“Morir saltando”, de Hesse Kassel, convierte el caos en una forma de resistencia musical
La banda chilena lanzó su segundo disco de estudio en julio, con una crítica a la pasividad creativa.
Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
El riesgo mayor de un debut brillante no es la parálisis, sino la reacción alérgica al propio éxito: esa necesidad de huir de la fórmula a través de un volantazo cosmético e impostado. El otro quilombo, claro, es el inmovilismo: repetir la receta y firmar un contrato con la obsolescencia programada. Cuando el cuarteto santiaguino editó La brea en 2025 (un título que remite a esa masa bituminosa donde quedan atrapados y fosilizados los cuerpos que pisan en falso), el ecosistema del rock alternativo sudamericano apuró el trámite acomodándolos en la repisa de las revelaciones virtuosas. Les metieron con saliva furiosa y desesperada una etiqueta tan ultrajada (y muchas veces mal empleada o metida a prepo para rellenar un espacio que no necesariamente necesita ser rellenado) de post-rock, métricas math y tensiones heredadas de Swans y Slint. Sucede que la etiqueta de “promesa” (cómo hace poco le estamparon a los estadounidenses Geese) suele ser una declaración lapidaria, casi que cómo encajarte el título de one hit wonder. Aceptarle las reglas a la fórmula descubierta equivale a firmar un contrato con la muerte.
Morir saltando (2026), el segundo trabajo de estudio de Hesse Kassel, salió en julio de este año y clausura la posibilidad de estar frente a esa zona de confort desde el primer segundo, tan intenso como una trompada en la playa, mezcla rara entre el dolor del golpe y la arena raspando la herida. Este compendio de seis canciones elude elegantemente la continuación pseudolineal de su antecesor para apostar por un desmantelamiento total. Hay puntos de contacto; los temas se caracterizan principalmente por ser bastante largos, en los mismos hay cambios de ritmo, tono y una intención por la experimentación que lleva a que en una misma canción surfemos por varios géneros distintos tan disonantes entre sí que nombrarlos levantaría sospechas. Sin embargo, por alguna razón los muchachos lo hacen bien.
Morir saltando cambia la geometría de las guitarras envolventes por un ataque frontal, urgido y visceral. La banda tira a la basura la ornamentación y busca registrar la presión física de una sala de ensayo llevada al límite técnico, dejando expuestas las cuerdas estiradas hasta la disonancia, el golpe seco del parche y una sección rítmica que empuja las composiciones directamente contra un muro. Es decir, los instrumentos se presentan por momentos desnudos, sin nada que los sostenga más que su propio sonido.
En la cartografía reciente de la escena independiente chilena, resulta inevitable la comparación con Candelabro, ya que es la contraposición al estilo que plantea Hesse Kassel (que un poco es seguido por otras bandas chilenas como Asia Menor). Sin embargo, allí donde Candelabro construye desde la catarsis colectiva, el abrazo coral y la épica emotiva del desborde, Hesse Kassel opera desde la sospecha y la distancia, adquiriendo una violencia mucho más sustancial.
Esa diferencia reside en la voz. Mientras Candelabro utiliza la interpretación vocal como un canal de comunión generacional, la voz en Morir saltando renuncia al rol de guía melodiosa (que está presente en bandas como Déjenme Dormir) y prefiere mezclarse como una frecuencia intrusiva, un instrumento quebrado que suelta frases cortadas entre la declamación y el ahogo. Hay un hilo invisible que conecta este tratamiento de la voz con la tradición anglosajona reciente del pulso hablado de Black Midi, de algunas canciones de IDLES a la vulnerabilidad marcial de Black Country, New Road (cuando estaban liderados por el bueno de Isaac Wood), pero tamizado por una paranoia urbana netamente sudamericana. Se podría trazar un paralelismo entre esta monotonía monocorde y el registro de los españoles Mala Gestión en la canción (que se ha viralizado por ser básicamente un meme) "Noche de casino". Una interpretación donde la apatía se cruza con una aspereza espesa, como si el fraseo de Lou Reed se hubiera mezclado con las frecuencias graves de King Krule y la dramaturgia de Scott Walker. Lo cierto es que, en el caso del cantante de Hesse Kassel, Renato Olivares, esos recursos vocales son tomados de Lucybell (banda chilena de principios de los 90), principalmente del disco homónimo donde hay un uso interesante de ese registro grave en canciones como "Caballos de histeria" y "Solo soy un adicto".
Volviendo a esa identidad sudamericana, al igual que en Candelabro (aquí si encontramos un punto en común), todo el tiempo está latiendo en la utilización de modismos y ademanes propios de su región. Si bien los alaridos guturales de Michael Gira Swans están presentes por todo el disco, hay una intención de tomar esas influencias pero balancearlas con el idioma de la región haciendo uso de expresiones como "chucha" y una presencia de la palabra "patria" que hacen que todo tenga una identidad marcada, y no sea una simple reproducción de sus influencias más directas. Mientras Candelabro cerraba "Domingo de ramos" con una voz robótica que exclamaba "¡Viva Chile!" o le pedía a los ángeles de la guarda que no lo desampararan a uno ni de noche ni de día en la canción "Angel", Hesse Kassel se permite rezar y decir "amén" en la hipnótica, por no decir ciclotímica canción que abre el disco llamada "Pornomiseria".
El corte promocional "Sancho plagio", lanzado a comienzos de mayo de este año, sirvió como aviso de despliegue. Levantado sobre un riff incisivo, una batería que entra y sale y una estructura que le escapa al estribillo catártico del rock (mezclando pitidos, gritos y un spoken word que se asoma mucho más al del trip hop, género que más tarde la propia canción buscaría en su percusión y bajo), el tema expone la matriz conceptual del disco al plantear la aceleración como única respuesta posible ante el colapso. La canción nació y se desarrolló en vivo antes de grabarse en estudio, como respuesta a las críticas que recibió la banda tras su paso por el Lollapalooza 2026.
El núcleo dramático, con todo, se revela en los pasajes de desarrollo extenso donde Hesse Kassel muestra su ambición más compleja. Algunas canciones sobrepasan los 10 minutos sin conceder un solo segundo a la contemplación pasiva, por más que hayan instantes instrumentales de aparente calma. En lugar de construir crescendos predecibles al estilo del post-rock de principios de siglo, la banda aplica la interrupción violenta, los giros de compás que descarrilan la marcha y esos silencios breves donde se filtra el zumbido puro de la amplificación o permiten la aparición de una flauta, tocada por el propio Renato Olivares. También con un piano con la batería marcando un tempo, similar al del jazz bebop en su velocidad, a través de golpes en el platillo ride que se suceden después de inicios alocados, como pasa en la canción "Tulpa".
En términos de producción, el álbum destaca por su rechazo a la pulcritud digital. Morir saltando suena anguloso, metálico y corrosivo. La batería captura el impacto brutal del espacio, exhibiendo platillos que cortan el aire sin el filtro amortiguador del postprocesamiento. El bajo tampoco se queda a sostener el fondo desde la penumbra, sino que más bien arremete desde el frente con una ganancia pesada que le otorga un tono cavernoso a la arquitectura de todo el disco.
Lo que destaca en Hesse Kassel es la conciencia de la fricción, del choque y de la sangre. Las canciones van al frente y dialogan todo el tiempo consigo mismas, buscando un lugar acorde donde aterrizar (no sin antes pasar por un sinfín de variaciones). El decibelaje produce una sensación de encierro y la frontera entre la tarima y la multitud queda borrada de pura locura que no todo el tiempo es sostenida por acordes llenos y pedales de distorsión (como sucede con algunas bandas), sino que tiene su búsqueda en otras intenciones mucho más novedosas. El título del trabajo termina funcionando como una declaración de principios sobre su propia trayectoria. Ante la perspectiva del estancamiento estético, la única salida digna sigue siendo la precipitación hacia adelante, la idea de la muerte en el movimiento, la idea de la resurrección encontrada en el desplazamiento en el rechazo a la quietud.
Morir saltando resulta un disco incómodo y, desde todo punto de vista, exigente. Su belleza reside precisamente en la aspereza de sus bordes. Un trabajo de resistencia física que prefiere el piñazo directo y la sorpresa antes que los territorios comunes, que se ampara en el grito desesperado y en los momentos de tranquilidad implacables, generando un balance tan bien trabajado que resulta abrumador.
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