No hay más perros, gatos, o pájaros. Se extinguieron. Existe un sur que está inhabitado y al que se ingresa aceptando todo tipo de probable consecuencia. Hay un norte que parece ser el idilio al que todos aspiran. Sin embargo, solo unos pocos pueden llegar.

Según los parámetros de este mundo, Elisa Vick es un prodigio, una joven promesa.

Su familia está orgullosa, sus vecinos la toman de ejemplo. Logró lo que se supone que las personas de su edad matan por tener. ¿Es realmente lo que ella quiere?¿Está realmente contenta por ella? ¿O por los que la rodean? 

En Un futuro brillante, Lucía Garibaldi pone en el centro de una distopía con tintes fríos y estética brutalista a Elisa y toca temas universales: la identidad, la sexualidad, la juventud y el sentido de la vida, entre otros. La idea nació incluso antes de Los tiburones, estrenada en 2019 y con la que ganó el Premio a mejor dirección en el Festival de Sundance de ese año. En el medio, la pandemia y la maternidad se colaron e hicieron que la película adoptará su forma final. "Empezar escribiendo la película siendo hija y terminarla siendo madre, con una experiencia difícil de parto, condicionó la escritura y la manera de encarar el rodaje", dice en entrevista con LatidoBEAT

Un futuro brillante ya ha tenido un recorrido por diversos festivales como Tribeca y Huelva. Este año comenzó en Uruguay, más específicamente, en el José Ignacio International Film Festival (JIIFF). Estuvieron presentes la directora y varios actores del elenco, entre ellos, Martina Passeggi, quien debutó en cines con el protagónico. Se estrenará en salas del país este año. 

De no haber existido la pandemia, ¿esta película habría existido como tal?

Lucía Garibaldi (L.G.): Creo que la pandemia subrayó muchísimo la fuga de pensamiento sobre la productividad, la conexión con el aquí y ahora y el “perder el tiempo” que tiene la película. Toda esa línea surgió ahí, porque cuando la muerte está cerca y tenés tiempo para pensar, empezás a valorar los vínculos sobre otras cosas o te empezás a cuestionar por qué le sacás provecho a todo. Como cineasta y guionista de cine, me pasaba mucho de sacarle jugo a cada conversación y cruce: “uy, de esto puede salir un buen diálogo” o “mirá qué buen personaje”. En la pandemia dejé eso a un lado y conecté más con la existencia humana. Todo lo que es distopía venía desde antes, fue una coincidencia.

¿Cuándo la arrancaste a escribir?

L.G.: Empecé antes de estrenar Los tiburones (2018), con unas ideas sueltas. Incluso el primer fondo lo gané antes.

¿Cómo fuiste creando este universo con distintas partes y reglas?

L.G.: Fue un enredo, fue poco estratégico. Para sostener la idea de la última mujer joven tuvimos que armar todo un mundo. En un momento había muchas más cosas que no quedaron en la película: habíamos ahondado en la baja de la natalidad, en la venta de bebés hiperrealista porque no había más. Pensamos en muchas locuras y, en un momento, hicimos un mapa territorial que ordenara el trabajo con las áreas y que se entienda de lo que estamos hablando.

¿Cómo llegás a Martina?

L.G.: Llego por Chiara Hourcade, que hace castings y es actriz. Yo estaba buscando a alguien y me dijo: “mirala a ella”. Vi a varias actrices, pero no a tantas; fue bastante rápido. Si conecto rápido y me entiendo, después el resto se trabaja. Me interesaba mucho que Marti sea bailarina; me gusta trabajar con músicos/actores y bailarines/actores, siento que le dan otra cosa a las escenas. No solo porque es más fácil —entienden el tiempo de la escena y la repiten igual en cada toma—, sino también porque me dio una posibilidad coreográfica que yo no imaginaba. Por ese tiempo había visto mucho Popeye (1980), de Robert Altman. Llegué a ella porque la banda sonora de Punch-Drunk Love (2002) es la misma. Estaba viendo mucho a Altman porque usa muchos zooms, entonces estaba tratando de inspirarme. En Popeye aprovechan todo el tiempo la coreografía de los personajes y creo que me vi influenciada.

Marti, ¿qué acercamientos tuviste a la actuación antes de Un futuro brillante?

Martina Passeggi (M.P.): Hice teatro desde los 10 a los 17 años. Primero en el liceo, después hice artístico y mi docente era María Elena Pérez, que para mí fue una maestra. Hicimos El club de los idiotas, de Jimena Márquez, y fue muy en serio, poniéndonos el teatro al hombro. Después empecé la carrera de comedia musical; no la terminé porque coincidía con el liceo. De alguna manera, algo siempre estuvo ahí. No soy actriz profesional, no fui a la EMAD (Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático) ni a la IAM (Instituto de Actuación de Montevideo), pero tenía un acercamiento. Cuando empecé a leer el guion —en ese momento estaba en una pasantía de una compañía de danza en el País Vasco— empecé a reconocer esas cosas que ya había hecho, ya había pasado por ahí.

¿Cuál fue el mayor desafío de interpretar a Elisa?

M.P.: Nunca fui una persona muy conflictiva o de enojarme. En el momento de conflicto en la película, nunca hubiera tenido esa actitud. No soy actriz profesional, entonces no tengo un método para llegar a esos lugares, y era muy alejado de mi persona. Atravesar el enojo de esa manera fue complejo. Me acuerdo de que Mati, el director de casting, me empezó a enseñar posturas de boxeo para entrar físicamente a esa ira.

Además de tener una gran oportunidad frente a ella, Elisa también se ocupa y se preocupa de su madre y de otros. ¿Cómo se construyó esa tridimensionalidad?

L.G.: Me interesa mucho el momento en el que dejás de ser hija y te transformás en madre de tus padres. Es un desdoblamiento bastante gracioso y trágico. Hay una escena de mi vida: en sexto de escuela nos íbamos de viaje por el norte de Uruguay, nos subíamos a la camioneta y veíamos a nuestros padres saludarnos. Yo veía a mi mamá y a mi papá saludándome y me moría de la tristeza de abandonarlos. Después me pasó haciendo Bellas Artes: me iba a la Biennale, tendría veintialgo, y los vi; yo estaba en la camioneta y fue la misma escena. Para mí es re fuerte lo que está viviendo Elisa, ayudando a la madre a que consiga su sueño, pero también queriendo hacer lo suyo. Es un personaje muy maternal.

¿Cómo elegiste a Sole Pelayo para que interprete a la madre de Elisa?

L.G.: Sole Pelayo es una actriz de teatro que sigo desde chiquita, en las obras de Roberto Suárez. Cuando la vi en Bienvenido a casa no lo pude creer, soy muy fan de ella. Su cara es muy Lynch, tiene una forma de hablar muy icónica. Me gustan los rostros que te hipnotizan, que no te vas a cansar de mirarlos. En cierto punto es bastante superficial: es una conjunción de voz, de ojos, pero hay gente que te agarra. Creo que muchos personajes en la película lo tienen. Hay que sostener el protagónico de una película con una cámara cerca; esa cara debe tener ángulos. Lo que hace Sole con los ojos es todo, tiene una potencia enorme. Todos los actores tienen formación muy distinta: Sole es actriz de teatro under, bailarina y coreógrafa; Sofía y Alfonso tienen más experiencia en cine. Juntos fueron encontrando un tono para compartir, cada uno con el propio.

Martina, tu personaje triangula muchos vínculos. ¿Cómo trabajaste con cada uno de los actores detrás de escena?

M.P.: Me parece interesante, por fuera del mundo del audiovisual, empatizar más o menos con ciertas maneras de la actuación. Con Sofía, desde el primer momento, me sentí muy ahí; sentía que éramos un poco como Romeo y Julieta, las dos estábamos a tope la una para la otra. Después se generó una cierta complicidad por fuera del set. Sucedió durante el rodaje, fue una trama que se fue hilando. Me acuerdo de un momento en el que estábamos en Ciudad Vieja ensayando y salió una charla sobre el cine. Fue ella la que me dijo que de repente estás en un lugar, con una ropa, diciendo algunas cosas, y ya sucede algo. Desde que me dijo eso empaticé mucho.

Fueron súper diferentes los vínculos. Llegué directo de la pasantía a Uruguay a ensayar y Sole, quien interpreta a mi mamá, cae el primer día con los zapatitos del nacimiento de Elisa, me los muestra y me dice: “¿te acordás, hija?”. Es interesante atravesar y entender las maneras de llegar a la cosa, las distintas metodologías.

¿Por qué tomaste la decisión de que la historia no transcurra en Uruguay? Si bien se grabó acá, hay una estética brutalista y se filma de manera de que se disimule.

L.G.: Yo soy del Prado, entonces siempre he recorrido toda mi vida barrios como Reducto, que son más industriales. La idea era que sea lavado, o que tenga un símbolo que lo puedas reconocer como industrial. Un no lugar, pero con carga. La idea de que no sea en Uruguay surge porque es un mundo distinto; lo despegamos muy fácilmente poniendo montañas, que no tenemos. Mariano Santilli es el que hizo los VFX; él viaja un montón y tenía muchas fotos de montañas, entonces las agregó. No pusimos un mate, nunca. Pero el arte es muy uruguayo, el humor también.

¿Cómo fue recibida en otras partes del mundo?

L.G.: Esta película toca muchos temas universales. Lo que sí me pasó es que les toca mucho el tema de la migración. En Nueva York mucha gente decía: “me tengo que volver a Argentina, estoy acá laburando todo el tiempo, ¿para qué?”. En Ginebra también.

M.P.: Directamente creían que la película hablaba de eso, incluso programadores.

L.G.: Toca muchos temas profundos la película: la maternidad, la productividad, el sentido de la vida, migrar, crecer, la juventud, la sexualidad.

Pasaron varios años desde que se te ocurrió la idea hasta que la llevaste a cabo. En el medio también, entre otras cosas, fuiste madre. ¿Te ayudó mirar ese momento vital que vive Elisa desde cierta distancia?

L.G.: Cuando te transformás en madre se te cambia todo el esquema de la vida y las prioridades. Todo cambia a un nivel que no te imaginás. Hice mil cosas en el medio: vino la pandemia, se congeló todo. Desde que tuve el primer guion pasaron seis años. Empezar escribiendo la película siendo hija y terminarla siendo madre, con una experiencia difícil de parto, condicionó la escritura y la manera de encarar el rodaje. Prioricé otras cosas, prioricé el disfrute, y eso se coló en el rodaje. Nos divertimos mucho y creo que eso se nota en la película, en el montaje también. Es muy lúdica la película.