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Entre nosotros

“Insidious”: el problema de las historias que nunca terminan

La sexta entrega de la saga vuelve a abrir las puertas de El Más Allá con una pregunta inevitable: cuánto queda todavía por descubrir.

03.09.2026 15:37

Lectura: 6'

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Por Juampa Barbero | @juampabarbero

Vivimos rodeados de secuelas. Algunas llegan cuando todavía queda algo por contar, otras regresan tantos años después que encuentran una razón inesperada para existir. Incluso películas que parecían cerradas para siempre han demostrado que una continuación puede revisar, ampliar o hasta mejorar aquello que había quedado atrás. El problema, entonces, ya no pasa por preguntarse por qué seguimos volviendo a las mismas historias, sino qué encontramos cuando volvemos.

El terror conoce particularmente bien esa insistencia. Sus monstruos rara vez permanecen muertos y sus franquicias aprendieron hace décadas que cualquier final puede convertirse en un nuevo comienzo. Insidious tampoco escapó a esa lógica. Desde que James Wan y Leigh Whannell abrieron por primera vez la puerta de El Más Allá en 2010, la saga encontró distintas maneras de regresar a ese territorio. Dieciseis años y cinco películas después, La noche del demonio: están entre nosotros (2026) intenta abrirla una vez más. Esta vez, sin embargo, cuesta encontrar del otro lado una razón suficiente para haberlo hecho.

Cuando James Wan y Leigh Whannell estrenaron Insidious en 2010, encontraron una manera propia de volver sobre algunos de los elementos más antiguos del terror sobrenatural. La casa embrujada era apenas la superficie: detrás estaba El Más Allá, una dimensión habitada por espíritus que convirtió los viajes astrales en la pieza central de una mitología que la saga continuaría explorando durante los siguientes años. Wan dejó la dirección después de la segunda película y Whannell hizo lo mismo tras ponerse detrás de cámara en la tercera, pero Insidious siguió adelante hasta despedirse de los Lambert en La noche del demonio: la puerta roja (2023).

Están entre nosotros vuelve a empezar. Jacob Chase toma el control de la sexta entrega, abandona a los Lambert y presenta una nueva historia, aunque recupera a Elise Rainier —Lin Shaye— como vínculo con el pasado de la franquicia. La novedad está en invertir una de sus reglas fundamentales: esta vez ya no son únicamente los vivos quienes pueden atravesar la frontera hacia El Más Allá. Algo consiguió abrirse paso en dirección contraria y tres figuras comienzan a acechar a una familia desde este lado. La idea parecía suficiente para abrir una puerta nueva; el problema aparece cuando la película tiene que decidir qué hacer una vez que la cruza.

Durante sus primeros minutos, Están entre nosotros consigue que esa promesa parezca posible. Chase recupera uno de los recursos que mejor funcionaban en las primeras películas: la sensación de que algo puede estar escondido en cualquier rincón del cuadro. Antes de explicar demasiado, deja que las apariciones irrumpan de fondo, que una habitación vacía resulte sospechosa y que la amenaza se construya alrededor de aquello que apenas alcanzamos a ver. Hay algunos sustos efectivos, pero lo mejor de ese comienzo sucede justamente cuando la película demora el golpe y obliga a buscar qué está fuera de lugar.

El problema aparece cuando ese misterio empieza a necesitar respuestas. Lo que inicialmente parecía una alteración importante de las reglas de Insidious termina conduciendo a lugares demasiado conocidos, y la película reemplaza progresivamente la sugestión por una acumulación de apariciones, explicaciones y sobresaltos. Cuanto más muestra Están entre nosotros, menos amenazante se vuelve aquello que muestra. Es una dificultad especialmente grande para una saga que alguna vez hizo del miedo a cruzar una puerta una de sus imágenes más poderosas.

"La noche del demonio: están entre nosotros" (2026), Jacob Chase

En el centro de esta nueva historia hay, sin embargo, una relación que consigue sostener buena parte de ese comienzo. Madre e hija quedan atrapadas en un fenómeno que las obliga a enfrentarse tanto a aquello que empieza a invadir su casa como a heridas que ya existían antes de cualquier aparición. Chase encuentra algunos de sus mejores momentos cuando mantiene esas dos amenazas cerca, permitiendo que lo sobrenatural interfiera en una intimidad familiar que ya estaba resquebrajada. Las actuaciones ayudan a que incluso los pasajes más convencionales conserven cierta cercanía.

Pero Están entre nosotros parece confiar cada vez menos en aquello que había construido. A medida que la amenaza adquiere una forma más concreta, el miedo empieza a cederle terreno al mecanismo: aparece una nueva figura, llega otro sobresalto y la mitología de la saga vuelve a ocupar el centro de la escena. El regreso de Elise Rainier y de algunos rostros conocidos busca conectar esta historia con las películas anteriores, aunque termina evidenciando uno de sus mayores problemas: cuando una película necesita mirar constantemente hacia atrás para justificar su lugar en una franquicia, resulta mucho más difícil creer que realmente esté avanzando.

Hay momentos en los que Están entre nosotros parece encontrar esa razón. Algunas imágenes conservan la capacidad de incomodar, sus protagonistas consiguen darle peso a una historia que por momentos las abandona y la inversión de las reglas de El Más Allá tenía potencial para llevar la saga hacia un territorio distinto. Son destellos de una película mejor escondida dentro de otra demasiado pendiente de recordar que estamos viendo Insidious. Cuando finalmente llegan los créditos, queda menos la sensación de haber descubierto una nueva pesadilla que la de haber recorrido otra vez una casa cuyas habitaciones ya conocemos.

"La noche del demonio: están entre nosotros" (2026), Jacob Chase

Quizás ese sea uno de los problemas de vivir en una época en la que casi ninguna historia parece terminar definitivamente. Siempre habrá otra puerta que abrir, otro personaje que recuperar y algún rincón del pasado todavía disponible para explorar. A veces, detrás aparece una película capaz de demostrar que todavía quedaba algo por descubrir. Otras veces, como sucede con Insidious: Están entre nosotros, abrir una puerta más sirve únicamente para confirmar que ya habíamos visto todo lo que había del otro lado.

Hollywood parece haber perdido cierta capacidad para despedirse. Cada final puede convertirse en una pausa, cada muerte admite una resurrección y cada éxito guarda la promesa de una nueva entrega. Algunas películas consiguen encontrar algo valioso en ese regreso. Otras recuerdan que saber cuándo terminar también forma parte de saber contar una historia.