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Cine
La cumbre

79° Festival de Cannes: cinefilia y espectáculo, desde Almodóvar a Travolta y Vin Diesel

Del 12 al 23 de mayo, la costa azul francesa vuelve a recibir al encuentro de cine más importante del mundo y LatidoBEAT dice presente.

21.05.2026 14:27

Lectura: 12'

2026-05-21T14:27:00-03:00
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Por Nicolás Medina
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Desde hace algunos días, más precisamente desde el 12 de mayo, las calles de la Costa Azul francesa comenzaron a vibrar en otra frecuencia.

Periodistas corriendo de una sala a otra cargando mochilas, laptops y cafés como si fueran insumos de supervivencia; modelos envueltas en vestidos imposibles y fotógrafos buscando cualquier rincón lo suficientemente fotogénico para justificar otra historia de Instagram; productores, distribuidores y exhibidores bajando al subsuelo del Palais des Festivals et des Congrès para cerrar acuerdos mientras, algunos metros más arriba, cientos de personas de gala esperan durante horas la posibilidad de conseguir un asiento libre en una función.

En simultáneo, estrellas de cine que salen escoltadas de algunos de los hoteles más exclusivos del planeta. Policías y caballos que avanzan lentamente, cierran sectores enteros de La Croisette. Las vallas que comienzan a multiplicarse conforme se acerca la noche y el Grand Théâtre Lumière se prepara para otro estreno mundial.

Entre medio de toda esa maquinaria aparecen también estudiantes de cine, actores jóvenes, curiosos, influencers improvisados y cazadores de celebridades que aprenden a detectar tumultos humanos con la precisión de un radar militar: si 50 personas empiezan a correr en una dirección, probablemente alguien famoso esté caminando a veinte metros.

Publicistas, marcas de lujo, yates estacionados como si fueran edificios flotantes. Representantes de institutos de cine de todo el mundo: agentes de ventas, cineastas, críticos, ejecutivos de plataformas. Turistas confundidos que conviven durante 12 días en un ecosistema completamente absurdo que, contra toda lógica posible, sigue funcionando.

Todo eso convoca el Festival de Cannes.

Foto: LatidoBEAT

Foto: LatidoBEAT

Mucho se ha escrito sobre la historia del festival y su surgimiento a finales de los años 30 como una respuesta cultural y política al creciente control fascista sobre el Festival de Venecia. Con el paso de las décadas, Cannes terminó convirtiéndose —junto con Venecia y Berlín— en uno de los espacios que más ayudaron a moldear la manera moderna de pensar, producir y consumir cine. Como industria y como idea cultural. En 2026, el festival celebra su edición número 79, y aun después de casi ocho décadas sigue funcionando como una especie de termómetro incómodo del estado del cine mundial.

Pero más interesante que revisar nuevamente su historia es mirar a la figura que probablemente mejor encarne al Cannes contemporáneo: Thierry Frémaux. Delegado general del festival desde 2007 y una de las personas más influyentes de la industria cinematográfica actual, Frémaux se transformó en algo parecido a un curador supremo del cine de prestigio internacional. Año tras año es el encargado de seleccionar —o dejar afuera— varias de las películas que dominarán la conversación cinéfila durante meses y que, muchas veces, terminarán llegando hasta la temporada de premios siguiente. Cannes anuncia sus películas en abril, las estrena en mayo y el resto del calendario cinematográfico pasa los siguientes ocho meses intentando alcanzarlas.

Lo más extraño de Frémaux, sin embargo, no es solamente su influencia, sino también su omnipresencia. Durante el festival parece existir en varios lugares al mismo tiempo. Está en las galas, en las funciones matutinas para prensa, en los homenajes, en las premieres de medianoche, en las restauraciones clásicas de Cannes Classics y en cualquier conferencia importante. Siempre acompañado por parte de su equipo, atravesando pasillos internos del Palais a velocidades difíciles de explicar para un hombre que probablemente duerma menos que cualquier crítico acreditado. Después de algunos días en Cannes empieza a surgir una teoría bastante razonable: Thierry Frémaux no programa películas, directamente habita el festival como una especie de fantasma institucional vestido de traje.

Thierry Frémaux. Foto: Jean-Louis Jupe

Thierry Frémaux. Foto: Jean-Louis Jupe

Quizá ahí esté una de las razones por las cuales Cannes ha logrado mantenerse tan vigente durante los últimos años. Mientras gran parte de la industria todavía intenta entender cómo sobrevivir después de la pandemia, las plataformas, las huelgas de Hollywood y la fragmentación cada vez más salvaje del consumo audiovisual, el festival francés sigue operando bajo una lógica casi antigua: el cine todavía puede ser un acontecimiento colectivo, elegante, crítico y desmesurado al mismo tiempo.

En la última década, Cannes fue el lugar desde donde explotaron a nivel internacional cineastas como Justine Triet, Ryusuke Hamaguchi, Julia Ducournau o Sean Baker. Realizadores ya consagrados como Bong Joon-ho, Hirokazu Koreeda, Pedro Almodóvar o Martin Scorsese siguen utilizando el festival como un escenario natural para reafirmar su lugar dentro del cine contemporáneo. En Cannes conviven sin demasiados problemas el cine experimental más extremo, los dramas de autor diseñados para premios internacionales y las grandes alfombras rojas llenas de celebridades patrocinadas por marcas de relojes o champagne. Aunque muchas veces esa convivencia bordeé el absurdo, probablemente sea esa contradicción la que mantiene vivo al festival. Porque Cannes nunca terminó de elegir entre la cinefilia y el espectáculo. Tal vez, su mayor inteligencia es entender que no necesita hacerlo.

Esta edición del festival, sin embargo, se siente algo distinta a las anteriores. Más allá de la competencia oficial y del habitual desfile de cine de autor internacional, Cannes venía funcionando también como una enorme plataforma de lanzamiento para algunos de los grandes estudios norteamericanos. Durante años, el festival logró algo bastante improbable, el mezclar en una misma programación películas de directores iraníes perseguidos políticamente con premieres multitudinarias de franquicias millonarias.

Ahí estuvieron la última entrega de Indiana Jones, las últimas de Mission, producciones de Disney, Pixar e incluso títulos del universo Star Wars. Cannes ofrecía glamour, legitimidad cultural y una de las alfombras rojas más fotografiadas del planeta; Hollywood devolvía estrellas, ruido mediático y la sensación de que el cine todavía podía sentirse como un evento gigantesco.

Vin Diesel. Foto: ParisMatch

Vin Diesel. Foto: ParisMatch

Pero este año la ausencia de grandes blockbusters es particularmente notoria. Durante meses circularon rumores sobre posibles premieres de The Mandalorian & Grogu o incluso de Disclosure Day, de Steven Spielberg, aunque nada de eso terminó sucediendo. Detrás de esa ausencia empieza a aparecer una idea que en la industria se comenta cada vez menos en voz baja: los estudios parecen haberse cansado de exponer sus películas comerciales al juicio inmediato —y muchas veces brutal— de la crítica internacional en Cannes días o semanas antes de sus estrenos globales. Nadie quiere que una superproducción de cientos de millones de dólares quede marcada por un puñado de reseñas tibias saliendo del Palais.

Sin embargo, como suele pasar en Cannes, Thierry Frémaux encontró la forma de correr el foco de discusión. Semanas antes del comienzo del festival, agregó títulos importantes a la competencia oficial, como Paper Tiger, de James Gray, convocando a nombres de peso como Scarlett Johansson y Adam Driver. Aún más interesante fue la decisión de abrazar sin demasiada vergüenza cierto costado popular del cine que durante años Cannes parecía mirar de reojo.

La sección Cannes Classics programó una función especial de The Fast and the Furious (2001), reuniendo en la sala más grande del festival a Vin Diesel, Michelle Rodriguez y Jordana Brewster frente a un público que reaccionó como si estuviera viendo una restauración inédita de la nouvelle vague. Al mismo tiempo, Guillermo del Toro presentó una remasterización de El Laberinto del Fauno (2006) en el Théâtre Claude Debussy, en una función que parecía haber convocado a buena parte de la delegación latinoamericana acreditada en Cannes. A eso se sumaron homenajes y Palmas de Oro honoríficas para figuras como Peter Jackson y John Travolta, este último sorprendido en plena presentación de su debut como director por Propeller One-Way Night Coach dentro de Cannes Premières.

El mensaje detrás de todas esas decisiones parece bastante claro. En un momento donde gran parte de la conversación cinéfila vive obsesionada con separar “cine serio” de “contenido”, “arte” de “franquicia” o “autor” de “entretenimiento”, Cannes parece estar intentando posicionarse nuevamente como un espacio capaz de absorberlo todo y darle contexto. No necesariamente para declarar que todas las películas tienen el mismo valor, pero sí para recordar algo que a veces la discusión online olvida y es que la historia del cine también está hecha de espectáculos desmesurados, estrellas imposibles, sagas populares y películas que durante años fueron consideradas comida rápida hasta que alguien decidió mirarlas un poco más de cerca.

Peter Jackson. Foto: Sameer Al-Doumy/ AFP

Peter Jackson. Foto: Sameer Al-Doumy/ AFP

Más allá de las discusiones alrededor de la ausencia de grandes estudios, la programación de esta edición vuelve a confirmar algo que Cannes hace mejor que cualquier otro festival. Esto es reunir algunos de los nombres más importantes del cine contemporáneo en una misma conversación. Como suele suceder, la Competencia Oficial aparece otra vez como el gran centro gravitacional del evento, con una selección diseñada para alimentar debates cinéfilos durante los próximos meses.

Entre las películas que compiten por la Palma de Oro aparecen Pedro Almodóvar con Amarga Navidad, Pawel Pawlikowski regresando al festival con Fatherland, protagonizada por Sandra Hüller, y la ya mencionada Paper Tiger, de James Gray. El cine asiático vuelve a ocupar un lugar central dentro de la competencia con Na Hong-jin presentando Hope, mientras Hirokazu Kore-eda y Ryusuke Hamaguchi refuerzan la presencia japonesa con The Sheep in the Box y All of a Sudden respectivamente.

También aparece el regreso del ruso Andrey Zvyagintsev con Minotaur, en una competencia que parece especialmente cargada de autores reconocibles, cineastas de prestigio y películas construidas para generar conversación inmediata. A eso se suma Ira Sachs con The Man I Love, encabezada por Rami Malek y la curiosidad alrededor de la primera película completamente hablada en francés del iraní Asghar Farhadi, Paralel Tales.

Pero Cannes siempre funciona también en sus márgenes. Y ahí aparece nuevamente Un Certain Regard, probablemente la segunda sección más importante del festival, históricamente dedicada a voces emergentes, búsquedas formales menos convencionales y películas que muchas veces terminan generando tanto entusiasmo como la propia competencia principal. Este año abrió con la exagerada, desatada y profundamente cinéfila Teenage Sex and Death at Camp Miasma, de Jane Schoenbrun, una película que por energía y descontrol parecía destinada naturalmente a las Midnight Screenings más que a una sección tradicionalmente asociada a un cine algo más solemne.

Jurado presidido por Park Chan-Wook. Foto: Amélie Canon

Jurado presidido por Park Chan-Wook. Foto: Amélie Canon

Como suele pasar, Un Certain Regard volvió a ampliar las latitudes y los registros de la selección oficial, incorporando primeras y segundas películas de cineastas provenientes de contextos muy distintos y dando lugar también a parte de la reducida —pero persistente— presencia latinoamericana dentro del festival. La sección, además, tiene una relación histórica bastante especial con el Río de la Plata: fue ahí donde en 2004 se estrenó Whisky, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, probablemente uno de los antecedentes más importantes del cine uruguayo moderno dentro de Cannes.

Fuera de competencia y repartidos entre secciones como Cannes Premières, Midnight Screenings y Special Screenings, también aparecieron varios nombres fuertes que ayudan a completar el ecosistema algo caótico del festival. Diego Luna presentó Ceniza en la Boca, mientras Ron Howard llegó con Avedon. También marcó su regreso Nicolas Winding Refn —responsable de Drive (2011)— con Her Private Hell. Steven Soderbergh volverá a aparecer en la Croisette con John Lenon: The Last Interview.

A ellos se suman algunos habitués muy queridos por el festival como Quentin Dupieux, especialista en convertir ideas absurdas en películas todavía más absurdas, y Kiyoshi Kurosawa, uno de los cineastas más fascinantes y difíciles de clasificar del cine japonés contemporáneo.

Por fuera de la estructura oficial, Cannes sigue funcionando además como una ciudad tomada por secciones paralelas que muchas veces terminan ofreciendo algunas de las mejores películas del evento. Directors' Fortnight o la Quincena de Realizadores, Critics' Week o La Semana de la Crítica, ACID y la competencia inmersiva volvieron a expandir el festival hacia zonas más experimentales, políticas y radicales. Ahí aparecieron nombres como Radu Jude, junto a nuevas voces europeas, asiáticas y latinoamericanas.

Y aunque la presencia latinoamericana este año vuelve a ser relativamente reducida dentro de la selección oficial, la región mantiene una participación constante a través de distintas secciones y espacios industriales. Películas como La muerte no tiene dueño del venezolano, Jorge Thielen Armand; La Perra de Dominga Sotomayor y La Libertad Doble, de Lisandro Alonso en la Quinceana de Realizadores. El deshielo, de la chilena Manuela Martelli y Soy por siempre tu animal materno, de la costarricense Valentna Maurel Un Certain Regard. Todas logran posicionar a Latinoamérica dentro de las conversaciones cinéfilas del festival, mientras títulos como El Partido, de los argentinos Juan Cabral y Santiago Franco, y Ceniza en la boca, de Diego Luna, circulan por las secciones paralelas.

Uruguay, por su parte, no tiene una película dentro de la selección oficial ni una producción nacional compitiendo directamente en Cannes, pero mantiene una presencia activa y cada vez más visible a través de su delegación. Productores, representantes de la ACAU, exhibidores como Cinemateca Uruguaya, Movie y el José Ignacio International Film Festival despliegan durante estos días una intensa agenda de reuniones, actividades y networking intentando consolidar vínculos internacionales para el cine uruguayo. En ese sentido, cada encuentro, cada proyección privada, cada cóctel improvisado o incluso recepciones arriba del barco barco Alhambra de la mano del JIIFF, terminan funcionando como una pequeña negociación cultural.

LatidoBEAT se encuentra en el Festival de Cannes para cubrir desde dentro una nueva edición del evento cinematográfico más importante del mundo, siguiendo de cerca sus películas, sus debates, sus contradicciones y todo aquello que sucede dentro y fuera de las salas.

Por Nicolás Medina
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