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Música
I & I Rastafari

Bob Marley: el reggae como la plataforma de un discurso para todas las naciones

A los 81 años del nacimiento del artista jamaiquino que se convirtió, sin buscarlo, en profeta cultural del mundo.

10.02.2026 16:42

Lectura: 9'

2026-02-10T16:42:00-03:00
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Por Catalina Zabala
catazabalaa

¿Se puede separar el arte del artista?

Muchas veces sí. Concentrarse en la obra e ignorar la vida privada de su creador podría ser una forma. Pero la pregunta es tan antigua y discutida precisamente por los casos difíciles, y uno de estos es Bob Marley. Un hombre que no pensaba en cómo hacer música, sino en cómo transmitir el mensaje que regía su vida.

Encontró el camino en el reggae, la música de su tierra natal. En una Jamaica totalmente violentada y fraccionada por partidos políticos corruptos, Marley quiso ir más allá. Él no era un hombre de bandos: abogaba por la paz entre ideologías a través de sus conciertos, cosa que incomodaba a muchos y le significó un gran precio a pagar. Pero es en este punto en el cual aparece otra pieza clave para entender a la figura detrás del nombre. La corriente religiosa que lo gestó y le dio significado trascendente a su existencia: el movimiento rastafari.

Desarrollado en los barrios marginales de Kingston en los años treinta, mezclaba corrientes de pensamiento locales con rasgos hinduistas, elementos judeocristianos y fuertes raíces de cultos africanos, llegados al continente americano a través de su pasado esclavista. El rastafari se convirtió en una señal de identidad de gran congregación de la población negra de Jamaica, quienes hablaban de África como una especie de tierra sagrada para ellos. Soñaban con el regreso al hogar de sus ancestros. O como lo afirmaba uno de sus predicadores más importantes, Marcus Garvey: “África para los africanos”.

Esta religiosidad ordenaba el cosmos de Marley. Pero cuando miraba el mundo, este no coincidía. Algo se había roto, y él quería repararlo. En sintonía con lo que profesaba, se movía a contracorriente. Porque el fenómeno Marley, y sobre todo Marley y los Wailers, era difícil de abordar para quienes se acercaban. Parecían moverse por la industria de manera paralela e impenetrable, con unos códigos y modismos indescifrables para el resto.

La sociedad de los setenta no estaba preparada para verlo; no había visto nada igual. Las discográficas alucinaban y los oyentes europeos simplemente no lo comprendían. En torno a estos choques culturales, las anécdotas abundan, como las primeras visitas de Bob Marley y los Wailers a los pubs más icónicos de Europa. Se movían como animales exóticos entre el metal, el cuero, el maquillaje exacerbado, los pantalones ajustados y los peinados que proponía el rock en auge de aquel entonces. El reggae se sacudía en paralelo como un regreso a la naturaleza, a un pasado preindustrial. Como un chapuzón en el agua fresca del océano. Bob Marley y los Wailers se movían por Europa como un cambio de marea fresca en los sótanos húmedos y añejos del continente imperial. Trasladaban a quienes los veían a tierras exóticas y cuentos lejanos.

No por nada Bob Marley y los Wailers atravesaron acaloradas discusiones con sus mánagers y distintos equipos con el objetivo de dar una gira por el continente africano sin el sustento económico que necesitaban para hacerlo ni la infraestructura requerida en los países que planeaban visitar. Para ellos, África era un continente olvidado que había dado origen a todos los demás. Con este ímpetu tocaron en la celebración de la independencia de Zimbabue en 1980 y visitaron Etiopía, Kenia y Gabón, gira que más tarde lo iba a inspirar para componer Survival (1979).

Bob Marley, 1977

Bob Marley, 1977

En el escenario, Bob Marley y los Wailers se dejaban invadir por Jah, el dios que veneraban. Evitaban todo tipo de pose, los saltos venían de las entrañas. Los giros y la falta de coreografía contagiaban a cualquiera que estuviera mirando. Ellos se dejaban arrastrar por una música que empuja lento pero constante.

No es casual que haya sido el máximo exponente del reggae. Un género muy particular en sí mismo. No es rock n´roll, su carácter no es masivo. Se trata de una filosofía de vida muy concreta que nació en una parte del mundo muy remota para las grandes industrias. Se abrió paso entre ellas y tocó conciencias de todo tipo y color, sin distinciones. Su sonido, con percusiones predominantes y sonidos primitivos, hace que escucharlo sea una experiencia en sí misma: desconexión, efecto sedante. Su entramado nos lleva a la naturaleza, a un lugar que no pide más que su propia contemplación. Sus sonidos son suficientes para contar la historia que quiere contar. Una historia de reinicio, de raíces, de reconexión con un pasado idílico en el que no nos despedazábamos entre nosotros. Para ellos, se podía volver.

Y para sus seguidores, Bob Marley era un profeta. Es por esto mismo que su nombre es su propio arte. La biopic Bob Marley: la leyenda (2024), dirigida por Reinaldo Marcus Green y producida por Rita Marley y Ziggy Marley, entre otros, lo retrata muy bien. Eternas conversaciones con consejeros de su discográfica con los que no se ponían de acuerdo, nunca parecían entender el punto. Lo que venían a hacer.

Bob Marley, 1976

Bob Marley, 1976

El álbum Exodus (1977) fue el responsable de gran parte de estas discusiones, y marcó un antes y un después en la historia del artista y su banda. Nace como una respuesta ante la violencia que Marley había experimentado en su tierra, una que lo había llevado a la conclusión de que difundir el mensaje de Jah era crucial en ese entonces. Él no entendía la música desde el yo, sino desde una misión evangelizadora y casi profética que emanaba de sus poros. Y así, contra viento y marea y una tapa sobria, minimalista y poco seductora en términos de ventas, fue considerado el mejor álbum del siglo XX por la revista Time. Nada de dibujos, nada de protagonismos.

Pero así no iban a vender discos.

En relación al Uruguay, Rubén Rada lo conoció. En el Teatro Paramount de Washington, el uruguayo entró al camarín a saludarlo, y según recuerda, tuvieron que “cortar el humo con un cuchillo”. Marley se acercó y le ofreció marihuana de “una cosa larguísima”, así lo recordó el músico para el programa radial argentino Crossover, de Vorterix. El consumo indiscriminado de marihuana daba suficiente de qué hablar en plenos años setenta. Ayudaba a alimentar el imaginario incomprendido de lo exótico, lo lejano, el antisistema. Pero en la realidad, era apenas el ápice de una cultura de comunidad y carga religiosa llevada a sus últimas consecuencias. El uso del “ganja”, el término hindi para el cannabis, era un factor característico de su religiosidad. Era entendida como la columna vertebral de un cosmos. Porque si hay algo que genera consenso en torno a la figura de Bob Marley, es la falta de pose. No buscaba agradar, a muchos les generaba rechazo. Este tipo de cuestiones y primeros encuentros eran, para muchos, suficientes generadores de discordia.

Lejos de vivir una vida relajada como la que recomendaba, los disturbios que despertaba su influencia en su país le pasaron factura en varias ocasiones, como la noche del 3 de diciembre de 1976. En esa fecha, siete hombres ingresaron a su propiedad y les dispararon a Marley y a su esposa, quienes se salvaron por una gran intervención de la suerte. Esto era nada más que el capítulo piloto de una larga serie de disputas y luchas sociales en torno a un artista y su mensaje, uno que hoy es recordado como filósofo sin ninguna intención de haberlo sido.

Esto se volvió a ver a posteriori, con bandas como UB40. Un conjunto de 11 músicos de Birmingham, Inglaterra, que se sintieron cautivados por el reggae. ¿Qué significa el nombre? Viene de la abreviatura de "Unemployment Benefit Form 40". El formulario oficial que el gobierno británico utilizaba para tramitar las prestaciones de desempleo. El reggae suponía desde su esencia la crítica social, un camino que inició Bob Marley y que muchos quisieron retomar.

Sucesos como este eran la antesala, el anuncio de lo que vendría. Y sí, la necesidad de transmitir un mensaje que consideraba imperioso le costó su vida. Hace 45 años y a la edad de 36, elegía procrastinar la atención de su salud para no detener su gira por el continente africano, una gira que significaba pérdidas en términos económicos y que apenas contaba con la infraestructura necesaria para realizarse, pero que le parecía elemental en términos religiosos. A raíz de una patada jugando al fútbol, Marley es diagnosticado con cáncer de piel en 1977. Estaba a tiempo de operarse, pero el cantante no estuvo dispuesto. Este avanzó hasta darle muerte el 11 de mayo de 1981, no sin antes realizar un último acto de evangelización: unir a dos figuras políticas opuestas de su país en medio de un concierto. El primer ministro Michael Manley y el líder de la oposición Edward Seaga se tomaron de las manos mientras sonaba “Jamming” en un concierto de los Marley en 1978. En plena guerra civil política.

¿Puede un músico transformarse en profeta cultural sin proponérselo? Para resumir su vida podrían elegirse muchas de sus propias canciones: “Redemption Songs”, “One Love”, “Jamming”. Cualquiera de estos himnos globalmente famosos te cuentan quién era Bob, porque no tenía ningún filtro. Su necesidad de olvidarse enteramente de sí mismo para difundir una cosmovisión fue la misma que lo puso en el centro de la vida de muchos y le dio su fama. La trascendencia que no buscó, pero que siempre fue parte de él. Y por eso hoy es tan difícil encontrar artistas así. El compromiso con una causa como la primera protagonista de un proyecto no suele ser sinónimo de éxito el día de hoy, en un sistema en el que las métricas y las reproducciones gobiernan plataformas. 

Por Catalina Zabala
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