Por Gastón González Napoli | @GastonGonzalezN
El 6 de marzo de 1991, hace 35 años, se publicó la novela Psicópata americano, de Bret Easton Ellis. El 14 de abril del 2000, 26 años casi a la fecha, se estrenó su adaptación al cine, con Christian Bale como figura.
En rincones —no tan oscuros— de internet, Patrick Bateman, el protagonista de ambas obras, es idolatrado. Un ícono de la masculinidad a la que aspiran.
Es difícil exagerar lo relevante que sigue siendo hoy este díptico de libro y película.
“No hay chicas con buena personalidad”
Bret Easton Ellis ya era un enfant terrible, un escritor exitoso y cara conocida de la noche de Los Ángeles. Había publicado con buen suceso Menos que cero con solo 21 años en 1985, que rápidamente adaptada fue al cine; siguió con Las reglas de la atracción. Se lo veía como una voz temprana de la Generación X yanqui y sus excesos: los genexers eran hijos de los rebeldes babyboomers, que a diferencia de sus padres no se enfrentaban con el statu quo, sino que parecían apáticos, flotando en las mieles del neoliberalismo de Reagan y su bonanza bursátil. Ellis escribía sobre chicos ricos angelinos. Sobre cocaína y sexo. Él parecía llevar la misma vida que ellos.
En marzo de 1991, publicó Psicópata americano. No es casualidad que ese mismo año Nirvana lanzara el Nevermind. El sentir de los tiempos estaba cambiando.
Psicópata americano está contada en primera persona, desde el punto de vista de Patrick Bateman. Es un ejecutivo de Wall Street con todo lo que uno espera de una sátira: trajes a medida, zapatos caros, hedonismo, egocentrismo y egolatría, amor por el dinero y las apariencias. Misógino. Racista. Odia a los indigentes mugrientos que son tan parte de Nueva York como él. Ama a Donald Trump, entonces un empresario exitoso y socialité de Manhattan. Tiene una novia, Evelyn, hueca y narcisista, pero hermosa y rica; a la vez, Patrick sale con la novia de uno de sus colegas, la siempre empastillada e infeliz Courtney. También levanta prostitutas. Cena afuera todas las noches. Comenta lo buena que está tal o cual con sus colegas iguales a él. Tan iguales son entre sí que constantemente se confunden y nadie corrige a nadie. Todo cáscara. Vacío por dentro.
A diferencia de otros retratos de lo avaros, insensibles, adictos al sexo y desagradables que son los obreros de la Bolsa, Bateman es consciente de su maldad. Y esa maldad le aflora de la peor forma: es un asesino, de indigentes pero en particular de mujeres. Hay algo que está tratando de reprimir, que lo hace explotar en un chorro de ácido. ¿Tiene que ver con su familia? ¿Tiene que ver con tendencias homosexuales? ¿Es solo una persona con problemas de salud mental que no trabaja, que hunde en cambio en J&B, cocaína de mala calidad, platos caros, consumismo y el pop de Huey Lewis & The News? O es solo un hijo de puta, un “maldito psicópata malvado”, como él mismo dice, aunque nadie lo escucha.
Simon & Schuster, su editorial, decidió no publicarlo a último momento por “diferencias estéticas”, luego de que dos revistas publicaran adelantos donde quedaba patente el sadismo de Bateman. Según publicó el New York Times en diciembre de 1990, el presidente de S&S se enteró del contenido de la novela por esa vía y desautorizó a los editores que le habían dado luz verde. Ellis consiguió otro hogar, Vintage Books, solo dos días después, pero los nuevos eligieron no editarlo en tapa dura, que no es una decisión menor en el mercado literario estadounidense.
“Tan carente de propósito, tan carente de tema, tan carente de todo es esta novela”, describió el Times en ese mismo artículo, una muestra de la recepción de la crítica. La histórica feminista Gloria Steinem rechazó su publicación. Ellis dijo que creyó que se le terminaba la carrera. El libro estuvo prohibido para para menores de edad en Alemania, donde también se limitó su marketing; sigue siendo solo apto para mayores en Australia y Nueva Zelanda, donde se lo vende envuelto en nailon como para que no se lo pueda hojear en la librería.
¿Es para tanto? Habiendo visto la película, no da para tanto, ¿no? Bueno, la verdad es que sí. La violencia de este libro. Lo gráfico. Lo que empieza como unas manchas de sangre que no salen de unas sábanas que Bateman lleva a un lavadero regenteado por una mujer china escala hasta la necrofilia, el canibalismo y el uso de una rata monstruosamente grande para la tortura. Ellis es capaz de arrancarte una carcajada inmediatamente después a mostrarte el horror, cuando ambas cosas no suceden al mismo tiempo, pero qué horror que muestra…
Demora en llegar a él, la prosa de la primera mitad del libro se hace por momentos objetivamente aburrida —Bateman describe al detalle cómo está vestido cada personaje y de qué marca es cada prenda y accesorio—; sin embargo, no dan ganas de dejar de leer porque es muy gracioso y porque es claro desde el comienzo que el protagonista es obsesivo a la ene, que la primera persona no es solo un artilugio narrativo sino la clave de Psicópata americano. Los capítulos dedicados enteramente a reseñar discos de Whitney Houston, Huey Lewis y la carrera ochentosa de Genesis y Phil Collins son la mayor evidencia: fuera de contexto son meras reseñas de alguien a quien esos artistas le gustan mucho, incluso en el contexto suenan colgadas, metidas con fórceps, pero hablan de la mente de Bateman, de sus gustos de tipazo (el hombre realmente cree que la de Huey Lewis es la banda definitiva de los 80) y de la frialdad mecánica, inhumana, con la que los procesa. Cuando el horror llega, uno está ablandado. No lo espera. “Cuando llegué a la violencia real, tuve que parar de leer”, dijo Mary Harron, que luego llevaría la novela al cine. Uno no espera que Bateman esté tan mal. Eso se traduce en que cualquiera que lea se sienta mal. Muy mal.
Psicópata americano (2000), Mary Harron
"Asesinatos y ejecuciones, más que nada"
Contó Christian Bale al medio especializado MovieMaker que no había leído la novela, solo sabía de su escándalo, y que cuando Harron le acercó el guion para adaptar Psicópata americano al cine —guion que Harron había coescrito con Guinevere Turner— se preocupó. Dijo que explotaba de risa, que no sabía si era la intención de Harron o si el guion era pésimo. La llamó. Harron le dijo “bingo”, y le pidió que se tomara un avión para encontrarse con ella.
Visto 26 años después, toda Psicópata americano suena a improbable. Harron tenía una sola película a cuestas y aun así logró reunir a un elencazo: Reese Witherspoon como Evelyn, Chloë Sevigny como la secretaria enamorada de Patrick, Jared Leto como un colega al que él admira y envidia, Willem Dafoe como un detective que empieza a hacer demasiadas preguntas. Bale era una estrella desde la adolescencia pero no se había fogueado todavía en roles controvertidos. Había hecho de Laurie en Mujercitas. A Bret Easton Ellis no le gustaba nada. Ellis, además, había quedado disconforme con la adaptación de Menos que cero y creía que a nadie le iba a interesar Psicópata americano. De hecho, lo creía infilmable. El estudio en un punto resolvió contratar a Leonardo DiCaprio, que acababa de hacer Titanic, y Harron renunció al proyecto porque no lo consideraba adecuado. Pero Leo se bajó —parece que lo convenció la antedicha Gloria Steinem—, así que Harron y Bale pudieron volver.
Seguramente lo hubiera sido sin un equipo femenino al mando. No es que Psicópata americano fuera una novela machista ni misógina, aunque hay quienes la han criticado desde ese lugar. El propio Ellis, que es gay, dice que su intención era criticar cierta imagen masculina del Manhattan de los 80 (y parece bastante obvio con las escenas de los personajes diciendo algo misógino y chocándose los cinco). Pero en las manos erradas fácilmente podría haber derivado hacia ese terreno. Alguien como Sam Levinson, creador de Euphoria, que nunca vio una teta que no quiera filmar en detalle, lo hubiese descarrilado. Por otro lado, una situación tipo La uruguaya —en la que se trajo una directora feminista para adaptar un libro también criticado por machista, y el resultado fue imposible— habría terminado en otro tipo de accidente de tren. Y otro tal vez lo hubiera llevado hacia una copia barata de Tarantino, entonces en la cresta de la ola; de hecho el director de foto había filmado Perros de la calle y él y Harron chocaron en el rodaje.
¿Qué hubiera hecho, por ejemplo, Oliver Stone, que estuvo asociado al proyecto cuando Harron renunció? Otro se hubiera regodeado en la sangre y las vísceras, en el shock por el hecho del shock. El pretil por el que caminaron Harron y Guinevere Turner era muy muy fino. Bale las entendió perfecto (si bien no todo el mundo apreció su estilo de no salir nunca de personaje).
El plano en el que todos tiran sus AmEx platino para que el mozo cobre. La escena de la comparación de tarjetas personales. El trío con las dos prostitutas en el que Bateman se mira al espejo, trancando los bíceps. El asesinato con el hacha y “Hip To Be Square”. La secuencia en la que escapa de la Policía. El autocontrol para qué mostrar y qué no, la condensación del torrente de violencia en escenas contadas, la capacidad de Bale para pasar de una emoción a otra en segundos y la decisión de mostrarlo sudoroso, brillante, como de porcelana. Su rostro en esa escena final, con el cartel detrás que dice this is not an exit.
Sorprende que en aquel momento fuera fríamente recibida. Es un clásico moderno.
Psicópata americano (2000), Mary Harron
“Una buena personalidad consiste en una mina que tiene un buen lomo que satisfaga todas tus demandas sexuales sin ser demasiado trola, y que esencialmente mantenga su estúpida boca cerrada”
En el documental En la machósfera, estrenado en Netflix en marzo de este año, un punto que reitera es la “monogamia unidireccional” que practican varios de los entrevistados: ellos pueden estar con todas las mujeres que quieran, ellas deben ser fieles. Louis Theroux, su productor y conductor, es muy bueno presionando sobre cuestiones incómodas, hasta el punto de que uno quiere decirle que basta, que se las deje pasar. Ningún momento es más así que cuando Theroux aprovecha que llega la novia de Myron Gaines —un conductor de podcast que hizo carrera del antisemitismo y de tratar a las minas de idiotas— para preguntarle qué piensa de la monogamia unidireccional. La cara de Gaines en esa escena. Un poema.
En la machósfera es el viaje de Theroux, un periodista británico con trayectoria vasta en la BBC, hacia los rincones de internet donde se pondera la masculinidad máxima. Se valora cuidar del físico propio como si fuera un imperativo moral. Se pone el dinero como objetivo último, aunque para lograrlo se promocionen consejos financieros como mínimo dudosos, como máximo estafas piramidales. Se sube a la mujer a un pedestal de belleza, de pureza, mientras se rebaja a cualquier persona vulvaportante que se anime a responderles.
Justin Waller, otra de las caras del documental, va a un encuentro con el presidente Donald Trump vestido con un traje que lo deja estallado, como si prefiriera ponerse ropa chica para que se note más su físico. Su posteo fijado en su perfil de Instagram (que cuenta con un millón de seguidores) es él fumando un habano apoyado en un Lamborghini. “Imaginate pasarla a buscar en esto”, dice el texto.
Gaines (que tiene un millón y medio de suscriptores en YouTube) recibe a Theroux en su podcast, Fresh & Fit, donde lleva a modelos de OnlyFans a tomarles el pelo. A ellas les sirve la exposición, dice. En la escena anterior con su novia, Gaines termina pidiéndole que se vaya a limpiar el cuarto. Al final de la película se revela que ella lo dejó.
El más relevante de los entrevistados por Theroux es Sneako (con un millón de seguidores en X, recientemente rehabilitado en YouTube luego de años de suspensión), el más directamente politizado: suele usar el gorro rojo de Make America Great Again y ha hecho campaña por Trump. En un stream (transmisión en vivo) por la calle lo saludó un grupo de hombres y él aprovechó para gritar a cámara en árabe llamando a la violencia contra los judíos.
Pero el gran protagonista de En la machósfera es el increíblemente nombrado HSTikkyTokky, el menos conocido y más joven de todos. Una muestra de cómo un chiquilín puede empezar haciendo contenido para redes sociales y stream sobre fitness, e irse corriendo porque rinde. Porque le trae lo que en inglés llaman clout: visibilidad, relevancia. Plata. Hasta se graba tendiéndole trampas a supuestos depredadores sexuales; Theroux está presente justo cuando le dan una paliza a todas luces ilegal a uno de ellos. HSTikkyTokky parece un joven triste. Te da lástima, a pesar de que Theroux lo muestre como un imbécil.
Adolescentes, algunos muy chicos, y también hombres jóvenes saludan a estos personajes por la calle, les piden fotos. Theroux entrevista por separado a un par de ellos. Uno dice que no cree en la salud mental, algo que puede leerse y verse entre el ambiente de la hipermasculinidad. Luego admite que un hermano suyo se suicidó.
¿No es clarísimo que Patrick Bateman sería hoy uno de ellos, viviendo en Miami en vez de Manhattan?
Louis Theroux: dentro de la machósfera (2026), Adrian Choa
Dos ejemplos más, por fuera del documental: Waller, Gaines y Sneako estuvieron en el centro de una polémica en enero cuando se filmaron cantando “Heil Hitler”, canción del rapero Kanye West que está prohibida en todas las plataformas y que el mismo West ha desautorizado básicamente como un delirio pasajero. La pasaron y cantaron, saludos nazis incluidos, en una limo y en una discoteca.
Con ellos estaba otro influencer conocido como Clavicular, el más conocido en el ambiente del Looksmaxxing. Esto es, entre quienes creen que el atractivo físico es lo más importante para atraer a una mujer, y entonces van hasta extremos para mejorar su apariencia. Antes les decíamos “metrosexuales”.
Entonces surge la pregunta: Patrick Bateman, ¿el primer looksmaxxer?
Ver Psicópata americano, pero sobre todo leerla, hace absurdamente obvios los parecidos. Lo que Bateman dice y piensa sobre las mujeres, que solo son valiosas por su apariencia. La forma en que se cuida a sí mismo, ejemplificado en la película por la secuencia de su skincare y en la novela por cuánto se preocupa por su pelo. El valor que le da al dinero, a vestirse con las marcas más caras y a salir siempre a los mejores lugares para comer, esos en los que es tan difícil conseguir una reserva… aunque nunca se lo vea trabajar. Su admiración por Donald Trump, mucho más repetida en el libro. El apartamento minimalista en el que vive en la película, en el que más bien parece que no vive nadie, con cuadros grandes en blanco y negro en las paredes; salido de alguna página de Instagram de diseño.
Bateman sería 100% parte de la machósfera. Toca todos los botones. Es imposible no leer la novela y pensar en Ashton Hall, aquel que se viralizó por sus videos con su elaborada rutina matutina de cuidado de la piel, ejercicio y lectura de libros de autoayuda.
Es más: la película ha sido muy memificada, pero también a Bateman se lo idolatra en la cultura incel, apócope de “célibe involuntario”, es decir entre los varones que creen que se merecen que las mujeres les den sexo y no entienden por qué están solos. O sí lo entienden: porque las mujeres son unas superficiales. Bateman es un ídolo para los machos sigma, los que no son alfa sino que se ven como superiores, sí, pero por fuera de una sociedad en la que no encajan, como lobos solitarios.
El sentir de los tiempos de los 90 en EEUU giró hacia el enojo y el rechazo a los excesos, después hacia el optimismo del fin de la historia y el nuevo milenio. La globalización transformó entonces el zeitgeist norteamericano en el de todo Occidente. Al año siguiente del estreno en cines de Psicópata americano, con el 11S, ese sentir colectivo giró hacia la paranoia. Desde entonces giró tanto que volvimos a una época como la que inspiró a Ellis a escribir, pero potenciada. Ahora Patrick Bateman es un modelo a seguir.
Ahora los psicópatas americanos son tantos que es difícil llevar la cuenta.
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