Por Ivonne Calderón | @malenamoon13
"Hay unos ojos en la selva, los siente, unos ojos que la espían sin que ella pueda verlos". Esta es una de las frases de Noche negra (2025), la última novela de Pilar Quintana. Ganadora del Premio Alfaguara 2021 por Los abismos (2021) y del IV Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana por La perra (2017), la autora nos sorprende esta vez con un thriller psicológico. Inscripta en la literatura selvática y en el gótico latinoamericano, Noche negra evoca obras como La vorágine (1924) del colombiano José Eustasio Rivera, los cuentos del uruguayo Horacio Quiroga, e incluso al mismo Gabriel García Márquez en Cien años de soledad (1967).
La novela acontece en la selva del Pacífico colombiano. En ella seguimos de cerca a Rosa, una mujer que se ha insertado en la espesura de un entorno exuberante y a la vez violento. Una selva que nos lleva de regreso al relato de Damaris y su mascota Chirli en La Perra, revelando el universo narrativo que Quintana ha ido construyendo. En ella el conflicto parece centrado en la voracidad de la naturaleza, pero pronto nos internamos en la jungla de la mente de su protagonista.
Foto: Kike Fenollosa
¿Cuántas veces habremos soñado con abandonar la ciudad y dirigirnos al bosque, a la selva, o huir para descansar indefinidamente en la playa en busca de paz y sosiego? Pero ¿es realmente inofensiva la naturaleza? ¿Responde al candor con que nosotros la admiramos? Esas preguntas atraviesan la trama de esta novela, en la que se desmitifica la visión edénica respecto a la vida natural. En sus páginas, el narrador —en tercera persona— nos relata los días de soledad de Rosa en esa selva virgen de helechos y maleza, de árboles frutales y enredaderas, de constantes diluvios. Una selva custodiada por serpientes y tarántulas, por aves silvestres e iguanas majestuosas. La selva de luciérnagas, murciélagos y termitas, dramática y hermosa en partes iguales.
En Noche negra, Rosa, recién llegada de la ciudad de Cali a la selva, va construyendo junto a su esposo Gene —de origen irlandés— una casita entre árboles portentosos, muy cerca de una quebrada de aguas cristalinas. Es el sueño del paraíso en la tierra, un sueño compartido con él: la renuncia a la rutina de la urbe. Pero la selva, por su parte, es la rutina incansable de la subsistencia. La historia inicia cuando Gene tiene que partir en barco hacia la ciudad para renovar su visa. Rosa queda sola a cargo de una casa que aún no tiene puertas ni ventanas, y página a página tememos por ella. Ansiosos, esperamos lo peor. Una tragedia que desconocemos, aunque intuimos.
"Noche negra" (2025), Pilar Quintana
Desde el instante en que Gene zarpa, surge el pacto con el lector: convencerlo de que Rosa estará expuesta al peligro, y Quintana lo logra con el manejo de una indudable verosimilitud producto de su propia experiencia. Porque la autora pasó nueve años de su vida en un acantilado, en la selva del Pacífico. Dicho esto, puede que los lectores piensen que se trata de una obra autobiográfica; sin embargo, Quintana aclara que no lo es. Y sostiene, sin titubeos, que es una escritora de imaginación acotada, y que ha encontrado en sus vivencias el germen de las historias que hoy conocemos.
La selva es evocada por la autora a través de fragmentos descriptivos de lograda riqueza poética. En la novela, este paisaje puede ser interpretado como una alegoría de la selva interna. Como explica el narrador, "el mundo de afuera chilla lo mismo que su mundo de adentro, ensordecedores los dos". En nuestro interior pueden habitar un sinfín de miedos estridentes. Dentro nuestro la violencia, la paranoia, el delirio. Y la selva del Pacífico, esa selva inclemente e inescrutable a la que se ve enfrentada Rosa sin Gene, se va convirtiendo con los días en un reflejo de sus temores más íntimos. Su miedo al abandono, a la infidelidad, al fracaso, a la locura heredada, a la pérdida de la memoria, a la muerte, y al abuso. Ese miedo que todas las mujeres compartimos. Ahora bien, en la selva de Noche negra el peligro no solo es la quietud amenazadora de la naturaleza o la llegada de la luna nueva ––lo que supone la noche más oscura––, sino el constante merodeo de los vecinos hombres que pronto harán sentir a Rosa acosada.
Mientras, la protagonista está sola viendo cómo arreglárselas con un murciélago, con el jején, que pica y quema la piel, con la serpiente que amenaza sigilosa, con las termitas que avanzan para comerse su casa. Presiente que el espíritu milenario de la selva la consumirá, estrechándola como si quisiera aprisionarla. Mientras teme la llegada de la noche negra sin la plateada luz de la luna, se va extraviando, como en la selva, en sus memorias. En los días sin Gene, Rosa se encuentra consigo misma. Pronto emergen sus recuerdos como una lluvia tropical, colérica. Los recuerdos de la sinuosa relación con un padre que la ha abandonado, su infancia, la enfermedad de su abuela, la soledad de su madre, y la desaparición de su expareja Fermín, el revolucionario, un guerrillero. La selva enigmática, lujuriante, es la sublimación de un pasado desolador que también la atrapa.
Foto: Jorge Orozco
La novela acontece a inicios de los años ochenta y se estructura en cuatro capítulos que corresponden a los días domingo, lunes, martes y miércoles. Es el tiempo que dura el conteo regresivo de Rosa en espera de la llamada de Gene y de la noche más oscura, la del miércoles, la noche por la que aguarda no solo ella, sino nosotros. Porque el lector también siente los ojos de la selva, y si se lo permite, teme "la amenaza de tres hombres contra ella en esa vasta llanura". Así que, en esta ficción que transcurre en cuatro días, la tensión se construye a través de la atmósfera selvática, inquietante, y del cambio de conducta de sus vecinos, que ni bien se va el marido de Rosa, parecen transformarse ––al menos desde la perspectiva de ella–– en aves de presa. Aquí no hay grandes giros argumentales: la apuesta de Quintana es acercarnos a los pormenores de un paisaje que engulle, y a la mente de una mujer que, sintiéndose frágil, parece caer por momentos en la locura.
Noche negra es el sonido de la memoria, de la playa y su oleaje, del siseo de las hojas, del crujir de las ramas de los árboles. Es el grito grave de la oscuridad y la vegetación. Una novela que capítulo a capítulo va desvelando a una Rosa que, muy pronto, descubre la violencia que la habita. Una violencia que le ha sido negada por su condición femenina. Una mujer que en la adversidad se da cuenta de que defenderse y tomar en mano machete y cuchillo e invocar su lado más rudo es imprescindible para preservar su vida más allá de la quimera del idilio. La autora logra que sus lectores se pregunten cuáles de esos peligros percibidos por Rosa son reales y cuáles son producto de su imaginación. ¿Es real aquel murciélago que la acecha? ¿Es verdad que vienen por ella? Ese es el juego de Quintana en estas 272 páginas. El final siembra el efecto de querer encender una linterna. El deseo de que Rosa no sea tragada por su selva íntima, ni por la que afuera la asedia.
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