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Batalla literaria

Carolina Bello y la búsqueda de un lenguaje “que obligue al lector a participar”

La escritora publicó “Laboratorio de omisiones”, una novela que usa el comercio ilegal de animales para hablar de quienes los compran.

05.11.2026 19:03

Lectura: 16'

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Por Gastón González Napoli
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No es fácil escribir una introducción para esta entrevista con la escritora Carolina Bello. Se siente la presión: detrás de su hablar calmo, de su simpatía y calidez, y de su cerquillo característico, aguarda una soldado de la palabra. Bello da la batalla contra el lenguaje chato, contra contentarse solamente con comunicar y no aprovechar la caja de herramientas con que el idioma español nos arma. Lo hace discursivamente en esta charla y lo pone en práctica en su reciente novela Laboratorio de omisiones, que editó por el sello Literatura Random House.

Autora también de las novelas El resto del mundo rima (2021) y Urquiza (2016), del libro de cuentos Los niños se ahogan en silencio (2024) y de Oktubre (2018), híbrido entre novela romántica y análisis del disco homónimo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Bello se inspira para este último libro en otra de sus facetas: la periodística. Laboratorio de omisiones tiene tres componentes: las entregas que una periodista le va mandando a su editora de una crónica sobre comercio ilegal de animales exóticos, la suerte de diario privado que la editora lleva en su computadora, y el intercambio de mails entre las dos. Lo que leemos siempre está mediado por la escritura, porque no hay en la novela un narrador externo ni diálogo oral. Bello suelta la muñeca y se permite un uso de imágenes y metáforas que hacen que leerla sea… bueno, bello (perdón, Carolina).

La trama funciona en dos niveles. Lo que va contando la cronista, Roxana, de Rosendo Smirnova, la suerte de mafioso que trafica animales, y de sus clientes, como una pareja que adopta un koala. Por el andarivel paralelo, la vida personal de Helena, la editora, de quien vamos descubriendo que no tiene únicamente curiosidad por la temática de la nota.

Nos juntamos con Carolina cafés mediante y, luego de romper el hielo con un elogio al antedicho cerquillo, conversamos sobre literatura y periodismo, sobre su exploración de la ausencia como hilo conductor, y, por qué no, un poco sobre los Redondos.

Tapa de

Tapa de "Laboratorio de omisiones" (2026)

Yo quiero ser Roxana, quiero andar por el mundo haciendo una nota.

Yo también quiero ser Roxana. Creo que encarna ese tipo de personaje con cierta frescura, que todavía no está presa del embutido que son todas las decepciones circundantes. Mi primer lector, que fue mi primer amigo al que se la di, me dijo “es muy de nicho”, la primera versión del libro, “esto te lo van a leer los periodistas y no te lo lee nadie más”. Porque tenía mucho más de metadiscurso y metalenguaje sobre el oficio, sobre las palabras, sobre lo que quieras. Entonces…

Lo puliste.

Lo pulí un poquito. Cada mail de Helena era un tratado sobre periodismo y creo que se empantanaba un poco, más allá de que tuviera quizás alguna idea rescatable o valorable.

Era más para una charla entre periodistas capaz que para una novela para el gran público.

Exactamente. No dudo que quizás vos la hubieras recontra disfrutado, pero eras vos que sos periodista, ¿entendés? Y se perdía un poco que quizás la leyera, no te digo mi madre pero sí te digo mi madre, o te digo cualquier otro lector que quizás no tenga tanto conocimiento o no esté en ese mismo código. Entonces tampoco quería caer en un esnobismo de hablarle a tres y perder la riqueza de lo narrativo, de lo que te puede dar leer una historia y que te abra a algún tipo de pensamiento. Y después está el factor de que a mí me gusta mucho editar. Me gusta mucho el momento de montar el libro, de recortar, de reescribir.

Pensé en muchas cosas leyendo Laboratorio de omisiones. El comercio ilegal de animales exóticos, obvio, pero cómo eso opera para hablar de la pérdida, de cómo sustituir la imposibilidad de tener hijos, hasta del auge de las mascotas y de ponerles ropitas y comprarles cositas en vez de tener bebés. ¿Por dónde entraste vos? ¿Qué vino primero?

Entré por el algoritmo. ¿Te acordás de cuando ocurrieron los incendios en Australia? Me llegó un video medio gore, feo de ver, que se ve que se le filtró al Instagram porque era inmirable, sobre un tipo que bajaba de un auto y agarraba un koala prendido fuego, calcinado. Y en el video se veía otro muerto, ya deshecho. Me impactó al límite de que me emocioné, me puse a llorar largo, cuando algo te afecta. Y no porque yo sea bichera o animalista ni nada, simplemente…

Te toca.

Ver el sufrimiento tan pornográficamente filmado, sobre todo, porque alguien estaba filmando. Eso fue lo que me activó. Entonces, a partir de ahí empecé a pensar en paralelo en otras historias: yo quería contar la agonía del amor. No el fin del amor, sino cuando las parejas traquetean, en ese ya no se puede, que igual siguen intentando. Y el tema de lo carente que yo siento que estamos los seres humanos hoy, que es un mundo en el que la carencia se vive de una forma muy espectacular, porque el vacío se muestra en tanto se quiere llenar. Y eso pasaba mucho. A partir del video de los koalas me empieza a aparecer mucho en mi algoritmo, en las redes, gente con animales, pero ya no mascotas, sino directamente monos. Koalas nunca vi, eso fue todo invención.

Es que es re peluche el koala.

Es re peluche. Y eso me activó la idea de qué pasa con esta gente que está tratando como un hijo a un animal exótico. Eso me habilitaba el mercado negro: esto no es que adoptaste un animalito en un refugio; te tuviste que meter en alguna cosa media turbia para conseguir ese bicho y entrar de alguna manera vos también en la clandestinidad, pero con la paradoja de que necesitás mostrarlo, en las redes por ejemplo. Ahí empecé a macerar la idea. Y después dije: “¿Cómo cuento yo esta historia?”. Podría haber elegido un camino más lineal, elegir un personaje, narrar en tercera persona, un narrador omnisciente. Pero dije: “No, me voy a ocupar de otro tema que también me interesa”. Voy a generar algún tipo de artefacto que traiga el lenguaje a un primer plano y que me obligue a mí a pensar lo que estoy escribiendo, que no sea de punta para adelante, y que obligue al lector a participar de esa historia. Que si se tiene que tropezar con una metáfora, se tropiece, y que si se la tengo que poner difícil para que entienda determinados mecanismos del propio libro, mejor.

Aparte son dos mujeres que se comunican con nosotros a través de la escritura. Ninguna está mediada ni en primera persona, en plan pensamiento.

No, no, porque Helena incluso escribe imaginando a un lector implícito que la va a leer si alguien encuentra sus apuntes. Me interesa mucho eso, es decir: traer un poquito la teoría literaria sin que suene a ensayo, pero que predomine la función poética del lenguaje. Esto a contrapelo de cierta tendencia que a veces veo, que es el libro escrito sin sustancia, en donde importa solo la peripecia, en donde importa solo el de qué se trata. En este caso, yo sé que siempre me van a preguntar por los animales exóticos, porque es el músculo del libro, pero para mí es más bien una excusa que un tema que yo quería tratar. Es lo que me decías al principio, es la carencia humana, es la necesidad de buscar en el otro algo que no se tiene. Es la necesidad de suplir, de sustituir, de que una cosa esté en lugar de otra como un signo, como dice creo Helena en algún momento del libro.

Y ahí arrancaste.

Con todo eso dije: “Vamos con esto”. El título se me ocurre escribiendo. Estaba leyendo un libro de Joan Didion, que se llama El año del pensamiento mágico. Yo nunca la había leído a ella. Duro. Y ahí se hablaba de ausencia, ahí se hablaba de la ausencia que no se puede sustituir.

Nunca pude superar las primeras tres frases de ese libro.

Es tremendo. Me atravesó, y me acuerdo que leyendo ese libro se me ocurre el título. No sé si habré visto la palabra omisión, no te puedo mentir porque no lo recuerdo, pero lo anoté en ese libro, en la última página, dije: “Este es el título del libro nuevo”.

El propio título es una metáfora con la que el lector se puede tropezar.

A mí me pasa que cuando leo escritores que me gustan, por lo general lo que encuentro es un denominador común: un desdoblamiento de la forma del decir. Te pongo un ejemplo. El otro día estaba leyendo un libro de Tomás Eloy Martínez, que lo banco a pleno y lo amo.

Nunca lo leí.

Lo tenés que leer. Si querés empezar, vos que sos periodista, empezá por este último que yo leí que se llama Lugar común la muerte. Son todos perfiles sobre escritores, gente de otra era, incluso muertos tipo Macedonio Fernández, Felisberto. Es una escuela ambulante ese libro de cómo escribir un perfil. Sin querer aleccionar, la propia lectura te invita a aprender algo. Entonces empieza, el primer texto que arranco a leer, y el loco tira esta frase para referirse a la forma de hablar de la persona entrevistada: “Ni una sílaba fuera de su quicio”. Esa forma de decir no solo te está vehiculizando una información, sino que te está haciendo reparar en el propio lenguaje. ¿Qué es una sílaba fuera de su quicio? Connota algo que es bastante unívoco: entiendo que la persona hablaba pausado y pensaba lo que decía. Ya no se encuentra ese tipo de escritura tan seguido. Y yo pienso: “¿Cuántas palabras hay en el castellano? ¿Por qué todos los libros arrancan con una frase que tiene cuatro palabras?”. ‘Me levanté, abrí la heladera’, punto. ‘Me sentía sola’, punto. ‘Desayuné. Miré por la ventana’. Entonces, yo al lenguaje, como lectora, le demando algo más. Le demando una frase que te la pueda decir a vos, porque no es poesía y me la acuerdo igual. Bueno, trato de escribir del mismo modo.

Vamos a ponerlo a prueba. La primera frase de Laboratorio de omisiones es: “En la mesa de café hay una bolsa de pañales…”.

No es impactante. ¿Pero por qué?

Y porque es como empieza la crónica que está escribiendo Roxana.

Tuve que tomar una decisión. La primera versión del libro, el primer capítulo, era el primer diario de Helena, que tenía una frase impactante cuando arranca: “Cuando un rescatista devuelve a su hábitat un animal curado…”. Pero qué riesgo tomé: yo quería que el libro empezara con algo que quizás no es tan impactante, pero que le diera el pie a Helena y al lector de ir construyendo esa historia y de que Helena tuviera de qué agarrarse para corregir.

Carolina Bello. Crédito: cortesía de la autora

Carolina Bello. Crédito: cortesía de la autora

Es una primera versión además.

Y se lo dice. “Está todo bien con la crónica, pero capaz que podés salir del lugar común de empezar describiendo el entorno e ir más directamente al personaje”. Yo como cronista sé que si yo entrego esta primera crónica, cualquier editor del oficio me va a decir: “Caro, ¿te parece arrancar con la descripción del espacio?”. Y esa fue una decisión que tuve que tomar, porque en el artefacto libro iba a ser el primer capítulo. Yo lo que creo que esperaba era: ojalá haya al menos un lector que siga.

El otro día, en la feria de Nueva York, la moderadora me dice: “Caro, me interesa mucho la construcción tuya de personajes”. Ahí di una respuesta, para no ser descortés y contestar esa pregunta: que a mí no suele interesarme tanto.

¿La construcción de personajes?

No. No es algo en lo que yo me detenga tanto, aunque lo hago conscientemente, como cada cosa que hago. Como siempre digo: escribir es tomar decisiones. Pero terminé, como para cerrar mi statement, que creo que el personaje en el que más demoro o en el que más me detengo es el lenguaje. Es en ese trabajo que ojalá me salga una puta frase única, como “ni una sílaba fuera de su quicio”.

Eso del lenguaje se lo reclama Roxana a Helena, cuando la editora le pide que modere las florituras del lenguaje, digamos.

Exacto, cuando Helena se le revira. Porque ese es otro de los microtemas: los vínculos pasivo-agresivos. Te habrá pasado en tu vida, a mí me pasó, de tener ese vínculo que, “¿por qué me tratas tan bien, me tratas tan mal?”. Y un poco en esta cuestión de vigilancia que establece Helena respecto a Roxana y a sus textos, primero la arenga y en un mail de mierda que le manda como que se arrepiente y le dice: “No sé si estoy tan segura de tu primera persona en la historia, y de tu lenguaje metafórico”. Roxana demuestra que no es tan fresquita como uno viene pensando, y se le para de punta. Le dice: “Si vos querés un textito más llano para lograr más clics, buenísimo, avisame con tiempo que me busco otro medio”. Pero ella, ahí sí está mi propia voz como narradora a través de Roxana, decide: “Prefiero escribir con cierta profundidad estructural, y vehiculizar un mensaje que además del qué invite a una sinapsis” y le termina diciendo: “El lenguaje es la historia”, que creo que es la hipótesis de todo el libro. Si tengo que decir una hipótesis como si fuera una tesis de facultad: el lenguaje es la historia.

Igual, ya querría yo un editor que me diera tanta bola como Helena.

También. Lo tuve igual, que fue Roberto López Belloso. Fue el tipo que me acercó a la crónica. Un editor no puede ser un monstruo para el escriba. Tiene que ser, como dijo Leila [Guerriero] en algún momento, que la cito ahí al pasar, una digna sombra. Yo estoy de acuerdo con eso. Te acompaño, pero no te cerco.

Lo que pasa que también hemos mamado mucho el fantasma del periodismo de los grandes medios, léase El País de Madrid, su manual de estilo, todo eso que aprendemos en la facultad. Y después los medios de comunicación tienen su manual de estilo, que no me parece mal, está bien. Pero en el periodismo narrativo, si vos vas a llamar a gente para contar con elementos literarios una historia, que eso en definitiva es la crónica, ¿cuándo empezamos a creer en la idea de que el periodista no puede participar de esa narración? Que es otra de las hipótesis que trato de por lo menos revisar acá.

La eterna discusión de la objetividad.

¡No existe! ¿Por qué los textos tienen que parecer no escritos por nadie? Entonces, ¿qué traté de hacer acá? De este tema que son los animales exóticos: por un lado, la loca que los está abordando, que se está enfrentando desde una perspectiva que es la de ir, ver el búnker de Smirnova, enfrentarse a todo aquello y desde una mina que tiene el bicho en la casa y que encima tiene que editar esa historia. Dos perspectivas de lo mismo.

Tapa de

Tapa de "Oktubre" (2018)

Te hago una pregunta de Oktubre. Está teniendo una segunda vida, ¿verdad?

Está teniendo su segunda vida en Argentina. Van pasando cosas lindas y agradables para cualquier ego cariñoso de escritor, que es que el libro se empieza a leer más allá de lo que yo podía prever. Yo no lo había escrito con el público ricotero en mi mente ni con el Indio Solari en mi mente. Yo había escrito una novela, pero de ahí a que esa novela que se publica con ese rojo y negro llegara a gente no ricotera, era un milagro. ¿Qué pasó? Primer mes, se agota la primera edición. Segundo mes, se agota la segunda edición.

Todo acá.

Todo acá. Pasan los años, me voy a Guadalajara. Unos editores argentinos —salgo de dar una charla— me proponen publicar Oktubre en Argentina con la editorial de ellos. El día que se lanza Oktubre, al otro día asumió Milei. Pasó completamente debajo del radar de la difusión. El 5 de junio de este año muere el Indio Solari. Un día muy zarpado para mí realmente, que no pensé que me iba a pegar así. Lloré como un pariente cuando me enteré, no podía componerme. Me empiezan a llamar de los medios y yo tipo: “Mirá, no puedo hablar ahora. Disculpame, pero estoy triste, no puedo darte una declaración de nada”. Pasan los días y me empiezan a contactar medios de Argentina. Me contactan de una agencia de prensa y me dicen: “Caro, estamos viendo esto, te damos una mano”. Y así fui a dar una gira de prensa allá a fines de septiembre. Y ahí me hacen una presentación, lo vuelvo a presentar en una librería en Villa Ballester, Gran Buenos Aires. Una hora y media de viaje desde el Abasto. Lleno, gente parada. Emotiva, gente llorando. Y le da una segunda vida al libro.

Es un libro que quiero mucho, sobre todo por la proximidad que me trajo con la gente, porque vos sacás este libro o cualquier otro mío (bueno, Urquiza también conmueve): capaz que te puede interpelar o te puede gustar cómo está escrito o lo que sea que te pase con los libros, te puede parecer una basura que también puede pasar —y pasa—, pero con Oktubre...

Lo que pasa es que ahí conectás con algo muy popular. Que también es un riesgo, ¿no?

Me pasó en Argentina también. De salir en los programas en esta onda multitask de ahora, que estás hablando y estás en un streaming, comentarios en vivo, mucha gente dándome para adelante, gente que ya lo había leído, todo precioso, pero no faltaba el comentario de “por qué se mete con los Redondos una uruguaya”. Pero también es eso: este experimento nadie lo había hecho en Argentina. Y fue una uruguayita. Entonces también estaba el hate, digamos. Es un axioma de la vida: si vos hacés algo público, sea lo que sea, siempre van a haber comentarios a favor y comentarios en contra. Es parte de la letra chica de esto.

Pero en líneas generales, lo que pasa con Oktubre es esa conmoción que genera. Cuando se murió el Indio me empezó a escribir gente. Me acuerdo una loca que me escribe y me hizo llorar, que me dice: “Me puse a releer Oktubre para atravesar el duelo del Indio”. Para mí leer eso fue como: “Listo, ya está”.

Por Gastón González Napoli
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