Por Juampa Barbero | @juampabarbero
¿Cómo se cuenta la historia del cine cuando sus imágenes todavía siguen hablando entre ellas? Para Jean-Luc Godard, ordenarlas cronológicamente nunca era suficiente. Había que enfrentarlas, superponerlas, interrumpirlas y descubrir qué podía surgir del encuentro entre una película de Hitchcock, una pintura de Rembrandt, una frase de Baudelaire o una imagen de la guerra. Historia(s) del cine (1978) nace de esa convicción: el pasado cinematográfico no funciona como una sucesión de obras encerradas en su época, sino como una memoria en permanente movimiento. Godard dedicó buena parte de su vida a recorrerla para construir una historia deliberadamente personal, fragmentaria y contradictoria, donde hablar del cine también significaba intentar comprender el siglo que quedó registrado en sus imágenes.
La primera pista está en el propio título. Esa “s” encerrada entre paréntesis convierte a Historia(s) del cine en una declaración de principios: para Godard nunca existió una única manera de narrar el recorrido de las imágenes. Hay tantas historias como películas, espectadores, recuerdos y asociaciones posibles, y todas pueden convivir dentro de un mismo relato. Su recorrido avanza entonces por conexiones antes que por fechas, haciendo dialogar obras separadas por décadas y acontecimientos que, en apariencia, pertenecen a mundos diferentes. Godard desarma la idea de una historia oficial para proponer algo mucho más íntimo y arriesgado; que mirar hacia atrás también significa aceptar que toda memoria del cine está atravesada por quien la recuerda.
El proyecto comenzó a tomar forma en 1978, cuando Godard fue invitado a Montreal para dictar una serie de conferencias sobre la historia del cine. Allí ensayó un método que terminaría siendo fundamental para Historia(s) del cine: proyectar películas, enfrentarlas entre sí y dejar que de esa comparación surgieran nuevas ideas sobre el montaje, la guerra, la política, los actores o la propia industria. Aquellas clases funcionaron como un laboratorio para una obra que crecería durante las dos décadas siguientes a partir de archivos, fragmentos y documentos acumulados obsesivamente. Godard parecía buscar una historia que solo pudiera construirse desde sus propios restos, como si para comprender qué había sido el cine primero hubiera que sentarse frente a sus imágenes y volver a mirarlas.
Abrir Historia(s) del cine implica aceptar que las reglas de la lectura también pueden alterarse. Las palabras aparecen quebradas, las citas se mezclan con voces ajenas y las imágenes irrumpen como recuerdos que se resisten a ocupar un lugar fijo. Godard traslada al papel aquello que practicó durante toda su carrera detrás de una moviola: el montaje como una forma de pensamiento. Leerlo exige entonces detenerse, retroceder, establecer asociaciones y convivir con zonas que permanecen deliberadamente abiertas. Cada página funciona como el fragmento de una película imposible, una en la que el lector termina ocupando el lugar del montajista y debe encontrar sus propias conexiones entre los restos de más de un siglo de imágenes.
En el fondo, Godard parece perseguir una pregunta todavía más ambiciosa: ¿qué vio el cine cuando el mundo cambió frente a sus ojos? Para él, escribir su historia implicaba también reconstruir el siglo XX, porque ambos habían crecido atravesados por las mismas guerras, revoluciones, catástrofes y transformaciones políticas. La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto ocupan entonces un lugar central, especialmente allí donde Godard confronta al cine con aquello que fue incapaz de registrar, comprender o mostrar. Historia(s) del cine adquiere así el tono de una elegía, pero también el de un ajuste de cuentas: las imágenes conservan aquello que una época quiso recordar y, al mismo tiempo, revelan los vacíos de todo lo que quedó fuera de campo.
Hollywood ocupa un lugar inevitable dentro de ese recorrido. Godard mantuvo durante toda su vida una relación atravesada por la fascinación y el conflicto con una industria capaz de fabricar algunos de los grandes mitos visuales del siglo XX y, al mismo tiempo, convertir las imágenes en mercancía. En Historia(s) del cine vuelve una y otra vez sobre ese territorio, especialmente sobre Alfred Hitchcock, cuya grandeza encuentra en algo aparentemente pequeño: la capacidad de hacer que un vaso de leche, unas llaves, una botella o un par de anteojos sobrevivieran en nuestra memoria mucho después de haber olvidado la trama que los rodeaba. Allí aparece una de las intuiciones más hermosas del libro; la historia del cine también puede escribirse a partir de las imágenes que permanecen en nosotros cuando la película ya terminó.
Pero toda historia construida desde la memoria termina revelando algo de quien la cuenta. Godard había comenzado mirando películas para escribir sobre ellas en Cahiers Du Cinéma, después formó parte de la generación que sacudió sus reglas con la Nouvelle Vague y pasó más de seis décadas interrogando las posibilidades de una cámara. Cuando emprende Historia(s) del cine, su propia trayectoria ya resulta imposible de separar de muchas de las transformaciones que intenta comprender. Por eso, entre Hitchcock, Rossellini, Lang, Renoir y tantos otros fantasmas que atraviesan sus páginas, también aparece inevitablemente Godard: el crítico, el cineasta, el espectador. Reconstruir la memoria del cine se convierte así en una manera de reconstruir la suya, como si al ordenar las imágenes que lo acompañaron durante toda una vida también estuviera intentando descubrir qué lugar ocupó él dentro de ellas.
Leer Historia(s) del cine hoy produce una extraña sensación de anticipación. Vivimos rodeados de imágenes arrancadas de su contexto original, escenas que sobreviven separadas de sus películas, capturas, montajes y fragmentos que circulan y adquieren nuevos significados cada vez que alguien vuelve a utilizarlos. Godard trabajaba con esa lógica mucho antes de que el archivo cinematográfico pareciera caber entero dentro de una pantalla. Allí donde nuestro presente acumula imágenes a una velocidad imposible de procesar, Historia(s) del cine propone detenerlas, enfrentarlas y preguntar qué memoria contienen. Tal vez por eso su lectura resulte todavía tan urgente: en una época capaz de conservar prácticamente todo, Godard nos recuerda que tener acceso al pasado y saber mirarlo siguen siendo dos cosas profundamente distintas.
Quizás el mayor error al acercarse a Historia(s) del cine sea pretender comprender cada una de sus referencias. Godard convoca un universo gigantesco de películas, escritores, pintores, músicos y acontecimientos históricos, pero reconocer todos esos nombres funciona apenas como una de las posibles puertas de entrada. Hay algo mucho más estimulante en dejarse llevar por las asociaciones, permitir que una imagen desconocida dialogue con otra que forma parte de nuestra propia memoria y descubrir sentidos que el libro jamás termina de cerrar. Godard confía en un lector activo, dispuesto a perderse, a investigar y también a completar los espacios vacíos. La cinefilia aparece entonces como una experiencia en permanente construcción: cada película que descubrimos modifica, de alguna manera, todas las que vimos antes.
La verdadera potencia de Historia(s) del cine reside en devolvernos el deseo de mirar. Godard pasó una vida entera preguntándose qué podía hacer una imagen junto a otra y terminó construyendo una obra que nos obliga a hacernos la misma pregunta. Después de atravesar sus páginas, cada película parece contener los rastros de muchas otras, cada plano puede despertar un recuerdo y cada descubrimiento modifica el mapa de imágenes que llevamos con nosotros. La historia del cine permanece entonces inevitablemente inconclusa, porque continúa escribiéndose cada vez que alguien entra a una sala, apaga la luz y permite que una imagen desconocida se incorpore para siempre a su memoria.