Daniel Hendler, Pilar Gamboa y Sergio Prina se conocieron en el rodaje de División Palermo (2023). A partir de ahí, cada uno continuó forjando su recorrido en la pantalla. Prina protagonizó proyectos como Camino al éxito (2022) y participó en otros como Las siamesas (2020). Las participaciones virales de Gamboa en Envidiosa (2024) o Viudas negras, p*tas y chorras (2025) acapararon las plataformas en los últimos años. El último proyecto de Hendler fue 27 noches (2025), pero en 2026 continuó. 

Hoy, a tres años de su proyecto compartido, Un cabo suelto (2026) los volvió a unir. La película, dirigida por Hendler y protagonizada por Prina, propone una especie de misterio sin resolver que permite contrastar idiosincrasias, humanidades, formas de ser. Los eventos se desencadenan en la zona fronteriza de Fray Bentos, dejando entrever las dinámicas y modismos que se dan entre personas que se cruzan. El objeto central es lo humano en sí, se vuelve palpable en cada escena. 

En entrevista con LatidoBEAT, Sergio Prina y Pilar Gamboa conversaron sobre su experiencia en el rodaje, sobre cómo trabajaron a sus personajes y cómo entienden a la interpretación. La película se estrena en cines este jueves 9 de abril, con entradas ya disponibles. 

¿Cómo fue su experiencia de rodaje en Un cabo suelto?

Sergio Prina (S.P.): Para mí estuvo buenísima. Yo ya había laburado con Dani; habíamos compartido proyectos como actores, pero no con él como director. La verdad que me pareció un rodaje intenso por momentos, medio difícil a veces, pero a mí me gusta cuando no entiendo de entrada las cosas y veo cómo algo se empieza a construir en el medio. Cuando los rodajes son así me entusiasman un montón. Lo disfruté mucho.

Pilar Gamboa (P.G.): Sí, yo igual. El personaje de Sergio es el protagonista absoluto, y el mío es una especie de color que aparece ahí en la historia entre estos dos personajes. No fue un rodaje intenso en el sentido de esos que son cuatro o cinco semanas seguidas de trabajo todo el día, como le pasó a él, pero fue lindo para mí. Estos rodajes que se están dando a partir de que en Argentina no se puede filmar mucho son lindos, dada la crisis que está viviendo el cine en nuestro país. Para ver la mitad llena del vaso, algo del cruce entre un equipo técnico uruguayo y argentino era interesante de observar, ver cómo el tiempo uruguayo estaba invadido por el tiempo porteño. Eso hacía un set con una dinámica particular y buena y a mí me entusiasmaba mucho. También filmar en la aduana de Fray Bentos, en la frontera. Los lugares de frontera siempre tienen esa mística un poco extraña del paso de personas y de cosas.

Yo tuve que hacer un personaje muy hermoso, una chica trabajadora de un free shop con las particularidades que tiene, y el romance un poco corrido con el personaje de Sergio. Esa especie de complicidad delineada por Hendler se dio por la particularidad de que es un director obsesivo, nos volvió locos en el buen sentido. Es un director que sabe lo que quiere, y no hay tantos que sepan lo que quieren. Era obsesivo con encontrar lo que él quería ver, y siempre como actriz eso es un desafío. Intentar entender esa mirada. Me parece que después lo que quedó cuando veo la peli es exactamente eso, el cruce de poéticas entre nosotros dos, su cabeza y un set de rodaje con un equipo técnico muy lindo. Fue un trabajo grupal muy interesante, estuvo bueno.

La diferencia de idiosincrasias que planteás está muy presente de manera explícita en la trama de la película. ¿Cómo lo trabajaron desde sus personajes y cómo lo percibieron en su experiencia real?

S.P.: Yo soy tucumano, y creo que soy más uruguayo que argentino. Hay algo de los tiempos que se asocia mucho a Buenos Aires. Pero yo vengo de Tucumán, una provincia que está al norte y es muy chiquita, rodeada de montañas, donde los tiempos también son más laxos. Hay algo también del encuentro con la gente y de ciertos tiempos, de poder estar en contacto con más frecuencia. Uno se conoce por lo general con la gente con la que se dedica a lo mismo, entonces no sentí tanta diferencia. De hecho me era todo bastante familiar para mí en algún punto. Me parecía que estaba bueno también. Yo había trabajado ya con parte del equipo uruguayo en mi primera película en Tucumán, y lo habíamos charlado. Estaban Gonzalo Delgado y Sergio De León. Hablaban también de los tiempos de Tucumán y que se parecían un poco a los de Uruguay, así que para mí fue medio natural. 

P.G.: Yo soy porteña, para mí no es tan natural el pasaje. Yo vivo en Buenos Aires, que es básicamente una ciudad voraz. Era un ritmo bastante híbrido, porque estaba muy mezclado. Incluso Dani ya a esta altura te diría que es mitad uruguayo mitad porteño. Para mí fue un cruce muy interesante. En cuanto al personaje, yo trabajé muchos años en atención al público, entonces había algo de ese mundo que conocía bien. En la construcción del personaje me parecía interesante volver a explorar lo que yo recordaba de cómo era la atención a público de una chica que trabaja con uniforme, porque fui eso muchos años. Después también había que descubrir cómo hablaba, esa tonada que finalmente me salió y que discutíamos de dónde carajo era.

Para mí la construcción de esos personajes fue muy interesante en ese sentido, porque ninguno es un lugar común, son humanidades. La historia de amor de ellos no es la historia de amor de una clásica película de comedia romántica. Es mucho más profundo, tiene otras capas de complicidad. La búsqueda de esa poética para mí fue de lo más interesante de la película. Dos personas que se miran y algo entienden sin conocerse. Eso nace de un personaje que se topa todo el tiempo con gente buena. Pero no buena en el cliché de lo bueno, sino también con humanidad. Es un poco cursi lo que te voy a decir, pero en general uno se encuentra con más gente buena que mala. La gente con la que él se encuentra también es pilla, pero es gente con intenciones buenas. Me parece que eso de la película es lindo, y que también fue lindo poder construirlo grupalmente. Yo no tenía idea de qué se estaba filmando con los otros personajes, pero cuando vi entendí la cabeza de Daniel y la totalidad. Vos leés el guion pero no sabés dónde va a poner la cámara el director, cómo lo va a filmar y cómo va a dirigir al resto. Después quedó como una película que tiene a Sergio como el frontman, pero también hay buenos bajistas, buenos guitarristas.

En Un cabo suelto los personajes son súper cotidianos. ¿Cómo los trabajaron? ¿Tuvieron que separarse de sus métodos usuales a la hora de defender sus papeles? ¿Hay algo que hayan tenido que desaprender?

S.P.: En mi caso había algo que charlaba siempre con Dani. Algo que me pasa naturalmente es que rápidamente quiero empatizar con la gente en el rodaje, y cuando no estoy también. Tengo una tendencia a siempre querer hacer amigos y llevar gente a mi casa, todo el tiempo estoy empatizando un montón, y sentía que había algo de este personaje que no tenía tiempo para eso. Si hubiese tenido tiempo quizás se detenía, como por ejemplo con el personaje de Pili, pero hay cierta urgencia que sigue estando ahí adentro. Para mí eso fue quizás lo más difícil, de alguna manera pensar en un personaje que todo el tiempo se está yendo de los lugares, que no se puede quedar y que tampoco puede mostrar demasiado que se está yendo de los lugares. No quiere ser visto por el resto como alguien que huye, porque quiere pasar desapercibido. En realidad para mí lo más complejo ha sido eso, sentir que adentro había un torbellino de cosas. Yo a Dani le decía que sentía que actuaba con el freno de mano puesto, esa era la sensación que tenía.

Cuando quería que algo sucediera tenía que agarrarme y no dejar que saliera todo lo que yo hubiese hecho. En ese momento, si hubiese tenido tiempo no habría estado en esa situación. Sentía que había un choque de fuerzas de este personaje que pasa por una zona más desconocida, que tiene que ver con una urgencia, con zafar. También con otra cosa que tiene que ver con que quizás, en algún punto, le empieza a gustar algo de lo que aparece ahí también. Para mí eso era lo más complejo, todas esas cosas que le pasaban en el medio mientras huía. Todas estas contradicciones de seguir huyendo o de empezar a quedarse. Y a su vez también saber que estaba vestido de cana y que de alguna manera tampoco podía ser tan antipático. Tuve que confiar un poco en eso y pensar cuánto uno podía dejar salir de esa empatía y cuánto la tenía que dejar adentro. Ese mundo interno quizás fue lo que más trabajé con Dani, fue lo que más me costó en algún punto. Estar agarrado de ahí todo el tiempo.

P.G.: Yo también lo trabajé básicamente con Dani. Fue esto de conectar el cuerpo con una situación de una trabajadora —que sigo siendo—. Después hubo algo que a mí me pasó y que no es un color habitual en mi tendencia como actriz, por eso me parecía bueno el riesgo. En general me tocan personajes más locos, más chiflados, más gritones. Esta es agua de tanque, entonces por ahí lo que yo sí pensé antes de empezar a filmar fue el estar en el presente. Uno siempre intenta estar en el presente para contar el artificio; cuando hacés una obra de teatro tenés que hacerle creer al otro que no la hiciste nunca. Entonces la única clave siempre es estar en el presente en la actuación, pero en este personaje en particular también no tener demasiadas hipótesis más que atravesar el tiempo. Para mí ese fue un desafío lindo junto con Daniel. Hay algo de la construcción colectiva de lo que uno imagina, de lo que el director imaginó y de lo que el otro actor propone, que cuando empieza aparece en el medio el lenguaje. Me parece que ahí estuvo mi búsqueda de ese personaje.

¿Cuánto queda de ustedes en sus personajes? ¿Cuánto dirían que se filtra de sus personalidades reales?

S.P.: No tengo idea, yo creo que un montón. En mi caso siempre trato de asociar algo de lo que estoy haciendo con algo que pude haber intuido, o con situaciones medio análogas que por lo general no son las mismas. Pero uno cuando actúa no puede dejar de ser uno, es uno pero corrido un poquito. Sabe que en el momento está mintiendo, pero no puede mentir del todo. Hay algo de eso que siempre aparece. Nunca sé yo cuánto, tampoco hay un laburo de consciencia de dejar salir algo que sea verdadero. Por ahí quizás aparecen algunas cosas que son un poco más cómodas para mí actuar, pero no te podría decir con certeza. Creo que un montón.

P.G.: Sí, lo que pasa es que el envase es siempre el mismo. Está esa cosa que te dicen de "actúa siempre lo mismo", y sí; tengo estas manos, esta voz. Salvo que sean personajes como de imposición. Además justo nosotros creo que siempre tenemos un acercamiento a la actuación bastante lúdico, o por lo menos mi formación parte de ahí. No es que termine una escena y quede tomada, o que necesite un rato para que se me vaya el personaje del cuerpo. Es un poco un juego, y en ese juego está la perversión que nos interesa de la ficción. Uno le deja un montón, porque el envase es siempre el mismo. Uno deja mucho en sus personajes, pero también esos personajes le dejan mucho a uno. Es una especie de juego que va y viene entre lo que uno tiene como propia poética de actriz para dar y lo que ese personaje tiene que contar. Es una especie de maridaje entre esas dos cosas. Pero no es que yo termine de ver una película y diga que quedó mucho mío ahí, no pienso en esos términos.

Para mí siempre es desde un lado no tan solemne sobre la construcción de los personajes, sino casi como el juego de hablar con amigos en un asado. Esa es mi impronta. Después, con toda la seriedad que eso implica; el compromiso, el trabajo, crear un personaje. No te estoy infantilizando esto por decirte que es lúdico, al contrario. Es darle a lo lúdico el valor que tiene, que es mucho más enorme que intelectualizarlo, es jugar el partido y poner el cuerpo en la cancha. Yo siempre voy más desde ese lugar, no me interesa para nada el lado solemne de la actuación. No creo que los actores estemos tocados por una varita mágica ni que haya que hacer silencio cuando entramos al set. Estás ahí haciendo eso, podrías estar sosteniendo una caña. Te tocó lo que te tocó hacer en el set. Sí creo en los artistas, pero para mí eso es ser un artista. Interpretar un personaje no te pone en un lugar superior al resto de los humanos, y para mí ese es el grave circo que hay al rededor.

¿Pasa mucho eso de que se idealice o se separe al artista del resto de su equipo?

P.G.: Para mí sí. No en nuestra generación, no nosotros, no el cine ni el teatro que hacemos. Pero después hay toda una liga en donde para mí la batalla es empezar a terminar con el mundo de los protagonistas. Lo digo en serio. No existe eso. Sergio es el protagonista de la película, pero yo también me siento protagonista de la película. Mandrake también. Él tiene que estar todo el tiempo tocando la canción, pero no es que eso a él lo haga el actor que hay que cuidar.

S.P.: En ese sentido, cuando se habla de una actividad colectiva, es colectiva de verdad. Es imposible que la cosa funcione si uno no tiene esa mirada sobre el laburo. Yo quería decir algo en relación al lugar común, un pensamiento que tuve hace poco en relación a eso. En muchos lugares por los que yo circulaba siempre se le bajaba el precio al lugar común. Eso de que un actor vaya siempre para el mismo lugar. Me acuerdo de cuando empecé a hacer teatro hace un montón de tiempo, y hacía algunas cosas que a mí me habían gustado porque me habían pasado cosas. De alguna manera siento que he vuelto a esta actividad por algo de eso. Como si yo pudiese encontrar en alguna parte de ese lugar común el lugar para volver a la actividad. Como si hubiese quedado una zona de deseo muy fuerte ahí, entonces el lugar yo siempre lo pienso como si fuese una zona que uno pisa para perderse.

Ambos ya habían compartido elenco con Daniel Hendler. ¿Cómo fue trabajar con él en la dirección?

S.P.: Yo laburé justo con los dos en el mismo proyecto, que fue División Palermo.

P.G.: Ahí nos cruzamos por primera vez todos. Pero a mí me encanta el cine uruguayo, entonces yo a Dani ya lo venía siguiendo desde antes. Norberto apenas tarde (2010) me parece un peliculón, El candidato (2016) también. Ya lo venía viendo, también como actor. Siempre fue alguien que me gustó. En División Palermo nos hicimos todos bastante amigos, porque era un rodaje para charlar también por momentos. Después nos encontramos todos en este rodaje y estuvo muy bueno.

¿Cómo ven al cine uruguayo?

P.G.: A mí me encanta el cine uruguayo, Whisky (2004) es parte de mi educación sentimental. Ya sé que es el lugar común, pero debe ser una de las mejores películas de la historia del cine, y se hizo acá. Pablo Stoll debe ser uno de los mejores directores. Hay artistas; una película te puede gustar más o menos, pero es el trabajo de un artista a lo largo del tiempo. A mí eso me gusta, me gusta mucho el cine uruguayo. Me gustan las películas. Me gusta cómo piensan el tiempo, me gustan los tiempos que se dan para los diálogos, para la escucha, me siento identificada con eso. Con una humanidad no tan televisiva. Los uruguayos tienen un ritmo muy cinematográfico, y yo me identifico con él. Es todo lo contrario a lo aburrido; a mí me hacen morir de la risa, tienen humor, ponen la cámara en lugares interesantes, tienen mirada para contar. Algunas me gustaron más o menos, pero en su gran mayoría siempre me parece que tienen artistas muy interesantes en el cine.

S.P.: Hay algo que está bueno también, y es que uno puede identificar al cine uruguayo. Para mí eso siempre es lo más difícil. Colocarle una impronta a algo que uno hace. Cuando hay una forma, una estética, algo que se construye y que uno puede reconocer, me parece que está buenísimo porque es lo más difícil de lograr. En relación a eso yo estoy muy contento de estar acá, mi primera película fue una coproducción con Uruguay. La filmamos en Tucumán y fue un equipo grande de acá, era nuestra primera experiencia. Ninguno de nosotros había hecho una película antes; veníamos de hacer teatro, ganamos un concurso y salimos a hacer cine. La película fue Los dueños (2013). Y en ese sentido, yo sí pude percibir cierta forma de trabajo del equipo uruguayo con el equipo tucumano. Algo de lo que decía Pili recién: las cabezas de equipo trabajando un montón, opinando cuestiones de dirección cuando veían que algo estaba medio flojo porque nosotros no entendíamos. Para nosotros fue escuela también, esto fue en el 2012. Para mí fue una voltereta espectacular, después de tantos años de repente estar acá y compartir de vuelta con aquellos que fueron los primeros. Me pone muy contento.