Por Juampa Barbero | @juampabarbero
¿Por qué 16 nominaciones al Oscar para Sinners (2025) son motivo de celebración? No es menor que una película de terror haya roto un récord superando a tanques del mainstream como Titanic (1997) o Avatar (2009). Esperemos que de esas estatuillas se lleve varias, que el mérito no se licúe solo en este histórico reconocimiento de la Academia. ¿Vale la pena ver Sinners si aún no lo hicieron? Claro que sí. Es una película que no solo redefine el género de vampiros, sino que utiliza el miedo para diseccionar las heridas abiertas de la historia estadounidense con una maestría técnica que justifica cada una de sus candidaturas.
Es importante dejar algo claro desde el inicio: no estamos ante una película de terror independiente, de esas que buscan el aplauso en festivales de bajo presupuesto ni mucho menos. Sinners es una superproducción con toda la fuerza de la industria detrás, un despliegue de recursos que Ryan Coogler utiliza para consolidar una carrera impecable. Tras haber revitalizado el legado de Rocky con Creed (2015) y haber incursionado en el cine de superhéroes con la monumental Black Panther (2018), Coogler demuestra que no necesita la validación de las franquicias para mover masas.
La historia nos sitúa en el Mississippi de los años 30, un terreno donde el tiempo parece haberse detenido entre el polvo de las plantaciones y la opresión asfixiante del hombre blanco. A este escenario regresan los hermanos gemelos Smoke y Stack, interpretados por un Michael B. Jordan, que se desdobla con una presencia magnética. No llegan como víctimas, sino como hombres marcados por una larga estancia en el Chicago de la Prohibición, donde se rumorea que trabajaron bajo las órdenes del mismísimo Al Capone. Ese aura de peligro y sofisticación urbana que traen consigo choca frontalmente con la realidad rural del Sur, otorgándoles un respeto nacido del miedo que los convierte en figuras casi legendarias antes de que pongan siquiera un pie en su pueblo natal.
El motor que impulsa este regreso es un sueño de libertad muy concreto y peligroso para la época: la apertura de su propio bar. Smoke y Stack visualizan un santuario donde la comunidad afroamericana pueda, aunque sea por unas horas, sacudirse el polvo de las plantaciones y el peso de la segregación. Con un cargamento de licor de contrabando oculto en su camión y el ritmo del blues como bandera, los hermanos pretenden erigir un espacio de resistencia cultural donde la alegría sea el acto de rebelión más puro.
El plan de los hermanos cobra vida a través de una red de lealtades que define el corazón de la comunidad. Smoke y Stack comienzan a reclutar a los suyos, formando un grupo que amalgama el talento y la mística necesaria para que su santuario funcione. Entre ellos destaca el "pequeño" Sammie, un joven cuya destreza con la guitarra se siente como un don divino, y Annie, la esposa de Smoke, quien aporta la protección del vudú y las curaciones tradicionales como guardiana espiritual del grupo. La llegada de Mary, una antigua novia de Stack, completa este círculo íntimo, introduciendo una complejidad adicional al ser el único nexo blanco en un entorno donde las fronteras raciales son, hasta ese momento, infranqueables.
Pero como era de esperarse, las cosas empiezan a salir mal cuando tres músicos golpean la puerta del bar queriendo entrar. Lo que en cualquier otra circunstancia sería un encuentro rutinario entre artistas buscando un lugar donde tocar, se convierte en el prólogo de la pesadilla. La entrada de estos extraños rompe la frágil burbuja de seguridad que Smoke y Stack habían intentado construir, funcionando como el caballo de Troya que introduce la muerte en su santuario. A partir de este momento, el ritmo de la película cambia drásticamente: el blues se ve interrumpido por el terror que arrastra todo hacia una lucha desesperada por no ser devorados por aquello que acaba de cruzar el umbral.
Esta irrupción desata una espiral de acción sangrienta que inevitablemente llevó a muchos a comparar la película con el clásico de Robert Rodríguez, From Dusk Till Dawn (1996). La explosión de violencia aquí no se siente como un giro inesperado, sino como el estallido inevitable de una oscuridad que ya venía infectando el ambiente, haciendo que el paso de la crítica social al terror más visceral sea fluido y terroríficamente coherente.
Al igual que en películas de la talla de Candyman (1992) y Get Out (2017), en Sinners el terror funciona como una superficie que deja ver algo más profundo: una crítica social que atraviesa todo el relato. La amenaza sobrenatural convive con un miedo más antiguo y persistente ligado a la violencia estructural, al racismo y a la exclusión como forma de organización del mundo. Ambientada en un sur estadounidense marcado por la desigualdad, la película convierte el contexto histórico en parte activa del horror. El peligro surge tanto de lo fantástico como de un entorno que naturaliza el sometimiento y la brutalidad cotidiana.
Coogler articula el género para mostrar cómo la opresión moldea cuerpos, deseos y creencias, y cómo la idea de salvación puede deformarse cuando nace del dolor y la marginalidad. El terror deja de ser un sobresalto puntual y se transforma en una experiencia social compartida, donde el miedo circula como herencia y como sistema. Sinners utiliza el horror para exponer una herida colectiva: aquella que sigue abierta cuando la historia se repite bajo nuevas formas.
La verdadera fuerza de Sinners reside en todo lo que late bajo su superficie, superando con creces la premisa de una simple película de terror de vampiros con tintes musicales. Mientras que esa descripción inicial podría sonar arriesgada, la ejecución de Coogler demuestra que los elementos sonoros y el horror sobrenatural son solo los vehículos para explorar temas mucho más profundos y magnéticos. Es en ese subtexto donde la película encuentra su verdadera identidad, logrando que el espectador se olvide de las etiquetas del género para quedar atrapado por una narrativa cargada de significado y peso emocional.