En enero de 2020, Ricky Gervais se subió por quinta y última vez al escenario de los Globos de Oro con una pinta de cerveza en la mano y pocas ganas de hacer amigos. “I don't care anymore” —ya no me importa— dijo mientras advertía que esa sería la última vez que presentaría la ceremonia. Después aclaró que estaba bromeando: en realidad, nunca le había importado. Durante los siguientes minutos se encargó de recordarles a las estrellas de Hollywood que nadie estaba a salvo: se burló de la corrección política, de los discursos de agradecimiento y hasta de la propia industria que lo había contratado. En uno de los momentos más recordados, incluso utilizó After Life, su serie sobre un hombre que contempla suicidarse después de la muerte de su esposa, para hacer un chiste sobre Jeffrey Epstein. Mientras medio Hollywood se preguntaba qué podía decir después, él tomaba cerveza y parecía disfrutar especialmente de la posibilidad de que alguien se molestara.

Es difícil pensar en muchos comediantes contemporáneos que hayan hecho tanto por demostrar que no les importa caer bien. Gervais lleva décadas haciéndolo. Primero con The Office (2001-2003), la serie que creó junto con Stephen Merchant y en la que interpretó al insoportable David Brent (es más conocida la versión estadounidense, una de las grandes comedias televisivas del siglo XXI con Steve Carell como cara más reconocible). Después llegaron Extras (2005-2007), Derek (2012) y una carrera como comediante en la que fue llevando cada vez más lejos su humor negro, vulgar, incómodo.

En sus últimos especiales de comedia para Netflix, SuperNature (2022) y Armageddon (2023), volvió a hacer lo que mejor sabe hacer. Religión, muerte, discapacidad, identidad, corrección política y cualquier otro tema que parezca demasiado delicado para una conversación familiar terminan convertidos en material para sus chistes. Gervais sigue disfrutando de esa capacidad para incomodar, y es saludable que todavía exista alguien dispuesto a recordar que un chiste no necesita ser políticamente correcto para ser un buen chiste.

La serie animada sigue a una pandilla de felinos que intenta sobrevivir como puede en un mundo que, para ellos, está lleno de humanos molestos, perros peligrosos, comida difícil de conseguir y problemas que no son tan distintos de los nuestros. Gervais pone voz a Gus, malhumorado y desencantado, que funciona como el centro de un grupo con sus propias personalidades, miserias y maneras de entender la vida.

Que la serie aparezca en muchos lugares como Gatos callejeros, de Ricky Gervais tiene mucho sentido. Porque esto no es simplemente una serie sobre gatos creada por Ricky Gervais. Es una serie en la que los gatos hablan, piensan y se comportan como personajes de Ricky Gervais. Se insultan, hablan de sexo, hacen chistes desagradables, desconfían de los humanos y, cada tanto, dejan de hacer de idiotas durante unos segundos para preguntarse por qué están vivos.

Gervais es, además, un conocido amante de los animales, vegano y activista por sus derechos. Así que es coherente que su siguiente paso después de After Life sea poner su mirada sobre criaturas que dependen de los demás para sobrevivir, que pueden ser abandonadas y que, igual que nosotros, establecen vínculos, pierden seres queridos y buscan compañía.

La muerte está presente en Gatos callejeros, pero también lo están el abandono, la amistad, el amor, la adultez y la familia. Algunas cuestiones pertenecen exclusivamente al mundo de los gatos. Otras podrían aplicarse a cualquier plano. Y la serie encuentra buena parte de su gracia en ese contraste. Podemos estar escuchando una conversación sobre el sentido de la existencia y, unos segundos después, recordar que quienes la están teniendo son gatos que probablemente acaban de revolcarse en un contenedor de basura. Ahí aparece el mejor Gervais. El que puede hacer una pregunta genuinamente interesante y arruinar deliberadamente el momento con un chiste de mierda.

El problema que puede llegar a tener la serie es que no siempre consigue mantener ese equilibrio. Su humor escatológico, sexual y provocador sigue siendo parte fundamental de la propuesta y aunque algunos de los chistes funcionan especialmente bien otros parecen estar ahí simplemente porque Gervais puede hacerlos, y de hecho, como salen de él es que los aceptamos.

Visualmente tampoco hay demasiado que descubrir. La animación es funcional y los diseños de los personajes son suficientemente expresivos, pero la serie apuesta por una puesta en escena generalmente repetitiva. Muchos de los intercambios ocurren con los gatos sentados, acostados, conversando durante largos minutos. Tiene sentido para una serie sostenida fundamentalmente por sus diálogos, pero provoca una cadencia muy detenida a pesar de lo corto de sus episodios. A su vez, es justamente en los diálogos donde la serie encuentra su fuerza.

Porque cuando deja de intentar demostrar que Ricky Gervais todavía puede decir cualquier cosa, la serie empieza a revelar aquello que la hace interesante. Estos gatos se preguntan qué significa morir. Qué significa ser abandonado. Qué convierte a un grupo de animales en una familia. Por qué queremos a otros aun sabiendo que algún día vamos a perderlos. O qué sentido tiene seguir adelante cuando nadie parece tener una respuesta demasiado convincente.

No todas esas preguntas reciben respuestas. Tampoco hace falta, la verdad. Gervais nunca fue amigo de las respuestas fáciles. Lo interesante acá está en que, debajo de todo el cinismo, todavía exista la necesidad de hacer las preguntas.

Por eso Gatos callejeros funciona mejor entendida como una continuación lógica de After Life. Solo que esta vez Gervais decidió cambiar a las personas por gatos. El humor sigue siendo negro, vulgar y capaz de hacer que alguien quiera apagar la televisión. Pero debajo de todo eso hay una sensibilidad cada vez más evidente hacia aquello que nos une con otros seres vivos.

Aquel “I don't care anymore” de los Globos de Oro siempre tuvo algo de mentira. O, al menos, de exageración cómica. Porque alguien a quien realmente no le importara nada no habría dedicado tantos años a hablar de la muerte, la soledad, el amor, los animales y la necesidad de encontrar un motivo para seguir viviendo.

Ricky Gervais sigue sin querer caerle bien a todo el mundo. Por suerte. Pero quizás, después de tantos años diciéndonos que no le importa nada, finalmente encontró una manera más honesta de decirnos que sí: poniendo gatos a discutir sobre la vida, la muerte y el amor mientras, inevitablemente, alguien termina hablando de caca.

Gatos callejeros se estrenó el pasado 7 de agosto en Netflix y todos los episodios están disponibles en la plataforma.