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Contenido creado por Sofia Durand
Literatura
Oh, dear

A 60 años de “A sangre fría”: Leila Guerriero tras el fantasma de Truman Capote

El escritor se desquebrajó a cambio de la gloria literaria y la periodista argentina hizo la autopsia de una parte de ese proceso.

20.02.2026 16:59

Lectura: 7'

2026-02-20T16:59:00-03:00
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Por Delfina Montagna | @delfi.montagna

Se dice que Capote es el inventor del periodismo narrativo. Algunos latinoamericanos orgullosos tienen presente el dato de que Operación Masacre (1957), de Rodolfo Walsh, se publicó nueve años antes de A sangre fría. Prueben buscar el título de la novela de Walsh y este será el primer dato que salta a la vista, incluso antes que una explicación de su trama o contenido. Más allá del tecnicismo temporal, está claro que Capote fue uno de los pioneros y un actor clave para popularizar el género.

Simon Reynolds dice en Futuromanía (2024) que algunas obras (aunque en su caso habla sobre la música) tienen un aura retrospectiva de inevitabilidad, como si hubiesen estado destinadas a ser lo que son. Pero también tendemos a medirlas con un montón de varas que le exigen estar a la altura. ¿Este libro inventó su propio género? ¿tiene algo que enseñarnos? Y, lo que parece parecido pero no lo es: ¿todavía es actual? 

Con ocasión de los 60 años de su publicación, no fueron pocos los medios que se preguntaron por su “actualidad”, si —todavía— tiene algo que enseñarnos de la profesión periodística y cuál fue la relación entre la novela y la verdad de los hechos. Al intentar —según él creía— aplicar por primera vez los recursos narrativos para contar un asesinato, el escritor se basó en la investigación, pero no se limitó exclusivamente a ella. 

En una investigación completísima, el diario All Alabama proclama que “muchos lectores, académicos y críticos han llegado a la conclusión de que el libro no era periodismo auténtico porque la descripción que Capote hace de los asesinos no es objetiva”, y cita como expertos tanto al abogado Randy D. Gordon como a la especialista en ética Rachel Hanel, que reclaman que los hechos pasaron por el filtro de selección del autor, acorde a lo que él le sirviera para su narración. 

Richard Eugene Hickock y Perry Smith, asesinos del caso

Richard Eugene Hickock y Perry Smith, asesinos del caso

En un artículo en el diario santafesino El Litoral, el periodista Juan Ignacio Novak se pregunta también qué relación tiene esta obra publicada en 1966 con los desafíos del periodismo hoy en día, que se enfrenta a otros tótems como las fake news, el contenido artificial y la saturación de información. Novak reconoce que, con su combinación de técnicas, la novela “brinda herramientas para contar historias, lo cual continúa siendo el desafío central del periodismo, junto con el apego a la verdad. (...) Reflexionar respecto a cómo Capote manejó estas cuestiones sirve para ver cómo actuar en el ejercicio del periodismo” . 

Invitada a pasar un mes en la Residencia Literaria Finestres, ubicada en la Casa Sanià, la escritora argentina Leila Guerriero fue a buscar su propia verdad a Palamós, el sitio en el que esta novela que marcó un antes y después fue finalmente ensamblada.

En abril de 1960, Truman Capote desembarcó en este municipio español con una comitiva que hoy parece el decorado de una película de Wes Anderson: su pareja Jack Dunphy, dos perros, un gato y 25 valijas. Entre ese equipaje descansaban las 4000 páginas de notas y transcripciones que había recolectado sobre el asesinato de los Clutter. El escritor buscaba en la Costa Brava un refugio contra la distracción de Manhattan para dar forma a lo que él concebía como la primera novela de no ficción. 

En su exilio mediterráneo, Capote escribía esperando que el sistema judicial norteamericano le entregara el final que su libro exigía: la pena de muerte de los homicidas, que además habían encontrado en el escritor norteamericano un confidente e incluso una esperanza. Esos tres años en España fueron un limbo donde el autor se aisló en su oficio, mientras la ejecución de Smith y Hickock se postergaba una y otra vez en un pasillo de la muerte, a un océano de distancia.  

Leila Guerriero. Foto: Anagrama

Leila Guerriero. Foto: Anagrama

El paso de Capote por Palamós fue lateral en su obra, pero decisivo para la memoria del lugar, como después narró Guerriero. De allí nace La dificultad del fantasma (2024), editada en la colección Cuadernos Anagrama. A medio camino entre la investigación y el diario de escritura, la autora se enfrenta a la dificultad técnica de hacer periodismo sobre algo que ya no está. Habitando los mismos espacios, mirando el mismo mar de la Costa Brava, se ve obligada documentar la nada. Los testigos murieron, muchos lugares ya fueron demolidos, los lugareños se disputan el honor de saber dónde compraba croissants y el recuerdo local es una anécdota desgastada por el tiempo. 

En la millonada de entrevistas que Leila Guerriero respondió sobre su acercamiento a la disciplina, hay ciertos ejes innegociables: la investigación y preparación minuciosa, el silencio como herramienta y una escucha activa hacia lo que el entrevistado dice y lo que calla, junto con una genuina curiosidad. En esta residencia, tuvo que adaptar su sistema al silencio que rodea al rastro de Capote. 

El contraste entre la saturación de datos sobre Capote y la economía de calles sin salida que encuentra Leila es absoluto. Mientras él acumulaba miles de páginas sobre una familia masacrada, ella documenta la ausencia de una placa robada y la vaguedad de los recuerdos de un par de hoteleros nonagenarios. La propia presencia de la cronista termina siendo el único hilo conductor tangible en una búsqueda que se resiste a ser clausurada. Heredera de una rigurosidad que no admite concesiones, se enfrenta en este libro al límite de sus propias herramientas. 

La labor de Capote en Kansas fue una proeza de inmersión que terminó por diluir las fronteras entre el observador y lo observado. Guerriero, en cambio, mantiene una distancia lúcida que le permite observar su propia fascinación sin perder el eje de la investigación. En este cruce, podemos trazar un punto desde el cuasi origen del periodismo narrativo a su ejercicio más actual como una improvisación constante ante las circunstancias, y una voluntad  de acercarse a lo real con más dudas que respuestas. 

Foto: Anagrama

Foto: Anagrama

En el caso de Capote, quedó un libro perfecto y un autor roto. En el de Guerriero, queda un texto que reflexiona sobre su propia construcción y sobre la fragilidad de la memoria histórica. La relectura de estos textos propone tanto un encuentro con la belleza del lenguaje, con toda su potencia estilística y estética, y la curiosidad técnica.

Leer es una interacción extraña donde el pasado de la escritura y el presente absoluto de la lectura se funden en un mismo instante.  Si hay tantas posibles lecturas como lectores, ¿por qué necesita ser actual? ¿por qué le pedimos a la obra que nos enseñe algo? La posibilidad de objetividad absoluta es delicada y cuestionable per sé, pero lo es más aún cuando analizamos un documento que se redactó hace sesenta años cruzando dos variables que antes (algunos creen) no se habían cruzado jamás. Y, a pesar del interminable archivo que hay sobre la vida y obra de Capote, nunca sabremos si se puso retratar la realidad tal cual fue. 

En La sombra de un jinete desesperado (2023), Juan Mattio aventura que “un lector no es alguien que acumula lecturas, sino, más bien, alguien que aprende a leer de distintas maneras, guiado por diferentes preguntas, a lo largo de su vida. No creo que alguien aprenda a leer de una vez y para siempre. Todo gran texto —incluso toda película y todo gran disco— nos pone en situación de tener que volver a construir modos de indagación y contacto con el objeto”. 

Cuando abrimos A sangre fría hoy, podemos participar de su propio juego estético. Podemos también contrastar cuál era el panorama periodístico de aquel entonces y cuáles herramientas siguen siendo útiles. Podemos, como postulaba Foucault, tratar al documento como monumento, es decir, no tomarlo como un puente hacia el pasado, sino algo que fue producido bajo ciertas reglas propias. O podemos, como en la ficción, simplemente disfrutarlo. Quizá su trabajo estaba, al igual que su técnica, en algún lugar intermedio entre la narración y los hechos.