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Volver a la patria

“La Odisea” de Christopher Nolan trae el pecado de hybris al siglo XXI

Su adaptación cinematográfica rescató el corazón de la epopeya homérica y la hizo dialogar con nuestro tiempo.

20.07.2026 17:11

Lectura: 10'

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Por Catalina Zabala
catazabalaa

“En Ítaca uno pone todo lo que desea, lo que quiere para sí y para los suyos: La Odisea es la gran aventura de un hombre por volver a la patria”. Lo dijo a Montevideo Portal la semana pasada Álvaro Revello, docente y experto en Literatura Grecolatina y mundo antiguo, en una reflexión en torno a los clásicos y por qué volvemos a ellos. La Ilíada y La Odisea son dos pilares fundamentales de la literatura occidental como la conocemos. Constituyen las bases de nuestra cultura: la primera cuenta la Guerra de Troya, la segunda narra el regreso a casa de uno de sus héroes. Pero ambas epopeyas atribuidas al poeta Homero, tienen unos 3.000 años. ¿Qué más tienen para decirnos? ¿Realmente se le pueden seguir encontrando cosas nuevas? Con una adaptación que acaba de estrenarse, el cineasta Christopher Nolan lo pone a prueba.

La Odisea (2026) tenía a todos asustados bastante tiempo antes del estreno. Un elenco polémico: Helena de Troya interpretada por la actriz negra Lupita Nyong’o, la presencia del actor trans Elliot Page. Vestuarios raros, no del todo ajustados a la época. Una canción del rapero Travis Scott. Pistas sueltas que tiraba un trailer sorprendentemente corto y que, para muchos, fermentaba una misma sensación: no iba a ser una adaptación tradicional. Esto no era Troya (2004), que llevó al cine a La Ilíada. ¿Qué iba a contar entonces Nolan? ¿Tenían estas decisiones motivos narrativos, o respondían a cuestiones de inclusión y satisfacción de ‘cuotas’ más bien forzadas?

"La Odisea" (2026), Christopher Nolan

Christopher Nolan lleva años de una carrera que lo viene posicionando como uno de los mejores cineastas de este siglo para muchos críticos, con éxitos como Interstellar (2014) u Oppenheimer (2023), con la que ganó el Óscar a Mejor director. Así, las expectativas se apoyaban en dos bastiones principales: quienes le tenían fe a Nolan y a sus producciones, y los más fundamentalistas, que temían que el mensaje de la obra milenaria se perdiera. Que se estropeara todo.

Pero el juego de Nolan siempre está en su forma de narrar, ornamentada con recursos técnicos increíbles como el espectáculo visual y la fotografía exuberante. El vestuario y el trabajo con la música. Lo seducen las diferentes dimensiones y las respuestas humanas frente a lo adverso. La poca linealidad de su narrativa, los giros narrativos logrados incluso en historias ya conocidas por todos, como sucedió con Oppenheimer, son su marca de identidad. Teniendo todo esto en mente, La Odisea seguro le atrajo fácilmente. Aunque no sea alguien especialmente interesado por el cine de época ni la Antigüedad como tal, hay dioses; hay percepciones, distintas realidades, paisajes, filosofías. El proyecto era ambicioso, como lo es él. Veníamos de una Inception (2010) que jugaba con la realidad alterada por lo onírico, y el mundo griego, muy distinto al de Inception en primera instancia, permitía también un juego entre la realidad material y la sobrenatural.

Refrescando la memoria, La Odisea de Homero cuenta la vuelta a casa de Odiseo, rey de Ítaca y artífice de la hazaña del caballo de Troya, luego de la victoria en aquellas tierras. Después de una guerra que duró 10 años y que concedió la victoria a los griegos, el rey tiene que afrontar otra década de viaje para llegar a su hogar. A su vez, en su antiguo palacio, su esposa Penélope lo espera con una fe increíble junto a su hijo Telémaco, mientras los hombres más poderosos de Ítaca la presionan para que vuelva a contraer matrimonio y se disputan el poder.

El enfrentamiento contra un cíclope que sale mal, la furia de Zeus y su inevitable castigo, que termina con Odiseo y sus hombres perdidos en alta mar. Y a partir de ahí, mil peripecias como consecuencia, justamente, del pecado de hybris: la ambición y el exceso frente a lo divino. La arrogancia en su máxima expresión. Y mientras tanto, dioses, seres mitológicos, bestias, brujas. La Odisea es el mayor antecedente de lo que más tarde serían las historias de aventuras.

Por esto también nuestra vuelta a la Antigüedad es constante, porque nos explica el presente. Y a diferencia de otros períodos también muy populares en el cine o la literatura, como podría ser la Edad Media, la Antigüedad configura el inicio de todo. Se explican nuestras herramientas y nuestros mitos. Nuestras creencias y motores creativos. Hoy la palabra “odisea” se entiende como la “sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien” según la RAE. Heredamos ese término luego de haber leído a Homero durante 3.000 años.

"La Odisea" (2026), Christopher Nolan

Como suele hacer Nolan, en su Odisea desordenó el tiempo: con un motor creativo que lleva a la reflexión sobre el hoy, trae constantemente la Guerra de Troya a la mesa, incluyendo así grandes partes de La Ilíada. No solo por dar contexto de la historia al espectador que no la domina del todo, sino porque ubica a la miseria humana mucho más allá. Mucho antes de que Odiseo se subiera al barco para volver.

El aporte novedoso de Nolan estuvo en relación con lo que decía Álvaro Revello: la gracia de los clásicos está en su conversación constante con cualquier época. Con su profundidad humana. “Volver a ellos siempre te devuelve algo nuevo”, y Nolan puso su plot twist ahí. En las conclusiones que se sacan de la historia.

"La Odisea" (2026), Christopher Nolan

La adaptación está centrada en el diálogo constante que hay entre hombres y dioses. Esa necesidad humana de trascender más allá de la religión que se profese o de la región del mundo que se habite. La necesidad de escribir la historia. No es una idea nueva, no hay revolución en la propuesta, pero Homero lo esbozaba y Nolan lo subraya: el pecado de hybris no es cosa de los griegos. No depende de la existencia de dioses, cíclopes, sirenas ni caballos de madera. El exceso existe en todos lados con una única condición: que existan los hombres. La piel humana es la tierra fértil en la que crece la arrogancia.

Y en ese sentido, la apuesta de Nolan está en rescatar lo universal de una historia milenaria. Volverla una metáfora. Sucede con la adaptación de cualquier clásico: cometer un error o una imprecisión histórica es casi inevitable, por lo que Nolan lo utiliza a su favor. La construcción del vestuario, desagradable para muchos, busca alimentar un ambiente concreto y no reproducir prendas del momento. Responde a una estética: el comentado traje de Agamenón, con aires de superhéroe oscuro, no recuerda a los antiguos griegos pero sí da mucho miedo. Acompaña al misterio en torno a su portador, un rey temido y cruel que prácticamente no muestra su rostro en toda la película.

No importa de qué época se trata porque es algo humano que trasciende su momento histórico; y así, las armaduras, las armas, la estética total responde a eso.

"La Odisea" (2026), Christopher Nolan

Nolan juega con el propio origen de ambas obras: la tradición oral y el canto de los aedos. Antiguos poetas y cantores de la Grecia clásica que transmitían los mitos y contaban las hazañas de los héroes en batalla a todas las generaciones. Homero era el más famoso de ellos.

Para aludir a esta tradición gestacional, eligió a Travis Scott como el nuevo aedo. Otra decisión polémica. Y aunque no recuerda a la Antigua Grecia, aunque los rasgos negros también cuestionados en la decisión de Lupita Nýongo puedan hacer ruido, lo que hizo Nolan fue poner a la historia en la discusión del siglo XXI. Hacerla dialogar con nuestro presente. No haberla retratado de una manera convencional hace justamente lo que el calificativo de “clásico” representa. La idea de que siempre tienen algo que decir, que la discusión sigue vigente y fresca. No la retrató como un mármol viejo y una historia antigua, no configuró un canon viejo que ya no compartimos. La mostró con caras de hoy, para que nos hable hoy.

A nivel visual, la historia de por sí ya ofrecía mucho potencial. Soldados perdidos en altamar, en el archipiélago de las Cícladas. Agua cristalina, paisajes naturales aún vírgenes, y monstruos. Bestias mitológicas. La fotografía no se queda atrás, su director no se descansó en el potencial que ya venía con la misma historia: lo expandió. ¿Nos puede sorprender el visionado de una película que cuenta una historia que tiene 3.000 años? ¿Que inventó el viaje del héroe como concepto y que configura a la narrativa occidental como la conocemos? Sí, con Nolan al parecer nos puede sorprender. La capacidad de asombro sigue intacta.

"La Odisea" (2026), Christopher Nolan

Y la crítica que propone va por la misma línea: la arrogancia humana. El exceso incontenible. La historia de Odiseo cuenta una serie de retos constantes a sus dioses: su burla al cíclope, su necedad con las sirenas, su intento irrefrenable de convencer a sus soldados para que los vaticinios divinos no se cumplan. Pero si vamos para atrás, la afronta a los dioses estuvo en la propia idea del caballo en Troya. En hacerlo pasar como una ofrenda para la diosa Atenea y hacerlo entrar a la ciudad bajo el engaño, y quemar todo a su paso. Así, como recita el propio Odiseo, quebraron el frágil vínculo entre los hombres. Lo poco que permanecía con significado. “Quemar las murallas de Troya fue quemar las murallas del mundo”. La ofensa a los dioses no fue en el hecho anecdótico, sino que estuvo en el entendimiento humano del mundo. Y si miramos a nuestro alrededor, lo seguimos replicando. Es autopercibirse digno de dominar a un otro usando las leyes divinas a su favor, olvidando todo lo sagrado que alguna vez existió.

Lo que quiere decir es que no importa si es Zeus, Atenea, Alá, Yahvé o Jesucristo. No importa si hay un dios o si no lo hay, nunca se trató de eso. Se trata de cómo el afán por satisfacer el propio deseo rompe todo a su paso, sea cual sea el nombre que se le ponga. Cada día tenemos más tecnología, más conocimiento, vivimos más años, y violamos con más fuerza lo inviolable. Las guerras siguen existiendo y siempre van a estar, son parte de lo humano. La ambición, el hambre y la gula, todo eso nos hace quienes somos.

"La Odisea" (2026), Christopher Nolan

A nivel de recursos, el cast es exorbitante tanto en celebridades como en calidad. A Nolan le gusta trabajar así, ya lo vimos en varios de sus proyectos, y en este apostó por todo. Matt Damon encarna a Odiseo con mesura y mucha seriedad, el espectador se lo cree. Ve a Odiseo ahí. Anne Hathaway es la estrella en esta ocasión: la esposa Penélope, fuerte, perseverante, inquebrantable. Su interpretación aporta a la película la cuota de humanidad más grande del proyecto. Zendaya es la diosa Atenea, discreta pero contundente desde su lugar. Se la ve seria, segura cuando se pronuncia, pero no opaca roles más importantes dentro de la historia. Telémaco es Tom Holland, a quien se presenta como un niño casi indefenso y termina siendo una pieza clave para el retorno de su padre.

El “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado” de Nietzsche resuena con mucha profundidad durante toda la película, pero a la inversa. En vez de ver una oportunidad de progreso y libertad como el filósofo, ve un problema a corregir. Y así demuestra que el clásico sigue respirando. Que no importa si es en griego, en latín, en arameo, en inglés con acento yankee o en español rioplatense. El ser humano es lo que es y las conclusiones son las mismas.

Por Catalina Zabala
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