal presagio. Nadie pensó en la presión que podía llegar a sentir una artista que había hecho muchas cosas frente a multitudes, pero ninguna de ellas parecida a enfrentarse a patear una pelota adentro de un arco de 7,32 metros de ancho y 2,44 de alto.

Hoy, Roberto Baggio es un tipo tranquilo con una herida que nunca se cierra. Lo dice en cada oportunidad: todavía no lo pudo aceptar. El recuerdo lo persigue como esas nubes negras que en los dibujitos animados se ciernen sobre un personaje, no tiene dudas acerca de que ese sería el momento de su carrera que borraría si pudiera.

Se abre como si estuviera en una sesión con su terapeuta, pero de forma pública. Es fuerte, pero expresa que se sintió morir por dentro en los segundos posteriores. De inmediato, pensó en la reacción que tendrían sus compatriotas e incorporó para sí la totalidad de la culpa. No importaba ni importaría que Franco Baresi y Daniele Massaro también hubieran errado ese día. Todos lo perdonaron, menos él mismo. No tiene reparos en decir que, si en ese momento hubiese tenido un cuchillo, se habría apuñalado. Si alguien le hubiera facilitado un revólver, se habría disparado. La sensación era la de querer morir.

Cada uno procesa los errores como puede. Cuando la FIFA anunció que la Copa del Mundo de 2026 tendría como anfitriones a Estados Unidos, México y Canadá, Diana Ross dijo que estaría dispuesta a participar si era convocada. Con gracia, recordó su penal errado y le restó relevancia a un hipotético segundo fallo. Sabe que otros erraron antes que ella y que otros vendrán. Es la vida misma. Cada cuatro años, los Mundiales son la vida misma.

El 17 de julio de 1994 no es un domingo cualquiera. Brasil e Italia acaban de jugar 120 minutos sin poder hacer un gol, muchos hablan de que no es el final que merece el torneo. El calor es asfixiante cuando Roberto Baggio se dirige al punto del penal para patear el quinto de la tanda. Puede sentir el peso de un país sobre los hombros, esos doce pasos le parecen más largos que el recorrido que hizo Diana Ross un mes antes y, tal vez por eso, llegó sin fuerza al momento de ejecutar. Nunca una Final de un Mundial se definió por penales.

No erró ninguno de los siete que pateó con la camiseta de la selección, tampoco falló en los nueve años que lleva de carrera a nivel de clubes. Es el mejor jugador del planeta, el Balón de Oro reinante y el hombre que llevó a Italia a la final anotando cinco goles. Va a recibir el Balón de Plata de la Copa del Mundo y lo van a nombrar en el Equipo de Estrellas.

Se prepara mientras el Estadio Rose Bowl de Los Ángeles ruge. Por lo general no le gusta mucho patear penales. Si lo mete, Italia seguirá teniendo posibilidades. Nadie sabe todas las cosas que puede pensar alguien en su camino al punto del penal, pero él parece estar bastante lúcido. Sabremos después que tiene claro que Claudio Taffarel, el arquero de Brasil, se tira siempre. Por eso la decisión de tirarlo al centro del arco, de forma que no la pueda atajar con los pies. ¿Saben los espectadores y los televidentes que están a punto de presenciar un momento histórico? ¿Acaso alguien lo sabe alguna vez?

Se acerca a la pelota y la coloca. Alguien había hablado de un mal presagio cuando un mes antes Diana Ross tiró su penal afuera. Toma carrera, apenas un par de pasos antes de mirar por un segundo al árbitro. Parece eterno ese momento de espera. ¿Qué estará pensando mientras llega la orden? Resulta imposible saberlo y menos desde la tribuna o a través de las cámaras de televisión. Baggio parece hermético. Quizá no piensa nada, seguro está cansado. ¿Lo estará abrumando la presión sin saberlo?

Taffarel se juega hacia su izquierda. Nunca habría llegado a taparla. Por un instante, la decisión de patear al medio parece acertada. Por primera vez, alguien cae en la cuenta de que USA ’94 está terminando igual que como empezó. Nadie sabe cómo, pero la pelota se eleva como aquellos globos de la ceremonia inaugural y se va tres metros por encima del travesaño. Roberto se queda parado bajo el sol de California, mirando la nada con una angustia que invade cada recoveco de su ser.

Has lanzado un hechizo

que nunca podrá romperse

y ahora mis ojos se cansan,

veo cómo mi imagen envejece

pero yo permanezco igual,

atrapado en este espejo para siempre.

“Mirror, mirror”- Diana Ross

Por Sebastián Chittadini