“Spider-Man: Brand New Day”, el superhéroe volvió a casa
La cuarta película de Tom Holland abandona la escala descomunal de MCU y retoma el espíritu del personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko.
Por Nicolás Medina
nicomedav
Hubo una época —y ya alcanza la distancia suficiente como para hablar de ella con cierta nostalgia—, en la que ir a ver una película de Marvel era mucho más que asistir a un estreno. Era participar de un ritual colectivo. Durante 11 años, 22 películas fueron colocando piezas de un rompecabezas gigantesco que desembocó en Avengers: Endgame (2019), un acontecimiento cultural cuya magnitud probablemente todavía no terminamos de dimensionar. Las funciones de estreno se parecían menos a una proyección convencional que a la final de un mundial. Salas colmadas, espectadores disfrazados, aplausos espontáneos, gente llorando, gritando y abrazándose con completos desconocidos mientras en la pantalla ocurría aquello que durante más de una década parecía imposible.
Curiosamente, apenas dos años después, ocurrió algo parecido. En menor escala, claro. Spider-Man: No Way Home (2021) jamás aspiró a reunir decenas de protagonistas repartidos en una franquicia mastodóntica. Su apuesta era infinitamente más modesta y, justamente por eso, quizá todavía más sorprendente. Bastó un solo personaje para volver a convertir una sala de cine en un estadio.
Durante meses internet se alimentó de filtraciones, memes, teorías y negaciones oficiales que nadie terminaba de creer. El "Spider-Verse confirmado" pasó de ser un chiste recurrente a una especie de mantra colectivo. Marvel y Sony insistían en guardar el secreto que probablemente peor guardaron en toda su historia, mientras el público esperaba únicamente un momento: la aparición de Tobey Maguire y Andrew Garfield junto a Tom Holland.
Cuando finalmente sucedió, las butacas volvieron a temblar. Hubo gritos, lágrimas y aplausos que parecían una réplica, aunque más íntima, de lo ocurrido con Endgame. La diferencia era fundamental. Mientras aquella película necesitó más de 20 largometrajes para alcanzar semejante reacción emocional, No Way Home conseguía prácticamente lo mismo apelando a un único héroe. No importaban los Vengadores, los Guardianes de la Galaxia o los de Wakanda. Bastaba con Spider-Man. El amigable vecino seguía siendo, varias décadas después de su creación, el personaje más querido de Marvel. Y no resulta demasiado difícil entender por qué.
Cuando Stan Lee y Steve Ditko presentaron por primera vez a Peter Parker en las páginas de Amazing Fantasy #15, en agosto de 1962, rompieron una de las reglas no escritas del cómic de superhéroes. Hasta ese momento, los adolescentes solían ocupar el rol de ayudantes, compañeros de aventuras o simples espectadores del heroísmo adulto. Peter era distinto. Era un chico tímido, inteligente, inseguro, con problemas económicos, dificultades para socializar y responsabilidades demasiado grandes para alguien de su edad. Era un superhéroe que llegaba tarde a clase, que sufría para pagar el alquiler y cuya vida personal era, casi siempre, un desastre.
Stan Lee solía decir que Spider-Man era su personaje favorito. No cuesta creerle, ningún otro héroe de Marvel logró sintetizar tan bien aquella máxima que atraviesa toda su historia, la de que el verdadero poder nunca elimina los problemas cotidianos, sino que muchas veces los vuelve todavía más difíciles de afrontar.
"Spider- Man: No Way Home" (2021), Jon Watts
La popularidad del personaje hizo inevitable su expansión a otros formatos. Hubo series animadas memorables —especialmente aquella producción de los años 90 que marcó a toda una generación—, videojuegos, juguetes y adaptaciones televisivas de toda clase. Pero el verdadero punto de inflexión llegó recién en 2002.
El estreno de Spider-Man (2002), dirigida por Sam Raimi, cambió para siempre la relación entre Hollywood y los superhéroes. Junto con X-Men (2000), de Bryan Singer, demostró que aquellos personajes podían protagonizar enormes éxitos comerciales sin resignar a su humanidad. Raimi entendió algo esencial: que antes que un héroe, Peter Parker era una persona. Sus películas hablaban tanto del peso de la responsabilidad como del vértigo del primer amor, de la culpa, del fracaso y de crecer demasiado rápido. Hoy, más de 20 años después, siguen sintiéndose sorprendentemente sinceras, y paradójicamente, buena parte de esa historia ocurrió gracias a uno de los momentos más delicados que atravesó Marvel.
Durante los años 90, la editorial atravesó una profunda crisis financiera que la obligó a vender los derechos cinematográficos de muchos de sus personajes para sobrevivir. Spider-Man terminó en manos de Sony. Los X-Men y los Cuatro Fantásticos fueron adquiridos por Fox. Hulk pasó por Universal. Marvel conservó apenas un puñado de héroes secundarios cuyos derechos nadie parecía querer demasiado. Entre ellos estaban Iron Man, Thor y Capitán America.
"Spider-Man: Brand New Day" (2026), Destin Daniel Cretton
La ironía es que, mientras Sony construía una de las franquicias más importantes del cine moderno alrededor de Spider-Man, Marvel Studios levantaba su universo cinematográfico con los personajes que le habían quedado disponibles. Décadas después, ambos imperios terminarían necesitándose mutuamente.
Un acuerdo entre Disney y Sony permitió que Peter Parker finalmente ingresara al MCU con Captain America: Civil War (2016), inaugurando una versión completamente distinta del personaje. El Spider-Man de Tom Holland nació bajo el ala protectora de Tony Stark, convivió con los Vengadores, viajó al espacio, combatió amenazas multiversales y pasó buena parte de su adolescencia enfrentando conflictos demasiado grandes incluso para muchos héroes adultos. Fue una interpretación encantadora, aunque para algunos fanáticos siempre existió la sensación extraña de que este Peter Parker todavía no había terminado de convertirse en el Spider-Man que conocían los cómics.
Con Spider-Man: Brand New Day (2026), Spider-Man alcanza más de una decena de apariciones en cine durante este siglo, repartidas entre las trilogías de Raimi, Marc Webb y Jon Watts, a las que se suman dos extraordinarias aventuras animadas encabezadas por Miles Morales, probablemente entre las mejores películas de animación realizadas en los últimos 20 años. Ningún otro superhéroe ha sido reinterpretado tantas veces en tan poco tiempo conservando semejante nivel de popularidad.
"Spider-Man: Brand New Day" (2026), Destin Daniel Cretton
Y la pregunta, inevitablemente, aparece sola. Después de más de dos décadas balanceándose entre rascacielos, cambiando de rostro, de universo y de estudio, ¿todavía queda algo nuevo para contar sobre Spider-Man? Esa es exactamente la pregunta que Spider-Man: Brand New Day pone sobre la mesa.
La película empieza apenas termina No Way Home. Peter Parker vive solo en un departamento diminuto de Nueva York, y nadie recuerda quién es. MJ y Ned continúan con sus vidas mientras él observa desde la distancia el mundo que decidió sacrificar. Ya no existe Tony Stark para marcarle el camino, ni una red de Vengadores dispuesta a resolver cualquier emergencia planetaria. Por primera vez desde que Tom Holland se puso el traje, Peter Parker está exactamente donde muchos fanáticos esperaban verlo desde hace años: pobre, soltero y solo. Es curioso que haya hecho falta una trilogía completa para convertir al Spider-Man del MCU en Spider-Man.
La decisión es el mayor acierto de Brand New Day. Después de varias películas donde Peter se debatía entre invasiones extraterrestres, viajes espaciales, multiversos y amenazas que comprometían la existencia misma del universo, Destin Daniel Cretton, el director, entiende que el personaje nunca fue más interesante que cuando sus problemas parecían imposibles únicamente para él. Salvar Nueva York es difícil, llegar a fin de mes también.
"Spider-Man: Brand New Day" (2026), Destin Daniel Cretton
El conflicto de la película nace precisamente de esa contradicción. Peter intenta convencerse de que borrar su existencia de la memoria de quienes ama fue el precio correcto. Sin embargo, convivir diariamente con MJ y Ned sin poder ocupar el lugar que antes tenía en sus vidas convierte ese sacrificio en una herida que nunca termina de cerrar. La película es menos una historia sobre recuperar recuerdos que sobre aceptar que hay decisiones cuyas consecuencias no pueden deshacerse.
Hay algo especialmente valioso en cómo el guion recupera una idea que, mirando hacia atrás, siempre estuvo presente en la etapa de Holland aunque muchas veces quedara eclipsada por el espectáculo. Peter Parker nunca fue definido por sus poderes, lo definen las personas que tiene alrededor.
Su tía May fue quien le enseñó el valor de la responsabilidad. Tony Stark le dio confianza cuando todavía era apenas un adolescente. Happy Hogan ocupó durante un tiempo el lugar de una figura paterna. MJ y Ned fueron el recordatorio permanente de que existía una vida posible fuera del traje. Y cuando todos esos vínculos desaparecen, también desaparece una parte de Peter.
Lo interesante es que Brand New Day evita convertir esa soledad en simple melancolía. La utiliza como motor de crecimiento. Este Peter ya no pelea para demostrar que merece estar entre los héroes más poderosos de la Tierra. Tampoco necesita impresionar a nadie. Sale a patrullar porque nadie más lo hará. Hay una madurez distinta en Holland, menos impulsiva y mucho más contenida, probablemente la mejor interpretación que ha dado del personaje desde que debutó hace una década.
"Spider-Man: Brand New Day" (2026), Destin Daniel Cretton
A nivel de puesta en escena, después de varios años en los que Marvel pareció enamorarse de los fondos digitales, las explosiones de energía multicolor y los escenarios imposibles, la película vuelve a disfrutar de algo tan sencillo como ver a Spider-Man balancearse entre edificios. Hay persecuciones que recuperan esa sensación de vértigo físico que Raimi entendía tan bien, con una cámara que acompaña el movimiento en lugar de reemplazarlo por una lluvia de efectos visuales. Nueva York vuelve a sentirse como un espacio real y no simplemente como un decorado para la siguiente batalla del universo compartido. Y cuando la acción funciona, funciona precisamente porque siempre está al servicio de Peter y no del espectáculo.
Incluso las peleas más grandes conservan una escala humana. Spider-Man recibe golpes, improvisa, se equivoca, llega tarde y muchas veces apenas consigue salir adelante. Es el héroe más poderoso del barrio, no del planeta, y la película nunca pierde de vista esa diferencia.
Otro de los grandes aciertos aparece en la dinámica con Frank Castle (Jon Bernthal). Sobre el papel, Spider-Man y Punisher parecen personajes incompatibles. Uno representa la esperanza casi ingenua de que cualquiera puede hacer el bien. El otro lleva décadas convencido de que la violencia es la única respuesta posible. Sin embargo, Bernthal encuentra el tono justo para que esa relación funcione sin convertirse en una competencia permanente por ver quién roba más cámara. Frank actúa como un espejo incómodo para Peter. Allí donde Spider-Man todavía busca salvar a todos, Punisher ya decidió hace tiempo que algunas personas simplemente no quieren ser salvadas. La tensión moral entre ambos resulta muchísimo más interesante que cualquier intercambio de golpes.
Eso no significa que la película se resista por completo a las costumbres del MCU. Hay apariciones de otros personajes del MCU que se sienten metidas a calzador, como si Marvel todavía desconfiara de la capacidad de Spider-Man para sostener una película únicamente con su propio universo. Ninguna llega a estorbar demasiado, pero varias podrían desaparecer sin alterar el corazón del relato. Es un recordatorio de que, incluso cuando intenta contar una historia íntima, el estudio sigue pensando inevitablemente en la próxima película.
"Spider-Man: Brand New Day" (2026), Destin Daniel Cretton
Pero por suerte, Brand New Day nunca pierde de vista cuál es su prioridad. Más allá de los villanos, las amenazas o las inevitables conexiones con el futuro del universo cinematográfico de Marvel, la película habla sobre alguien que intenta descubrir quién es cuando ya no queda nadie para recordárselo. Y esa búsqueda termina convirtiéndose, casi sin proponérselo, en una reflexión bastante profunda sobre la identidad. Durante años Peter creyó que sus relaciones eran aquello que le impedía ser un héroe mejor. Ahora descubre exactamente lo contrario. Son esas personas las que le recuerdan por qué vale la pena seguir siéndolo.
Quizás por eso, si hay un verdadero triunfo en Brand New Day, este no consiste en reinventar a Spider-Man. Consiste en recordar por qué nunca hizo falta hacerlo. Después de tantas películas de acción real, incontables series animadas, videojuegos, reinicios, multiversos, crossovers y universos compartidos, la película entiende que el personaje sigue funcionando por la misma razón que funcionaba en 1962. Porque debajo de la máscara no hay un dios, ni un millonario, ni un soldado mejorado. Hay un joven que intenta hacer lo correcto mientras su vida personal se desmorona a una velocidad mucho mayor que la de cualquier telaraña.
Capaz el cine de superhéroes nunca vuelva a vivir un momento en una sala de cine explotando como durante Avengers: Endgame. Probablemente tampoco exista otro momento capaz de replicar la euforia colectiva que provocó el abrazo de los tres Spider-Man en No Way Home. Esas experiencias fueron irrepetibles porque pertenecieron a un instante muy particular de la cultura popular, cuando una generación entera sintió que estaba viendo culminar una historia que llevaba años acompañándola.
Pero lo interesante es que Brand New Day ni siquiera intenta competir con esos recuerdos. Entiende que la emoción de Spider-Man nunca dependió del tamaño del espectáculo, sino de la persona que había debajo de la máscara. Mientras buena parte del cine de superhéroes sigue obsesionado con multiplicar universos, amenazas y cameos, esta película recuerda que Peter Parker siempre fue mucho más interesante cuando el conflicto consistía, simplemente, en seguir adelante a pesar de haber perdido casi todo.
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