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Contenido creado por Catalina Zabala
Literatura
Neurosis contemporáneas

“La próxima vez que te vea, te mato”: el poliamor y la orfandad de una generación

De la ironía millennial al giro sórdido, la novela de Paulina Flores explora la precariedad existencial con frescura y sentido del humor.

29.01.2026 12:51

Lectura: 6'

2026-01-29T12:51:00-03:00
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Por Delfina Montagna | @delfi.montagna

La migración viene siempre envuelta en papelitos de colores. Una tabula rasa de nuestra identidad, parejas y amigos. Una oportunidad para empezar de nuevo. Si se emigra con un proyecto, más aún. Y con cierta carga histórica y particular si el viaje es desde la bastardeada —pero no menos querible— Latinoamérica al Viejo Continente. Pero lo que se encuentra en el viaje no siempre es una sorpresa dulce.

Javiera es una chilena licenciada en Letras que consigue una beca de posgrado en Barcelona. Poco importa en la novela aquel proyecto académico: La próxima vez que te vea, te mato (2025) se sitúa justo después, cuando la protagonista se queda sin razones —y por ende sin papeles— para permanecer en España.

La entrada de personajes en distintos departamentos y viviendas no sirve para motorizar una acción, sino para profundizar en la psicología del refugio. A través de sus roomies, el amado Manuel, sus otras novias y las detractoras de cada relación, la novela explora la formación de familias por accidente, lazos que se anudan cuando los privilegios se desmoronan. La protagonista no solo lidia con la migración, sino con la gestión de su propia soledad en compañía.

La novela expone una tensión geográfica y material constante entre la abundancia de recursos culturales de una capital europea y la escasez de lo básico en sus viviendas compartidas. Estudiar Literatura en Barcelona aparece como un refugio que choca con la realidad de los alquileres prohibitivos y la precariedad de los suministros. Flores retrata esa asimetría, donde el conocimiento está al alcance de la mano pero la estabilidad doméstica es un privilegio inalcanzable. Esta contradicción define el ritmo de vida de la expatriada: una mente llena de lecturas habitando un cuerpo que debe calcular cada euro para subsistir.

Aunque ya hayan pasado cinco años, su temporalidad todavía se siente reciente: la pospandemia, con toda su pena y toda su gloria. Una Barcelona sin su caudal avasallante de turistas pero que conserva su chispa habitual, sumada a la necesidad de todo el mundo de encontrarse en carne y hueso. Un mercado laboral roto, un mundo entero que se siente en crisis, la necesidad de reaprender cómo relacionarse socialmente. El éxtasis de la supervivencia y la necesidad de reventarse en una fiesta; total, el mundo se puede terminar de un segundo al otro.

Este panorama existe dentro y fuera de la protagonista. Su cabeza encaja con el contexto y también impregna la prosa a lo largo de toda la novela. El estilo, en línea con su trama, se dispara en múltiples direcciones. Es polirrítmico. Oscila entre la contundencia y la hiperdescripción de una forma que mantiene al lector siempre en vilo.

Paulina Flores hace así coincidir forma y contenido en su tercer libro, sucesor de Qué vergüenza (2016) e Isla decepción (2021). El primero, un conjunto de relatos, obtuvo los premios Roberto Bolaño y el Bauer Giovanni de Venecia, entre otros, mientras que el segundo fue reconocido como mejor libro del año según el Premio LINC. El rasgo distintivo de su voz en este último trabajo editado por Anagrama es la ironía, el sentido del humor y su arrojo hacia la cultura pop millennial.

Desde Seinfeld (1989) hasta Lana del Rey, la joven chilena canaliza varias de las neurosis contemporáneas de distintas formas. Ya sabemos que la monogamia no es sostenible en el tiempo. Ya nadie se cree el cuento del amor eterno y hasta que la muerte lo separe, pero tampoco sabemos cómo inventar otra cosa. Ya sabemos que la educación no nos garantiza ningún trabajo ni futuro, pero igual seguimos estudiando. Por amor al arte, para pasar el tiempo o para sentir que nuestra vida se mueve hacia alguna dirección predefinida. Sabemos que no vamos a encontrar a nuestra próxima pareja en una app de citas pero swipeamos igual, porque no hay planes para hoy a la noche. Hay que mudarse cada dos meses, adaptarse a los cambios de precio de alquileres, envolver toda tu vida e ir al próximo destino. Esta becaria nómade es la personificación de aquella frase de 1848 que hoy está más vigente que nunca: todo lo sólido se desvanece en el aire.

Pero en este panorama de mudanzas y poliamor, ante el amor incontenible por su roomie Manuel – un bajista de bandas punk y gestos torpes que trabaja su tesis sobre los soundtracks de Almodóvar –, la falta de proyecto de Javiera toma de pronto un giro sórdido e inesperado, tan imprevisto y complejo como su vida amorosa y sus múltiples imbricaciones. Entonces aquellas palabras de su título, “la próxima vez que te vea, te mato”, adquieren capas y ganan peso, convirtiéndose casi en un objeto palpable. Lo que era un chiste interno durante el sexo se convierte en una inquietante melodía que suena sin parar de fondo.

Al incorporar la posibilidad del crimen como un motor narrativo, la autora tensa la cuerda de lo cotidiano. Lo que empezó como una complicidad leve e íntima termina adquiriendo una gravedad inquietante. Esta mezcla de géneros le permite explorar la maldad y la estupidez propias sin caer en la solemnidad absoluta.

Demostrando una gran habilidad para trasladar lo chistoso a lo real, lo solemne a lo ridículo —y pocas cosas hay más solemnes que la muerte—, la chilena toma las riendas y convierte la narración en un juego que domina completamente. De forma muy diestra, sus movimientos retóricos provocan risa, paranoia, temor, ansiedad y – por qué no decirlo en una novela tan alineada con la cultura de internet – cringe, pero siempre haciéndolo propio.

Javiera se observa a sí misma con la misma crueldad con la que un usuario de redes sociales juzga un contenido ajeno. Esta autoconciencia permanente genera una distancia irónica que protege a la protagonista del patetismo absoluto de su situación. Las referencias a Instagram o el acecho digital son herramientas de navegación en un mundo donde la imagen propia es lo único que parece quedar en pie.

En una entrevista con La Nación, la autora comentó que tampoco cree “en eso de las generaciones, porque es una representación muy publicitaria de lo que significa un grupo de seres humanos”. Aunque puede que millennial, centennial y demás sean todas palabras que queda cool usar para encajarle una determinada moda o producto a ciertas personas, sí es cierto que Flores logra en esta ficción personificar muchos de los dilemas del presente, y se yergue como una sagaz intérprete de la sensibilidad de su tiempo.