Montevideo suena. Suena feo, a veces: a motos sin silenciador, a un vórtice de vientos, a ómnibus que pasan uno atrás del otro y gente que grita en la calle. Más seguido suena lindo: a las olas y a las cuerdas de tambores y las cotorras y gavilanes y a las charlas animadas afuera de los bares y a la armónica del afilador. También suena a canciones: las que se le escribieron a la ciudad, las que se le escribieron a los barrios, y las que no se escribieron para un sitio pero están enclavadas de todos modos. Y aunque Montevideo Sonoro, proyecto mutante, tiene que ver con la música, termina por unificar todos esos sonidos —y esas caras— de la capital en sus paseos musicales inmersivos, hasta el punto de que un nacido y criado en la ciudad de San Felipe y Santiago la puede redescubrir.

Montevideo está fría. Es una tarde de domingo cuando los participantes de esta jornada de Montevideo Sonoro hacemos fila en la plaza Zitarrosa, frente al Cementerio Central; o, más bien, frente a la casa donde pasó su juventud don Alfredo.

Casa que no tiene ni siquiera una placa que la destaque, porque esta ciudad es así: no sabe venderse a sí misma.

La fila es para recibir cada uno los auriculares de Domo Silent, productora que trabaja con distintos eventos vinculados con el sonido… y con el silencio. Por ellos suena en loop “Montevideo”, de Diego González, que habla de baldosas flojas, besos adolescentes, de garúa y melancolía, de Muertevideo y Suertevideo. Una vez arrancamos, la voz de González da paso a la del conductor del evento, el periodista cultural Carlos Dopico, que nos irá hablando por un micrófono mientras caminamos desde acá hasta la esquina de Durazno y Convención. Con su narración se irán intercalando por los auriculares canciones de Zitarrosa, de Lágrima Ríos, de Pareceres, de Rada, de Walter Bordoni, de Buitres, de Contra las Cuerdas.

Unas dos horas de caminata donde vemos al barrio no con ojos de turista, que suelen ser más superficiales, ni con los del vecino que en la cotidiana no se detiene a observar. Caminaremos con ojos y oídos curiosos.

Y nos aguardarán un par de sorpresa que elevarán la experiencia.

“Montevideo es un museo abierto de canciones”.

Con eso en mente, Daniel Machín y Gabriel Bentancor arrancaron poniendo códigos QR en lugares icónicos asociados con canciones montevideanas, como el Bar Hollywood al que entró Myriam en aquella de Mandrake Wolf y Los Terapeutas. Una intervención urbana para que la ciudad que no sabe venderse por lo menos señalara su soundtrack.

Después armaron un sitio web, en el que marcaban (y recibían sugerencias para marcar) en un mapa los temas que hablaban de tal o cual punto, como el “Candombe de la Aduana” de Nasser o “la calle Llupes / raya al medio” de Cabrera.

Después publicaron un precioso libro, que agregaba investigación sobre los barrios montevideanos y testimonios de los compositores. Nadie se habría enojado si el proyecto hubiera quedado ahí. Menos cuando Bentancor falleció en 2021.

Pero Montevideo Sonoro vive tanto como la ciudad.

Con el agregado del músico Sebastián Casafúa y de Dopico —periodista recordado por su ciclo La Púa, hoy en La Diaria Radio—, Daniel Machín —también periodista especializado en música, además de gestor cultural— hizo el camino reverso: trajo Montevideo Sonoro de regreso a las calles. Ahora aparte de continuar con su georreferenciación web y de que el libro sigue a la venta, ofrecen recorridos por distintos barrios, con auriculares para ir escuchando canciones seleccionadas y a Dopico que suma data interesante sobre los temas, sobre sus creadores y sobre los rincones del barrio.

Lo han hecho por el Prado, por la Villa del Cerro, por Malvín, por Ciudad Vieja, por Barrio Sur, y desarrollaron uno especial vinculado con la memoria en conjunto con Madres y Familiares.

Los próximos, el 27 de setiembre, recorrerán Palermo uno y Ciudad Vieja el otro. El 5 de octubre, en tanto, harán la ruta del tango con Alejandro Giménez en el lugar de Dopico. El costo del ticket siempre es de $790 por persona.

Montevideo hasta sorprende.

En la puerta de lo que supo ser el conventillo Medio Mundo, sobre la que supo ser la calle Cuareim y hoy es Zelmar Michelini, Dopico explica la historia del lugar, tan ligado al candombe, cuando se le acerca una habitante del complejo de viviendas que existe hoy en el número de puerta 1080. Resulta ser integrante de la familia Silva, la de Waldemar Cachila Silva, la de las comparsas Morenada primero y Cuareim 1080 después.

Con los auriculares puestos y la música sonando, no escuchamos qué le dice. Pero luego de que ella entra al complejo, él nos lo traslada: le preguntó por qué contaban su historia, la de su familia, la de aquel conventillo, si no les pertenecía para contarla. El propio narrador parece ligeramente descolocado aunque lo manejó con carpeta, pero el cuestionamiento es válido: ¿por qué tantas veces son los blancos los que cuentan las historias de los negros, arrumbados en un conventillo del que fueron arrancados, que perdieron hasta el nombre de la calle con la que se identificaban? ¿Se imagina, lector, lectora, que le cambien el nombre a Durazno o Convención? A la vez, en el conventillo también vivía una mescolanza de los migrantes europeos pobres que llegaron en la primera mitad del siglo XX. ¿La historia del lugar no es también de ellos?

Sí, el recorrido fue una celebración de la música afro, en particular cuando pasamos por la Peatonal del Candombe (la pintoresquísima Curuguaty) y por el mural que ilustra a históricos como Lágrima Ríos, Rosa Luna, los Gularte o Pedro Ferreira (de quien Rada decía que le robó cuanto pudo, contó Dopico). Sin embargo, la pregunta quedó flotando.

La segunda sorpresa fue de otro tenor. Al pasar por detrás de la estructura oxidada del viejo gasómetro, a la vuelta de donde quedaba El Power, por la calle Carlos Gardel y mientras escuchábamos al Zorzal Criollo, nos topamos con el maestro Fernando Lobo Núñez, sentado en la vereda esperando para salir con su cuerda de tambores. El padre del Lobo, Mario Núñez, era el referente del club social y deportivo Power, desaparecido en los ’70; por eso él mismo bautizó con ese nombre a su taller como luthier. Toparnos con él, de quien sería tan cliché como verdad decir que es una institución del Barrio Sur, fue tan perfecto que pareció armado.

Terminamos, al borde de que el frío se volviera inaguantable, en el bar Ducon, punto de llegada en la esquina que inmortalizó Jaime Roos en su Mediocampo. Otro lugar que insólitamente no tiene un recordatorio, una estatua, una placa, un mural, alusivo a uno de los hits más grandes de la música nacional.

Pero tal vez sea incorrecto decir que Montevideo es la que no se vende, la que no cuida a sus ídolos y sus joyas, la que a punto está de olvidar. Porque Montevideo no es un ente, Montevideo es un colectivo y uno que se resiste a quedarse quieto, triste y aburrido aunque tantos de los que la integran así la perciban. Montevideo es también Montevideo Sonoro.