Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

Al principio eran un grupo de amigos con una idea que supone una ternura importante: mientras algunos escribían, otros dibujaban y otros componían. Se imaginaban una vida adulta en la que seguirían juntos y los azares del destino no conseguirían separarlos. Crearon Buceo Invisible con el afán de mantenerse unidos a pesar de las adversidades; mejor dicho, la vida adulta y su remolino desesperanzador.

Desde el 16 de marzo de 1997, fecha en la que se creó el colectivo en la calle Nancy, armaban y ejecutaban espectáculos. Fundado por Sebastián Vitola, Marcos y Santiago Barcellos, Alvaro Bassi y Diego Presa. Luego, se le sumaron otros integrantes: Jorge Rodríguez, Daniel Rodríguez, Pablo Costanzo, Andrés Fernández, Fabián Cota, Guillermo Wood, Pablo Gómez, Antonio de la Peña, Sebastián Santana y Jimena Romero. Poetas, ilustradores, iluminadores y músicos. Sin embargo, en el disco también participan otras personas como César Corujo, Mauro Clavijo, Ryan Leal y Daniel Rodríguez.

Estas “muestras” (así las llamaron) no significaban lo que su nombre indica: uno escucha la palabra muestra y se imagina cuadros colgando en un pasillo largo. Era la consigna que manejaban para mezclar lo que compone al colectivo: luz, música y poesía. Las muestras parten de un título tomado de un verso de alguno de los poetas, o simplemente de una imagen. A partir de Música Para Niños Tristes (2006) se consolidó una banda.

Lo primero que aparece cuando Diego Presa es consultado al respecto de esos años no es una canción, sino una pregunta sin respuesta cómoda: qué eran exactamente. Qué clase de grupo, dónde se colocaban, si eran una banda o un grupo multidisciplinario. Ninguna definición terminaba de convencer. Venían de casi una década de trabajo radicalmente independiente: el fanzine El Corazón Reversible como primera producción grupal, después dos cassettes, todo artesanal, todo sin internet, financiado con sus propios contactos y su propio dinero.

La escena tampoco ayudaba a ubicarlos. Era la época de los Pilsen Rock, donde sonar bien significaba sonar fuerte y estándar, sonar como “las bandas de afuera”. La canción de autor era, en ese clima, hasta un poco botijeada. Lo que se estimulaba era el pogo y la alegría desbocada. Lo que Buceo Invisible estaba haciendo era otra cosa: un enlace extraño entre la canción acústica de autor y arreglos con cabeza orquestal, más de pop de cámara. Una rareza, en el mejor sentido.

Por fuera de todo

A principios de los 2000, la crisis económica se llevó a media ciudad y a la mitad de los grupos también. Fueron años difíciles de remar, aunque nunca pararon del todo: el programa de radio en Quiebrayugos, La Salamandra, las muestras anuales. Siempre había alguna instancia para juntarse. Las canciones se fueron curtiendo antes de ser grabadas, “Domingo” cerraba el programa de radio como cortina de salida desde aproximadamente 2001, cinco años antes de que el disco saliera.

El álbum fue grabado entre enero de 2002 y febrero de 2005 en diversos estudios caseros. Fue mezclado y masterizado por Fabián Cota en los estudios Pájaro Oscuro. Tres años a empujes, a ratos y en los lugares que se podían conseguir. Primero fueron las sesiones en lo del Mono, que con amabilidad aceptó grabar de forma gratuita. Pero lo del Mono se demoraba, y entonces agarraron un portaestudio Tascam y empezaron solos.

El tirón fundamental fue en un monoambiente en la calle San José, entre Cuareim y Yí, primer piso, doble vidrio. Ahí sí le metieron. Con un Shure SM58, una jirafa, después otro Shure, un pequeño rack de efectos Yamaha, el pedal de Jorge, su delay. Y un bajo que no era un bajo: una guitarra de cuerdas de nylon con un sonido muy opaco, una especie de guitarrón. Esos bajos están todavía en el disco. Trabajaban con cuatro pistas, las llenaban y las dejaban ahí, sin hacer ping-pong, sin regrabar encima. La limitación se volvió método.

Jorge Rodríguez Rearden recuerda que la escasez de recursos les estimuló una necesidad: con lo poco que tenían, hacer algo. Explorar la creatividad para llenar los espacios. Esa circunstancia, dice, fue determinante en el resultado final, le dio un toque personal que con más medios quizá no hubiera aparecido.

Sangre y espuma

Ahí tomó forma el esqueleto: "Domingo", "El conde en el funeral de Frida Kahlo", "Irreal", "Ruinas". También pasó por esas sesiones Fede Lima, que se copó y les dio algunas ideas —el bajo del Conde, ese pum pum pum pum, fue una idea suya—. Después llegó lo de digitalizar las cintas, pasarlas a Cakewalk Sonar (algo así como una estación de trabajo de audio digital), lo que les costó mucho tiempo hasta que el Mono les dio una mano. Grabaron baterías en la casa de los abuelos de Presa en Donizetti, que había quedado vacía, Rosita les abría la puerta. Dos micrófonos: uno en el bombo y otro en el redoblante. Después estuvieron mucho tiempo editando cada golpe porque algunas tomas les habían quedado medio corridas.

La mezcla y masterización la hizo Fabián, sonidista que llegó a través de Jorge. Presa terminaba de ensayar tarde en Donizetti y cruzaba a Pilcomayo, donde Fabián se quedaba hasta la una y media de la mañana. Cuando escuchó las canciones quedó “recopado”. Que alguien de afuera dijera que estaba bueno también fue un estímulo. Todo el 2005 fue así, de a poquito, hasta que tuvieron el máster.

En algún momento, quizá tres años antes de que el disco saliera, hubo una reunión que quedó grabada en la memoria de todos. Álvaro Bassi había venido de visita a Montevideo. Él, Santiago y Marcos se fueron una semana a Valizas y a la vuelta pasaron por Playa Verde, donde estaba Diego. Ahí, debajo de las piscinas, anotaron la lista de canciones que tenían que estar. Charlaron sobre la importancia de grabarlas, de dar ese paso. Fue esa reunión de cuatro, con el disco todavía lejos de estar terminado, en la que tomó forma la decisión de hacerlo.

El disco se iba a llamar Todos los días. Fue Ángel Atienza, de Perro Andaluz, quien sin querer le dio otro nombre. Les advirtió que si sacaban el disco y desaparecían no servía de nada, que era importante defenderlo. Le respondieron que llevaban años juntos y que su idea era permanecer. Cuando le preguntaron qué le había parecido el disco, Atienza hizo un chiste: son canciones para niños tristes. Diego lo comentó al grupo y le buscaron la vuelta junto a Marcos Barcellos y decidieron ponerle el nombre que terminó quedando en el disco. Según Marcos, nombrar los álbumes es algo que siempre le costó a la banda y que es curioso que en el primero haya sucedido de esta forma: a través de un comentario jocoso, divertido.

Cuatro pistas y no más

Vale la pena el detalle previo: habían llamado a otro sello, los dejaron esperando en el teléfono, y cortaron. No llamaron nunca más. Si no había entusiasmo del otro lado, cerraban la cortina. Hay algo gracioso en eso si se piensa que ese mismo sello reeditó el disco 11 años después.

Publicado originalmente por Perro Andaluz en 2006 y reeditado por Bizarro en 2017, Música para niños tristes es, para sus propios integrantes, un disco bisagra: está parado entre dos momentos. Antes, las muestras ultra autogestionadas donde el encuentro entre músicos, poetas y lo visual era el centro. Después del disco, Buceo Invisible se volvió más banda, la poesía empezó a integrarse de otra manera, y el segundo disco terminó de armar la formación con la que vienen tocando hace casi 20 años.

Una de las características del colectivo es la musicalización de poemas escritos por miembros del propio grupo, tal es el caso de los hermanos Barcellos, Marcos y Santiago. En Música para niños tristes, "Ruinas" y "Marzo en Buenos Aires" son poemas de Marcos que luego fueron publicados en el libro Cantar sobre las ruinas, publicado en el año 2011 por la editorial Caracol al galope que se musicalizan. Esta práctica continuaría en discos siguientes — en El pan de los locos (2015), Marcos recita en el outro de "En la inundación" la estrofa final de su poema "Ventanas a otros mundos".

Álvaro Bassi, miembro fundador del colectivo, aletea en el disco con una presencia que el tiempo volvió más grande. Falleció semanas después de la publicación, producto de lo que Presa llamó "un accidente absurdo". La reedición de 2017 incluye varios bonus tracks: una versión en vivo de "Domingo" en junio de 2022, "Comitoina Simple", grabada en setiembre de 2014 en el Teatro La Experimental de Malvín y "Mariposas Amarillas" en su versión original, grabada por Bassi en San José del Pacífico, México, en 2003. Buceo Invisible tiene editados seis discos hasta la fecha, siendo La mañana del incendio (2025) su último trabajo de estudio, publicado en vinilo. Existen, luchan hasta el día de hoy como un espacio etéreo de guitarras rasgadas, de arreglos que son detalles que alumbran a la distancia como la estrella mas lejana, de punteos oscuros y de amistades que mas que deseo y fuerza tienen otra deriva mucho más grande: la canción.

Lo que aletea

Las canciones navegan entre la tranquilidad y las guitarras hasta que en cierto punto se abren como un portón azul e inmenso. "Comitoína Simple" es el ejemplo más claro: Bassi circula con su guitarra y su interpretación hasta que las fuerzas del colectivo se le unen para conjugar un hechizo ridículamente hermoso. "El conde en el funeral de Frida Kahlo" mantiene ese mismo razonamiento de calma antes de la tormenta, una tormenta que aterriza y atraviesa con detenimiento. Otro es el caso de "Irreal", donde sucede esta lógica que sería marca registrada del grupo a posteriori: esos instantes de guitarras enrevesadas hasta la explosión siempre acompañada de los coros de Presa y Rodríguez en los estribillos (véase el caso de "Una mujer que sueña con pájaros" publicada en Disfraces para el frío de 2011 como uno de los ejemplos más puros).

La poesía del colectivo remite casi estrictamente a las imágenes — un tipo que da limosnas, peces que se reconocen en la tristeza, encontrar la sombra en el espejo de la ferretería, los ojos que desfilan como linternas mudas. Este último verso engloba esa idea del surrealismo con ciertos vértices que supo depositar en sus canciones Patti Smith y Leonard Cohen. "Todos los días" está colocada en el track número tres. Son diez segundos en los que Marcos Barcellos hace no solo una declaración estética que atravesaría a la banda en los años venideros, sino también una declaración como colectivo. Luego Santiago Barcellos hace lo mismo en "Serpiente". Y si hablamos de declaraciones estéticas podemos hacer una lectura de ambos poemas como universos que conviven a lo largo de los años en lo que son las imágenes que instaura el colectivo tanto en el oyente como en el escucha: Un sol manchado que respira el dolor de la noche. Luz y oscuridad. Algo que desarrollan enseguida con la canción "Tu Risa", planteando esta dualidad: ‘’Todo es hermoso, y no hay palabras. Todo es terrible, y no hay dolor’’.

Un día llegó el llamado de Virginia, la esposa de Presa, de que habían llegado los discos. La caja cerrada como un bautismo a punto de suceder. Habían tardado tres años en grabarlo, habían cruzado una crisis, habían perdido a un amigo, habían llenado cuatro pistas y las habían dejado ahí.

Marcos recuerda que la forma de promover el disco fue tan artesanal como todo el proceso: agarró la Hero Puch, puso los discos en sobres de manila y los llevó personalmente a todas las radios. Una estrategia que él mismo califica de torpe, pero que dio resultados — empezaron a llamarlos de todos lados para hacer notas, en parte porque llamó la atención, y en parte porque eran la cosa nueva.

Había pasado de todo, pero también lo habían terminado.