Cuando mis planes para viajar al Festival de Cannes como parte del jurado fueron tomando forma, luego de ser invitado como juez para la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci), la ansiedad comenzó a apoderarse de mi agenda.

Sabía que era una oportunidad única y quería hacer todo: en 12 días tenía que ver 20 películas como juez. Implicaba debatir con mis colegas y deliberar sobre estas, asistir a eventos, fiestas y alfombras rojas. Hacer más de diez entrevistas que yo mismo había solicitado a talentos internacionales, cubrir y estar atento a lo que era la presencia de Uruguay en el festival y, por supuesto, tenía un extenso listado de películas que quería ver simplemente por amor al cine.

En la cima de esta lista estaba Killers of the Flower Moon, la nueva película de Martin Scorsese que se estrenaría en el festival, pero no sería hasta ahora que llegaría a salas de cine en Uruguay.

No me considero un fundamentalista de Scorsese y estoy lejos de ser un erudito sobre su filmografía. Mi primer acercamiento a su cine, sin ser por Taxi Driver (1976), fue con Shutter Island (2010) y Hugo (2011), posiblemente dos de las películas menos Scorsese de Scorsese. No fue hasta 2013, con The Wolf of Wall Street, que empecé a sentir curiosidad, admiración y expectativa por su cine.

Hasta hace poco no había visto ni Raging Bull (1980), ni Cape Fear (1991) ni Casino (1995). No me jacto de mi ignorancia, pero a lo que voy es que, incluso con ese panorama, su última película era de lo que más ansiaba del festival. Una parte de mí sentía que volver de Cannes sin haber visto Killers of the Flower Moon hubiera sido una pérdida de tiempo.

Ahí empezó la travesía de ver la película: primero había que conseguir la entrada. El programa mostraba una sola función en todo el festival, función que aparte era de gala en el Grand Théâtre Lumière, lo que implicaba ser de los pocos periodistas afortunados que tenían posibilidad de sacar una entrada al momento que lo habilitara el sitio web del festival, o recibir una invitación.

Pese a mi calidad de jurado, gran cantidad de intercambio de mails y contactos dentro del festival, todo parecía indicar que no iba a ser posible. Finalmente, llegado el día que se habilitaba el sistema para marcar las entradas, a las 07:00 horas, ingresé al sitio totalmente colapsado, como si estuviera intentando acceder a la Embajada de Italia para reservar hora para la ciudadanía.

La función figuraba agotada.

Pero, con música celestial de fondo, aparecía en el sitio web otra función exclusiva para la prensa, el mismo día a las 16:00 horas (antes, incluso, que la función de gala). Tenía la entrada, pero eso no era todo, ahora había que lograr ingresar a la sala.

Ingresar a la sala (y conseguir un buen lugar) no es nada fácil, incluso con entrada en mano. El caos se apodera de La Croisette, el bulevar sobre el que se ubica el Palacio de Festivales, donde se encuentran las salas de cine. Las colas eternas, con miles de periodistas que se juntan con filas anexas de “acceso de último minuto” que, teóricamente, se habilitan en caso de que alguien con entrada no asista a la función.

Sin embargo, el caos en la organización es tal que, en varias ocasiones, estas personas accedían al mismo tiempo que quienes tenían entradas, lo que generaba que algunos periodistas, con entrada en mano pero al final de la fila, se quedaran sin acceder. Eso no iba a pasarme.

Muy a la uruguaya, con mis colegas del jurado, mientras la fila se extendía por varias cuadras, decidimos acercarnos a la entrada de talentos y salida de emergencia de la sala Debussy, donde se exhibiría la película. En un francés muy rudimentario, le pedíamos a los acomodadores y seguridad que nos dejaran ingresar dado que éramos jueces de la crítica y debíamos ver la película. Luego de varias llamadas y comunicaciones vía handie, logramos entrar a la sala.

La verdad es que la película no formaba parte de la competencia ni “debíamos” verla. Orgullosos de nuestra hazaña, nos ubicamos en los mejores lugares que pudimos y nos propusimos ver la película de tres horas y veintiséis minutos de uno de los maestros del cine.

Killers of the Flower Moon está basada en el libro de no ficción homónimo escrito por David Grann. La historia se ubica en Oklahoma a principios del siglo XX y explora una serie de asesinatos sobre la Nación Osage, pueblo originario de Estados Unidos que, en esos años, comenzó a acumular una gran cantidad de riqueza por el hallazgo de petróleo en sus tierras. Para sorpresa de nadie, el hombre blanco llega al lugar en búsqueda de meter mano donde no le corresponde y engañar a los nativos para quedarse con su fortuna.

En ese contexto, Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), un hombre ambicioso, carismático, pero también bastante bruto que acaba de volver de la guerra, llega a la tierra de los Osage, apadrinado por William King Hale (Robert De Niro), quien, con mucha astucia y una relación muy cercana con la Nación Osage, está detrás de la conspiración para llenar sus bolsillos a cuesta de estos. Es así como Ernest termina acercándose a Mollie (Lily Gladstone), hija de una de las familias Osage más ricas e importantes del condado.

Es en su forma que Scorsese logra hacer una película que habla no solo sobre un tema en particular, sino sobre el cine como un todo. El director no es ajeno a trabajar basándose en historias reales; de hecho, gran parte de su filmografía se basa en acontecimientos reales. Acontecimientos que, seguramente, si hubieran sido filmados o sus personajes hubieran sido retratados por cualquier otra persona, no hubieran tenido la más mínima relevancia, pasando como otra biopic sin pena ni gloria por las pantallas de cine.

En cada una de sus películas, Scorsese no solo se revela como un maestro de la narrativa cinematográfica, sino como un apasionado guardián de la herencia fílmica. Cada una de sus obras alcanza el núcleo mismo de la historia, desentrañando sus pulsos y latidos más profundos. Confía en el poder de las imágenes para comunicar no solo con la mente, sino también con el corazón del espectador. Hay un puente que conecta lo aparentemente distante y desconocido. Detrás de cada una de sus películas se encuentra una densa red de referencias y conocimiento, una red que se extiende como un tejido conectivo a lo largo de la historia del cine. Esta red no solo lo sustenta, sino que le sirve de anclaje en un mar de posibilidades creativas.

Scorsese no solo abraza la complejidad de sus personajes, sino que se adentra en la mente de un villano, tanto con los personajes de DiCaprio como de De Niro, buscando su humanidad en lo más profundo de su alma. De manera similar a como John Ford hacía con sus wésterns, Scorsese se adentra en un mundo lleno de contradicciones y matices, en el que los héroes pueden ser imperfectos y los villanos poseen dimensiones inesperadas.

En plena era de la rapidez y la inmediatez, Killers of the Flower Moon no teme desafiar las convenciones temporales y se aventura a llevarnos en un viaje de tres horas y media. Lo hace con la convicción de que, al hacerlo, revelará capas inexploradas de la historia que, quizás, pocos se habían planteado, cuestionado o estudiado hasta que él lo tocó.

Aunque probablemente esta película no sea su obra maestra (quizás sea mucho decir que eso ya pasó), cada uno de sus largometrajes es un recordatorio de lo gran director que es. En esta película, más que en ninguna otra, termina por hacerse cargo del relato, introduciéndose como un personaje en esta y, si se quiere, haciendo un punto y aparte en su carrera.

Killers of the Flower Moon (Los asesinos de la luna) se estrenó el jueves 19 de octubre en salas de cine uruguayas, podes chequear las funciones en nuestra cartelera. Posteriormente será estrenada en la plataforma Apple TV+.