La mejor escenificación simbólica de la Guerra Fría en el cine es enteramente ficticia: la pelea entre Rocky Balboa e Iván Drago. Acción. Violencia. Triunfo del italoamericano hecho de abajo, que entrena corriendo en la nieve con un buzo gris y se sube al ring con short de franjas y estrellas, versus la máquina soviética casi inhumana y asesina. Triunfo de America. La mejor escenificación simbólica de la Guerra Fría en la realidad quizás haya sido el match por el Campeonato Mundial de Ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky, en Reikiavik, Islandia, en 1972. El que perdiera arrastraba consigo un país, un sistema, una filosofía política, económica, cultural. Triunfo del hombre hecho de abajo, el más joven de los dos, el judío de Brooklyn. El que había aparecido de golpe entre la crema y nata y que se retiraría de la competencia profesional sin permitirle a nadie disputarle el título. Triunfo, también, de America. Porque la realidad es menos pulida.

En el Teatro Solís durante junio se ha podido ver la obra Reikiavik, del dramaturgo español Juan Mayorga y con dirección de Mariana Weinstein, que se inspira en aquel cruce. Moré y Gustavo Bianchi interpretan a dos actores que se reúnen periódicamente a recrear el match; un muchacho, interpretado por Santiago Reyes, se acerca y junto con ellos comprende las reglas del ajedrez y el simbolismo de la batalla islandesa.

Restan las dos últimas funciones de Reikiavik el fin de semana próximo, con entradas agotadas.

La ocasión es propicia para repasar lo que se llamó el "Duelo del Siglo", una de esas etiquetas marketineras sobreutilizadas pero que en esta oportunidad tuvo bastante justificación (por lo menos más que en la pelea de Mayweather y Pacquiao en 2015).

Imagen promocional de

Imagen promocional de "Reikiavik"

Aunque no se sepa jugar al ajedrez más que a la pasada, son usuales las metáforas y símiles: parece que tal político es errático, pero en realidad está jugando al ajedrez en tres dimensiones. O tal director técnico es un ajedrecista por cómo planteó el partido.

En geopolítica es una de las áreas donde más encaja la comparación. Es o el ajedrez o la batalla naval. Por eso el enfrentamiento entre Spassky y Fischer atrajo tanta atención. Las 21 partidas en un mes y medio se transmitieron por televisión en prime time.

Ajedrecistas soviéticos venía sosteniendo el título mundial desde 1948 y también habían salido victoriosos del show del “URSS vs. Resto del Mundo” disputado en el 70. Es que así como se impulsaba mucho el desempeño atlético como herramienta de soft power, y por eso las participaciones más que destacadas de la Unión Soviética en el medallero olímpico, el régimen con sede en Moscú valoraba el ajedrez como instrumento de unidad nacional. Los países latinoamericanos tenemos el fútbol como gran igualador, los soviéticos apuntaron a usar el ajedrez. Pero también se utilizaba como instrumento de propaganda hacia afuera, para mostrar a los soviéticos —en otras palabras, a los comunistas— como intelectualmente superiores a los occidentales capitalistas.

Boris Spassky era el campeón defensor desde 1969. Se lo consideraba un caballero, como un aristócrata comunista. Un tipo serio, inexpresivo durante las partidas. Un nacionalista ruso convencido. Cuando se convirtió en gran maestro a mediados de los años 50, fue el más joven en conseguirlo. Entró en el círculo mundial top unos diez años más tarde, momento en el que desafió infructuosamente al campeón vigente, el armenio soviético Tigran Petrosian. Lo venció al fin en la capital rusa en 1969 y se coronó. Fue parte del equipo que derrotó al resto del mundo al año siguiente.

Entre los que perdieron estaba Bobby Fischer.

Boris Spassky en 1970

Boris Spassky en 1970

Dos años después, Fischer escaló por sorpresa hasta un puntaje histórico en el ranking y desafió a Spassky.

Era un joven autodidacta, excéntrico, confianzudo, que consideraba importante el entrenamiento físico además del intelectual, que boxeaba y nadaba, que tenía un historial de choques con la institucionalidad del ajedrez de Estados Unidos. Un yanqui, en síntesis. Había publicado más de un libro e innovado en la teoría. Su rostro era tapa de revistas. Periodistas lo seguían por la calle. En los encuentros de candidatos previos a disputar el título, Fischer encadenó 20 triunfos al hilo y dejó por el camino sin despeinarse a tres grandes maestros, Petrosian por último. Luego de esa victoria, en Buenos Aires, la crónica de la revista Sports Illustrated aseguraba que el público había quedado hechizado por la personalidad de Fischer. Después de ganar se fue a jugar al bowling hasta la madrugada.

La disputa se acordó con Spassky para disputarse en el territorio neutral de Islandia, pero Fischer amenazó con bajarse porque el premio le parecía poco.

Entonces levantó el teléfono Henry Kissinger.

El secretario de Estado de Richard Nixon convenció a los organizadores de que duplicaran el premio y llamó a Fischer para convencerlo de ir a Reikiavik. Sería un “favor patriótico” que fuera y ganara: “Para nosotros sería como meterle un torpedo en la línea de flotación de la propaganda comunista”.

El primer partido se jugó el 11 de julio de 1972 y el último el 31 de agosto. Para el detalle de qué pasó, mejor ir a ver Reikiavik. O, en su defecto, conseguirla en texto.

Bobby Fischer compitiendo a los 16 años

Bobby Fischer compitiendo a los 16 años

Garry Kaspárov, que obtendría el campeonato del mundo en los años 80 y es todavía considerado uno de los mejores de todos los tiempos, dijo sobre el match que Fischer encaja ideológicamente en el contexto de la era de la Guerra Fría: "Un genio estadounidense solitario desafía a la máquina soviética del ajedrez y la derrota”.

Las vidas de ambos jugadores cambiaron luego del duelo, aunque tendrían paralelismos.

Spassky volvió a la URSS pero preveía que lo recibirían mal. Así fue. Se lo vio como un traidor. Las autoridades le complicaron la existencia hasta que le permitieron dejar el país; se exilió en Francia, donde siguió jugando, dijo, más tranquilo por no cargar con la representación de su país.

Una vez caído el socialismo real, un Spassky ya libre de ataduras se mostró más crítico con la URSS. Dijo ser un nacionalista ruso, un cristiano ortodoxo con todas las letras, pero un monarquista, zarista, sin añoranzas por los tiempos soviéticos. Ya cumplidas sus siete décadas volvió a Moscú en circunstancias como mínimo extrañas: aseguró que su última esposa lo tenía casi preso en su casa y que había logrado escapar de regreso a la Madre Rusia. Murió allí el año pasado, a los 88.

A Fischer lo retó en 1975 el ruso Anatoly Karpov, pero él exigió unas condiciones que los organizadores y el propio Karpov rechazaron. Se puso una fecha límite para que Karpov y Fischer confirmaran, y como Fischer no respondió, por default la Federación Internacional de Ajedrez le pasó la corona al ruso. Decidió entonces retirarse.

Si se hubiese mantenido en las sombras, habría alcanzado un estatus de leyenda. Pero algo tenía Bobby, aunque nunca lo diagnosticaron. Esquizofrenia o trastorno de personalidad paranoide. Él mismo convirtió a su leyenda en leyenda negra.

Se repitieron sus comentarios fuertemente antisemitas y conspiracionistas. Aseguraba que los rusos, con Kasparov a la cabeza, eran todos tramposos. Celebró el atentado del 11 de setiembre de 2001 como una suerte de karma contra el gobierno de Estados Unidos, y dijo que esperaba un golpe de Estado que cerrara las sinagogas, detuviera a todos los judíos, y ejecutara a sus líderes.

Además, siempre sostuvo que era el campeón vigente porque nadie le había arrebatado el título.

Solo salió de la cueva para una revancha contra Spassky, con el premio más abultado que se hubiera y haya visto. Sin embargo, como la sede era Yugoslavia, y el país estaba bajo sanciones internacionales en los albores de la Guerra de los Balcanes, el gobierno estadounidense le dijo a Fischer que aceptar el match violaría la ley. En conferencia de prensa, Bobby mostró una impresión de la carta que le había mandado el Departamento del Tesoro y escupió el papel. Como consecuencia, enfrentó una orden de arresto y no pudo volver a su país. Vivió en el exilio en Hungría, Filipinas, Japón y finalmente en Islandia, donde murió, justamente, en Reikiavik en 2008.

Ah: la revancha contra Spassky la ganó también Bobby.