Por Nicolás Medina
nicomedav
Después de casi dos semanas de vivir en una dimensión paralela donde el horario deja de existir, los cafés sustituyen a las comidas y una caminata de 20 minutos puede transformarse en una maratón entre proyecciones, reuniones y conferencias de prensa, el 79° Festival de Cannes llegó a su fin. La Riviera francesa vuelve lentamente a parecer una ciudad normal. Las limusinas desaparecen, las terrazas recuperan algo de calma y los periodistas empiezan a recordar que existe una vida fuera de las salas de cine.
Cannes funciona como una maquinaria perfectamente desquiciada. Un lugar donde alguien puede desayunar viendo la nueva película de un maestro consagrado, almorzar discutiendo si una obra de cuatro horas es una genialidad o una tomadura de pelo, cruzarse con una estrella de Hollywood en una esquina cualquiera y terminar la noche en algún cóctel elegante sosteniendo una copa con una mano y un café con la otra para sobrevivir al día siguiente.
Y como ocurre todos los años, cuando el festival termina también comienza otra cosa. Porque Cannes no es únicamente un festival, es el punto de partida del calendario cinematográfico internacional. Lo que se ve aquí viajará o marcará la vara de lo los próximos meses y lo que será Venecia, Toronto, Nueva York, San Sebastián y decenas de festivales más.
Y entonces, ¿qué clase de Cannes fue este? Probablemente uno de tres estrellas. Una buena edición. Sólida, consistente, profesional. Un festival donde hubo muchas películas interesantes y pocas realmente malas. Pero también uno donde costó encontrar esas obras capaces de alterar la conversación cinematográfica de manera inmediata. Esas películas que obligan a recalibrar expectativas, que generan consenso instantáneo o divisiones irreconciliables, que parecen destinadas a convertirse en puntos de referencia para los años siguientes. Y eso, lejos de ser un problema, define bastante bien el estado actual del cine de autor internacional.
"Hope" (2026), Na Hong-jin
Durante años, Cannes acostumbró a entregar una o dos películas que dominaban la conversación durante meses. Obras que parecían emerger del festival con una suerte de aura histórica ya incorporada. Esta edición fue diferente; hubo títulos muy buenos, varios excelentes y algunos fascinantes. Pero pocas sensaciones de estar asistiendo al nacimiento de un clásico inmediato. Quizás por eso el palmarés terminó resultando uno de los menos discutidos de los últimos tiempos.
El jurado, presidido por el coreano Park Chan-Wook, decidió entregar la Palma de Oro para Fjord (2026), de Cristian Mungiu, una decisión difícil de cuestionar. La película sigue a una familia rumana atrapada en una compleja disputa con el sistema de protección infantil noruego, utilizando ese conflicto para construir un retrato sobre identidad, pertenencia y los límites de las instituciones modernas. Es un drama de enorme precisión formal, pero contenido emocionalmente devastador en sus implicancias. No es una Palma destinada a generar titulares escandalosos, pero sí una que parece destinada a resistir bien el paso del tiempo.
Entre las grandes premiadas también apareció Minotaur (2026), del ruso Andrey Zvyagintsev, posiblemente una de las películas más sólidas vistas durante toda la competencia. Una obra ambiciosa, rigurosa y profundamente cinematográfica que confirmó varias de las expectativas que existían alrededor de ella desde antes del festival.
La dirección fue compartida ex aequo entre La bola negra (2026), del dúo conocido como Los Javis, y Fatherland (2026), de Pawel Pawlikowski, una decisión que reflejó bastante bien la lógica general del jurado: premiar trabajos de enorme precisión antes que gestos espectaculares.
"Minotaur" (2026), Andrey Zvyagintsev
Algo similar ocurrió con las actuaciones. Los premios interpretativos terminaron celebrando dinámicas colectivas más que exhibiciones individuales, algo cada vez más común en los festivales. Los protagonistas de Coward (2026), la nueva película de Lukhas Dhont ambientada en un campamento juvenil durante la Primera Guerra Mundial, compartieron el reconocimiento en una obra donde la fragilidad emocional y los vínculos humanos importan mucho más que cualquier despliegue de virtuosismo actoral.
Del otro lado apareció All of a sudden (2026), la nueva película de Ryusuke Hamaguchi. Un delicado relato sobre encuentros, pérdidas y conexiones inesperadas que vuelve a demostrar la capacidad del director japonés para encontrar profundidad emocional en los gestos más mínimos. En términos generales, fue uno de esos palmarés donde cuesta encontrar grandes injusticias. Algo bastante inusual para Cannes.
Las sorpresas llegaron por otros lados. Pocas películas generaron reacciones tan intensas como Hope (2026), la nueva producción de Na Hong-jin. Anunciada desde hace años como la película más costosa de la historia del cine coreano, el resultado terminó siendo un gigantesco blockbuster de ciencia ficción tan fascinante como irregular. Hubo quienes la recibieron como una obra monumental y quienes salieron de la sala convencidos de haber visto un experimento fallido. Lo único claro es que seguirá siendo discutida durante mucho tiempo. Porque si algo demostró esta edición, es que Corea del Sur continúa expandiendo los límites de lo que puede ser su industria cinematográfica.
Más discretas fueron algunas decepciones importantes. Sheep in the box (2026), la nueva incursión de Koreeda en torno a la inteligencia artificial, dejó una sensación extraña. No porque fuera una mala película, sino porque parecía una obra incapaz de alcanzar la complejidad emocional que convirtió a su director en uno de los grandes nombres del cine contemporáneo.
"Fjord" (2026), Cristian Mungiu
Algo similar ocurrió con Histoires Parallèles (2026), el esperado regreso de Asghar Farhadi. Rodada íntegramente en Francia y respaldada por un elenco extraordinario encabezado por Isabelle Huppert, Vincent Cassel, Virginie Efira y Pierre Niney, la película nunca termina de encontrar nada, ni la tensión narrativa que caracterizó a sus mejores trabajos ni una manera de mantener al público ya cansado de Cannes de no dormirse a media función.
Entre las noticias más celebradas para la región apareció Federico Luis Tachella, quien obtuvo la Palma de Oro al mejor cortometraje con Para los contrincantes (2026). Más allá del premio puntual, el reconocimiento confirma una relación cada vez más sólida entre el realizador argentino y Cannes. Y es una de esas trayectorias que da la impresión de recién estar comenzando y a las que hay que prestar atención. Todos estos nombres importan porque Cannes nunca termina realmente cuando baja el telón, empieza a circular.
Durante los próximos meses, muchas de estas películas reaparecerán en festivales, retrospectivas, rankings críticos y conversaciones cinéfilas alrededor del mundo. Los distribuidores terminarán de cerrar acuerdos. Los programadores tomarán notas. Los votantes de distintas academias empezarán a construir sus listas mentales. La temporada de premios todavía parece lejana, pero buena parte de su mapa ya empezó a dibujarse aquí.
Cannes continúa siendo el lugar donde el cine de autor internacional define gran parte de sus coordenadas. No siempre determina quién ganará premios, y obviamente no es que los premios lo sean todo. Es sabio y prudente mencionar que muchas veces lo mejor del año pasa completamente por fuera del circuito de premios y festivales. Tampoco define quién hará más dinero, pero sí ayuda a establecer qué películas merecen atención, qué directores están atravesando su mejor momento y qué temas comenzarán a dominar la conversación cultural.
"La bola negra" (2026), Los Javis
Por eso resulta interesante observar qué clase de cine emergió de esta edición. Hubo una fuerte presencia de historias atravesadas por desplazamientos, identidades fragmentadas, tensiones geopolíticas, conflictos históricos y sociedades intentando redefinirse. Películas obsesionadas menos con héroes individuales que con comunidades o grupos enfrentando transformaciones profundas. No parece casual. El mundo actual atraviesa un período de incertidumbre permanente y el cine de autor está respondiendo a esa sensación con historias cada vez más complejas, ambiguas y difíciles de reducir a consignas simples.
Y en medio de todos esos debates, Thierry Frémaux, delegado general del festival, volvió a demostrar algo que suele pasar desapercibido: que Cannes continúa siendo uno de los pocos espacios donde el cine todavía puede ocupar el centro de la conversación cultural global. Se habló mucho durante esta edición sobre la aparente ausencia de grandes estrellas. Y es cierto que hubo menos momentos de histeria colectiva que en otros años, menos eventos virales. Menos fotografías destinadas a dominar internet durante semanas. Pero también es cierto que Cannes parece cada vez menos interesado en competir en ese terreno.
No fue una edición que buscara reinventar nada. No produjo una revolución estética ni descubrió una nueva generación destinada a cambiar el cine para siempre. Tampoco dejó una obra indiscutible que eclipsara a todas las demás.
Lo que hizo fue algo más modesto y probablemente más representativo del momento actual: ofrecer una fotografía bastante precisa del cine contemporáneo. Una fotografía donde abundan los buenos directores, las películas sólidas y las búsquedas genuinas, pero donde todavía cuesta encontrar aquellas obras capaces de romper definitivamente el molde.
A veces un festival extraordinario anuncia una revolución. Un festival como este anuncia algo distinto, cierta idea de continuidad. Y para una industria que lleva años intentando entender hacia dónde va, esa estabilidad también dice mucho sobre el cine que se viene.
Por Nicolás Medina
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