Por Nicolás Medina
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Hay algo bastante adolescente —en el mejor sentido posible— en creer que el cine todavía puede ser un acto de exceso. Exceso de sangre, de citas, de duración, de amor por imágenes que otros consideran menores. A comienzos de los 2000, cuando Hollywood empezaba a ordenarse en franquicias prevendidas y el prestigio festivalero buscaba respetabilidad temática, hubo un gesto que parecía irresponsable y, al mismo tiempo, absolutamente lúcido: hacer una película de venganza de más de cuatro horas, llena de katanas, westerns italianos, kung fu hongkonés y encima melodrama materno, todo sin pedir permiso. Esa confianza casi insolente en el poder del pastiche tenía nombre y apellido, y su forma definitiva hoy llega a las salas de cine uruguayas bajo el título de Kill Bill: The Whole Bloody Affair.
En los créditos originales, se leía con una mezcla de ironía y autoafirmación: “The 4th Film by Quentin Tarantino”. Para entonces, Quentin Tarantino ya había dejado de ser el pibe verborrágico que trabajaba en un videoclub para convertirse en una marca autoral. Reservoir Dogs (1992) había dinamizado el policial con diálogos que parecían improvisados y una violencia seca, casi punk. Pulp Fiction (1994) había ganado la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1994 y, de paso, redefinido la narrativa fragmentada como juguete mainstream. Jackie Brown (1997) fue su aparente gesto adulto, más contenido, más melancólico. Tarantino ya era, para bien o para mal, el director que hablaba como crítico y filmaba como fan. Violencia estilizada, devoción por los géneros marginales, diálogos que convierten la espera en espectáculo. Su estilo era —y sigue siendo — reconocible y, sobre todo, contagioso.
Kill Bill nace como proyecto desmesurado. Tarantino quería una sola película de más de cuatro horas, una epopeya personal donde confluyeran todas sus obsesiones. Sobre el papel, no tiene ningún misterio: una mujer es traicionada, dada por muerta, enterrada en vida. Despierta y decide emprender su venganza. Tiene una lista, tiene una espada y tiene memoria.
El estudio, sin embargo, no quiso arriesgarse a un mamotreto de esa duración en 2003. El público, se decía, no estaba preparado para sentarse más de cuatro horas frente a una orgía de sangre estilizada. La solución fue dividirla: Kill Bill: Vol. 1 se estrenó en 2003 como un estallido pop; Kill Bill: Vol. 2, en 2004, como su contraparte más dialogada y crepuscular. Desde entonces, circuló el mito de la versión integral, The Whole Bloody Affair.
Y es que verla unificada cambia la percepción. Lo que antes era contraste —acción desatada versus western introspectivo— ahora respira como un organismo continuo. Vista como una sola pieza, la película gana continuidad emocional, la energía no se corta, la furia inicial encuentra ecos inesperados y el recorrido adquiere una coherencia que antes estaba fragmentada.
El díptico, separado, proponía un juego de espejos. Unido, en cambio, construye una curva emocional más compleja. La maternidad, que en el Vol. 1 era una ausencia violenta, en el conjunto se vuelve eje. No es solo una historia de venganza, es una historia sobre identidad.
"Kill Bill" (2003), Quentin Tarantino
Si algo sintetiza el cine de los 2000 es la conciencia de estar hecho de restos. Tarantino no inventa géneros, los remezcla con tremenda cinefilia. Kill Bill es wuxia, spaghetti western, anime, exploitation setentero. Es también videoclip, cómic y serie B elevada a liturgia. En esa mezcla hay algo tremendamente generacional: la certeza de que la cultura ya es archivo y que el gesto autoral consiste en cómo se la reorganiza. Kill Bill no es una suma de referencias, sino que funciona más bien como un acto de fe en la circulación de imágenes. Lo que para algunos fue simple cita posmoderna, hoy se lee como síntesis de una época que empezaba a entender el remix como lengua materna.
La violencia, tan discutida en su momento, funciona menos como mensaje que como gramática. Tarantino no moraliza, sino que coreografía. Cada enfrentamiento tiene ritmo, pausa, respiración. La sangre es pintura. El blanco y negro, el anime, la música que irrumpe con ironía o solemnidad: todo responde a una lógica formal. La violencia no busca convencer a nadie de nada ni justificar su existencia en términos éticos. Opera como un sistema expresivo que organiza el relato, que marca las transiciones emocionales y que incluso permite que los momentos de quietud tengan más peso que los estallidos. Porque lo verdaderamente perturbador no es la sangre que salpica, sino la precisión con la que está puesta en escena. La conciencia absoluta de que cada corte, cada silencio y cada cambio de registro forman parte de una partitura donde el exceso no es descontrol, sino método.
Viéndola hoy en día, surge casi inevitablemente otra capa de análisis: ¿Es Kill Bill una fantasía de empoderamiento o una estilización extrema del dolor femenino? La pregunta aparece casi sola, pero la película nunca se detiene a responderla. Tarantino construye una figura femenina que ocupa el centro absoluto del relato y, al mismo tiempo, la inscribe dentro de un dispositivo visual que disfruta del artificio, del fetiche y del espectáculo. La tensión no se resuelve porque tampoco parece interesarle resolverla. Tal vez ahí esté lo más provocador. La película no busca tranquilizar a nadie ni ofrecer una postura correcta, sino exponer esa incomodidad y dejar que convivan, en el mismo plano, la potencia y el exceso.
"Kill Bill: The Whole Bloody Affair" (2025), Quentin Tarantino
Esa ambivalencia, vista hoy, resulta más fértil que problemática. Porque la película no convierte a su protagonista en símbolo ejemplar ni en víctima ejemplificadora, sino que la deja moverse en una zona más turbia, donde la voluntad es más importante que la pureza y donde el deseo de revancha no necesita validación moral externa. La película incomoda tanto a quienes buscan un manifiesto como a quienes prefieren una caricatura. Se mantiene en ese punto intermedio donde el espectáculo y la autonomía coexisten sin pedir permiso, y donde la discusión no se clausura, sino que queda vibrando después del último corte.
En la carrera de Tarantino, Kill Bill marca una transición. Es la última vez que parece filmar con impulso adolescente y, a la vez, con una seguridad formal absoluta. Después vendrán las reescrituras históricas, el revisionismo explícito, la autoconsagración. Aquí todavía hay algo salvaje, una necesidad de probarlo todo en una misma obra. Y The Whole Bloody Affair, vista hoy, revela esa voracidad como virtud antes que como defecto.
El reestreno es mucho más que un simple gesto nostálgico. Es la posibilidad de experimentar la película como experiencia física, sin pausas, sin zapping emocional. Cuatro horas que exigen entrega. Y en una época de tiempos de consumo fragmentado, esa continuidad es casi un lujo. La película vuelve no como reliquia, sino como recordatorio de una época en la que el cine comercial podía permitirse ser caprichoso, cinéfilo y radical al mismo tiempo.
Tal vez por eso la nostalgia que despierta no es melancólica, sino entusiasta. No se trata de añorar un pasado mejor, sino de reconocer en esa desmesura una energía que todavía interpela. Kill Bill no es perfecta; es excesiva, irregular, por momentos indulgente. Pero en esa imperfección hay vida. Y cuando la pantalla se tiñe de rojo y la katana corta el aire una vez más, lo que se activa no es solo el recuerdo de 2003, sino la sensación —cada vez más rara— de que el cine puede ser, otra vez, un acto de fe desbordado.
Kill Bill: The Whole Bloody Affair podrá verse en salas uruguayas a partir del 24 de febrero en funciones especiales. Podés ver todas las funciones en nuestra cartelera.
Por Nicolás Medina
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