Por Nicolás Medina
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Hay algo profundamente simpático en ver a John Travolta feliz. No importa cuántas décadas pasen. No importa cuántas malas películas haya hecho desde los años noventa. No importa que la carrera que alguna vez pareció destinada a la inmortalidad cinematográfica haya terminado derivando hacia producciones directas a streaming y proyectos extraños. Cuando Travolta sonríe, cuando baila, cuando aparece en una pantalla, todavía queda algo de aquella estrella que parecía capaz de conquistar cualquier lugar.
La première en Cannes de Ven a volar conmigo (Propeller: One-Way Night Coach, 2026), su debut como director, estuvo atravesada por ese sentimiento.
Antes de la proyección, el festival presentó un montaje con imágenes de su carrera. Fiebre de sábado por la noche (Saturday Night Fever, 1977), Grease (1978), El sonido de la muerte (Blow Out, 1981) y Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994). Una sucesión de recuerdos compartidos entre una estrella y nosotros, su público. Cada aparición provocaba aplausos. Algunas risas. Algún grito aislado. Después llegó la sorpresa. Thierry Frémaux, delegado general del festival, apareció en escena para entregarle una Palma de Oro honorífica. Visiblemente emocionado, Travolta contó que para él ya era suficiente recompensa que la película hubiera sido seleccionada para Cannes. También reveló una conversación privada con Frémaux, quien le habría dicho que la película fue la primera elegida para la edición 2026 del festival y de las elegidas con mayor antelación para la programación de cualquiera de las ediciones del festival, incluso cuando todavía no estaba terminada.
Era imposible separar lo que iba a ocurrir en pantalla de todo lo que había sucedido antes y el contexto que rodeó a la proyección.
Y eso resulta importante porque Ven a volar conmigo, que llega a nuestra región, aunque no a Uruguay, por parte de Apple TV+, es una película que depende enormemente del afecto que se pueda sentir por John Travolta.
La historia sigue a Jeff (Clark Shotwell), un niño obsesionado con los aviones que emprende un viaje aéreo de una noche junto a su madre (Kelly Eviston-Quinnett) durante los años dorados de la aviación comercial estadounidense. Aparecen azafatas que parecen salidas de una fantasía infantil, pasajeros extravagantes y una serie de encuentros que irán moldeando la sensibilidad del protagonista.
La sinopsis apenas describe lo que realmente es la película. Lo que Travolta está filmando acá no es solo una aventura infantil. Es un recuerdo, o más precisamente, una idealización del recuerdo.
Es una adaptación de una novela homónima escrita por el propio actor en 1997, y funciona como un regreso a una de las grandes obsesiones de su vida. Porque, si algo ha acompañado a Travolta casi tanto como el cine, es la aviación. Coleccionó aviones, obtuvo licencia de piloto, se convirtió en embajador de distintas compañías aéreas e incluso se hizo con una casa conectada a una pista privada para poder aterrizar sus aeronaves prácticamente en la puerta de entrada. Es una pasión constitutiva para él.
“Ven a volar conmigo” – John Travolta (Apple TV+)
Y su primera obra como director está enamorada de los aviones. Los contempla. Los acaricia con la cámara. Los convierte en objetos de fascinación permanente. Cada despegue, cada cabina, cada uniforme, cada procedimiento de vuelo filmado con la devoción de alguien que todavía conserva intacta la capacidad de asombro de un niño.
Ese niño, naturalmente, es Travolta. Y ahí está el problema principal, porque toda obra autobiográfica necesita cierta distancia entre quien recuerda y aquello que es recordado. Algún espacio para la reflexión. Alguna tensión entre la experiencia vivida y la reconstrucción artística. Aquí esa distancia no existe. Travolta escribe, dirige, produce y narra la película. Su voz en off acompaña explicando emociones, pensamientos y significados. La sensación es que nunca termina de confiar en las imágenes. Como si necesitara estar permanentemente al lado del espectador indicándole qué debe sentir, casi no dando lugar a una alternativa a lo que él mismo sintió de niño.
Cuanto más intenta controlar la experiencia, más artificial se vuelve. Sorprende de un hombre que lleva medio siglo trabajando con algunos de los directores más importantes de Hollywood: no es técnicamente incompetente, sí resulta llamativamente elemental. Hay escenas resueltas con una puesta en escena casi televisiva, plana. Los movimientos de cámara rara vez aportan algo. El montaje parece conformarse con ilustrar la historia. Muchos diálogos carecen de ritmo y resultan poco cinematográficos. Varias actuaciones son rígidas.
Por momentos, cuesta creer que detrás de la cámara esté alguien que trabajó con Brian de Palma, John Woo, Terrence Malick o Quentin Tarantino.
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“Ven a volar conmigo” – John Travolta (Instagram de Sony Pictures)
Uno imagina cuánto cine habrá visto Travolta en su vida. Cuántas conversaciones habrá escuchado. Cuántos rodajes habrá vivido. Y sin embargo, Ven a volar conmigo transmite una sensación extraña de amateurismo, como si hubiese sido realizada por alguien que ama profundamente las historias, pero todavía estuviera aprendiendo el lenguaje del cine.
Lo curioso es que eso mismo termina generando encanto. Porque tiene defectos enormes, pero también posee una sinceridad difícil de encontrar en el cine contemporáneo. Travolta no parece estar intentando construir prestigio. No está filmando una película para demostrar que puede ser director, tampoco parece interesado en las modas narrativas actuales. Lo que hizo fue mucho más simple: filmó algo que quería filmar.
Esa honestidad atraviesa toda la obra, incluso cuando se equivoca, incluso cuando peca de torpe o incluso cuando algunas escenas provocan risas que probablemente no estaban previstas. La función de estreno en Cannes tuvo varios de esos momentos. Situaciones que despertaban carcajadas por acumulación. Determinados diálogos. Algunas decisiones de puesta en escena. Ciertos personajes secundarios. Sin embargo, nunca daba la impresión de que el público estuviera burlándose.
La sensación era otra. La misma de cuando un amigo o un familiar cuenta una anécdota cien veces escuchada y aun así uno sigue sonriendo porque disfruta verlo contarla.
La sala estaba reaccionando tanto a Travolta como a la película. O más a Travolta que a la película. Y probablemente eso se replique en la experiencia que tenga cualquier persona que se acerque a Ven a volar conmigo por su vínculo con él y no precisamente por una curiosidad cinéfila.
“Ven a volar conmigo” – John Travolta (Apple TV+)
Así, se parece bastante al Travolta contemporáneo. Un hombre que parece vivir rodeado por los fantasmas felices de su pasado. La estrella de Grease, de Fiebre de sábado por la noche, la estrella resucitada por Tarantino en Pulp Fiction. Como película, es floja. A veces muy floja. Y como debut de director resulta desconcertante. Pero como ejercicio de memoria personal, en cambio, posee una autenticidad que termina despertando cierta ternura y cariño. La gran paradoja es que el mejor director posible para esta historia probablemente no era John Travolta, pero el único que podía contarla era él.
Por Nicolás Medina
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