Por Sofía Lust
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Algunas series anuncian su destino desde el título y, aun así, logran mantener viva la intriga. Something Very Bad Is Going To Happen (2026) pertenece a esa categoría. Algo terrible va a pasar, pero la serie no se apura en demostrarlo. Prefiere demorarse, desviarse, incluso frustrar un poco al espectador, hasta encontrar y revelar el tono que la define.
Creada por Haley Z. Boston y apadrinada por Matt Duffer y Ross Duffer —su primer proyecto después de Stranger Things (2016)—, la serie se presenta como un híbrido incómodo entre horror, comedia negra y drama psicológico. Boston ya venía trabajando ese territorio en Brand New Cherry Flavor (2021) y en Guillermo del Toro’s Cabinet Of Curiosities (2022), pero acá encuentra un formato más concentrado, más directo.
La historia se sitúa en la semana previa a una boda. Rachel Harkin (Camila Morrone) viaja con su prometido Nicky Cunningham (Adam DiMarco) hacia la casa de la familia de él, una propiedad aislada en un paisaje nevado del norte del estado de Nueva York. La premisa podría funcionar dentro de cualquier drama romántico contemporáneo, pero Boston empieza a tensionarla desde el primer episodio. El viaje ya viene cargado de señales: encuentros extraños, pequeños accidentes, una sensación de incomodidad que se instala sin explicación clara.
Ese primer episodio, dirigido por Weronika Tofilska es, probablemente, el momento más logrado de toda la serie. Funciona como una cápsula cerrada donde el clima se construye a partir de detalles mínimos. Un baño en una estación de servicio, una conversación con un desconocido, la aparición de un bebé abandonado. No hay un evento central que organice la tensión, lo que aparece es una acumulación de indicios que apuntan en una misma dirección: algo no está bien.
Cuando la pareja llega a la casa de los Cunningham, la serie cambia de registro. El extrañamiento deja de estar en lo externo y pasa a concentrarse en la dinámica familiar. El padre (Ted Levine), la madre (Jennifer Jason Leigh), los hermanos, las parejas, todos se mueven dentro de un sistema que parece funcionar sin necesidad de explicarse. Rachel entra en ese universo desde un lugar claramente incómodo. Todo se siente raro y perturbador, pero no entendemos bien por qué. Lo que se percibe es una especie de integración forzada, una tensión que nunca termina de resolverse.
En ese sentido, la serie trabaja sobre una idea bastante concreta: casarse implica heredar una estructura. No solo una persona, sino todo lo que viene con ella. Historia, hábitos, jerarquías, silencios. Rachel no se enfrenta únicamente a la duda sobre su relación con Nicky. Se enfrenta a la pregunta de si quiere formar parte de ese sistema.
Camila Morrone sostiene ese conflicto desde un registro bajo, muy medido. Podemos decir que hay una buena continuidad con el nivel actoral que había alcanzado en Daisy Jones & The Six (2023), aunque acá el entorno es completamente distinto. En lugar de un relato expansivo con múltiples personajes y líneas narrativas, la serie la coloca en un espacio cerrado y asfixiante. Morrone evita el dramatismo excesivo y construye una protagonista que se mueve en el límite entre la intuición y la paranoia.
Adam DiMarco, por su parte, trabaja sobre un tipo de personaje que ya había explorado en The White Lotus (2021): hombres que parecen correctos, incluso encantadores en la superficie, pero que sostienen dinámicas problemáticas sin cuestionarlas. Nicky no es un antagonista. Tampoco es un apoyo sólido para Rachel. Su presencia funciona más como un factor de inestabilidad que como un punto de anclaje.
"Something Very Bad Is Going To Happen" (2026), Haley Z. Boston
Dentro del elenco, Jennifer Jason Leigh se convierte en una figura central. Su Victoria es una presencia que organiza el espacio sin imponerse de forma explícita. Hay una escena donde habla del matrimonio como un proceso de desgaste, donde las personas terminan sacrificando partes de sí mismas.
Leigh juega con esa ambigüedad con una nostalgia que nos remite a toda su carrera. Su personaje no necesita ser abiertamente amenazante para generar incomodidad. Está en los silencios, en las miradas, en la forma en que interviene en las conversaciones. Su Victoria parece entender algo que el resto de los personajes no.
Hay elementos de la serie que remiten a referentes del género; a Carrie (1976), a Ready Or Not (2019), a cierto tipo de horror donde el ritual y la violencia se cruzan. También aparece una línea más contemporánea asociada al llamado elevated horror, con vínculos a películas como It Follows (2014) o a los trabajos de Mike Flanagan.
Durante la primera mitad, la serie se permite desviaciones, subtramas, momentos que parecen no conducir a nada inmediato. Ese desarrollo más disperso puede resultar frustrante, sobre todo en un contexto donde las plataformas suelen privilegiar el impacto rápido. Hay algo deliberado en esa decisión: Boston parece más interesada en construir un clima que en avanzar la trama.
"Something Very Bad Is Going To Happen" (2026), Haley Z. Boston
A partir de la segunda mitad, la serie encuentra una forma más definida. El tono se vuelve más ácido, más cercano a la comedia negra, con momentos de exceso y provocación. Es ahí donde el proyecto empieza a alinearse con lo que propone. Podemos llegar a sentir que la serie tarda en arrancar, pero cuando encuentra su esencia se convierte en una propuesta mucho más entretenida.
En paralelo, el componente sobrenatural empieza a tomar forma. Durante buena parte de la serie, la posibilidad de que todo sea una proyección de Rachel, una mezcla de ansiedad, trauma y desconfianza, se mantiene abierta. Ese equilibrio entre lo psicológico y lo paranormal es uno de los motores del relato.
Eventualmente la serie introduce una explicación más concreta, vinculada a una maldición familiar que atraviesa generaciones. Ese giro organiza muchos de los elementos que venían apareciendo de forma dispersa y cambia la naturaleza del conflicto. Lo que antes parecía una duda interna pasa a tener consecuencias externas claras.
Ese tipo de resolución genera lecturas divididas. Hay quienes prefieren la ambigüedad de la primera mitad y sienten que la explicación reduce la potencia del planteo inicial. Otros ven en ese giro una forma de llevar la idea central hasta sus últimas consecuencias. En ambos casos, lo que queda es la pregunta que atraviesa toda la serie: qué significa elegir a alguien como compañero de vida.
"Something Very Bad Is Going To Happen" (2026), Haley Z. Boston
Hay una escena particularmente significativa en ese sentido. Rachel tiene que explicar repetidas veces cómo conoció a Nicky frente a distintos miembros de la familia. La anécdota se repite, se ajusta, se vuelve mecánica. La situación, que podría leerse como un momento menor, termina condensando uno de los ejes de la serie. La identidad se vuelve algo que se negocia constantemente frente a los demás.
La puesta en escena acompaña esa lógica. Weronika Tofilska, junto a Lisa Brühlmann y Axelle Carolyn, construyen un universo visual que apuesta por una estética fría, con colores apagados y una iluminación baja que refuerza la sensación de aislamiento. Hay momentos donde el uso del plano secuencia y del montaje paralelo funcionan, aunque en otros la insistencia en ese estilo puede volverse redundante.
La banda sonora juega un papel bastante más estructural de lo que parece a primera vista. El score está compuesto por Colin Stetson, músico que ya había trabajado en territorios similares, especialmente en Hereditary (2018). Acá vuelve a usar ese registro físico, corporal, donde el sonido empuja la escena. Su música está construida a partir de capas que generan incomodidad de forma progresiva, sin necesidad de subrayar el susto. A eso se suma una selección puntual de canciones que aparecen de forma estratégica, desde piezas más clásicas hasta tracks contemporáneos que contrastan con el score original.
El formato de ocho episodios también juega a favor y en contra. Permite desarrollar personajes secundarios y darles espacio a ciertas secuencias, como el uso de material en formato de video casero para explorar el pasado de Rachel, que enriquecen el relato. Al mismo tiempo, esa extensión genera momentos donde la serie parece estirarse más de lo necesario.
"Something Very Bad Is Going To Happen" (2026), Haley Z. Boston
Aun con esas irregularidades, hay algo que la serie logra sostener con bastante consistencia. La sensación de estar entrando en un lugar donde las reglas ya estaban definidas antes de la llegada. La incomodidad de no entender del todo cómo funcionan esas reglas. La presión de adaptarse, de encajar, de tomar decisiones que después no se pueden desarmar fácilmente.
En ese sentido, el horror de Something Very Bad Is Going To Happen no depende exclusivamente de sus elementos sobrenaturales. Está en esa experiencia bastante concreta de enfrentarse a una estructura ajena. La familia como sistema cerrado. El matrimonio como un acuerdo que implica renuncias.
Boston construye ese universo a partir de elementos reconocibles. Una boda, una familia, una casa en el medio del bosque. Lo que hace es reorganizarlos hasta que empiezan a generar otra cosa. Algo que no termina de ser terror clásico, ni sátira pura, ni drama psicológico en sentido estricto, pero que encuentra su lugar en esa mezcla.
Algo terrible está a punto de suceder, dice el título. Y la serie se encarga de demostrar que, en muchos casos, ese algo ya empezó mucho antes de que nos demos cuenta.
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