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Los libros y sus autores

Ana Fornaro: “La escritura es una gran reveladora”

La autora publicó “Instrucciones para las ruinas” por Estuario Editora.

17.06.2026 14:24

Lectura: 9'

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Un libro de crónicas, de no ficción, que se permite vuelo literario, humor, y hasta ir agregando un aroma ficticio: eso es Instrucciones para las ruinas (2026), publicado por la periodista Ana Fornaro.

Un perfil del Hombre Araña uruguayo, un recital de Coldplay con aura de autoayuda cool, cómo trabajan ginecólogas y depiladoras, o cómo las empleadas domésticas del country Nordelta, en Buenos Aires, se enfrentaron con sus jefes, son algunas de las historias que cuenta en este libro.

Ana Fornaro es escritora, periodista y editora. Es licenciada en Letras y magíster en Literatura Comparada por la Universidad de Lille (Francia). Publicó el libro de poesía De a ratos (2012) y sus crónicas y ficciones integran antologías en Uruguay, Argentina, Chile y España. Es cofundadora del medio regional Agencia Presentes y directora de la revista de crónica y ensayo Lento. Vive en Buenos Aires.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

El libro se mete en escenas muy específicas —un recital, un consultorio, un country— y las vuelve extrañas. ¿Qué te hace decir “acá hay algo para escribir”?

En general hay una o dos cosas que me llaman la atención y luego tiro de la cuerda. Suele ser una imagen, una escena o una sensación más que un tema, pero a veces el tema se impone también. Por ejemplo, en el caso de las Chicas de Nordelta, sobre la discriminación de las empleadas en ese country argentino, fue a partir de un video que ellas publicaron en las redes (cuando cortaron la calle porque no las dejaban subir al ómnibus que las entraba a trabajar) y que me parecía tan injusto, y tan grotesco, que quise saber más, ahí me puse a indagar y buscarlas para ver qué historias existían detrás de ese hecho concreto. Y en general, cuando buscamos, aparecen muchas. En el caso del consultorio o recital u otras escenas más cotidianas, me pasa de estar ahí y que esas sensaciones me disparen algunos pensamientos y todo se empieza a armar en mi cabeza, asociando cosas. Luego en la escritura hay que ver si funciona o no, porque la escritura no es un mero ejercicio de traspaso sino que van apareciendo otras cosas.

Hay una mirada muy atenta a lo cotidiano, pero nunca es ingenua: siempre parece haber algo que incomoda o desarma. ¿Es una forma de mirar o aparece en la escritura?

Creo que son las dos cosas. La mirada tiene que ver con una forma de ser, es algo bastante constitutivo, es cómo analizamos nuestro entorno, qué nos dice lo de afuera a cada uno. Pero la mirada también se entrena. Y el resto, claro, aparece en la escritura. La escritura es una gran reveladora. A mí no deja de sorprenderme, esa es posiblemente la parte más misteriosa, placentera y mágica.

Si tuvieras que describir tu libro en una sola frase, ¿cómo la formularías?

Un libro de crónicas sobre gente herida que busca sentido o cierta reparación.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

El humor atraviesa muchos textos, incluso cuando lo que se cuenta es bastante áspero. ¿Qué lugar ocupa para vos? ¿Defensa, herramienta, forma de señalar?

El humor es parte de quien soy, de mi forma de estar en el mundo, posiblemente sea un mecanismo de defensa sí, una especie de filtro, entonces está muy presente en mi escritura. Pero no todos los textos se bancan el humor como lugar de anclaje. Sin embargo siempre puede aparecer un destello incluso cuando estamos contando una tragedia, a veces es necesario, y ahí se convierte en herramienta.

¿Qué libro de otro autor/a te afectó de tal manera que te gustaría generar ese mismo efecto en tus lectores?

Hay muchísimos, pero hoy elijo Persépolis (2000-2003), de la dibujante francoiraní Marjane Satrapi, que murió hace muy poco, así que es mi homenaje. Es una belleza visual pero también cómo está narrada, las decisiones que tomó sobre el tono, cómo cuenta un país y una cultura increíbles atravesados por la violencia y el fanatismo religioso, a partir de una experiencia personal, con una mirada singularísima, entre el humor y el drama y con mucha ternura.

Venís del periodismo y la crónica. ¿Qué te permite la ficción (o esta escritura híbrida) que no te permite la crónica más tradicional?

Considero que Instrucciones para las ruinas es un libro de no ficción. Toda la primera parte es absolutamente no ficción, está anclado en la crónica y la segunda sí es más híbrida, exagero algunas cosas pero trabajo con material propio, de cosas que, doy fe, me sucedieron. Luego está el yo como una construcción literaria, narrativa. El yo nunca es una transposición exacta de quien escribe, incluso cuando digo que es no ficción.

Si tuvieras que escribir una “instrucción” más para este libro que no haya quedado adentro, ¿cuál sería?

Creo que escribiría algo más sobre la proliferación de autoayuda y terapias holísticas en las redes sociales, es un tema que me obsesiona. Sobre todo los gurúes de Instagram.

Foto: Javier Noceti

Foto: Javier Noceti

En varios textos hay una implicación directa de la narradora: no mira desde afuera, se mete. ¿Cómo trabajás ese lugar entre observadora y participante?

Cuando estoy metida en una situación siempre estoy pensando algo, lamentablemente. Pero ese rasgo de personalidad bastante neurótico me sirve para la escritura. A su vez suelo involucrarme mucho en las situaciones que narro, incluso cuando luego elijo correr el yo de un texto, antes puse el cuerpo y desde ahí se escribe diferente.

Aparecen mucho los cuerpos: en lo médico, en lo laboral, en lo íntimo. ¿Te interesa pensarlos como un territorio político en estos textos?

Sí, absolutamente. No es algo que haya pensado a priori “voy a escribir sobre cuerpos como territorio” pero me doy cuenta que aparecen, sobre todo cuando escribo sobre mujeres. Además en el cuerpo viven las emociones y a mí es el terreno que más me interesa explorar.

¿Qué libro nunca te aburrís de releer?

Mónica por Mónica (1967), de la humorista Elina Berro. Me hace reír siempre. Es mi abuela pero no la conocí porque se murió muy joven.

El libro parece moverse entre lo “radiante” y lo “radiactivo” de lo cotidiano. ¿Te interesa más iluminar o contaminar la mirada del lector?

Nada de lo contaminante parece ser muy benigno, así que si tengo que elegir, prefiero echar un poco de luz propia sobre algunos temas que me obsesionan y por eso los comparto.

Si uno de los textos del libro tuviera que convertirse en una escena de película, ¿cuál elegirías y cómo se vería?

Creo que la crónica sobre mi infancia como bagayera del Chuy. Sería una comedia con estética noventera y un poco decadente.

¿Qué estás leyendo ahora?

En general leo dos o tres cosas cosas a la vez, es una deformación laboral, agravada por el déficit atencional de la época. Ahora mismo estoy con Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), un libro de ensayos de David Foster Wallace que tenía pendiente desde siempre y Koljós (2026), la última novela de Emmanuel Carrère.

¿Qué libro prestaste de tu biblioteca y hasta el día de hoy no fue devuelto? ¿Y al revés?

Varios, pero extraño mucho Los dioses de los griegos (1951), de Karl Kerényi, no lo pude volver a conseguir. La segunda respuesta morirá conmigo.

Hay un impulso de entender lo que pasa alrededor, pero también un límite. ¿Qué cosas sentís que la escritura no llega a resolver?

Los problemas de la vida y de este mundo, eso no lo resuelve la escritura. Algunas personas encontramos en la escritura una mediación, un lugar donde nos sentimos menos solos, donde podemos conectar con otras dimensiones de nosotros y de paso también con los demás, si hay lectores. En mi caso es una buena forma de darle cauce al desborde fantasioso, imaginativo, que de otras maneras suele ponerse en mi contra. Pero los corazones rotos, los desórdenes psíquicos, los dramas y fisuras no se resuelven en la escritura.

Sophie Calle, una artista francesa que me gusta mucho, dice que ella empezó a usar a la fotografía (y luego a todas sus herramientas artísticas) como una forma de poner distancia de los momentos dolorosos. Entonces si estaba angustiada por x cosa, iba y trataba de hacer algo con eso (una foto alusiva, un video) y oponía eso a su dolor. Lo transformaba en otra cosa. Me gusta pensar en la escritura como un obstáculo para los dramas de este mundo. También me gusta mucho lo que dice David Foster Wallace en su ensayo Ficciones futuras y la gente conspicuamente joven. “Y nada ha cambiado sobre por qué escriben los escritores que no lo hacen por dinero: es arte, y el arte es sentido, y el sentido es poder: poder para dar color a los gatos, para ordenar el caos, para transformar el vacío en suelo y la deuda en tesoro”. Es una frase que tengo hace años pegada en una pared de mi escritorio. David Foster Wallace se terminó suicidando a los 46 años, así que saquen sus conclusiones.
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Fragmento de Instrucciones para las ruinas

Le dije a Bismarck que quería verlo sin la máscara. Dudó. Después redoblé la apuesta y le dije que quería verlo sin el traje y en su casa. Dudó más. Se estaba por mudar y estaba todo hecho un relajo, además que siempre está el tema de revelar la identidad. Dar a conocer su nombre es una cosa, pero sacarse la máscara es romper con el personaje. Así lo llama. Por esa misma razón tampoco revela la edad. El Hombre Araña es un adolescente, y un señor grande defraudaría a los niños. Pero al final dice que sí, que quiere que conozcan su historia, hasta propone un título para la nota.

Bismarck vive en una pieza, al fondo de una casa tipo chorizo, en un barrio humilde al noroeste de Montevideo. Para avisar que estoy allí hay que golpear un portón de metal. Atiende la vecina de delante y lo llama. Por debajo del portón veo las botas de Hombre Araña que se acercan y me digo que no, que no puede ser, que se arrepintió. Otra vez hablar a través de una máscara, no. Pero cuando abre la puerta veo la cara de un señor morocho de pelo crespo que me sonríe con su traje azul y rojo. En la pieza vive con Paola, su pareja desde hace unos años, y los dos hijitos de ella.

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