Ah, Toy Story. La música. El fondo celeste con nubes. El vaquero Woody y el astronauta Buzz Lightyear peleándose y reconciliándose. El dinosaurio Rex, el señor Cara de Papa. “¡Corre como el viento, Tiro al Blanco!”. Volver a casa. Nostalgia empaquetada en una hora 40 minutos.
Toy Story 5. ¡Cinco! Para los que nos criamos con la primera y su secuela (1995 y 1999) es difícil de creer. Están, sí, Woody y Buzz, pero reducidos a papeles secundarios; la protagonista es Jessie, la cowgirl, introducida en la segunda entrada en la saga. Su niña, Bonnie, es tímida y muy imaginativa y tiene dificultades para hacerse amigas. Jessie quiere ayudarla a hablarles a los vecinitos, así que va hasta su casa, donde ve a los dos pequeños jugando cada uno con su respectiva tablet. ¿Y eso? “La era de los juguetes terminó”, le dicen los chiches abandonados en el jardín. Perdieron con la tecnología.
Jessie mira desde el techo y ve pantallas brillando por todas las ventanas de las casas del barrio. Vuelve preocupada, más todavía cuando los papás de Bonnie le regalan su propia tablet: Lilypad, con cara de ranita cute cuando la están usando, con cara de ranita mala cuando interactúa con los juguetes. Y más cuando ve cómo afecta a Bonnie, cómo la absorbe. La altanera Lilypad les asegura a los juguetes que ella puede conseguirle amigas más rápidamente a la niña a través de su chat y sus aplicaciones de juegos online, pero Jessie sospecha —correctamente— que esas conexiones no serán reales, que Bonnie no es cualquier niña y que le harán más mal que bien. Así comienza la aventura.
En la previa, cuando salió el tráiler, se anticipaba que Toy Story 5 trataría sobre juguetes versus tecnología. Es, en realidad, una película sobre la naturaleza de jugar. Por qué jugar es importante, si es lo mismo jugar con un videojuego que hacerlo fantaseando, si es lo mismo jugar con una amiga que está del otro lado de un black mirror que hacerlo cara a cara, imaginando juntas.
La dirige Andrew Stanton, quien guionó la primera con tan solo 29 años y ahora es el encargado del control remoto de estos juguetes (John Lasseter, el motor creativo de los orígenes de Pixar, que dirigió las dos primeras Toy Story, Bichos y las dos primeras Cars, fue despedido en 2018 por conductas sexuales inapropiadas de larga data); coescribe con Kenna Harris, en su largometraje debut, quizá una forma de comenzar a pasar la posta. Stanton es un genio y un artesano, que ya había dirigido Buscando a Nemo (2003), Wall-E (2008) y Buscando a Dory (2016), o sea, que estábamos en manos confiables. Eso se nota en cómo la animación se siente actual sin romper con la imagen tradicional de la saga. Como si evolucionara suavemente, sin una ruptura en calidad o en el tipo de técnica, como sí parece darse con la próxima película de Shrek. Y se nota, por supuesto, en las marcas registradas de Pixar: el humor y el corazón.
La cuarta Toy Story (2019) era simpática, pero le pesaba el hecho de que todo fan de la saga consideraba la tercera (2010) como un cierre inmejorable. Es que ahí se responde de forma tiernamente lacrimógena la pregunta que pendía desde el inicio sobre la historia de este grupo de juguetes vivientes y su niño: qué pasaría una vez que ese niño creciera y ya no quisiera juguetes. Así, era imposible no sentir que la cuarta exprimía la vaca lechera más de la cuenta. Era divertida, pero no había necesidad. Aunque los cabecillas de Pixar, otrora admirados por su profunda humanidad aun con historias de bichos y robots, insistieran en que habían reabierto el baúl solo porque tenían una historia que los justificara, sabíamos que no era cierto.
Pero al aparecer ese componente tecnológico, lo que parecía otro manotazo de guita de Disney, de golpe ganaba candente actualidad. Incluso si no tenían una muy buena historia, sí tenían un tema con mucho jugo. Entusiasmaba. ¿Iban a ser tecnofóbicos? ¿O iban a encontrar un balance? ¿Iban a salvar a los niños de las malvadas pantallas? ¿Iban a salvar el mundo? ¿Tendría razón de existir la película o sería meramente simpática?
La respuesta a las primeras dos preguntas es el balance: obvio, si Pixar es una empresa tecnológica. Toy Story fue el primer largometraje realizado enteramente con animación por computadora. No se van a pegar un tiro en el pie y prender fuego a Silicon Valley. Además, parece la respuesta más madura y compleja; lo que uno espera del mejor Pixar. La tecnología no es el villano, sino cómo se la usa. A la vez, la película también entiende que la ubicuidad tan completa de los dispositivos, eso de que uno se siente por fuera del mundo sin ellos, hace difícil usarlos “bien”.
Hasta le aportan una capa de nostalgia, ya no solo a los juguetes viejos que usamos en la infancia, que ya lo habían hecho, sino también a la tecnología que queda guardada en un cajón de una manera bastante similar. Casi que me dan ganas de buscar mi viejo iPod para mimarlo.
La respuesta para las dos preguntas del medio es que no, claro, ¿cómo va a salvar el mundo una película? No van a resolver el dilema del balance juego/pantallas. Es injusto pretender eso de nadie, hasta de Pixar. Aunque Toy Story 5 hace hincapié en el valor de la imaginación a la hora de jugar manual y presencialmente, de no contentarse solo con los jueguitos online. Obvio, si Pixar es una empresa famosa por su creatividad; hasta han editado libros (muy buenos) explicando su forma de trabajar. Por supuesto, que comprenden el valor humano de inventarse mundos.
Y para las dos últimas preguntas, la respuesta es… que es simpática. Tiene razón de existir, sí (aunque podríamos debatir rato sobre qué significa eso; toda película quiere hacer plata, es un arte carísimo de producir), pero a pesar de la vuelta tecnológica, la quinta Toy Story vuelve sobre una línea ya recorrida en la tercera y repasada en la cuarta: qué pasa cuando el niño se “gradúa” del juguete y pasa a otros divertimentos. Obvio, Pixar es una empresa parte de un conglomerado gigante. Lejos están los años de un estudio chiquito e innovador que tomaba riesgos. Aunque cada tanto los toman (Hoppers: operación castor, que se estrenó hace unos meses, parte de una premisa bastante rara), ya no se caracterizan por eso. La fórmula funciona bárbaro, ¿por qué romper un juguete que no está roto?
Es muy graciosa, su emoción es sincera y es totalmente efectiva, solo que lo es más para niños nuevos que vienen sin el bagaje de las anteriores. No tanto para los viejos que añoramos aquel juguete de la infancia, aquel VHS que pusimos tantas veces, y que vaya uno a saber dónde quedó guardado.