Francis Ford Coppola (1939) tiró sus Óscars por la ventana. Su esposa, la documentalista Eleanor Coppola —recientemente fallecida—, tuvo que pedirles a sus hijos que vayan a recogerlos, y la madre del director, mendigarle a la Academia por chapa y pintura para los premios, que “accidentalmente” se habían dañado. Los premios que se ganó por, nada más ni nada menos, que El Padrino (1972) y El Padrino II (1974). Pero que no le facilitaban el acceso a la financiación para Apocalypse Now (1979).  

Una película que tuvo bajas en el elenco, cadáveres profanados, helicópteros prestados por el dictador de Filipinas, ratas muertas en el piso, a la prensa titulando “Apocalypse when?” y a Ford Coppola endeudado y pesando cuarenta kilos menos. "Pensaba: qué más tengo que hacer para que me dejen hacer la película que quiero hacer”, dijo en el Festival de Tribeca de 2016, al respecto del brote de ira contra sus palmares.  

“Porque quiere, porque sabe y porque puede”. 

Esto dice la web oficial de Andrés Calamaro en la sección dedicada a Honestidad Brutal (1999). Una “huida hacia delante”. “La producción recuerda a Francis Ford Coppola en Filipinas, filmando la guerra de Vietnam. Yo mismo grabé la mayoría de los instrumentos, baterías, bajos, guitarras y teclados. En un disco plagado de artistas, músicos, compañeros, aeropuertos, muchachas y varones expulsados de sus domicilios”, declaró el músico en una entrevista con Clarín.  

Si Ford Coppola se valía de dos horas y treinta y tres minutos para demostrar que la película —que ni él sabía cómo terminar— valía la pena, Calamaro contaba con dos horas y veintiún minutos para hacerle oír al mundo que él también tiró sus Óscars por la ventana por una causa noble. “La honestidad no es una virtud, es una obligación”, dice el epilogo del disco por el que Calamaro dejó todo, menos la vida —pero casi—. 

“Había días que lo iba a despertar, entraba a la habitación y pensaba ‘¿y si un día no se despierta?’”, admitió Olga Castreno, su manager, en el documental Bios. Vidas que marcaron la tuya (2020), al recordar esos tiempos. “Amanecía tres veces por día, a veces cuatro. Canilla libre, la patria desquiciada. Para la fantasía, y las habladurías, fue una secuencia delirante de sexo, drogas y rock”, afirmó el artista.  

Tango, ska, rock, un poco de funk y otro poco de guitarra acústica. Estar enamorado, tener el corazón roto, hablar de droga utilizando metáforas rebuscadas o usar sin tapujos la palabra “cocaína” y titular una canción como “Clonazepán y circo”. La desintoxicación catártica de un hombre intoxicado. Como broche de oro, el cierre es una versión lenta de la canción número tres del disco. Podría haber sido un final redondo, pero —como es usual— a Andrés Calamaro le gusta incomodar. Es un disco conceptual por la simple razón de que el concepto es un eclecticismo rabioso combustionado por el delirium tremens.  

A Honestidad Brutal le siguió El Salmón (2000). Un disco quíntuple, 103 canciones. Es injusto asumir que fue todo un mérito del consumo problemático, pero la compulsión creativa de manera eventual iba a cesar. Tras El Salmón, Calamaro tuvo que bajarse del barco. No volvería hasta 2004, de la mano de El Cantante.  

25 años después, y con “Ezra Pound” como nombre de usuario, Andrés Calamaro despierta polémicas, discute, se gana el odio de muchos, contesta tuits en alusión a su persona. Se continúa cuestionando la calidad y el valor de Honestidad Brutal. Es posible que nunca se logre un consenso al respecto, más allá de “La parte de adelante”, “Paloma”, “Cuando te conocí” y los 37 hits —todos ellos lo son— que integran el álbum.

"La genialidad es la capacidad para ver diez cosas donde el hombre ordinario sólo ve una", dijo alguna vez el verdadero Ezra Pound. Dejando de lado el juicio de valor sobre la genialidad, donde un músico veía un disco simple, Calamaro hallaba uno doble, triple, cuádruple, quíntuple. Honestidad Brutal no puede juzgarse como un álbum, sino como un testimonial de un músico que rompió los límites establecidos de la industria y de sí mismo.