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Nuestra parte de Netflix

“Mis muertos tristes”: los fantasmas de Mariana Enriquez nunca se fueron

Pablo Larraín lleva el universo de la escritora argentina a una miniserie donde el horror, la memoria y las heridas familiares conviven.

13.10.2026 12:06

Lectura: 8'

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Por Juampa Barbero | @juampabarbero

Los fantasmas en la literatura de Mariana Enriquez rara vez pertenecen a otro mundo y eso es particularmente perturbador. Habitan casas deterioradas, recorren barrios atravesados por la violencia y conviven con personajes que tienen problemas bastante más urgentes que una aparición sobrenatural. El horror surge de una realidad donde la muerte, la pobreza y el abandono forman parte del paisaje cotidiano. LLlevar esa mirada a la pantalla supone un desafío considerable, pero Pablo Larraín parece un director indicado para asumirlo: buena parte de su filmografía ha explorado las heridas que el pasado deja sobre el presente. El encuentro entre ambos imaginarios es uno de los mayores atractivos de Mis muertos tristes.

La miniserie de cuatro episodios, estrenada en Netflix después de su paso por el Festival de San Sebastián, toma como punto de partida el cuento homónimo de Enríquez e incorpora elementos de otros relatos de la escritora argentina. La historia transcurre en Piedrabuena, un conjunto habitacional en Villa Lugano, Buenos Aires (para hacer la comparativa montevideana, una suerte de Euskalerría) y sigue a Ema, interpretada por Mercedes Morán: una médica jubilada que desde hace años puede ver y escuchar a los muertos. Su convivencia con esas presencias está marcada por una regla bastante sencilla: ignorarlas siempre que sea posible. Sin embargo, la muerte de su madre, los conflictos familiares y una serie de asesinatos que sacuden al barrio empiezan a desarmar esa tranquilidad precaria. En un lugar donde la violencia se ha vuelto costumbre, los fantasmas aparecen para recordar aquello que los vivos preferirían olvidar.

Morán encuentra en Ema un personaje que parece haber agotado su paciencia tanto con los vivos como con los muertos. Sus respuestas cortantes, su ironía y una indiferencia que por momentos roza la crueldad construyen a una mujer acostumbrada a convivir con lo extraordinario sin concederle demasiada importancia. Para ella, escuchar a los difuntos representa una carga de la que preferiría desprenderse, especialmente cuando esas voces traen consigo pedidos, reproches y sufrimientos que nadie más parece dispuesto a atender. Morán sostiene buena parte de la serie desde esa mezcla de cansancio y humor ácido, evitando convertir a su protagonista en una figura heroica. Ema puede comunicarse con los muertos, eso no significa que tenga ganas de escucharlos.

La llegada de Julie (Carolina Sánchez Álvarez), su sobrina, introduce una relación completamente distinta con lo sobrenatural. Mientras Ema ha pasado años intentando establecer límites, la joven se entrega a esas presencias con una curiosidad que alcanza incluso el terreno sexual. Entre ambas aparece una tensión que atraviesa también a Carolina (Dolores Fonzi), hija de Ema, y Lidia (Alejandra Flechner), su hermana. Los reproches familiares, las conversaciones pendientes y las distintas maneras de enfrentar aquello que no comprenden terminan ocupando tanto espacio como las apariciones. Larraín encuentra en esas relaciones una forma de abordar el terror desde la intimidad, mostrando cómo ciertas heridas pasan de una generación a otra incluso cuando nadie parece dispuesto a hablar de ellas.

Mercedes Morán y Carolina Sánchez Álvarez en “Mis muertos tristes”

Mercedes Morán y Carolina Sánchez Álvarez en “Mis muertos tristes”

Uno de los aspectos más interesantes de Mis muertos tristes es la naturalidad con la que Larraín introduce lo sobrenatural. Los fantasmas aparecen en habitaciones, pasillos y rincones de las casas sin que la cámara necesite anunciar su llegada. Algunos apenas se distinguen, otros permanecen inmóviles y muchos parecen tan perdidos como las personas que todavía están en este plano. Esa convivencia produce una incomodidad inquietante, porque las apariciones dejan de funcionar como acontecimientos excepcionales y pasan a formar parte de la rutina. El director evita apoyarse constantemente en los sobresaltos y prefiere que el miedo crezca a partir de una presencia que nunca termina de desaparecer.

Esa decisión encuentra un complemento en la manera de filmar Piedrabuena. Los edificios, los departamentos y los espacios comunes adquieren una importancia que va mucho más allá de servir como escenario para las apariciones. Larraín recorre el barrio con movimientos de cámara pausados, una fotografía de contornos difusos y una iluminación que vuelve extrañamente familiares incluso las imágenes más perturbadoras. Hay momentos en los que esa búsqueda visual puede resultar demasiado insistente, pero también consigue que el deterioro de los espacios dialogue con aquello que sucede dentro de las viviendas. La violencia que atraviesa a los vecinos, los asesinatos y la circulación de un agua contaminada terminan por conectar el horror sobrenatural con problemas mucho más concretos. En Mis muertos tristes, el miedo también está en las condiciones en las que sus personajes tienen que seguir viviendo.

Mercedes Morán en “Mis muertos tristes”

Mercedes Morán en “Mis muertos tristes”

La decisión de reunir varios cuentos de Mariana Enriquez en una misma historia también merece atención. Mis muertos tristes toma el relato que le da título como punto de partida y suma personajes y situaciones de “Julie”, “Cuando hablábamos con los muertos” y “Un lugar soleado para gente sombría”. El resultado conserva las obsesiones de la escritora: los cuerpos atravesados por la violencia, los vínculos familiares deteriorados, la sexualidad y una muerte que nunca parece definitiva. Por momentos, la acumulación de historias hace que algunos conflictos pierdan desarrollo y que ciertas imágenes aparezcan y desaparezcan demasiado rápido. Sin embargo, Larraín consigue establecer conexiones entre materiales que originalmente funcionaban de manera independiente, hasta construir un relato donde las desgracias individuales terminan formando parte de una misma tragedia colectiva.

También resulta interesante cómo esa tragedia modifica el comportamiento de Ema. Durante buena parte de la serie, su principal preocupación consiste en mantenerse al margen de los problemas ajenos, una actitud que comienza a volverse insostenible cuando las apariciones se multiplican y los acontecimientos del barrio revelan cruces inesperados. Larraín acompaña ese desplazamiento sin convertirlo en una transformación repentina ni ofrecer respuestas tranquilizadoras. La protagonista sigue siendo una mujer difícil, contradictoria y por momentos egoísta, pero empieza a comprender que su capacidad para escuchar a los muertos implica una responsabilidad que lleva demasiado tiempo evitando. El verdadero conflicto de Ema nunca fue poder ver aquello que los demás no ven, sino decidir qué hacer con todo lo que sabe.

La elección de Larraín para adaptar a Enriquez resulta especialmente interesante cuando se observa el recorrido del director chileno. Desde Tony Manero (2008) y El club (2015) hasta El conde (2023), su cine ha explorado las consecuencias de la violencia, las contradicciones de sus personajes y las marcas que la historia deja sobre quienes la atraviesan. Incluso en películas como Jackie (2016) o Spencer (2021), centradas en figuras históricas (Jackie Kennedy en la primera, Lady Di en la segunda), aparece esa fascinación por las personas atrapadas en circunstancias que las exceden. En Mis muertos tristes, esas preocupaciones encuentran un terreno fértil en la literatura de Enriquez. Larraín se acerca al terror desde una sensibilidad que ya estaba presente en sus trabajos anteriores y consigue que las obsesiones de ambos autores convivan sin que ninguno pierda completamente su identidad.

Dolores Fonzi en “Mis muertos tristes”

Dolores Fonzi en “Mis muertos tristes”

La dimensión política de la miniserie aparece con mayor fuerza cuando los asesinatos de las adolescentes dejan de ser acontecimientos aislados y van mostrando el funcionamiento de una comunidad acostumbrada a la violencia. Las víctimas se convierten en noticias pasajeras, mientras los vecinos continúan con sus rutinas y las instituciones parecen incapaces de ofrecer respuestas. Frente a esa indiferencia, las apariciones adquieren un significado doloroso: los muertos permanecen porque todavía hay algo que reclamar. Larraín encuentra en esa persistencia una manera de hablar de las vidas que una sociedad considera prescindibles y de la facilidad con la que el sufrimiento ajeno termina volviéndose parte del paisaje. En un barrio donde demasiadas cosas se han aprendido a ignorar, los fantasmas son los únicos que se niegan a guardar silencio.

El entusiasmo alrededor de Mis muertos tristes llegó incluso hasta Stephen King, quien celebró públicamente la propuesta de la miniserie. El reconocimiento tiene un significado particular: King es una de las grandes influencias literarias de Enriquez y conoce de cerca el desafío de trasladar el terror de las páginas a la pantalla. Sin embargo, más allá de ese respaldo, el trabajo de Larraín encuentra sus mayores virtudes en la libertad con la que aborda el material original. Aunque la combinación de varios relatos deja algunos personajes y situaciones menos desarrollados de lo deseable, la serie consigue construir una identidad propia, sostenida por sus actuaciones, sus decisiones visuales y una mirada sobre lo sobrenatural que rara vez necesita recurrir a los mecanismos más previsibles del género.

Al terminar Mis muertos tristes, queda una sensación incómoda: la muerte parece haber cambiado muy poco las cosas. Los vínculos siguen atravesados por los mismos reproches, las injusticias permanecen y quienes ya no están continúan ocupando un lugar entre aquellos que sobrevivieron. Larraín y Enriquez encuentran en esa persistencia una forma de terror profundamente ligada a la realidad argentina, donde el duelo personal convive con una memoria colectiva llena de ausencias. Porque en Mis muertos tristes lo más aterrador no es que los muertos regresen, sino descubrir cuántos tuvieron que morir para que alguien empezara a escucharlos.