Para convencer a tres adolescentes de que vale la pena manejar de Kansas a Los Ángeles, alcanza con decirles que van a abrir un show de Green Day. No hace falta plata, no hace falta una entrada, no hace falta siquiera confirmar que el show existe, solo alcanza con la posibilidad. Tommy (Mason Thames), Fred (Kylr Coffman) y Chad (Ryan Foust) tienen una banda llamada Analog Dogs, un demo grabado de manera casera y una cantidad de confianza inversamente proporcional a sus posibilidades reales de éxito. Después de una broma del hermano mayor de Tommy, creen que Green Day los espera para tocar en Año Nuevo de teloneros y se lanzan a la ruta. Si todo esto suena a una pésima idea, es porque lo es. Y justamente de eso vive Nimrods (2026), la nueva película producida por los responsables de American Idiot (2013) estrenada en cines uruguayos en funciones especiales.
Funciona como una road movie bastante clásica, con la diferencia fundamental de que sus protagonistas no están intentando llegar a California para encontrarse a sí mismos, sino para comprobar que el mundo finalmente les está dando la oportunidad que creen merecer. Tommy necesita que sea verdad. Fred necesita que sea divertido. Chad necesita, con una paciencia cada vez más difícil de sostener, recordarles que probablemente están persiguiendo una mentira y algo demasiado bueno para ser cierto. Entre estaciones de servicio, recitales improvisados, discusiones, una chica, alguna que otra sustancia y decisiones cada vez más difíciles de defender, la película arma un coming of age que nunca pretende ser particularmente sofisticado y que, de hecho, cuando intenta serlo, generalmente se nota.
Al principio, Nimrods genera algo ligeramente incómodo. Está demasiado pendiente de parecer una película adolescente. Los chistes sexuales, la amistad entre los tres, la rebeldía, la estética de cámara vieja y lo analógico —como si una generación que descubrió los 90 a través de internet necesitara reconstruir eso físicamente— hacen pensar en aquellas comedias de principios de los 2000 que, de manera bastante involuntaria, fueron responsables de educar musicalmente a una generación. American Pie (1999) y sus derivados no solamente hablaban de adolescentes, también ponían a sonar a Green Day, Blink-182, Sum 41, Simple Plan y compañía en el living de gente que quizás todavía no sabía qué era un acorde.
Cosas como esa hacen que sea una película fácil de querer, porque la historia, en realidad, es bastante floja. No está mal, simplemente no tiene demasiadas sorpresas. Lo mejor está en los tres actores y en la manera en que se relacionan. Coffman es especialmente bueno y Fred probablemente sea el personaje más divertido, mientras Thames tiene el tipo de carisma necesario para que Tommy no se convierta en un adolescente insoportable. Chad, en cambio, es el personaje que más claramente evidencia los problemas del guion: durante demasiado tiempo tiene que repetir que todo aquello es una mentira, cuando nosotros ya lo sabemos. Es la conciencia del grupo convertida en mecanismo narrativo.
La película intenta compensar esa liviandad con la historia del padre muerto de Tommy, que aparece como una explicación para su desesperación por creer. La idea funciona. Tommy no solamente quiere tocar con Green Day, sino que también necesita que algo extraordinario le ocurra porque la alternativa es volver a una vida que siente demasiado pequeña. Pero Nimrods nunca termina de meterse realmente ahí. Cada vez que aparece la posibilidad de profundizar, vuelve rápidamente al chiste siguiente.
Pero tampoco hace falta convertir esas fallas menores en un juicio demasiado severo. Nimrods tiene una cualidad bastante más difícil de fabricar que la profundidad: cae bien. Uno puede detectar perfectamente sus mecanismos y aun así disfrutar cuando estos tres se suben a una camioneta para perseguir un sueño imposible.
Y entonces llega "Good Riddance (Time of Your Life)". Obvio que llega. Si la película hubiera terminado con otra canción, Green Day probablemente habría demandado a su propio guion. La canción que empezó como una despedida bastante amarga y terminó convertida en música oficial de graduaciones, montajes de recuerdos, finales de películas y videos de cumpleaños de 15 aparece para acompañar un collage de los momentos que acabamos de ver. Es obvio. Es sentimental. Es casi un meme, y funciona exactamente por eso.
Después de todo, Nimrods no está intentando descubrir qué significa ser punk. Está intentando recordar qué se sentía cuando ser fan de una banda podía parecer una identidad completa. Cuando escuchar "Basket Case", "Longview" o "American Idiot" podía hacer que tres adolescentes en Kansas pensaran que Los Ángeles no estaba tan lejos.
El último tema, "I’m Never Gonna R.I.P.", compuesta especialmente para la película, devuelve a Green Day al presente y evita que todo quede convertido en una postal de los 90. Y esa es quizás la mejor idea que la película tiene sin necesidad de decirla: para Tommy y sus amigos, Green Day no es nostalgia. Somos nosotros los que la vemos como nostalgia.
Nimrods es bastante adolescente, bastante controlada y por momentos demasiado enamorada de su propia estética. No es una gran película punk, ni una gran coming of age, ni una road movie que vaya a cambiar la historia del género. Pero tiene buenas canciones, tres protagonistas a los que es difícil no querer y una relación genuina con aquello que está celebrando. Como una buena canción pop punk, no necesita reinventar nada para conseguir que durante un rato uno quiera acelerar y creer que llegar a esa California de Green Day y Blink-182, de Bad Religion y NOFX, donde el garage todavía podía parecer el primer paso hacia algo enorme, podría arreglarlo todo.