El 12 de agosto de 2026 Björk va a organizar una rave en Víðistaðatún, un parque escultórico de Hafnarfjörður, a unos 20 minutos de Reikiavik. El evento está programado para coincidir con un eclipse solar total, y ese punto de Islandia estará dentro del camino de totalidad. Durante un minuto y cuatro segundos, el sol quedará cubierto por la luna. En la grilla figuran DJ sets de Björk y Arca, actuaciones de Ronja Jóhannsdóttir y Sideproject, invitados todavía por anunciar y una entrada que incluye lentes solares aprobados y acceso a la exposición Echolalia, que Björk presentará en la National Gallery of Iceland.
El festival se llama Echolalia y junta varias cosas que, en otra artista, parecerían pegadas con cinta: una rave, un eclipse, una exposición de museo, música inédita, un sello islandés histórico y una celebración de comunidad local. En Björk, la unión tiene mucho sentido. Desde hace años organiza Mánakvöld, noches de baile bajo luna llena donde invita a amigos a pinchar música con ella. Esta vez, cambia la luna llena por el eclipse solar y amplía el gesto. La fiesta también coincide con el aniversario número 40 de Smekkleysa, el sello y tienda de discos islandesa que en inglés se tradujo como Bad Taste, una pieza clave de la escena de Reikiavik de los 80 y del universo del que salió The Sugarcubes, la banda que la lanzó al resto del mundo.
Antes de ser una figura global, Björk estuvo metida en una escena chica, intensa y muy conectada; donde el punk, la poesía, la performance, el humor absurdo y la música experimental convivían sin demasiada división profesional. The Sugarcubes nació de ese ambiente y llegó a Inglaterra con “Birthday”, lanzada en 1987, una canción que todavía suena bastante extraña. La banda tenía guitarras, bajo, batería y un espíritu post-punk, pero cada vez que entraba Björk la canción se desordenaba en otro sentido. Cantaba como si estuviera contando algo privado en un idioma que acababa de inventar.
Para entonces, Björk ya tenía una vida musical larga. Había grabado un disco de covers a los 11 años, después de que una maestra enviara a la radio islandesa una grabación suya cantando. Había estudiado flauta y piano, había pasado por bandas como Tappi Tíkarrass y Kukl, y había absorbido música clásica moderna, jazz, punk, electrónica y canciones tradicionales islandesas. Björk no fue una cantante pop que empezó a experimentar cuando le dieron presupuesto. Llegó al pop con una educación musical desordenada pero profunda, y con una idea bastante clara de que la canción podía ser una estructura flexible.
Cuando The Sugarcubes se separó, la opción más obvia habría sido hacer una versión más prolija de la misma rareza. Björk hizo otra cosa: se mudó a Londres y se metió en el sonido de club de principios de los 90. Debut, de 1993, fue producido principalmente con Nellee Hooper, que venía de trabajar con Soul II Soul y Massive Attack. El disco suena como alguien que entendió que la pista de baile podía ser un lugar más emocional. “Human Behaviour” tiene percusión tribal y una mirada muy analítica sobre los humanos; “Big Time Sensuality” toma el house y lo vuelve más lúdico y físico; “Venus As A Boy” mezcla vibráfono, cuerdas y sensualidad sin caer en el pop erótico de catálogo. “Play Dead”, grabada para la película The Young Americans (1993), ya mostraba que podía llevar una canción a escala cinematográfica sin perder su rareza.
Post, de 1995, fue el disco donde Björk dejó de sonar como una artista recién llegada a Londres y empezó a usar la ciudad como material de inspiración. Lo grabó entre Compass Point, en Bahamas, y estudios de Londres, con Nellee Hooper otra vez cerca, pero también con Graham Massey de 808 State, Tricky, Howie B y Marius de Vries. La lista de colaboradores explica mucho el sonido del disco: Post no salta de un género a otro por capricho, sino porque Björk estaba trabajando con productores que venían del trip hop, el house, el techno británico y la electrónica de club de principios de los 90. “Army Of Me”, producida con Massey, tiene una base pesada y mecánica, “Enjoy” y “Headphones”, con Tricky, llevan el disco hacia una zona más nocturna y de dub. Y en el medio aparece “It’s Oh So Quiet”, una versión de un viejo tema popularizado por Betty Hutton en los 50, arreglada con lógica de musical clásico y explosión de big band. Post está lleno de heterogenias que conviven como si fueran escenas de la misma película, con una artista islandesa caminando por Londres y encontrando en cada estudio, cada productor y cada ruido una forma nueva de narrarse.
La colaboración con Arca siguió en Utopia, de 2017, donde la herida de Vulnicura se transformó en otra cosa: flautas, pájaros, coros, deseo, aire. Björk reunió un ensamble de flautistas, trabajó con grabaciones de aves y construyó un mundo visual junto a Jesse Kanda, Andrew Thomas Huang, James Merry y Alessandro Michele. El resultado puede ser excesivo, pero no es confuso: después de un álbum sobre separación, hizo uno sobre la posibilidad de inventar un lugar después del daño. En ese período, James Merry se volvió una figura central en su imagen. Sus máscaras bordadas, prótesis florales y estructuras faciales funcionan como parte del modo en que Björk presenta la voz: una voz que no sale simplemente de una cantante, sino de una criatura diseñada para ese sonido.
Fossora, de 2022, bajó todo al suelo. El título viene del latín "fossor", alguien que cava. El disco está lleno de clarinetes bajos, referencias a hongos, vínculos familiares y duelo. Participaron el dúo indonesio Gabber Modus Operandi, Serpentwithfeet, sus hijos Sindri y Ísadóra, y arreglos de clarinete que daban al álbum una densidad terrosa, menos aérea que Utopia. Dos canciones son centrales para entender el vínculo con Echolalia: “Sorrowful Soil” y “Ancestress”, ambas ligadas a la muerte de su madre, Hildur Rúna Hauksdóttir, en 2018. “Sorrowful Soil” está construida como una elegía coral sobre maternidad y linaje; “Ancestress” es más narrativa y fue escrita como una especie de discurso fúnebre. En la exposición de la National Gallery, esas canciones se expanden en instalaciones, incluida una versión coral de “Sorrowful Soil” con 30 parlantes emitiendo voces individuales del Hamrahlíð Choir.
Según la presentación de la National Gallery of Iceland, la exposición Echolalia tendrá tres instalaciones basadas en canciones: “Ancestress”, “Sorrowful Soil” y una tercera obra vinculada a un álbum todavía no anunciado. También incluye Metamorphlings, una muestra de James Merry con máscaras usadas por Björk en videos y escenarios, además de piezas encargadas por figuras como Tilda Swinton e Iris van Herpen. Eso vuelve más interesante la rave del eclipse: no es solo un show al aire libre, sino la parte nocturna de un proyecto que cruza museo, archivo, música nueva, diseño corporal y una escena electrónica local.
En los últimos años, Björk también se movió fuera del formato disco. En 2024 presentó Nature Manifesto en el Centre Pompidou de París, una instalación sonora creada con Aleph e IRCAM, donde su voz se mezclaba con llamados de animales extintos o amenazados para hablar del colapso de la biodiversidad. En 2025, Apple Music estrenó Cornucopia como película de concierto, registrada en Lisboa. También apareció en “Berghain”, de Rosalía con Yves Tumor, el primer adelanto de Lux (2025). En “Berghain”, Rosalía hace una de esas asociaciones que parecen obvias recién después de ocurridas. Venía de Motomami (2022), un disco que convertía el pop en una mesa de edición donde podían entrar flamenco, reguetón, bolero y ruido digital, y para el primer adelanto de Lux eligió rodearse de dos figuras que conocen bien las zonas raras del prestigio: Björk y Yves Tumor.
La canción toma el nombre del club berlinés, pero su dramatismo está más cerca de una escena litúrgica que de una noche de techno lineal: hay alemán, español e inglés, coros, orquesta y una tensión de plegaria torcida. Björk aparece ahí con un estilo muy suyo. No necesita ocupar el centro para cambiar el peso de la pieza. Su voz trae la memoria de Homogenic, donde las cuerdas y los beats parecían hablar el mismo idioma, y de Vulnicura, donde trataba el dolor privado. Rosalía, que en Lux trabaja el pop como si fuera una forma abierta a la ópera, la religión, el teatro y el estudio de grabación, parece entender algo esencial: Björk no representa una influencia para citar con reverencia, sino una manera de pensar la canción como lugar donde pueden convivir disciplina formal y desorden emocional.
La rave en pleno eclipse entonces tiene mucho sentido porque reúne materiales que Björk lleva décadas usando: comunidad islandesa, música de club, museo, tecnología, diseño, naturaleza, ritual y una relación bastante seria con el tiempo. El eclipse durará un minuto y cuatro segundos. La fiesta, unas horas. La exposición, varios meses. Y la carrera que hace que todo esto tenga sentido empezó mucho antes; en estudios chicos, bandas punk, sellos independientes, productores de club y canciones que nunca aceptaron quedarse en un solo formato.