Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
El primer título del guion fue Stooges, luego Maldición Ultratón, luego pasó por Estuches como una deformación de la banda liderada por Iggy Pop. Finalmente se llamó 25 Watts. Se estrenó el 1° de junio de 2001, hace un cuarto de siglo, y supuso un mojón en la historia del cine uruguayo.
Javi (Jorge Temponi) anda medio perdido, en ese momento de la vida en el que uno termina el liceo y tiene que decidir si anotarse en la facultad para más o menos prepararse y salir al mercado laboral con un poco más de suerte, u olvidarse de todo (lo que usualmente es más atractivo) y buscar un buen rato con sus amigos haciendo algo que hoy en día tiene mucho valor: perder el tiempo. En unas horas tiene que entrar a trabajar; maneja un auto que lleva un parlante en el techo y de esa forma se gana unos mangos, promocionando la empresa de un amigo del padre. El Leche (Daniel Hendler) va resoplando con un mal humor que se ve a la distancia después de haber pisado mierda de perro, algo que toma como una suerte de presagio, de su destino manchado y para siempre designado a la derrota. Y después se suma Seba (Alfonso Tort) para terminar de conjugar las tres posibles y más comunes personalidades de un momento de Montevideo que hoy, 25 años después, no cambió demasiado.
La película muestra las primeras horas de un sábado en un barrio, tranquilo, igual a todos los de la capital, y los tres llevan toda la noche sin dormir. No por cuestiones narcóticas o hedonistas sino por aburrimiento, como si la vigilia pudiese ser una suerte de sorpresa, un portal posible a que suceda algo que los saque de la rutina y sea esta una especie de salvación. Toman cerveza, que vista en la pantalla uno se imagina que está caliente; se arrastran y patean por las calles con la parsimonia que tienen aquellos sin destino marcado pero que tampoco tienen apuro en quedarse donde están.
Son 24 horas en la vida de estos tres muchachones. Podemos pensar en otros ejemplos de películas que se hayan limitado a filmar un día completo: 12 hombres en pugna (12 Angry Men, 1957) de Sydney Lumet, Después de hora (After Hours, 1985) de Martin Scorsese, La soga (Rope, 1984) de Hitchcock, Un experto en diversión (Ferris Bueller’s Day Off, 1985), Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2019). Algunas usan mucho el espacio y otras se limitan a filmar un cuarto con gente dentro. 25 Watts usó una uruguayez.
Cine sin guita
Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll se conocieron en la Universidad Católica, donde estudiaron Comunicación Social y se graduaron en 1999. Tenían veinticinco años cuando arrancaron a trabajar en el guion de lo que sería su primer largometraje. Junto con Fernando Epstein, que oficiaba como productor y montajista, fundaron Ctrl Z Films. Los tres se dedicaban al laburo en publicidad.
Rebella dijo en una entrevista que buscaban hacer una película sobre ellos mismos, autobiográfica, sobre sus amigos y su barrio. La guita no daba para grandes producciones, entonces: ¿por qué no filmar a un par de muchachos y retratar en ellos sus propias experiencias, sus propias sensaciones?
Por ejemplo: para el auto que usa Temponi, en principio tenían un Ford pero tuvo problemas que no pudieron solucionar y el tiempo que tenían no era mucho. Lo más rápido y fácil era reemplazarlo por otro. Salieron a dar vueltas y milagrosamente consiguieron otro Ford, ideal para la película; así lo cuenta Fernán Cisnero en una nota para El País. Pero esa misma noche el Ford que les cayó del cielo fue robado... y tuvieron que usar el auto que tenían en la parte de producción —del padre de Fernando Epstein—.
En cuanto a la banda sonora nos encontramos con grupos uruguayos, porque no podía ser de otra manera, algunos de más o menos la misma edad que los realizadores y otros clásicos: Buenos Muchachos, Los Mockers, Zero, Exilio Psíquico y el Peyote Asesino.
Si se analiza el momento artístico que vivía el Uruguay de ese momento puede encontrar otros ejemplos donde primaba la autoficción. Como recurso literario y de creación pero también como forma de entenderse a sí mismos, esos jóvenes —algunos adultos— que crecieron a principios de los noventa aún intentando desprenderse de las pieles de una dictadura que había pintado con sus vestigios a varias generaciones. Uno de los ejemplos mas claros es Daniel Mella y su novela Pogo, debut literario que despertó alarmas y le ofreció el instante de touch de gloria entrado el año '97. Otros pueden ser el de Roberto Apprato y su novela Íntima de 1993 y Mario Levrero con El discurso vacío en 1996.
Fernando López la reseñó para La Nación en noviembre de 2001.
“En muchos sentidos, 25 Watts es un film ejemplar”, escribió. “Porque demuestra que no hacen falta presupuestos holgados ni abundancia de recursos técnicos cuando hay imaginación. Porque confirma, por si hacía falta, que cuando se habla de lo que se conoce y hay una idea clara de lo que quiere decirse, cualquier pirotecnia narrativa está de más”.
Luego de su estreno en junio (había tenido una exhibición el 21 de abril en el XIX Festival Internacional de Cinemateca), 25 Watts viajó a Róterdam, donde ganó el Premio Tiger, el más importante del festival para óperas primas, y el Premio del Jurado Joven. De la lista de la ruta de premios también destacamos el Coral de Ópera Prima en La Habana, y en el BAFICI le dieron el premio a mejor actuación masculina a los tres muchachos.
Mucho para decir del cine
Si hacemos este trabajo de investigación, revisando archivos, semanarios y diarios viejos del 2001 vale la pena indagar y poner el ojo en la prensa uruguaya de ese momento.
Veamos el semanario Brecha donde Pablo Ferré, en el copete de su reseña publicada el día del estreno, dice: “Es, para decirlo sin rodeos, la mejor película uruguaya vista sobre una pantalla en mucho tiempo, fruto de un largo peregrinaje creativo (y no sólo) de sus jóvenes autores, orgullosos y empecinados. Más que sobre Montevideo, Uruguay, la juventud actual y sus problemas, 25 Watts tiene mucho para decir acerca del cine a secas. A dialogar con ella, entonces”.
El Observador decidió no hacer una reseña y fue directamente a hablar con Rebella y Stoll. Mariana Bensión los entrevistó en junio de ese año, les preguntó por los primeros pasos de la película y ahondó en esto que venimos diciendo respecto de los personajes, de su idiosincrasia y del paisaje montevideano. Al ser consultado sobre cuál fue la premisa de los personajes Rebella contestó: “La idea era hacer una película sobre nosotros, pero no vamos a quedar como unos campeoncitos porque no lo somos, vamos a hacer una película sobre antihéroes que lo único que tienen es el uno al otro, porque creo que en la vida la amistad es lo más lindo. No queríamos caer en lo que no nos gustaba de las películas”.
El diario Últimas Noticias también publicó una entrevista en la que hacen bastante hincapié en cómo su película soportó adversidades económicas y cómo no esperaban para nada el impacto que generaron. Es un atractivo en ese séptimo arte, como lo llamaría el crítico Riccioto Canudo, el tema de la guita y mpas teniendo en cuenta que es una expresión que es carísima de hacer.
“Descubrimos a través de Internet una fundación holandesa dedicada a ofrecer apoyo al cine independiente del tercer mundo. Nos dieron la mitad de la plata que necesitábamos, y después pedimos un préstamos que todavía no sabemos si vamos a recuperar”, contaban.
Sábado Show también los entrevistó, unas semanas antes del estreno, y al igual que los colegas de Últimas Noticias querían saber cómo estos muchachos habían podido filmar sin un mango y sin embargo haber ganado premios en varios festivales. Gonzalo Sobral les preguntó cómo hacían para vivir ya que si bien el éxito que tenían era palpable no era lo suficientemente grande como para abultar sus bolsillos, ni siquiera para mantenerse en nuestro país. A lo que responden: “Nuestras vidas giran en torno a la película. No podemos trabajar en nada porque la estamos acompañando a todos los festivales y somos los responsables del lanzamiento en Uruguay. Entre otra cosas no nos da tiempo para trabajar en otro guion. Pero la satisfacción de que un capricho, unas ganas de hacer una película porque sí, le haya ido tan bien puede más que cualquier comodidad económica”.
Un poco más tarde comenzaron a llegar las críticas. Recordemos aquella de Quintín, famoso crítico argentino, que decía que Rebella y Stoll eran “los uruguayitos que quieren ser Jarmusch”. Rebella, en entrevista con La Nación, se mostró bastante apabullado por el comentario, por no decir fastidiado. Es cierto que Quintín fue irónico y hasta un poco gracioso pero la molestia de Rebella recaía en que con ese comentario reducían las intenciones que tenían ambos como cineastas. ¿Qué entendemos cuando alguien compara a alguien con el cine de Jarmusch? Bueno, que es un cine que no tiene ningún apuro en develar su trama en los primeros minutos, muchas veces (más que nada las primeras películas) filmado en blanco y negro y con una fijación por los diálogos y los climas por sobre las acciones. Lo cierto es que la película recuerda mucho a Jarmusch e incluso al humor seco de Kaurismaki, pero no porque lleve sus influencias tan transparentes sino porque nacen de un mismo lado, buscan retratar sociedades que si bien no comparten coordenadas sí mantienen una idiosincrasia y una forma de relacionarse.
Por su parte, Diego Lerer comparó al dúo con Jarmusch, algo que como vimos no recibían de buena manera, pero también los comparó con otros directores como el jovencísimo Linklater para hablar de estos personajes que entran bajo la etiqueta de slacker: que quiere decir que son jóvenes con poco afecto al trabajo. Escribiendo para Clarín, Lerer dijo: “Cine de fiacas, entonces, es 25 Watts, con un título perfecto que define casi todo: se trata de una historia chiquita, de personajes no muy brillantes, cuyas metas son mínimas lo mismo que sus ganas”.
Veinticinco Watts de luz
Javi, Leche y Seba tienen 19 o 20 años y el mundo todavía no los necesita para nada. Ellos tampoco saben bien qué pedirle. Esa zona muerta entre la adolescencia y la adultez, ese momento en que uno ya terminó algo y todavía no empezó nada, es lo que 25 Watts consigue ilustrar y es una de las razones por las que hoy en día sigue siendo una de las películas uruguayas favoritas de la vasta mayoría (quizás un escalón por debajo de Whisky, de los mismos directores).
La fotografía de Bárbara Álvarez, con su uso del blanco y negro, la textura granulada del dieciséis milímetros, retrata a Montevideo con calles vacías a las siete de la mañana, almacenes que todavía no abrieron, bondis casi sin pasajeros. Tristeza y melancolía si las habrá, pero es el ADN quieras o no de la ciudad.
Hendler, Temponi y Tort construyeron a los tres personajes con una naturalidad que en retrospectiva resulta milagrosa para tres actores jóvenes en su primer largo. Hendler en particular, que después haría carrera entre Uruguay y Argentina, actúa de manera distinta a cómo luego lo haría con más técnica y profesionalismo. Hay casos también emblemáticos de actuaciones naturalistas: el personaje interpretado por Gonzalo Eyherabide y el de Robert Moré iban a ser de una forma en el guion pero ambos le aportaron su impronta y su vuelca de tuerca para hacerlos propios. Ya sea nombrando cosas que no estaban marcadas, cambiando los diálogos.
También es recordada la escena del “Chopo” de Nacho Mendy y el “Menchaca” de Leo Trincabelli, aquel diálogo de “Chopo, Menchaca, chaqueta, chicas“.
Después: Cannes y la tragedia
Tres años después, en 2004, Rebella y Stoll lanzaron Whisky en Cannes, donde ganó el premio de la crítica. Esta se mantuvo por los márgenes de la austeridad, buscando una vez más ilustrar la idiosincrasia aburrida y triste de los uruguayos, por supuesto que con mucho acierto y originalidad. La música estuvo a cargo de Pequeña Orquesta Reincidentes, banda argentina.
Whisky retrata la historia de un vendedor de medias, Jacobo, que, al enterarse de la llegada de su hermano desde Brasil, le pide a una de sus empleadas llamada Marta que finja ser su pareja. Todo esto en pos de no revelar esa tristeza con la que Jacobo carga en sus párpados. Existe un libro maravilloso que es el guion de rodaje editado por la extinta editorial Artefato en 2005, con imágenes a color tomadas por la artista visual, música, escritora y fotógrafa Magela Ferrero, de todo lo que sucedía cuando las cámaras no estaban encendidas y la claqueta no había dado el grito de acción.
El 6 de julio de 2006, Pablo Stoll y la novia de Rebella llegaron al departamento de Pocitos cerca de la una de la mañana. Lo encontraron en una silla, recostado sobre una mesa, sin vida. Tenía 31 años. Estaba trabajando en el guion de la tercera película, que iba a llamarse 3.
Pedro Dalton en su libro Cuatro libros de poesía y un montón de ojos en la cabeza (Estuario, 2010) le dedica un poema a ambos directores con el título de “El día que Juan Pablo Rebella murió”: “Es el día que Juan Pablo Rebella murió. Todo es triste. Hay mas que una medialuna y alcohol en mi cabeza. Todos lloramos cuando se va lo bueno. En la mirada confusa de los días, en cada día, se escapa el alma de aquello con que nos cegamos, pero hoy… hoy es el día en que Juan Pablo Rebella murió. Apretás los dientes lo más fuerte que podés y le hablás a tu alma, y no está, no vas a extrañar la próxima película, ¡ni nada…! Dejo sonar Like a rolling stone y dejo que Dylan escriba el poema que necesitamos”.
Stoll dirigió 3 por sí solo en 2012, y materializó así esa tercera colaboración del dúo uruguayo que supo analizar las venas de una juventud y la tristeza nostálgica que vive y aletea entre toda la felicidad que se puede encontrar en un rincón, a cualquier hora, de la ciudad.
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