Por Juampa Barbero | @juampabarbero

La virgen de la tosquera (2025) se instala en la grieta de un país que se rompe cíclicamente. El terror se expande sobre la siesta del conurbano, donde el sol no ilumina, sino que calcina las ambiciones. La película es una captura táctil del verano de 2002, ese tiempo en el que los ahorros habían desaparecido en el corralito y el futuro era una palabra vacía. La atmósfera se construye con el sonido de las moscas sobre la basura y el zumbido de las heladeras viejas; elementos que anuncian que algo está podrido mucho antes de que aparezca el primer rastro de magia negra.

La crisis económica aparece como una entidad biológica, un organismo que respira y deforma la percepción de los personajes. El guion de Benjamín Naishtat entiende que, en Argentina, la inflación y el desempleo operan como maldiciones metafísicas que alteran la química del cerebro y los vínculos sociales. Cuando el vecino golpea al hombre del carrito en medio de la calle, lo que presenciamos es el nacimiento de un monstruo social. Ese acto de violencia gratuita desata una fuerza que pudre el agua de los tanques y corta la luz de los hogares, demostrando que la falta de empatía es el verdadero catalizador de lo sobrenatural.

Nati es el centro de este remolino de hormonas y desesperanza. Su adolescencia transcurre rodeada de una arquitectura de la escasez y de una abuela que mira el mundo desde el miedo de clase. Su mamá un día se cansó y la abandonó. La protagonista habita un cuerpo que reclama experimentación en un contexto que solo ofrece restricciones. La tensión de la película nace de esa fricción constante entre el deseo sexual de una piba y una realidad que le cancela cualquier posibilidad de escape, convirtiendo su frustración en una materia prima capaz de invocar poderes oscuros.

Nati y las mellizas forman un tridente que no perdona, una unión de lealtades que se alimenta del cuchicheo constante a espaldas de Silvia. Se ensañan con ella por detrás, destrozando cada uno de sus gestos en susurros que se cortan cuando la tienen cerca, pero el rechazo es mutuo. Silvia no es una víctima pasiva; se pasea con una arrogancia que desespera, convencida de que es más que el resto y que siempre tiene algo para contar. En medio de ese choque de desprecios, Diego es el único botín que importa, el centro de una disputa en la cual el deseo adolescente se entiende como un juego de suma cero: darlo todo, usar cualquier recurso y no retroceder hasta obtener lo que se quiere.

El cine de terror argentino actual se consolidó como el género más eficaz para diseccionar la anatomía de la crisis permanente. Directores como Demián Rugna pavimentaron este camino al entender que el miedo en estas latitudes no proviene de lo desconocido, sino de lo que conocemos demasiado bien. En Cuando acecha la maldad (2023), el horror es una infección que avanza por la negligencia de un Estado ausente y la desintegración de los lazos comunitarios en el campo profundo, también es una metáfora de cómo avanza el fascismo en las nuevas generaciones. Casabé retoma esa posta en La virgen de la tosquera, trasladando la podredumbre del interior rural a la asfixia del cinturón urbano, confirmando que nuestro cine de terror es, en realidad, un realismo extremo que utiliza lo sobrenatural para amplificar las heridas del tejido social.

Para esto, la película se sirve de dos relatos de Mariana Enriquez, la gurú de un nuevo gótico rioplatense en el que el espanto tiene dirección postal y documentos de identidad. Su literatura extrae el miedo de las comisarías, de las villas miseria y de los desaparecidos, transformando la historia argentina en una crónica de fantasmas contemporáneos. En su universo, el mal es una consecuencia directa de la desigualdad y del olvido estatal, en el que las apariciones espectrales son víctimas de la violencia policial o del abandono institucional. La película de Casabé traduce fielmente esta mirada: lo político es el motor mismo de la trama, y la brujería aparece como el último recurso de los que fueron despojados de todo derecho.

La estructura narrativa de la película nace de una costura perfecta entre dos piezas publicadas en Los peligros de fumar en la cama (2009). Del cuento "El carrito", Casabé toma la premisa de la maldición social: ese indigente que, tras ser humillado por la violencia de los "vecinos de bien", deja tras de sí una estela de desgracia que pudre la infraestructura del barrio. Es el horror de la represalia del desposeído: una fuerza invisible que corta los cables de luz y seca las canillas, recordándole a la clase media que su supuesta seguridad es tan frágil como un vidrio templado. El carrito abandonado en mitad de la calle funciona como un tótem de la culpa colectiva, un recordatorio físico de que el desprecio hacia la pobreza siempre tiene un precio metafísico.

Del relato homónimo, "La virgen de la tosquera", la película extrae el conflicto hormonal y el misticismo del paisaje. Mientras en el papel la historia se centra en la obsesión de las amigas por Diego y la envidia hacia la intrusa, la cámara de Casabé expande esa tensión hacia un terreno donde lo sensorial es absoluto. La fusión de ambos textos permite que la película pase de la escala macro de la crisis nacional a la escala micro del deseo adolescente, demostrando que ambos mundos están regidos por las mismas leyes de rapiña y exclusión.

Esa reconstrucción se siente: el ciber, los diccionarios Larousse que un vecino intenta vender en la fila del agua como si fueran lingotes de oro, o la vibración de la televisión de tubo que escupe el show de Susana Giménez mientras las cacerolas suenan a la vuelta. No hay un esfuerzo por embellecer el pasado; hay un registro crudo de cómo se veía el fracaso pos 2001. Desde la marca de la malla en la piel de Nati hasta el carnicero que atiende con miedo a los saqueos, cada detalle te devuelve a ese verano en el cual la mayor aventura era sobrevivir al calor y a la falta de guita con un poco de dignidad.

Ese mismo calor que derrite el pavimento es el que empuja a la banda de amigos a subirse al 307 para buscar un alivio que el cloro podrido de la pileta municipal ya no les da. El viaje hacia la tosquera se siente como una procesión de cuerpos sudados hacia un milagro prohibido, una excursión donde el paisaje se va volviendo cada vez más despojado y misterioso. Silvia lidera el grupo con la seguridad de quien conoce un secreto, tentando a los demás con la promesa de un agua profunda que, según ella, te hace olvidar quién sos y de dónde venís.

La película termina dejando ese sabor amargo de las cosas que no tienen vuelta atrás. No hay grandes explicaciones ni finales felices, solo queda el calor que sigue apretando y la sensación de que nadie va a volver a ser el mismo después de lo que pasó en la tosquera.

La conclusión es puramente social: en un mundo donde el Estado es una ausencia y el futuro una estafa, la única soberanía posible es la que se ejerce sobre el territorio y sobre el deseo. No hay espacio para la piedad cuando lo que está en juego es la supervivencia emocional en medio del colapso. Al final, la imagen que persiste es la de esa unión brava y resentida, una hermandad que prefiere quemarlo todo antes que permitir que alguien de afuera les arrebate lo último que les queda.