Aldous Harding editó un disco hermético que pide paciencia y atención pero no te suelta
Grabado en Gales con el productor de PJ Harvey, lo nuevo de la neozelandesa la confirma entre las más interesantes de la escena indie anglo.
Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
Cuando John Cale tocó en algún festival donde también estaba la neozelandesa Aldous Harding, él se sentó a comer arroz mientras ella desarmaba el escenario.
Eso es todo lo que pasa en “One Stop”, la segunda canción de Train on the Island, el quinto disco de Harding, publicado el 8 de mayo a través de 4AD. No hay anécdota, no hay reflexión, no hay moraleja. Ella dice que conoció al fundador de la Velvet Underground, que él no emitía ni sonidos ni palabras; que ella levantaba el escenario y él comía arroz. Esa secuencia de detalles sin jerarquía es la lógica entera del disco y también la razón por la que Harding lleva años siendo una de las artistas más interesantes y más difíciles de agarrarle la mano de toda la escena independiente anglosajona.
Aunque decir indie es una afirmación vaga ya que la artista, como mencionábamos, está firmada con 4AD, un sello que si bien no es parte ni de Universal ni de Sony —aunque esté asociado con Beggars Group, uno de los grupos editoriales independientes más grandes del mundo y a su vez tenga acuerdos comerciales y de distribución con los pesos pesados de la industria—, en su catálogo contó con los Breeders, Cocteau Twins, los Pixies, entre otros. Así que no sería independiente del todo, como se hacen llamar algunos artistas para poder portar esa bandera que es mucho más fuerte y sustanciosa que andar cargando el peso de haber alcanzado cierto reconocimiento gracias a las discográficas que pagan incalculables cantidades de guita para modificar los algoritmos y que sus artistas aparezcan hasta en la sopa… o en tu feed.
Hannah Topp —ese es su nombre real— nació en Lyttelton , Nueva Zelanda, en 1990 y lleva años viviendo en Gales (véase otro guiño involuntario a Cale), donde grabó este disco junto con el productor John Parish en los Rockfield Studios de Monmouth. Parish es el hombre que estuvo detrás de To Bring You My Love de PJ Harvey —también tienen álbumes colaborativos con Polly Jean como A Woman a Man Walked By— y esa influencia que se arrastra está presente aunque Train on the Island busque salirse por la tangente. Lo que Parish hace con Harding es parecido a lo que hace con Harvey: construir un espacio donde la voz pueda existir sin que nada la tape, donde los arreglos nunca sean más grandes que lo que se está diciendo. Acá entran también el artista Mali Llywelyn, el baterista Sebastian Rochford, el sintetizador de Thomas Poli, el pedal steel de Joe Harvey-Whyte y el multiinstrumentista Huw Evans, conocido como H. Hawkline, que toca en casi todo, diseñó la portada del disco, y canta con Harding en “Venus in the Zinnia”.
El disco abre con “I Ate the Most”, que arranca casi susurrada sobre un Fender Rhodes y un loop percusivo. Canta “tenía nueve años cuando abandoné mi cuerpo”, después “a veces como hasta vomitar”, y todo eso lo dice con la misma entonación tranquila y monocorde al estilo de Nico, por momentos acompañada de coros que advierten o despiertan. Esta intención provoca una suerte de indiferencia, como si el peso de las frases no fuera su responsabilidad sino la del oyente. Las referencias a trastornos alimentarios aparecen varias veces a lo largo del disco, en “Venus in the Zinnia” y en “Coats” también, pero nunca de manera confesional ni catártica sino que están ahí como un detalle más, como si Harding pusiera una miga en el camino a lo Hansel y Gretel y siguiera caminando, mirando cada tanto para atrás para ver si la pisaste. Harding no se define a sí misma como cantante ni como compositora sino como “song actor”, actriz de canciones, alguien que habita los temas desde adentro en lugar de exponerse en ellos. Eso explica bastante ya que no está exponiéndose sino interpretando un personaje que a veces se le parece demasiado. Un truco que escuchamos en varios artistas; esta idea de desmarcarse y no ser uno el que está vomitando esa bola de emociones. Como sucede en la canción “Sin más” de Buenos Muchachos, donde Pedro Dalton aclara: “Voy a usar un verso que hablé de él”. Más tarde en entrevistas aclaró que ese “él”, ese yo lírico, no es nada más ni nada menos que el cantante de la propia banda.
Luego pasamos a “One Stop”, que empieza con Harding declarando “voy a escribir lo que sé” antes de contar que volvió a su ciudad y que encontró a John Cale comiendo arroz en silencio como comentábamos al principio. Después dice “me arranco, me apago, imaginando desde el bloque, imaginando” y la canción se abre hacia algo que mezcla a St. Vincent con Caravan, pop progresivo y folk al mismo tiempo, sin que quede claro cuándo ni cómo pasó eso. La canción titular tiene una línea que corta: “Odio mi percepción pero la medicación me enlentece la mente”, sobre piano suave y pedal steel de los setenta, como si estuviera hablando del clima. “Riding That Symbol” es casi una canción de cámara, voz muy cerca del micrófono, sintetizador como fondo, y Harding diciendo “solo estoy montando ese símbolo, nadie sabe qué me gusta”.
“If Lady Does It” es la más rara del lote, una canción que parece empezar a mitad de sí misma, que cambia de tempo varias veces y que tiene aires de jazz sin ser jazz, como si Blossom Dearie hubiera entrado a un estudio a grabar algo y se hubiera equivocado de lugar o hubiera sufrido de amnesia repentina. “What Am I Gonna Do?” tiene arpa y percusiones que recuerdan al exotismo tropical de los sesenta y una línea que se clava: "¿Qué voy a hacer si no puedo salir de esto? / No pueden entrenarme para salir de esto”. “San Francisco”, por su parte, empieza sola, nuevamente con un Fender Rhodes, y se abre lentamente, con Harding preguntando “¿por qué no querría conocerte?” antes de soltar, casi de pasada, “me salvo comiendo rocas y plantas, rezo por el incel”. Es un salto común en ella, pasar de la imagen y el clima tierno a lo completamente inesperado sin que haya señal de tránsito en el medio; es decir, las transiciones se omiten y se busca por ende el impacto, la sorpresa, hasta casi que lo disonante. Algo que vimos en otros artistas de esta época en particular como Cameron Winter, artistas que utilizan el impacto como herramienta humorística y para llegar a un público cada vez más somnoliento por el scrolleo y la falta de atención. “Worms” es lo más parecido a una balada country que va a hacer Harding en su vida, que remite a Lucinda Williams aunque incluso ahí su voz suena más a Chrissie Hynde en un retiro de meditación que a cualquier cosa del sur de Estados Unidos. Y “Coats”, que cierra el disco, acumula guitarras eléctricas, voces dobladas, Harding cantando contra sí misma en registros distintos, hasta crear la sensación de que hay varias versiones de ella despidiéndose al mismo tiempo. La última línea antes del fade out es "¿qué decís cuando conocés mujeres azules?" y la respuesta está en la portada, que también hizo H. Hawkline: Harding sentada en algo parecido a un auditorio vacío, mirándote directo a la cámara con la cara pintada de azul.
Hace años que Harding dejó de dar entrevistas porque, según ella misma explicó cuando todavía las daba, no entendía por qué alguien querría escucharla hablar sobre sus canciones cuando ya las escribió como explicación, por oblicua que sea. Algo que recuerda a aquella actitud de Fiona Apple, que decía, al ser consultada sobre su timidez, que si no tenía nada para aportar simplemente no hablaba. Para ellas hablar sin tener algo para decir es al pedo, básicamente. Pareciese un hermetismo calculado pero resulta ser la consecuencia lógica de alguien para quien la canción es el único lugar donde las cosas pueden decirse como tienen que decirse. Una voz que no te explica nada y que sin embargo no podés sacarte de la cabeza, como una frase que alguien te dijo hace años y que recién ahora, en el momento más inesperado, entendiste.
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