Otra de superhéroes. Otra con la S roja de Superman estampada en el pecho. Pero esta vez la capa la viste una rubia de 26 años: Supergirl, en una aventura interestelar centennial, con una protagonista harta de todo. ¿Qué tal está? Se deja ver.

La protagoniza Kara Zor-El, prima de Kal-El; tal el nombre de Clark Kent en el extinto planeta de origen de ambos, Kryptón. Kara llega a la Tierra cuando Clark ya viste el traje azul y rojo, pero, a diferencia de él, a quien sacaron de Kryptón cuando era bebé, Kara llegó a ver cómo su pueblo moría. Cómo sus padres morían envenenados por la kryptonita. Por lo tanto, mientras su primo es la viva imagen del optimismo, ella está deprimida y traumatizada.

La interpreta Milly Alcock, quien viene de hacer de la joven Rhaenyra Targaryen en la primera temporada de La casa del dragón, con más carisma y buena onda que en esa serie. La conocemos con su superperro Krypto, un cusco adorable, viajando por la galaxia en busca de sistemas solares donde no tengan superpoderes, donde matar el tiempo y ahogar las penas en whisky alienígena, donde bailar en bares imitación de la cantina de Star Wars, vestida con una gabardina cool. No se animaron a desemprolijarle mucho el pelo y el maquillaje, pero se entiende: Kara es rebelde donde Clark es correcto y, digámoslo, aburrido. Está rota.

“Clark ve la bondad en todos”, dice. “Yo veo la verdad”. Alcock está muy bien en el papel, en la dejadez, el humor y la borrachera.

Hasta que conoce a una preadolescente, Ruthye, a la que una suerte de pandilla le mató a toda su familia. Ruthye es hija de un fabricante de espadas en uno de esos planetas donde Kara no puede decirse a sí misma Superchica, donde no puede volar ni lanzar rayos láser con los ojos, y aparece por uno de aquellos bares pidiendo ayuda para que la acompañen en su venganza. Kara no tiene interés en ayudarla a matar a nadie, pero su instinto latente de evitar las injusticias, y su propio cruce fortuito con la misma pandilla, la obligan a embarrarse. Sobre todo cuando el líder de esos villanos, el malísimo Klem, le clava una flecha envenenada al perro Krypto. La única forma de salvarlo es conseguir el antídoto que Klem lleva siempre consigo… Así que Kara no puede evitar unirse a Ruthye, aunque una y otra vez intenta convencerla de que vengarse le hará más mal que bien.

Por ahí también aparece Jason Momoa como el mercenario Lobo: maquillado como uno de Kiss, fumando un habano arriba de una Harley interestelar, con un sobrepeso que, la verdad, lo hace más canchero que si tuviera el torso esculpido a mano por Miguel Ángel como lo tenía haciendo de Khal Drogo en Game of Thrones. Su presencia es muy divertida.

Sumemos un poco de contexto.

En 2019, Avengers: Endgame cerró la popularísima fase 3 del Universo Cinematográfico de Marvel, y Guasón logró el prestigio esquivo para el género de adaptaciones de historietas, con premios en Venecia y los Óscar. Pero, inmediatamente después (diría que desde la mediocrona Spiderman: lejos de casa, también de 2019), el mundo de la cultura pop globalizada entró en la fatiga de superhéroes. La gallina de los huevos de oro que venía propulsando la industria de Hollywood desde X-Men (2000) no murió, pero sí quedó flacucha, enfermiza.

Sigue poniendo éxitos de crítica y público —Guardianes de la galaxia vol. 3 (2023), la Batman con Robert Pattinson (2022)—, pero más intercalados entre las que pasan sin pena ni gloria —Los 4 fantásticos: primeros pasos (2025)— y los fracasos estrepitosos —Flash (2023), Eternals (2021)—, las realmente difíciles —Thor: amor y trueno (2022) y Mujer Maravilla 1984 (2020)—. Algo parecido ocurrió con la troja de series creadas para las plataformas de streaming. Este estancamiento preocupó a las dos grandes productoras: Marvel, casa de Spiderman y los Avengers, y DC, casa de Superman y Batman. Y preocupó a la gente que les pone la plata.

Para agregarle problemas a Marvel, el actor elegido para el villano que venían construyendo en las nuevas fases de la saga, Jonathan Majors haciendo de Kang, fue arrestado y condenado por violencia doméstica en 2023. En lugar de recastear al personaje resolvieron dar un volantazo, cambiar la línea planificada para sus películas hasta 2027, que tampoco venía enamorando a nadie, y traer del retiro a Robert Downey Jr., actor vital en las primeras fases más exitosas de la saga. Si les salió bien la apuesta lo descubriremos en diciembre de este año con Avengers: Doomsday.

En la vereda de enfrente, DC efectuó un cambio más hondo. Dijo que guardaba en un cajón a su universo cinematográfico y televisivo (el DCEU) y lo reiniciaba (ahora con sigla apenitas distinta: DCU) con una nueva cabeza creativa al mando: James Gunn, director de la trilogía de Guardianes de la galaxia (las dos primeras en 2014 y 2017) en Marvel, y de la muy divertida El escuadrón suicida (2021) para DC. Entre los fans, decepcionados por la irregularidad y la solemnidad excesiva del DCEU, había expectativa. El resultado empezó a verse el año pasado, con una nueva entrega de Superman dirigida por el propio Gunn. No fue un bombazo, pero le fue bien tanto en venta de entradas como en consideración de crítica y fanáticos. El DCU empezaba con el pie derecho.

Ahora, es altamente probable que los que no son fans ni tengan un interés particular por el cine rompetaquillas no tengan idea de estos movimientos corporativos. Lo que ven es el tráiler en el cine y el póster en la calle o en las redes. Uh, otra Superman. De última, las de los personajes principales casi siempre se ven. No hay duda de que a Spiderman: un nuevo día, que estrena en julio, le va a ir bárbaro. La pregunta en esta etapa de fatiga, de sobreproducción de un mismo género que ya no rinde como antes es qué va a suceder con las que no traen los disfraces más reconocibles en el afiche. Hace 10 años, Marvel sacaba una heladera con su logo y la gente la iba a ver. Y para competirles, DC jugó fuerte con su plantel principal. ¿Qué va a pasar con los personajes de nivel B y de ahí para abajo? No solo de Superman y Batman vive la industria.

Así volvemos a Supergirl.