Por Juampa Barbero | @juampabarbero
En 1975, un tiburón blanco emergió desde las profundidades del mainstream para cambiarlo todo. Tiburón (1975), dirigida por un joven Steven Spielberg, fue un tsunami que sacudió la industria y el imaginario colectivo. No era otra tonta película de un animal asesino, sino una masterclass sobre el miedo, la tensión y el poder del fuera de campo. Cincuenta años después, su presencia sigue intacta. En cada ola, en cada sombra que se mueve bajo el agua, hay algo de Tiburón acechando.
Spielberg no era el titán de Hollywood que conocemos hoy. Era un director de 27 años con un par de películas en su haber y una convicción feroz. La producción fue un infierno: el tiburón mecánico no funcionaba, los días de rodaje se extendían sin control y el presupuesto se inflaba como un cadáver marino. Pero de esa adversidad, nació una forma revolucionaria de contar el terror: como el monstruo no aparecía, Spielberg tuvo que insinuarlo. Con eso, reescribió el manual del suspenso moderno.
La ausencia del tiburón no fue un obstáculo, sino una virtud. El miedo se construyó en la espera, en lo que no se ve. Una aleta, un movimiento en el agua, una mirada perdida. La tensión se acumulaba como marea alta y explotaba en estallidos breves, brutales, inolvidables. Cada ataque era un golpe de electroshock, y cada pausa, una tortura psicológica. Spielberg trabajó el montaje con un bisturí, cortando con precisión quirúrgica cada plano para maximizar el efecto.
"Tiburón" (1975), Steven Spielberg
A esto se sumó la música de John Williams, que con dos notas icónicas creó uno de los leitmotivs más reconocibles de la historia del cine. Era simple pero letal, como el propio tiburón. Las notas ascendentes y repetitivas creaban una ansiedad que rozaba lo físico. Uno no escuchaba esa música: la sentía en el estómago. Era la manifestación sonora del instinto primario de supervivencia.
Pero lo que hizo que Tiburón se convirtiera en una obra maestra, fue su capacidad para capturar un miedo universal y plantarlo en un contexto perfectamente reconocible. El monstruo no estaba en un castillo gótico ni en una nave espacial. Estaba en el mar, en vacaciones familiares, en un pueblo costero cualquiera. Estaba en nuestra realidad, y eso lo hizo insoportablemente verosímil.
El alcalde que niega la amenaza para no arruinar la temporada turística se volvió un arquetipo. La tensión entre ciencia y política, entre intereses económicos y responsabilidad moral, le dio una capa inesperada de profundidad al relato. De pronto, Tiburón también era un comentario sobre el poder, la negación, y la manera en que las comunidades reaccionan ante lo que no pueden controlar.
"Tiburón" (1975), Steven Spielberg
El trío central de personajes es otra razón de su potencia. Brody, el jefe de Policía que teme al agua, pero no puede evitar meterse en ella. Hooper, el científico idealista que representa la razón y el conocimiento. Y Quint, el veterano amargado que arrastra un trauma de guerra como un ancla. Juntos, construyen una tensión humana tan fuerte como la del tiburón.
Y entonces, la frase: "You're gonna need a bigger boat". Improvisada, dicha casi al pasar, pero convertida en mantra de una generación. Como todo lo grande en el cine, fue accidente y destino. Una línea que concentra el espíritu de la película: la desproporción entre el hombre y la naturaleza. Entre la ilusión de control y la realidad brutal.
Con el tiempo llegaron las secuelas. Y como suele pasar, ninguna estuvo a la altura. La segunda fue un eco, la tercera un experimento fallido con 3D, la cuarta una caricatura. Pero la original quedó intacta. Inmune al desgaste. Su legado es tal, que muchas películas siguen intentando imitar su estructura sin entender su esencia.
"Tiburón" (1975), Steven Spielberg
Porque Tiburón es un dispositivo de tensión que no da respiro. Una película que funciona por acumulación de miedos, de silencios, de amenazas. Es cine físico, se siente en el cuerpo. Y ese es quizá su mayor logro. Hacer del espectador una víctima más. No solo de la bestia, sino de la máquina narrativa. El espectador es atrapado por la red del lenguaje cinematográfico y arrastrado al fondo. Y cuando termina, sale distinto. Mira el agua con otros ojos.
En estos 50 años, Tiburón se mantuvo vigente no porque el tiburón sea realista, sino porque el miedo lo es. Ese miedo primitivo a lo que no se ve, a lo que puede estar justo debajo. Spielberg no filmó un monstruo. Filmó una amenaza.
Y lo hizo sin necesidad de subrayados. Sin grandilocuencias. Con inteligencia, con timing, con una comprensión profunda de lo que asusta de verdad. El terror no viene del rugido, sino del silencio previo. Del roce en el tobillo. De la aleta que se asoma.
Hoy, en 2025, Spielberg es una institución. Pero en 1975, era un joven con una cámara, un sueño y un monstruo que no funcionaba. Lo que logró con eso es algo que el cine todavía estudia. Una lección sobre el poder de la narración: sobre cómo contar con menos para lograr más.
"Tiburón" (1975), Steven Spielberg
Tiburón cumplió 50 años. Medio siglo de hacernos sospechar del agua. De cambiar la manera en que se hacían y se veían las películas. Su impacto fue inmediato, pero su eco sigue creciendo. No envejece, madura.
Y esa es la diferencia entre una buena película y una fundacional. Las buenas se recuerdan, las fundacionales se sienten. Se incorporan. Se vuelven parte del lenguaje, de la memoria colectiva. Tiburón es eso: una herida cultural que todavía sangra un poco.
Con el paso del tiempo, Steven Spielberg reconoció que, a pesar de ser una obra maestra del cine, tuvo consecuencias no deseadas. El miedo masivo que despertó hacia los tiburones trascendió la pantalla y se tradujo en una caza indiscriminada que afectó gravemente a la especie. En más de una entrevista, el director expresó su pesar por haber contribuido, sin saberlo, a esa ola de exterminio disfrazada de deporte o justicia marina.
"Tiburón" (1975), Steven Spielberg
“Lamento sinceramente la aniquilación de la población de tiburones a causa del libro y la película”, confesó Spielberg en una charla con la BBC. Incluso bromeó con cierto dejo de culpa: “No temo que me coma un tiburón, temo que estén enojados conmigo”. Consciente del peso cultural de su obra, el director no esquiva la responsabilidad histórica de lo que generó. A medio siglo del estreno, ese mea culpa acompaña a la película como su sombra más incómoda.
Por eso, al mirar atrás luego de 50 años, hay que celebrarla no solo por lo que fue, sino por lo que sigue siendo. Un recordatorio de que el cine, cuando se hace con coraje e ingenio, puede alterar la forma en que habitamos el mundo. Incluso debajo del agua.
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