El VIH ya no es una sentencia de muerte. Lejos de: con la medicación hoy disponible, se transforma en una enfermedad crónica indetectable e intransmisible. Pero a ojos del gran público no es información conocida, y el estigma de ser seropositivo se sigue sufriendo: el miedo al contagio, la discriminación, la sensación de ser personas contaminadas. En el caso de las mujeres portadoras se suma una invisibilización: la imagen estereotípica del seropositivo sigue siendo un hombre gay. Las mujeres, sin embargo, tienen desafíos muy propios, que en soledad y sin información a la mano, son todavía más difíciles de encarar.
Todo esto ha estado sobre la mesa en el proyecto Vidas positivas, que surgió de encuentros en pandemia entre mujeres seropositivas para apoyarse por zoom en momentos de encierro; y que se fue ampliando para incorporar talleres, jornadas de testeo, la búsqueda artística para encontrar su propia voz, un libro y un espectáculo de monólogos de humor con el que giraron por el país. Tanto el libro como la obra llevan por título MalnaSidas. Desde ahí ya buscan incomodar. Y se entiende por dónde va el humor de la propuesta.
Este viernes 7 de agosto, MalnaSidas culmina su recorrido en la Sala Zitarrosa con entrada libre, y sobre ello charlamos con su directora, la comediante Laura Falero.
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Laura Falero. Foto: Javier Noceti
Tu vínculo con Malnasidas viene por la búsqueda de una voz para este colectivo de mujeres seropositivas. Contame más de eso.
Comenzamos junto con otras colegas artistas a hacer talleres para buscar esa voz. Para ver cómo se querían enunciar. Y nos queremos, porque yo también ahora me siento parte. Hasta que logramos, desde diferentes artes escénicas, desde la escritura, desde los podcasts, llegar a encontrar esa voz. Luego de eso estaba la idea de generar un espectáculo de humor, o de utilizar el humor como una herramienta de comunicación, para que llegue a la gente una información que no hay en su cabeza. Eso es lo que nos hemos dado cuenta: sí hay un prejuicio, sí hay un estigma con personas con VIH, pero tampoco hay información. Entonces, el desafío era generar un contenido de humor para las personas que no tienen educación sexual integral y, además de todo, no tienen un discurso formado sobre la identidad o lo que le sucede a mujeres con VIH. En el mundo, porque esto fue un trabajo de investigación bastante grande. Y nos parecía que la comedia era una herramienta superrica para eso.
¿Eso aparece por tu vínculo con el humor?
Fue un interés de las compañeras, de enunciarse desde ese lugar, y a mí me pareció, como comediante y como escritora, un desafío guiarlas. Primero porque yo tuve que estudiar y aprender mucho, desde mis prejuicios y desde mi desconocimiento. Y luego buscar qué narrativas vamos a construir para sacar el estigma que existe y poner una información en un lugar en donde no la hay. Se fue creando mutuamente esta necesidad, ¿viste? Y en lo personal, como profesional de la palabra, o comunicadora o comediante, como lo quieras llamar, siento una gran responsabilidad en cuanto a la educación sexual integral, porque trabajo con la voz, trabajo con el cuerpo, trabajo con la palabra, y ahí las enunciaciones son bastante carentes, justamente, de educación sexual.
Te hago doble clic ahí. Cuando decís eso de que “está carente”, ¿es como que en el discurso público no habla del tema? Sí se habla de sexo, pero capaz que no de esta manera.
De sexo sí, pero la educación sexual integral no es solamente sexo. Tiene que ver con el conocimiento de tu cuerpo, tiene que ver también con el avance de la ciencia en relación con el conocimiento de los cuerpos, que eso también lo hemos vivido en el desarrollo incluso de los propios monólogos.
No sé cuán extendido está el conocimiento de ese avance científico, que el sida y el VH hoy son enfermedades crónicas, que ya no son una sentencia de muerte.
Prácticamente no lo sabe nadie. Que el VIH es una infección de transmisión sexual, que es una ITS, y que, si tomás los antirretrovirales, es indetectable e intransmisible. Todas esas pequeñas cosas, no solamente la sociedad no lo sabe, sino que tampoco tiene información de las infecciones de transmisión sexual y de nada que tenga que ver con el autocuidado y con el cuidado.
Está la idea de “ella tomó pastillas, entonces nos cuidamos”. Como que cuidarse fuera solo la parte anticonceptiva.
Tiene que ver con tu propio cuidado, con el cuidado de los demás y con conocerse. La educación sexual integral nos trae a "tengo un cuerpo y cómo lo uso y cómo lo uso en relación al vínculo con los demás". Creo que el sistema todo sabe perfectamente que, si nos da esa información, es una herramienta muy peligrosa de emancipación. Entonces, bueno, hace todo lo posible para para que desconectemos del cuerpo físico.
Acá específicamente tiene que ver con mujeres con VIH.
Son historias que no se conocen. Porque cuando aparece el sida, a fines de los setentas, ochentas, que afectaba a varones gays, fueron las mujeres quienes estuvieron conteniendo; de hecho, la letra L en el movimiento LGBTIQ+ justamente se pone al comienzo de la sigla en agradecimiento a las lesbianas que acompañaban a los varones gays cuando el sida.
Toda la evolución de esta infección la gente no la sabe. A nivel salud y educación. Entonces consideramos que el arte, y sobre todo el humor, es una gran herramienta performática, para que vos te rías y, a su vez, te genere un impacto, porque te genera un impacto saber que no tenés información. Es bastante fuerte cuando vos te das cuenta, cuando estás escuchando los monólogos y decís: “Pah, yo de esto no sé nada”.
Otra de las cosas importantes es que en los años 90 quienes salen a hablar públicamente aquí, en Uruguay, fueron las mujeres sobre el VIH. También ese es un dato importante y una historia que tampoco se sabe. Quienes salen, siempre, creo yo, como cuidando, es ese movimiento de mujeres.
Me decís mujeres vinculadas con VIH y pienso en trabajadoras sexuales o en amigas de varones que murieron, tipo Patti Smith. El universo es mucho más amplio. La maternidad, por ejemplo.
Todos esos temas se abordan en la obra. Todo ese estigma y todas las formas de infección, de transmisión sexual, que nos puede pasar a todos. Pero no es necesario que yo venga y te diga. Es como que te diga “soy celíaca”, “tengo diabetes”. Compartir o no tu diagnóstico, que es lo que hablamos en la obra, tiene un costo social, cultural, en tu trabajo, en tu grupo de estudio.
Uno de los testimonios del libro cuenta cómo se le filtró su diagnóstico en donde ella vivía, que se enteró todo el mundo…
Bueno, eso es muy frecuente. En los monólogos lo mostramos. Nosotros estuvimos en un trabajo de creación, de construcción, con todo el colectivo, y de ahí escribimos cuatro monólogos donde se puedan enunciar la mayor cantidad de circunstancias, bajadas muy a tierra para que la gente las pueda entender, de este estigma. Hablamos de la maternidad, hablamos de los espacios de trabajo, hablamos de las parejas, de los vínculos sexoafectivos.
También como hablamos de las niñas, que ya no nacen más niños con VIH pero en su momento sí nacían, hay un testimonio de una compañera. Tratamos, a través del humor, todos enlazados con un personaje, que es el personaje de Marcela, que encarna a la institución, a la academia, a esa mirada medio como paternalista, medio de “yo hice todo por ustedes”. Ahí hay también una crítica que intentamos hacer, esa mirada desde la otredad. Hablamos de las industrias farmacéuticas.
Y, además de todo, damos muchísima información que tiene que ver con el cuerpo, sobre todo a las mujeres dentro de la obra, y por eso digo que es una clase enorme de educación sexual integral para todas las personas que las vengan a ver, más allá de tu género, más allá de lo que sea. Ves la obra y decís: “Me interesa seguir investigando sobre esto”.
Laura Falero. Foto: Javier Noceti
Vos colaboraste en la escritura, pero no vas a estar en el escenario.
Claro, fuimos escribiendo guiones, esqueletos individuales, y luego lo ampliamos a las distintas voces de las compañeras que no son visibles. Está Majo Hernández, que es la coordinadora del proyecto, que por su veta artística forma parte de la obra, y también hay una actriz invitada —que aquí en la Zitarrosa va ser Adelina Perdomo, pero durante la gira fue Emilia Díaz— que, no quiero spoilear, pero es un personaje que trae un poco la idea de ser indetectable, intransmisible y de ser no visible, de “por qué yo tendría que decir, compartir con ustedes mi diagnóstico, si sé que cuando lo comparto hay un estigma y hay una condena social”. Que sea interpretado por diferentes actrices también tiene esta lógica de "bueno, puedo ser cualquiera persona y no pasa nada".
Este es el cierre de una gira importante.
Fuimos a distintos departamentos en donde hicimos conversatorios y se hicieron testeos en cárceles, en refugios; hicieron talleres de capacitación. Fue una acción muy grande, la obra siempre era el cierre de la acción. Entonces los roles iban cambiando. Yo me fui enunciando dentro del grupo como guía del ejercicio de escritura de comedia, pero luego viví una transformación individual, a convertirme también en esta mujer positiva. Eso ha sido bastante revelador e, incluso, invitamos a las personas que quieran formar parte de esa narrativa, porque… Aparece esto desde los feminismos, que es: nos enunciamos como mujeres positivas, malnaSidas, con s, que además tiene que ver con dar vuelta la idea de la mujer promiscua, puta. Entender que una infección de transmisión sexual la podemos tener cualquiera. De hecho, las tenemos: hay otro montón de enfermedades —de infecciones, porque no son enfermedades—.
Sí, sí, incluso estando en pareja puede suceder…
Hay muy buenos chistes en relación a las parejas en el show que son bastante reveladores, no los quiero spoilear, con respecto a tener pareja y las infecciones de transmisión sexual.
Después está el que se sale de la pareja y contagia a su pareja…
Y bueno, también hay chistes sobre eso [se ríe].
Hay mucha tela para coartar.
En los últimos años —que también nos ha impactado, porque los monólogos sí tienen una estructura, pero no están fijos, van cambiando también en relación con lo que va sucediendo social y culturalmente— son un montón los avances que ha habido pospandemia sobre el cuerpo humano, sobre el cerebro de las mujeres, sobre el clítoris. Pospandemia hay un montón de información. Y te das cuenta de que está habiendo un despertar hacia entender que los cuerpos no son iguales, que un cuerpo gestante no es lo mismo que un cuerpo de un varón, que es en el que se ha centrado la ciencia. Y el cuerpo gestante, el cerebro y el cuerpo, no ha sido tan estudiado. Estamos en ese momento. Nosotras traemos mucha información ahí; para todas las personas, vuelvo a repetir, es para todos y ojalá que la pueda ver la mayor cantidad de gente. Estudiantes, gurises, gente de la salud, gente de la educación.
Por ahí va lo de la entrada libre.
Siempre intentamos que pueda acceder la mayor cantidad de personas posible. La entrada en el interior también fue gratuita. Trabajamos mucho para poder generar fondos para que así sea. Porque también entendemos que es raro, que capaz que la gente no vendría a ver… Como que hay una cosa, que nos interesa más, de educar y de instalar un bichito ahí, de poner una poner una narrativa en un lugar que no la tiene. Eso nos pasó mucho en el interior. “¿Qué sintieron con la obra, qué les pareció?”, en conversatorio, y lo que nos devolvían era a veces un silencio, a veces llantos, que nosotras decíamos “qué loco”, ¿no? Porque estamos haciendo un material de comedia y la gente, ese llanto, esa angustia.
Pasa que la risa, el llanto, la catarsis, son todos vecinos.
Por eso le pusimos “una comedia de terror”, porque cuando la gente se da cuenta de que no tiene información, o cuando las personas que están viendo el show se ríen, pero a su vez dicen, “pah”…
“¿Es así esto?”
O: “Me estoy riendo, ¿está bien que me ría de esto?”. Ahí hay como una cosa que es recontra performática, te pone situación, pone en situación a la gente, y nos interesaba abordar desde ese lugar, porque sí hay algunas anécdotas que son fuertes. “Fuertes” en el sentido de eso también nos pasa, hace tanto que la hacemos que a veces nos parece que es todo muy light y la gente lo recibe con mucho impacto. La importancia de, a través del arte escénico, poder transmitir algo. Hacer un artivismo, como le decimos nosotros. Activismo a través del arte o de, en este caso, monólogos de comedia. La comedia es el único género que no se toma en serio a sí mismo, entonces ahí hay algo re lindo en donde vos podés jugar de una manera muy libre. Pero la comedia requiere de mucha investigación, de mucho compromiso y de mucha charla en serio para hacer un buen chiste. Hay que hablar mucho, conversar mucho, investigar mucho para poder hacer un buen chiste. Teníamos todo este malón de mujeres, que son todas militantes, son todas activistas; compañeras que son muy capas, todas aprendemos de todas.
Pero por más activista que seas, te tiran en una Sala Zitarrosa y todo el activismo seguro que te lo olvidaste.
Obvio, muchos miedos. Aparte de sala grande por lo que implica, por estar en el Ciclo Marea, que impulsa la igualdad de los artistas dentro de la escena, impulsado por Cecilia [Canessa, la directora de la Zitarrosa], que es tan importante esto que ha construido.
La idea nuestra también es poder expandirnos, y que se acerquen personas que se sientan identificadas con esto y que crean que tienen algo para aportar. Por eso nos interesa expandirnos a nivel de salir un poco del país. Porque le estamos poniendo voz a algo que no tenía voz.