Por Catalina Zabala
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La autoficción está presente en todas las películas de Carla Simón, directora de cine nacida en Barcelona, así como todos los conflictos y debates morales que nacen de la variedad cultural española. Que respiran en su imaginario colectivo. Aunque sus historias hablen de la propia vida de Simón, conectan con cualquier espectador.
En Romería, su último proyecto, una adolescente huérfana, Marina, viaja a Vigo, Galicia —ciudad natal del padre de Simón— para que su familia extendida que no conoce le firme unos papeles. A través de ellos reconstruye la historia de sus padres y qué los hizo cruzarse en unos años 80 en los que el consumo de drogas y el avance del sida azotaban ferozmente a la población gallega. En ese contexto se escriben historias que se recuperarían décadas después, en el año 2004: fecha que ella eligió para ambientar su película, la de sus padres.
Romería se estrenó en cines del Uruguay este jueves 4 de junio, y las entradas pueden adquirirse aquí.
Romería (2026), Carla Simón
La familia siempre tuvo un rol crucial en tus películas, y en el caso de Romería hay mucho de tu vida personal. ¿Cómo trabajaste la construcción de esta historia como autobiográfica?
Yo creo que esta película nace un poco con la frustración que yo sentía por no poder acceder, entender o preguntar sobre la historia de amor de mis padres, porque fallecieron cuando yo era muy pequeña. Fue a raíz de esa falta familiar que tenía, y cuando intentaba reconstruir esa memoria a través del relato de mi familia me daba cuenta de que las piezas nunca encajaban, porque básicamente su memoria estaba muy teñida por el estigma y el tabú de la heroína y el sida. Ahí surgió la necesidad de hacer una película sobre la búsqueda de la memoria, sobre ese encuentro que yo tuve cuando conocí a la familia de mi padre biológico, y sobre la posibilidad de usar el cine para inventar esas imágenes que a mí me faltan sobre ese relato de mis padres.
¿Cómo entendés el rol de la familia en tu creatividad?
En mi vida la familia ocupa mucho lugar, tengo tres familias entre la biológica y la adoptiva. Todas son muy grandes, todas tienen muchas historias que evidentemente han marcado mucho mi manera de ver el mundo, mi sensibilidad diría, incluso, porque he compartido mucho con ellas. Me gusta verlas en sus complejidades, porque creo que todas las familias son muy complejas, no hay historia familiar sencilla. Para mí el sentido de pertenencia ha sido algo importante de encontrar en estas familias con mayor o menor medida, lo siento distinto.
Romería (2026), Carla Simón
Romería es tu tercera película. ¿Cuáles dirías que fueron tus principales cambios creativos desde tu primer proyecto? ¿Qué te genera ver esa primera película con la perspectiva de hoy?
En cualquier caso, creo que la manera de trabajar con los actores se ha ido asentando en las películas, porque estuvo presente la idea de cuidar esas relaciones, las mochilas y las historias que hay, o la historia misma de esas relaciones. He ido perfeccionando la manera de crear esas familias, las cosas que pudieron pasar antes de la historia que vamos a filmar, y preparamos el rodaje con ese método. Siento que venían siendo dos películas con un compromiso muy fuerte con la realidad, y que Romería quería romper con eso. Yo creo que cada película tiene que proponerte un reto nuevo como cineasta, y ese era el de Romería. Poder entrar en un terreno un poco más poético u onírico para poder evolucionar como cineasta, y por ahí vamos.
En el mundo del arte se genera debate en torno al posicionamiento de los artistas frente a problemáticas sociales. En tu caso, tus películas tocan conflictos propios de la idiosincrasia y la cultura española. ¿Ves al cine como una vía que debe ser utilizada para opinar?
Creo que lo bonito de cada artista es que pueda ofrecer su mirada del mundo, y esto para mí siempre va atado a lo político. Cuando retratas a la gente en un contexto —porque todas las historias tienen un contexto, nos guste o no—, ese contexto define quiénes son esas personas. Yo sería distinta si no hubiera nacido en Barcelona y en esa época, por ejemplo. Ese contexto, sobre todo cuando tienes películas en el sentido del lugar, sí que tiene un peso grande. Creo que siempre tienen algo político, desde lo más íntimo, por el hecho de que están contextualizadas y tienen algo que habla de un momento concreto del mundo y de un lugar. Y yo creo, que como artista, para mí no posicionarse no tiene mucho sentido porque me parece aburrido. Creo que lo bonito es poder ofrecer una mirada sobre algo.
Romería (2026), Carla Simón
En Romería, la protagonista se comunica con su familia lejana, oriunda de Galicia. ¿Por qué decidiste ubicar la historia en esa región de España, y por qué la ambientaste en 2004?
Lo de Galicia es básicamente porque mi padre era gallego, de Vigo, y es el lugar donde mis padres vivieron su historia de amor. Además, ocurrió que en los 80, cuando ellos fueron jóvenes y vivieron allí. Era una ciudad muy activa a nivel cultural, musical, un ambiente de fiesta. Era como la hermana pequeña de Madrid, entonces ahí pasaban muchas cosas. De hecho, hay muchos grupos de música que surgieron de ahí. Además también Galicia tiene una cosa muy complicada de vigilar, y es que por ahí entra toda la droga a España. Toda la crisis de la heroína empezó ahí, los grandes perjudicados de esa crisis y de las muertes por sobredosis y por sida estaban en Galicia.
Por el contexto tenía todo el sentido del mundo que pasara ahí, y lo del 2004 fue por poder mantener una especie de homenaje a la generación de mis padres, que son todos esos que durante los 80 vivieron su juventud. Niños que nacieron durante el franquismo absolutamente reprimidos de todo y que se hicieron mayores en el momento en el que llegó la libertad, que fue un momento muy feliz, bonito y esperanzador en muchos sentidos. Ellos tuvieron casi la labor de romper con todos los valores conservadores y franquistas de la sociedad española de entonces, pero también estaba toda esta teoría de que el gobierno no había hecho nada para parar la entrada de la heroína. Mientras los jóvenes estaban en las drogas no estaban en política, entonces muchos jóvenes terminaron, sin saberlo —porque no se conocían las consecuencias de la heroína ni del sida—, con muertes muy desafortunadas. En ese sentido, aparte de que yo viví mi adolescencia en la época que retrata la película, en los 2000, el sida no era lo mismo en los 80 que 10 años o 20 más tarde. Para cuidar todo ese contexto tenía sentido mantener esas dos épocas, los 80 y los 2000.
Romería (2026), Carla Simón
¿Qué reto significa como creativa tratar temas políticos de España sabiendo que pueden dividir públicos y generar rispideces?
Yo hice una primera película que ya hablaba de eso, sin mencionar tanto todo el tema del sida, porque iba más sobre mi infancia y sobre el momento en el que me fui a vivir con mi familia adoptiva. Y me di cuenta, después de hacer esta película, que esto no era solo mi historia, sino la de toda una generación. Había muchos niños que habían quedado huérfanos por el sida y por padres que habían vivido ese tipo de juventud. Esto me dio más ganas de hacer Romería, de entenderlo más como una cuestión de poner en valor a la generación de mis padres, de empezar a cambiar el relato.
Siento que muchas veces se han definido con palabras que no les pertenecen, como "castigo", "vergüenza", "culpa", como si ellos hubieran escogido algo de lo que les tocó vivir. Creo que así me siento con la labor de intentar arrojar un poco de luz y de poner en valor lo que hizo esta generación, que fue crucial para estar donde estamos y que fue básicamente darle la vuelta a todo y estar en contra de dónde venía. En ese sentido miedo no he sentido ninguno. Creo que para mí, sabiendo que es algo que de alguna manera puede generar cierta incomodidad —porque para mí es muy natural hablarlo, yo lo he vivido así en mi entorno—, sí que siento que toda la generación de mis padres se lo ha tenido que callar mucho. Hay algo ahí que también es memoria histórica, recuperar esa generación desde otro punto de vista un poco más luminoso es algo que me parecía muy interesante intentar hacer. Para mí lo más bonito de la película ha sido que en todos los coloquios que hemos hecho en España siempre había alguien que nos venía a dar las gracias porque era su historia, o la de su tío, o la de su padre. Ahí te das cuenta de que todo el mundo en España conoce a alguien que murió en ese momento.
Romería (2026), Carla Simón
La película tuvo repercusión internacional y llegó al Festival de Cannes. ¿Cómo vivís estas instancias de premiación, qué opinión te merecen y, frente a tus proyectos autoficcionales, cómo lidiás con el momento de llevar tu mundo más íntimo a lo global?
Pudor no tengo mucho, porque si tuviera no haría estas películas. Sobre todo porque también se transforman mucho, creo que en ninguna de mis películas hay más de dos o tres escenas que a lo mejor ocurrieron de verdad. Pero el resto es pura ficción, para que pueda funcionar como historia. Los personajes tienen otros nombres, y yo creo que parto mucho de las emociones reales tanto mías como de mi familia. Pero a partir de ahí, todo se transforma en una ficción para que funcione como película. Sí que es verdad que siempre impone, sobre todo ese momento de presentar las películas. En Berlín las primeras, en Cannes ahora con Romería, esa sensación de que estás llevando a un lugar internacional algo tan íntimo, y que de repente te das cuenta de que la gente lo recibe con emoción porque se identifica con esas personas. Al final te das cuenta de que todos somos humanos y nos mueven las mismas cosas, y eso creo que es muy bonito.
Por Catalina Zabala
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