En 2001, hablar de Rápido y furioso (2001) era hablar de una película de autos. Habiendo pasado 25 años se hace bastante más difícil explicar de qué trata exactamente, porque entre aquella película dirigida por Rob Cohen y la saga que terminó convirtiéndose en una de las más exitosas de Hollywood de las últimas dos décadas y media pasaron submarinos, espías, viajes alrededor del mundo, autos cayendo desde edificios, viajes al espacio y, en general, una relación cada vez más rara con las leyes de la física.
Todo empezó de una manera bastante sencilla. Brian O'Conner (Paul Walker) era un policía de Los Ángeles que se infiltraba en el mundo de las carreras callejeras para investigar una serie de robos. Su misión era acercarse a Dominic Toretto (Vin Diesel), el líder de un grupo de corredores que pasaba sus noches entre autos tuneados, carreras clandestinas, picadas y reuniones familiares, siempre con alguna Corona mediante. Brian empieza a acercarse a Dom y a su gente mientras se enamora de Mia (Jordana Brewster), la hermana de su principal sospechoso, y poco a poco la investigación policial empieza a entrar en conflicto con las relaciones que construyó dentro de ese mundo.
Rob Cohen dirigió la película como un thriller de acción que entiende que los autos no son solamente vehículos, sino una forma de identidad. Hay una fascinación evidente por los motores, por las modificaciones, por el sonido de un auto rugiendo y por todo ese universo de carreras callejeras que a comienzos de los 2000 todavía tenía algo de subcultura cinematográfica. Incluso las escenas que hoy parecen más ingenuas tienen una energía particular porque la película realmente creía en aquello que estaba mostrando. No necesitaba convertirlo todavía en una misión para salvar al mundo.
“Vivo mi vida un cuarto de milla a la vez”, dice Dom, frase que terminaría convirtiéndose en una de las líneas de diálogo más reconocibles de toda la franquicia. La primera vez Dom la pronuncia todavía no es consciente de que va a terminar enfrentándose a terroristas internacionales, ejércitos o amenazas capaces de destruir el planeta. En 2001 solamente tenía un auto, una familia y una carrera por delante.
Esa película, relativamente pequeña y bastante más preocupada por el show alrededor de los autos que por el espectáculo global, terminaría dando lugar a una franquicia que ya suma 11 películas, un spin-off y más de 7.000 millones de dólares de recaudación mundial. Por ella pasaron Dwayne Johnson, Jason Statham, Charlize Theron, Helen Mirren, Kurt Russell, John Cena, Jason Momoa y Gal Gadot, entre muchas otras estrellas. Pero por más gigantesca que se haya vuelto la maquinaria, todavía es posible encontrar el germen de todo eso en la película de Cohen.
La palabra y la idea que la saga repetiría hasta convertirla en uno de sus chistes recurrentes y en meme se pronunció desde el principio. Dom no solamente tiene amigos: tiene una familia. Una que opera casi como comunidad; la casa, el taller, las carreras y las cenas funcionan como un espacio de pertenencia. Brian entra a ese mundo como infiltrado y termina descubriendo que aquello que estaba investigando puede convertirse también en un lugar al que quiere pertenecer.
Esa idea fue creciendo hasta convertirse en el corazón de la franquicia. Con el tiempo, la familia de Dom se volvió tan grande como las amenazas a las que debía enfrentarse, y probablemente también tan inverosímil. Pero la semilla estaba ahí desde la primera película, cuando la escala todavía permitía que una cena familiar tuviera casi la misma importancia que una persecución.
Y quizás esa sea una de las razones por las que Rápido y furioso consiguió algo que no muchas franquicias logran hacer. Hay un público que aparece cada vez que llega una nueva película de la saga y que no necesariamente tiene al cine como parte de su rutina habitual. Es gente que puede pasar meses o años sin ir a una sala y que, cuando llega una nueva aventura de Toretto, aparece. El público de los autos y el público del cine encuentran en estas películas un punto de encuentro bastante curioso.
No hace falta ser un cinéfilo para entender el atractivo de una carrera. Tampoco hace falta saber demasiado sobre autos para entender qué significa ganar o perder cuando todos están mirando. Rápido y furioso convirtió una subcultura específica en un espectáculo accesible para un público enorme, y esa capacidad de convocar a personas que no necesariamente van al cine con frecuencia forma parte de su importancia cultural, porque guste o no, la tiene.
Por eso también resulta interesante que este año, en su aniversario 25, la película haya sido incluida por el Festival de Cannes dentro de la sección Cannes Classics. La proyección, realizada en mayo de este año, reunió en la Croisette a Vin Diesel, Michelle Rodriguez, Jordana Brewster y Meadow Walker, la hija del fallecido Paul Walker. Que una película que generalmente es tachada de entretenimiento barato y masivo aparezca 25 años después en una sección del festival de cine más importante del mundo —una que se dedica a recuperar obras de la historia del cine— dice algo sobre la forma en que también cambió la manera de mirar esta película. No necesariamente porque ahora haya que considerarla una obra maestra, claro.
La cosa pasa por otro lado, y habilita jugar con la pregunta de a qué llamamos un clásico. Durante mucho tiempo, la palabra se asoció a una determinada idea de cine generalmente vinculada a películas consagradas por la crítica, directores considerados fundamentales y obras que forman parte de un canon que los cinéfilos aprendieron a reconocer como tal. Todo eso tiene sentido, pero quizás sea demasiado limitado pensar que una película necesita atravesar esos filtros para convertirse en un clásico. También puede serlo una película que millones de personas recuerdan, que cambió una parte de la cultura popular, que generó imitaciones, frases, personajes y rituales, y que consiguió que un público entero volviera a una sala de cine durante 25 años. Capaz haya algo demasiado purista en pensar que los clásicos solamente pueden ser películas para la crítica o para los amantes del cine.
Rápido y furioso tiene, además, la particularidad de haber sobrevivido a su propia transformación. La primera película todavía tiene una escala humana que después prácticamente desapareció. Los autos importan más que las explosiones y las carreras más que las conspiraciones internacionales. Pero también están las bases de aquello en lo que la saga terminaría convirtiéndose: la familia, las lealtades, las traiciones y una necesidad permanente de llevar el espectáculo un poco más lejos, o bastante más lejos.
Con cada secuela, la franquicia fue perdiendo su contacto con la realidad. Los autos empezaron a saltar entre edificios, atravesar ventanas, perseguir aviones y participar de operaciones que ya no tenían demasiado que ver, y sería absurdo fingir que no existen. Pero también es parte de su encanto y hay algo sumamente genuino en la decisión de abrazarlos por completo, porque no cualquier película se permite ser tan descaradamente espectacular.
En un momento en el que buena parte del cine comercial parece obligado a justificar sus grandes espectáculos a través de universos compartidos, propiedades intelectuales o fórmulas cada vez más reconocibles, Rápido y furioso terminó encontrando su propia lógica. La saga entendió que el espectáculo podía ser suficiente. Una pantalla enorme, el sonido de un motor, una persecución imposible, una canción entrando en el momento indicado y una sala llena de gente reaccionando al mismo tiempo.
También hay que hacerle un lugar a Paul Walker, cuya presencia modifica inevitablemente la forma de volver a mirar estas películas. Su muerte, en 2013, ocurrió cuando la franquicia ya había crecido mucho más allá de aquella película de 2001, pero Brian O'Conner seguía siendo uno de sus personajes centrales. La despedida de Rápido y furioso 7 (2015), con Brian y Dom separándose en la ruta mientras suena “See You Again”, de Wiz Khalifa y Charlie Puth, se convirtó en algo mucho más grande que una escena de una película de acción. Incluso para quien no haya seguido toda la saga, hay algo sumamente emotivo en la despedida de un personaje que se convierte también en la despedida de un actor que acompañó durante años a millones de personas.
Y quizás por eso volver a la primera película después de 25 años nos deja entender mejor todo lo que vino después. No hace falta justificar cada exceso de la franquicia ni fingir que sus películas posteriores conservaron siempre aquello que hacía especial a la original. Por momentos es justo decir que de hecho lo olvidaron y, buena parte de la gracia está en observar hasta dónde llegó algo que empezó siendo una película sobre un policía infiltrado, un corredor callejero y un grupo de amigos obsesionados con los autos.
Rápido y furioso cambió muchísimo en estos 25 años, pero hay algo que nunca perdió. Esa voluntad de convertir el cine en un lugar de encuentro, incluso para quienes no suelen encontrar demasiadas razones para ir al cine, en reconocer la acción de ir a ver una película como fue concebida, como algo popular. Y capaz por eso pueda ser discutida como un clásico.
Y tal vez, después de todo, haya algo de verdad en aquello que Toretto viene diciendo hace 25 años. La vida se trata de ir un cuarto de milla a la vez, por partes. A veces con un plan y otras simplemente acelerando y viendo hasta dónde se puede llegar.
Rápido y furioso se reestrena esta semana en salas de cine comericales. Podés chequear todas las funciones en nuestra cartelera.