Hay una escena en el primer episodio de Widow's Bay (2026), en la que el alcalde Tom Loftis intenta convencer a una de sus empleadas de que no tiene por qué tener miedo de un asesino enmascarado que aterrorizó la isla décadas atrás. "Pero él asesinaba chicas adolescentes y vos tenés más de 40", razona Tom con la mejor buena fe de alguien que nunca debería haber ganado una elección. Es un chiste. También es aterrador. Y esa tensión imposible, esa convivencia entre la carcajada y el escalofrío, es exactamente lo que la serie logra sostener durante 10 episodios con una elegancia que, francamente, no abunda en la televisión contemporánea. La nueva serie de Apple TV+ llegó en abril de este año y ya fue renovada para una segunda temporada. 

La premisa es tan vieja como el género y tan fresca como una brisa marina envenenada: Widow's Bay es una isla ficticia a 40 millas de la costa de Nueva Inglaterra, un lugar de casas color crema, mariscos frescos y una maldición de varios siglos de antigüedad que hace que cada tanto la isla entera enloquezca y mate a sus habitantes. Tom Loftis (Matthew Rhys, en una actuación que podría definirse como "hombre desesperado colapsa con gracia") llega desde el continente convencido de que puede convertir este pueblo somnoliento en el próximo Martha's Vineyard: turistas con sus MacBooks, cappuccinos artesanales, WiFi. Lo que no le interesa escuchar, y acá está el corazón de la serie, es que los locales tienen razón. Siempre tuvieron razón. La niebla no es niebla. Las campanas de la iglesia que suenan solas no son una casualidad. El marinero que "desapareció" no era un borracho irresponsable.

Widow's Bay pertenece a una genealogía ilustre y bastante específica del horror anglosajón: el folklore de Nueva Inglaterra, esa tradición que va de Las brujas de Salem (1953) a H.P. Lovecraft, pasando por Stephen King (cuyos libros aparecen estratégicamente en el bibliobús que maneja la entrañable Patricia). Es un horror hecho de nieblas y pactos antiguos, de fundadores que vendieron el alma de sus comunidades a cambio de prosperidad, de un pasado que nunca termina de irse porque, en el fondo, nadie quiere que se vaya del todo. En este sentido, la serie dialoga con The Wicker Man (1973), esa joya del folk horror británico donde un policía escéptico llega a una isla y descubre que los locales saben perfectamente lo que hacen, aunque sea quemarlo a él adentro de un muñeco gigante. Tom Loftis no llega tan lejos, pero el principio es el mismo: el outsider racional, la comunidad con sus rituales opacos, y la lenta, deliciosa revelación de que la superstición y la realidad son la misma cosa.

Lo que hace Widow's Bay diferente, y esto es lo que la vuelve realmente notable, es que Katie Dippold, su creadora y showrunner, no elige entre el terror y la comedia. Los une. Dippold viene de escribir temporadas enteras de Parks And Recreation (2009) y el guion del Ghostbusters de 2016, lo que significa que conoce tanto el arte de construir comunidades ficticias absurdamente queribles como el de meter monstruos en medio de ellas. El resultado es una serie que tiene el calor de Gilmore Girls (2000) y las pesadillas de The Fog (1980) de John Carpenter, y que transita entre ambas con una fluidez que parece fácil y no lo es para nada.

El gran arquitecto visual de esa transición se llama Hiro Murai, que dirige cinco de los 10 episodios y oficia también como productor ejecutivo. Murai es, en este momento, probablemente el director de televisión más interesante trabajando en inglés. Su currículum habla por él: fue el responsable de los episodios más perturbadores de Atlanta (2016), dirigió episodios de Barry (2018), fue productor ejecutivo de Station Eleven (2021) y también dirigió "This Is America", el video de Childish Gambino que en 2018 se convirtió en un comentario cultural instantáneo sobre la violencia y el espectáculo estadounidense. Murai entiende algo que muy pocos entienden: que el horror y la comedia son géneros parientes. Ambos trabajan con tensión. Ambos se definen por el momento exacto en que esa tensión se rompe. La diferencia es hacia dónde va la ruptura, si te reís o gritás depende de un timing de milisegundos.

"El horror y la comedia se suelen boicotear mutuamente", dijo Murai en una entrevista reciente que dio a Variety. "Si el horror no es serio, no te asustás de verdad. Pero si la comedia no respira, tampoco te reís". Widow's Bay resuelve esa ecuación apostando a algo inusual: no usar el chiste para aliviar la tensión, sino para multiplicarla. Cuando un residente despierta y encuentra a un encapuchado a punto de apuñalarlo y, en vez de gritar, simplemente señala a su marido dormido. Él, no yo. La escena es graciosa y aterradora en igual medida.

Pero Widow's Bay no sería lo que es sin su elenco, que funciona como una orquesta donde cada instrumento sabe exactamente cuándo callar para que otro brille. Matthew Rhys, ganador del Emmy por The Americans (2013), donde pasó seis temporadas interpretando a un espía soviético que se hace pasar por un americano de clase media, hace algo igualmente complejo. Interpreta a un hombre que se hace pasar por un líder competente mientras todo a su alrededor se desmorona de maneras sobrenaturales. Hay algo muy patético en Tom Loftis, y Rhys lo abraza sin reservas. Es un alcalde que llega al cargo con sueños municipales genuinos, una economía local, trabajo para sus vecinos, un futuro para su hijo adolescente, y que se niega a escuchar la evidencia no porque sea estúpido, sino porque necesitar creer que las cosas pueden mejorar. Es, en ese sentido, un personaje trágico vestido de comedia.

Su contraparte más visible es Patricia, interpretada por Kate O'Flynn con una energía que combina la soledad más pura con el instinto de supervivencia más feroz. Patricia es la clase de personaje secundario que en otra serie habría sido apenas un par de chistes recurrentes sobre ser torpe en las relaciones sociales. Acá es mucho más: su episodio central es posiblemente el mejor de la temporada, una hora que oscila entre la comedia del cringe más aguda y el horror genuino mientras Patricia cae bajo la influencia de un grimorio disfrazado de libro de autoayuda. Es el tipo de episodio que uno recuerda días después, inquieto, sin poder precisar si lo que sintió fue risa o miedo.

Stephen Root, un nombre que cualquier fanático de la televisión reconoce de inmediato, aunque sea imposible recordar en cuántas series lo vio, completa el trío principal como Wyck. El pescador que sabe todo sobre la maldición y lleva esa carga como un peso físico. Root hace con Wyck algo extraordinario: nos da un personaje que parece al principio el típico loco del pueblo, el que te agarra del brazo en el bar y te dice que todos van a morir, y lo convierte poco a poco en el único adulto de la habitación.

La isla en sí merece mención aparte. Filmada en Massachusetts, en localidades como Essex, Gloucester y Rockport, Widow’s Bay tiene una textura visual que evoca cierto imaginario costero estadounidense de la segunda mitad del siglo XX: madera gris por el salitre, veleros anclados que crujen, tabernas donde la cerveza es tibia y las conversaciones son largas. Es el tipo de lugar que en verano parece el paraíso y en invierno parece el fin del mundo, y la serie juega constantemente con esa dualidad. Cuando la niebla entra —y siempre entra—, cambia el registro de toda la imagen. El cinematógrafo Christian Sprenger, que ya trabajó con Murai en otros proyectos, maneja esa transición con una precisión que uno agradece. No es una niebla de película de terror barata, es una niebla que podría ser real.

Hay un episodio que ocurre en el pasado, en 1702, donde conocemos al fundador de la isla, interpretado por Hamish Linklater. Su presencia invita inevitablemente a pensar en Midnight Mass (2021), donde ya interpretó a un sacerdote que trajo algo monstruoso a una isla. Es un recurso clásico del horror de este tipo: mostrar que el mal no es un accidente sino una decisión, que alguien eligió pactar con lo que sea que habita en Widow's Bay a cambio de poder y permanencia. Que el presente sangra del pasado no porque la historia se repita, sino porque nunca fue interrumpida del todo.

Al terminar los 10 episodios, uno se queda con la sensación de haber visto algo que sabe exactamente lo que es y lo ejecuta sin desvíos. Widow's Bay no tiene las ambiciones filosóficas de Twin Peaks (1990) ni el peso sociológico de The Walking Dead (2010) en sus mejores temporadas, ni la densidad mitológica de Lost (2004). No las necesita. Tiene algo más difícil de fabricar: un tono. Una voz consistente que sabe cuándo hacer reír, cuándo asustar y, en sus mejores momentos, cuándo hacer las dos cosas al mismo tiempo, con la misma imagen, con la misma frase, con el mismo gesto de un personaje que mira a cámara como diciéndote: "Vos ya lo sabías, ¿no?". Que la isla haya sido renovada para una segunda temporada no sorprende. La maldición, por fortuna, continúa.