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Importa el qué dirán

“Love Is Blind” muestra cómo resiste el amor más tradicional (y la policía moral)

La segunda temporada argentina del reality de Netflix no comprueba si el amor es ciego, pero quizás sí compruebe otra cosa.

20.07.2026 17:26

Lectura: 6'

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Por Gastón González Napoli
ggnapoli

El amor en su versión más tradicional resiste. Si eso es bueno o no, está por verse. Pero las noticias de su defunción, tan volanteadas en la ola del feminismo 2018, terminaron por ser exageradas. Como muestra: la segunda temporada de Love Is Blind Argentina, y la reacción por una posible infidelidad entre los participantes.

La tesis de esta columna será: si el “engaño” es tan común, ¿deberíamos seguir considerándolo tan grave? ¿No es mejor para todos cambiar la pisada?

Empecemos por lo obvio: cualquier producto del abanico de “realities de conseguir pareja” tiene en sus cimientos la existencia de algo así como el amor romántico, monogámico, tradicional. Nada de amor libre. Anillo, patria y familia; si no, no hay La isla de las tentaciones, Jugando con fuego, mucho menos hay Perfect Match, en el que exparticipantes de otros shows compiten para buscar pareja en una suerte de revancha/resaca amorosa.

Love Is Blind, muy exitoso show original de Netflix con adaptaciones por todo el mundo, se presenta como un experimento: busca comprobar si el amor es realmente ciego. Si lo único que importa es la personalidad y no la facha. O ese es el claim. En los primeros capítulos, un grupo de hombres por un lado y mujeres por el otro —el amor de Love Is Blind es 100% heterosexual— mantienen una seguidilla de citas literalmente a ciegas: no se pueden ver, solo se oyen, separados por una pared. Los que se enganchan se piden casamiento, y recién después pueden conocerse cara a cara.

Entre medio: vacaciones, convivencia, recuperan el acceso a las redes sociales. Y al final, el casamiento. El acepto o no acepto.

El último episodio de cada temporada es el reencuentro: se graba meses después que los otros y los conductores del programa moderan una reunión de las parejas para saber si siguen juntas. Si el experimento fue o no exitoso.

Quizás con poco timing, Netflix estrenó durante el Mundial la segunda temporada de su edición argentina, que tiene a Darío Barassi y a Wanda Nara como coconductores. La semana pasada se publicó el reencuentro y provocó indignación entre quienes lo venían siguiendo. Y también los que nos sumamos recién ahí, para qué negarlo.

Resultó, entonces, que la pareja que mejor pintaba, la más popular, la de Carolina y Agustín, se había separado. Y que él estaba ahora en pareja con otra de las participantes, Eugenia. La acusaron entonces a Eugenia de “Tatiana”; concepto de jerga online largo de explicar en detalle, que en síntesis se usa para señalar a la tercera en discordia en una relación monógama, en particular cuando es —o se hacía— amiga de la receptora de la cornamenta. Y Eugenia había dicho en el programa que su pareja favorita era la de Carolina y Agustín.

El runrún fue tal que Eugenia, en el primer uso libre de su cuenta de Instagram, caído el embargo que le prohibía mostrar nada que pudiera revelar el final antes de tiempo, hizo uno de esos descargos típicos de famosos que tienen que pedir perdón o aclarar algo. “No matamos a nadie”, dijo con la voz casi quebrada. Agustín hizo su propio video un par de días más tarde.

Los comentarios no fueron comprensivos ni con uno ni con la otra. Tampoco lo fue Carolina, la dejada, que ventiló y dio manija en TikTok.

Me dirá, lector o lectora, ¿para qué repasamos todo esto? Porque hasta cierto punto es show, pero la reacción en las redes sociales nos trae de regreso al primer párrafo de esta nota. A la supervivencia del amor más tradicional.

¿Realmente vale tanto lío en 2026 por una posible infidelidad?

En el pico de la última ola feminista, se puso en cuestión el amor romántico más heteropatriarcal. Se planteó que creer en el amor perfecto y para toda la vida podía ser una trampa de decepciones, de celos, de toxicidades. Una caja, cuando no una jaula. Que una multitud de parejas infelices se mantenían juntas para honrar la institución de la monogamia, incluso ocultando para eso lógicas violentas. Se quiso deconstruir el amor romántico, revelar que tenía sus aspectos negativos y que no tenía por qué ser así; no está escrito en piedra en ningún lado. Se planteó que podían explorarse otras formas del amor o de vincularse (como comenzó a repetirse) sexoafectivamente: en 2018, por ejemplo, la editorial uruguaya Criatura recuperó Amor libre, ensayo de Roberto de las Carreras originalmente publicado en 1902, pero que mantenía una actualidad radical en ese contexto.

Un hit literario fue El fin del amor, de la autora argentina Tamara Tenenbaum, adaptado luego a la televisión con el protagonismo de Lali Espósito. En entrevista con El Observador, Tamara preveía que estallaría “la hipocresía” en torno a las relaciones de pareja, el concepto de belleza, la crianza de los hijos y el amor romántico. Antes, dijo: “Pretendíamos que no existían las digresiones e infidelidades”, pero “hoy sabemos que las hay. ¿Qué vamos a hacer con eso? Dejar de hacerlo, seguro, no es una opción, porque no está pasando”.

Tapa de “<em>El fin del amor”</em>

Tapa de “El fin del amor”

Casi una década más tarde, con una pandemia en el medio y con la reacción anti woke que trajo a los Trump, Milei, Meloni, todavía carreteando, ¿qué pasó con aquellos cuestionamientos? ¿Fue un paréntesis? ¿Fue una discusión teórica entre académicos que tuvieron mucha prensa, pero nunca calaron?

Al menos entre las clases medias y para arriba parecía sí haber calado el cuestionamiento: aunque la palabra “tóxico” se usó hasta agotarla y convertirla en meme, es muy probable que muchas dinámicas violentas (que no necesariamente llegaban a la violencia física, que quizás ni siquiera eran conscientes) se discutieran y enfrentaran, ya fuera por las mismas parejas o por su entorno. Sin embargo, la reacción parece haberse llevado puestas otras aristas.

El tema infidelidad pasó a ser materia prima para debates livianos en programas de streaming más que objeto de debate en serio. La infidelidad o, sin llegar a tanto, el dejar a una persona porque te enganchaste con otra, es todavía vista casi como un crimen. Le pueden arruinar la carrera pública a alguien antes de que empiece a correr. No se defiende acá el engaño, que además puede ejecutarse en plan “ojos que no ven, corazón que no siente” o ejerciendo distintos niveles de violencia psicológica.

El planteo es: ¿no hay que reconciliarse con la existencia del engaño y proponer otras maneras de funcionar con él y a pesar de él? ¿Que sean menos graves y de vida o muerte para todos los involucrados?

El concepto de “monogamia o bala” es gracioso y da show. Ahora, una cosa es reírse un rato mirando Love Is Blind, otra es hacerle de policía a parejas ajenas, a las que apenas conocemos por Netflix. Quizás si le restamos dramatismo, podamos aspirar a existencias con menos mala sangre que esta.

Por Gastón González Napoli
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