La vida de Chuck Norris estuvo marcada por hitos: sirvió en la Fuerza Aérea estadounidense, fue campeón mundial de karate, se enfrentó al mismísimo Bruce Lee en The Way of the Dragon (1972), se convirtió en estrella de televisión al protagonizar Walker, Ranger de Texas; incluso creó un arte marcial llamado Chun Kuk Do.
Sin embargo, es probable que muchos se enteren en este mismo instante de tales proezas –tal vez no de la serie televisiva, pueden haberla agarrado de rebote años atrás en alguna jornada de zapping–.
Para mi generación, Chuck Norris era el “hombre de los memes”. Estos se basaban en la idea de que Norris tenía una fuerza sobrenatural que lo hacía invencible frente a cualquier contratiempo, incluso la muerte. Puede que sea por esto por lo que este 20 de marzo signifique el fin del mito.
Una publicación en la red social del actor en Instagram anunció su fallecimiento y muchos no tardaron en recordar aquellos tiempos –no tan lejanos– en los que Norris era considerado cómicamente un superhombre.
En 2026, los memes son un lenguaje. De hecho, son una maquinaria virtual poderosa: todos los días prolifera uno nuevo. El meme que te cause gracia va a develar cuántos años tenés, tus intereses y qué tanto tiempo pasás en internet (de ahí el término “chronically online”, refiriéndose a aquellos cuyo vasto conocimiento delata horas y horas en el mundo virtual).
Como todo lenguaje, los memes han cambiado sus formas y sus significantes. En los albores de las redes sociales, solo había una gama reducida de ellos –cómo olvidarse del “forever alone”–. Por lo general, no eran protagonizados por humanos, sino por dibujos de trazo negro y grueso, sin ningún esfuerzo estético. Incluso había uno del basquetbolista Yao Ming en el que no se utilizaba su imagen real, sino su caricatura.
En ese momento, Chuck Norris era de los únicos personajes de carne y hueso que protagonizaba memes. La fórmula era simple: su cara, la tipografía Impact y chistes como “Chuck ha contado hasta el infinito... dos veces”, “Toca agua hirviendo... se quema el agua”.
Con el correr del tiempo el glosario siguió aumentando y agregando celebridades o fragmentos de series de televisión, realities y películas. Hoy en día, uno de los terrores de las personalidades públicas es “convertirse en meme”: cometer un error frente a cámara y que quede inmortalizado en el mundo de internet. Otros lo buscan porque saben que puede dar a conocer su imagen, de acuerdo con la filosofía de que “no existe tal cosa como la mala publicidad”.
El propio Norris dio su opinión al respecto. En un principio, admitió encontrar el humor en algunas de las creaciones, pero que realmente esperaba que eso llevara a los nuevos públicos a descubrir más de su vida. En 2006, agregó: “En la historia de este planeta, solo ha habido un verdadero superhombre. No soy yo”.
El alcance de la cultura del meme es tal que cualquier evento relevante en la agenda mundial puede ser materia prima. No importa si es una tragedia o una aberración, las redes sociales van a buscarle la vuelta para sacar una humorada. Muchas veces, la generación Z se cuestiona en tono jocoso si esto de ser personas poco serias no es contraproducente. No importa. Así como los egipcios usaban jeroglíficos, las nuevas generaciones usan memes, gifs, trends de TikTok y códigos implícitos como likes y mensajes directos.
De hecho, todas estas construcciones sociales ya no son patrimonio exclusivo de usuarios. Marcas, empresas y hasta gobiernos –por ejemplo, la Casa Blanca– usan estos recursos con el fin de generar cercanía y una especie de horizontalidad impostada. Están los escépticos que afirman que cuando un meme llega a estas esferas, deja de ser gracioso.
La Real Academia Española tiene dos definiciones para meme: “Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación” e “Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet”.
Cuando Robert Redford falleció el pasado 16 de septiembre, muchos recordaron su filmografía. Otros, en cambio, lo asociaron a un simple gif: el gesto de Jeremiah Johnson en La ley del talión (1972).
Estrella de televisión, virtuoso de las artes marciales y, finalmente, un meme: la trayectoria de Chuck Norris parece condensar esa lógica. Internet puede crear múltiples dimensiones sobre una figura pública, pero también reducirla a una sola. ¿Qué recordamos y cómo? ¿Cuenta más quién fue o en qué se convirtió para internet?
Chuck Norris funciona, entonces, como el vestigio de una forma de habitar internet que ya no existe. Un momento en el que los memes no solo reciclaban imágenes, sino que construían mitos. Lo que vino después —más rápido, más inmediato, más descartable— terminó moldeando no solo el humor, sino también la forma en que miramos, recordamos y entendemos a los demás.