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Tattoo You

Betiana Soria: la tatuadora que convirtió cuerpos en lienzos y ahora retoma la pintura

Con su serie de cuadros densos, cargados de animales e imaginería oscura, expondrá en la Feria de Artistas en el LATU.

14.07.2026 16:41

Lectura: 6'

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Por Gastón González Napoli
ggnapoli

La característica en el arte de Betiana Soria es la atmósfera dark. No “oscuro” por falta de luz, porque iluminación hay y no prepondera el negro, sino espiritualmente oscuro. Estéticamente inquietante. Hay horizontes tormentosos, paisajes hostiles, niebla, animales fuera de sus contextos. En lienzos de gran tamaño, además, que le dan una cualidad más impactante. Pinturas que funcionarían como tapa de un disco de metal, digamos. Sin embargo, no es un arte siniestro ni quiere atemorizar —para seguir en tema, pensemos en la tapa del disco debut homónimo de Black Sabbath—. Betiana busca retratar una sensibilidad que no es rara, que tiene un público amplio, pero que suele ser empujada a los márgenes por lo luminoso y por lo positivo. Que responde, además, a los tiempos.

Luego de casi una década en la que dejó de pintar con brocha, dedicada en cambio a su oficio de tatuadora, Betiana retomó el año pasado, se pasó al óleo sobre lienzo y expondrá en la Feria de Artistas de Proyecto Arte, entre el 7 y el 9 de agosto en el Centro de Convenciones del LATU.

En este link se puede obtener el registro para ingresar.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

Del pincel a la aguja

Pelirroja, de piel bien blanca, vestida de negro, arito en el septum, brazos tatuados hasta el dorso de la mano, Betiana nos recibe en su estudio, que funciona ahora a medio camino entre el tatuaje y la pintura. Está ambientado también en plan gótico: muñecos de películas de terror (incluida una increíble Regan de El exorcista, 1973, bajando la escalera de espaldas), muebles antiguos, libros de Lovecraft y del manga Berserk, miniaturas de doctores de la Peste Negra, un cuervo a lo Poe, una cabeza de macho cabrío de peluche con un pentagrama rojo en la frente, un ataúd. "Quiero un cuervo así", le digo, y me ofrece el contacto de dónde lo mandó a hacer.

Los hippies tienen fama de buenos y los metaleros oscuros de turbios, pero los que conocemos ambas movidas sabemos la verdad.

Betiana comenzó a dibujar de muy niña y a los seis años la mandaron a un taller de dibujo en Las Piedras, su ciudad. Un libro de Dalí regalado por su abuela la introdujo al surrealismo y la llevó a soltar la mano, y a los 15 años la música la introdujo a la oscuridad y a los tatuajes. Se hizo fanática de los Red Hot Chilli Peppers, luego entró al heavy metal y el rock alternativo. Era la rara en Las Piedras, la rebelde. Más cuando se tatuó. Sentía atracción por cosas que a otros les daban asco, y valoró estudiar medicina forense.

Entró en Bellas Artes al salir del liceo para oficializarse como artista, como dibujante, pintora e ilustradora. Hizo unos cuantos años pero se decepcionó de la carrera, y aunque a los 20 y pocos ya vendía sus pinturas, fue dejando el pincel a un lado y tomando en cambio la aguja. Al principio costó que le abrieran las puertas y la tomaran en serio —dice que hoy ya no, pero que los tatuadores eran muy celosos de su oficio—, hasta que un hombre con el que se tatuaba vio su habilidad para la ilustración y empezó a mostrarle cómo trabajar.

El tatuaje se masificó en la década que lleva como tatuadora, así que clientes no le faltaron. Y en la enorme demanda, hubo hambre por su estilo neogótico y el blackwork (todo en negro) que prefiere.

Que abandonara la pintura no significa, claro, que abandonara el arte. Para ella tatuar era poder vivir de la ilustración en Uruguay, cosa nada fácil. Pero sentía que su voz propia estaba callada, porque, explica, el tatuaje “parte de la intención de un otro y no deja de ser un trabajo mucho más comercial: tengo que cumplir con el cliente”.

Cumplir 33 la hizo reevaluar.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

De luz y densidad

Betiana solía pintar sobre partituras antiguas que compraba en ferias, y trabajaba con café y tinta china. Desde los 15 subía todo lo que pintaba a internet, y encontró que existía un público para lo suyo.

El año pasado, con estabilidad laboral, escuchó al fin las ganas de recuperar su voz artística, la curiosidad de ver cómo sería su arte entrada la adultez, y la necesidad de entrar en contacto con el papel (para diseñar los tatuajes usa una tablet). Volvió a hacer clases de dibujo, con el reconocido Óscar Larroca, y luego de óleo con otro profesor, Marcelo González.

Pero sus óleos los hizo sola en su casa. Sola, sin asistencia de profesores o compañeros. Los lienzos pegados a las paredes. Con Rembrandt como un referente, emplea poca luz y busca transmitir atmósferas densas, tupidas. Transmitir más una atmósfera que un significado textual. En líneas generales se basa en la llamada paleta de Zorn, que se basa en pocos pigmentos básicos.

En la serie de 10 piezas que está desarrollando, la inspira algo abrumador que siente de la realidad actual. No tiene puesto en palabras exactamente qué, quizás porque no lo tiene tan racionalizado, porque es más algo emocional que pensado. Pero sabe, por ejemplo, que por eso incorpora animales señalados como plagas en nuestro país. Ciervos, liebres, jabalíes. Y no solo decoran sino que tienen protagonismo, como marcando a las personas a las que retrata que deberían liberar ellas también su lado animal. ¿Qué pasaría si las personas dejaran que el animal tomara el control?

Tal vez su rasgo más distintivo en esta etapa es cómo combina elementos clásicos con “algo muy contemporáneo”: los cuerpos tatuados. “Hay personajes que no hubieran estado ahí en otro momento”, dice, y además “lo hace más mío porque tengo una historia con la persona”. Su propio autorretrato es un ejemplo. El de su pareja, sentado desnudo con un libro en un paisaje tipo de cañón rocoso, más todavía.

Muy bello es el retrato de una chica vestida con un body con transparencias que, a pesar de la prenda y la pose, como acostada, no tiene un fin erótico. Liebres la rodean, multiplicadas. Aparecen tonos rosas. A la protagonista la conoció porque le pidió para tatuarse uno de los diseños originales de Betiana, así que con ella hizo todo el recorrido.

No llegará con la serie completa a la Feria de Artistas, pero será una gran oportunidad para ver su pintura de primera mano y dejarse envolver por la densidad y oscuridad… y verle el lado luminoso.

Por otro lado, claro, Betiana sigue tatuando y puede encontrarse su página personal en este enlace.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

Por Gastón González Napoli
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