Hana es un personaje sin terminar. La mueve una premisa básica: está llena de complejos principalmente porque quiere adelgazar. A partir de ahí, Insaciable (2026) construye una trama de terror que gira en torno a un trastorno alimenticio y una técnica de adelgazamiento sórdida.

Esto de que el cine se quedó sin ideas ya lo escuchamos muchas veces. En el género de terror, particularmente, sucede que en muchos casos ya no se sabe qué más mostrar para asustar. No hay más recursos de dónde cinchar. Últimamente aparecieron novedades exitosas y muy creativas, como las producciones de A24 como Obsession (2026) o Backrooms (2026). Pero hasta hace poco, las premisas se venían repitiendo. Se trata de una época desafiante para cualquier proyecto creativo, y hoy gana el más inteligente. Por esta misma línea, hay plumas que se quedan sin tinta y terminan poniendo sobre la mesa propuestas sin terminar, que parecen no saber cómo cerrar.

Insaciable, la película australiana dirigida por Natalie Erika James, está protagonizada por Midori Francis, Danielle Macdonald, Madeleine Madden y Robert Taylor. La trama refiere constantemente a la idea del trastorno alimenticio, que ya es un terreno delicado de por sí. No hay tema que el cine o el arte en general no pueda tratar, pero las posibilidades de enfoque son infinitas, y de ellas se pueden obtener resultados opuestos. Abordarlas sin la seriedad necesaria puede convertir un tema complejo en un recurso de impacto vacío.

El detonante de la historia es un evento misterioso: Hana se encuentra con una conocida de su infancia que tenía sobrepeso en el pasado, pero que hoy luce “fantástica”. Para que siga sus pasos, esta conocida le recomienda una extraña sustancia que fue la responsable de hacerla bajar de peso. Casualmente, Hana es estudiante de Medicina y sabe de química. Analiza la sustancia en el laboratorio de la facultad, para descubrir lo peor: son cenizas humanas.

Aunque lo pueda parecer, esto no es un spoiler. Sucede en los primeros minutos. Al conseguir la fórmula, Hana puede fabricar la mezcla por sí misma y no comprarla, y adelgaza un montón muy rápidamente.

Luego de haber pasado el detonante y haberle dado rienda suelta a la trama, el guion podría haber tomado un giro psicológico. De hecho, por algunos minutos parecía que era exactamente lo que se venía. Una salida medianamente acertada, por ejemplo, podría haber sido remitir a la subjetividad mental que tiene alguien que padece un trastorno. Esas pesadillas internas de la víctima que moldean su realidad pero que difieren de ella. A muchas chicas, la dismorfia corporal las acecha como una bestia real. Un monstruo que asoma por la puerta de la habitación como muestra la película. Las llama por su nombre entre susurros cuando nadie más escucha.

Pero no, no lo hicieron. El monstruo que Hana imagina, de hecho, no parece que sea imaginación. Se lo muestra como algo real, con presencia y materia. Se puede ver y tocar. Y lo que pasa en el tercer acto es lo que les pasa a muchísimas películas de terror que no funcionan. El guion construye en la primera parte una tensión muy fuerte que luego no sabe resolver, y opta directamente por no resolverla. No dar explicaciones que la trama sí requiere. El TCA no funciona como representación psicológica porque la película abandona esa ambigüedad y lo convierte literalmente en un monstruo.

Más allá de si asusta o no, si engancha o no, si se entiende o no (ninguna de las tres), usar los atracones y un trastorno alimenticio hostil y real para mucha gente como un monstruo barato que acecha en los rincones y se refleja solo en las cucharas es, por lo menos, un golpe bajo y sin sustento. El arte es libre, las opiniones también, pero no se toca cualquier tema simplemente por hacerlo, no sin un rigor responsable. Y si encima narrativamente tampoco es eficiente, no queda mucho de dónde agarrarse.

Insaciable queda constantemente pegando pelotazos mal dados a la propuesta más o menos sólida que podría haber sido. Hay grandes momentos de suspenso que no generan lo mismo cuando se resuelven. Hay buenas analogías e ilustraciones de lo que pasa en la cabeza de alguien que padece un trastorno y cómo difiere de la realidad, pero el guion toma decisiones posteriores que desperdician esas oportunidades.

Constantemente se construyen imágenes que buscan provocar repulsión a la comida. Un primerísimo primer plano (PPP) de una boca sucia, manchada de comida, que sigue masticando como desesperada mientras se mete más mezclas rancias con las manos. No se cierra para masticar, escupe y sigue. Comestibles grasos, cremas que chorrean e invaden el lente de la cámara como una masa uniforme de la que no se podría escapar si uno se quedara sumergido en ella. Este tipo de planos cerrados aparecen de vez en cuando desde el inicio de la película hasta acompañar los propios créditos.

El recurso de generar atmósferas que incomoden al espectador es muy bueno, suele funcionar, interpela directamente al plano sensorial. Pero en este caso aparece metido con calzador. No tiene una clara razón de ser que no sea generar miedo y asco, y la trama no es suficiente. Es manotear el impacto por el impacto, un manotón de ahogado, de esos que aparecen cuando nos quedamos sin ideas. Una suerte de parche ante la crisis creativa.