Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose

El momento en el que empieza a sonar Momo Sampler es cuando alguien abre la tapa y se encuentra con un objeto pesado, metálico, extraño para la industria discográfica del año 2000. Un medallón. No un librillo con las letras (estaban en postales desplegables, como naipes diría Rocambole, encargado del arte visual) y fotos del grupo. Fundido en metal, con la figura de Momo, pensado para ser desprendido del packaging -hecho a base de goma eva- y llevado encima como una especie de amuleto, de escapulario, de medalla. Esto sucedía en algunas ediciones, numeradas por supuesto, como bombas pequeñitas, regalos para un público respetable. Rocambole dijo: “Cuando se me ocurrió lo de la medalla era muy difícil encargárselo a una imprenta, por lo que terminaron poniendo al lado de la imprenta una especie de taller de metalurgia”. A ese taller, casi que clandestino, lo llamaron El Templo de Momo. La edición implicó trabajo manual, ensamblaje, desbordaba la idea de “producto musical”. Se fabricaron 250.000 medallones. Los Redondos estaban publicando más que un álbum.

Momo Sampler aparece el 17 de noviembre de 2000. Un momento complicado de la Argentina como una continuación deformada de una obra que ya venía mutando desde antes. Para ese momento, Los Redondos eran al mismo tiempo la banda más convocante del país y un organismo casi que agotado en su interna. Llenaban estadios con una facilidad que otras bandas solo podían visualizar en contacto con la almohada (a Momo Sampler justamente lo presentaron el 22 y 23 de abril de 2001 en el Estadio Centenario), pero la tensión ya no se disimulaba. La separación llegaría exactamente un año después, en noviembre de 2001, cuando el Indio Solari anunció la disolución del grupo poco después del show que hicieron en Racing.

Durante años, la lectura dominante sobre Momo Sampler fue la de un disco raro dentro de la obra ricotera. Menor después de una secuencia casi inapelable: Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988), Bang! Bang!... Estás liquidado (1989), La mosca y la sopa (1991), Lobo suelto, cordero atado (1993), Luzbelito (1996). Pero esa lectura omite algo clave. Antes de Momo Sampler hubo un movimiento interesante, algo así como un golpe de puño seco sobre el tablero de ajedrez. Último bondi a Finisterre (1998) ya había empezado a desplazar el centro de gravedad del sonido de Los Redondos. Programación, loops, una relación distinta con el tiempo rítmico, una experimentación que no encajaba del todo con el imaginario clásico de la banda. Momo Sampler es entonces un disco natural en ese proceso, lo estira hasta llevarlo a un extremo completamente distinto.

Veamos la canción ‘’Sheriff’: una cadencia que es herencia directa del hip hop. ¿Un bpm de cuánto? ¿80? ¿90? Pareciese como si le hubiesen pedido a MF Doom que se juntara con J Dilla y Skay Bellinson para hacer esta suerte de ritmo rapero, mezclado con guitarras endemoniadas, que le hace honor al nombre del disco por donde se lo mire: un sample exquisito.