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Contenido creado por Catalina Zabala
Cine
En retirada

“La Grazia”: Sorrentino y la observación como forma de intervenir la realidad

La nueva película del director italiano explora dilemas morales, decisiones políticas y el rol de la consciencia.

09.04.2026 14:10

Lectura: 8'

2026-04-09T14:10:00-03:00
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Por Nicolás Medina
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Hay algo casi sospechoso en la persistencia de Paolo Sorrentino. No en el sentido de una repetición perezosa, sino en esa insistencia —casi obstinada— en volver siempre al mismo punto, a los seres humanos como enigmas irresueltos. En su cine, el poder, la belleza, la nostalgia o el deseo no son temas sino excusas para observar. Y observar, en Sorrentino, nunca es un gesto inocente, sino más bien es una forma de intervenir sobre la realidad, de deformarla apenas para que revele algo que, de otro modo, permanecería oculto.

La Grazia (2025), estrenada recientemente en Uruguay, aparece entonces menos como una novedad que como una continuación necesaria. Un capítulo más en una obra que parece avanzar en círculos, pero que en realidad se comporta como una espiral: vuelve sobre sí misma, sí, pero cada vez desde una altura distinta, con una consciencia más afinada de sus propios mecanismos.

La película se sitúa en el tramo final del mandato de Mariano De Santis, presidente ficticio de Italia, interpretado por Toni Servillo. Ese rostro que en el universo de Sorrentino funciona casi como un territorio más. De Santis carga con una reputación de dureza, de un hombre de decisiones firmes, de discurso medido, de autoridad indiscutida, pero lo que la película se encarga de desmontar es justamente esa superficie. Porque lo que le interesa a Sorrentino no es el presidente en sí mismo, sino el hombre que queda cuando el cargo empieza a vaciarse.

Hay decisiones políticas en juego —indultos complejos, debates éticos, la presión de un entorno que exige claridad donde solo hay ambigüedad—, pero sería un error pensar que la película se organiza en torno a ellas. Lo político en Sorrentino nunca es estructural, es atmosférico. Está ahí para delinear el ecosistema en el que sus personajes se mueven, pero no para explicar lo que les sucede.

Lo que realmente desestabiliza a De Santis es otra cosa. Algo más pequeño, más íntimo, casi ridículo en su escala, pero devastador en sus consecuencias: una fisura en la memoria, una sospecha ligada al pasado, una escena que no termina de cerrarse. En el cine de Sorrentino, las grandes crisis no vienen de afuera, nacen en esos detalles mínimos que el tiempo no logra disolver.

Sorrentino, cuya popularidad explotó con La Grande Belleza (2013), pero que ya había construido una filmografía marcada por la exploración del poder y la identidad en películas como Il Divo (2008) o Le Conseguenze Dell'Amore (2004), vuelve a ese territorio que le es tan propio, el de los hombres que han llegado demasiado lejos como para entender qué hacer con lo que tienen.

En ese sentido, La Grazia dialoga también, de forma lateral pero persistente, con È Stata La Mano Di Dio (2021). No porque repita sus elementos autobiográficos, sino porque comparte una misma intuición. La de que la vida está atravesada por irrupciones inexplicables, por momentos que no responden a ninguna lógica pero que terminan definiéndolo todo. En aquella película, esa irrupción tenía nombre propio: Diego Maradona, figura central en la vida del director italiano. Acá, en cambio, el milagro es más esquivo, más silencioso. No hay epifanía, o al menos no una que se deje capturar fácilmente.

Lo que sí permanece es la idea de que la realidad necesita ser mirada con una mezcla de asombro y distancia. Hay en Sorrentino una sensibilidad que se acerca a lo antropológico; no en el sentido académico, sino en una forma de curiosidad radical por el comportamiento humano. Sus personajes no son tanto individuos como especímenes; son cuerpos que reaccionan, que se contradicen, que buscan sentido en medio de una confusión que nunca termina de disiparse.

Mariano De Santis, en ese registro, se convierte en una figura particularmente reveladora. No porque represente algo —el poder, la política, la autoridad—, sino porque encarna una transición. Es un hombre en retirada, pero no en el sentido heroico del término, sino en uno más incómodo. Una retirada como la de quien empieza a perder las certezas sin haber encontrado todavía una alternativa.

La cámara de Sorrentino se posa sobre él con una mezcla de cercanía y extrañamiento. No lo invade, pero tampoco lo deja escapar. Hay una insistencia en los gestos mínimos, en las pausas, en esos momentos en los que el personaje parece no saber exactamente qué hacer con su propio cuerpo. Y es ahí donde la película encuentra una de sus formas más interesantes: en esa tensión entre el control y la deriva.

"La Grazia", (2025), Paolo Sorrentino

Toni Servillo trabaja ese registro con una economía que resulta decisiva. Su De Santis no es un personaje que se explique, sino que se deja ver, de a fragmentos. Hay una opacidad en su interpretación que no funciona como obstáculo, sino como invitación a mirar más de cerca. A aceptar que no todo va a ser descifrado.

Visualmente, la película mantiene esa relación tan característica de Sorrentino con la belleza, aunque desplazada hacia un registro más contenido. No aparece aquí la exuberancia casi barroca de otras obras, sino una elegancia más austera, más consciente de sus propios límites. Pero la belleza sigue funcionando como un dispositivo central: no como un fin en sí mismo, sino como una forma de organizar la mirada.

Porque en el cine de Sorrentino, la belleza nunca es decorativa. Es una forma de pensamiento. Una manera de acercarse a lo real sin pretender agotarlo. En La Grazia, esa operación se vuelve particularmente evidente en la forma en que filma los espacios: palacios que parecen demasiado grandes para quienes los habitan, interiores que acentúan la soledad en lugar de mitigarla, paisajes que no ofrecen consuelo sino distancia.

Lo que termina emergiendo, entonces, no es una respuesta sino una especie de estado. Como si la película, en lugar de conducir hacia una conclusion, se dedicara a erosionar la necesidad misma de alcanzarla. Hay algo en el recorrido de Mariano que no apunta a la resolución, sino a una forma de aceptación más incómoda: la de convivir con aquello que no se entiende, con lo que no cierra, con lo que —incluso después de ser pensado una y otra vez— sigue resistiéndose a cualquier tipo de explicación.

"La Grazia", (2025), Paolo Sorrentino

En ese sentido, La Grazia desplaza la idea de transformación hacia un lugar menos visible. No hay un cambio rotundo, no hay aprendizaje en términos clásicos, no hay una revelación que reordene el mundo. Lo que hay es una acumulación de pequeñas variaciones, de gestos que apenas se corren, de decisiones que no terminan de afirmarse del todo. Y en ese desplazamiento mínimo, casi imperceptible, es donde la película empieza a encontrar su forma más precisa.

Sorrentino parece entender —y hacer entender— que la identidad no se modifica de golpe, que no hay epifanías capaces de resolver lo que lleva años sedimentándose. Lo que sí puede ocurrir, en cambio, es algo más tenue; una leve alteración en la manera de mirar. Un corrimiento casi invisible que no cambia la realidad, pero sí la relación con ella.

Por eso la película se vuelve, progresivamente, menos narrativa y más contemplativa. Menos interesada en lo que sucede que en cómo se sostiene eso que sucede. Cada escena funciona como una observación en sí misma, como si el sentido no estuviera en la progresión sino en la permanencia. En esa insistencia por quedarse un poco más de lo necesario, por no cortar cuando la información ya está dada.

Y ahí aparece, de manera lateral pero persistente, la idea de la gracia. No como premio ni como redención, ni siquiera como consuelo. Más bien como una forma de suspensión. Un instante —breve, inestable— en el que todo parece alinearse sin que sepamos bien por qué. Un momento que no se puede provocar ni retener, pero que, cuando aparece, deja una marca.

"La Grazia", (2025), Paolo Sorrentino

Sorrentino no intenta capturar ese momento. Sabe que sería traicionarlo. Lo que hace, en cambio, es rodearlo. Filmar sus bordes, sus posibles huellas, las condiciones que lo hacen imaginable. Y en ese rodeo, en esa negativa a apropiarse de lo que no le pertenece, hay una forma de cine que resulta extrañamente conmovedora.

La Grazia se estrenó en Uruguay el pasado 19 de marzo, luego de pasar por la edición 2025 del Festival Internacional de Cine de Montevideo (MONFIC). Todavía tiene funciones en distintas salas. La distribución está a cargo de la plataforma MUBI, por lo que eventualmente podrá verse en el servicio de streaming. Mientras tanto, podés ver todas las funciones en nuestra cartelera.

Por Nicolás Medina
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