“Evil Dead: En llamas”: cómo reinventar una leyenda sin exorcizar su esencia
Entre posesiones y una violencia tan creativa como despiadada, la película reafirma por qué el Necronomicón sigue vivo.
Por Juampa Barbero | @juampabarbero
¿Cuántas veces puede reinventarse una saga sin dejar de parecerse a sí misma? Pocas franquicias de terror han sobrevivido durante más de cuarenta años atravesando cambios de tono, protagonistas y generaciones de cineastas como Evil Dead. Lo que comenzó como una producción independiente de Sam Raimi terminó convirtiéndose en uno de los universos más influyentes del género, capaz de mutar del humor grotesco al gore más despiadado sin perder del todo su identidad. Evil Dead: En llamas vuelve a poner esa elasticidad a prueba.
Desde que el cineasta uruguayo Fede Álvarez tomó las riendas de la franquicia en 2013, Evil Dead dejó de mirar hacia el humor negro y la comedia slapstick que definieron la era de Sam Raimi para abrazar un terror mucho más visceral. El gore pasó a ocupar el centro de la escena, las posesiones se volvieron más crueles y los vínculos familiares comenzaron a funcionar como el verdadero combustible dramático de historias donde el horror ya no solo proviene de los Deadites, sino también de las heridas que arrastran sus protagonistas. En ese recorrido, Evil Dead: En llamas, dirigida por Sébastien Vanicek, no busca recuperar el pasado, sino empujar esa transformación un paso más allá.
El punto de partida encuentra a Alice, una mujer que, tras la muerte de su marido, se refugia en la aislada casa de sus suegros junto con el resto de la familia. El horror tarda poco en revelar que ya estaba instalado mucho antes de la aparición de los Deadites. Vanicek construye un núcleo familiar atravesado por el abuso, el resentimiento y las relaciones de poder, donde la amenaza sobrenatural funciona menos como un detonante que como una extensión de una violencia que ya existía puertas adentro. Cuando la posesión finalmente irrumpe, la película transforma esos conflictos en una carnicería que obliga a los personajes a enfrentarse entre sí mismos.
Si algo demuestra Vanicek es que entiende que, en Evil Dead, la violencia nunca alcanza por sí sola. El gore puede ser el principal atractivo, pero su impacto depende de la forma en que es filmado. La cámara recorre los pasillos de la casa con una inquietud constante, convierte cada puerta y cada rincón en una posible emboscada y aprovecha la arquitectura del lugar para mantener la tensión incluso cuando todavía no corre una sola gota de sangre. Cuando la carnicería finalmente estalla, el director evita que el exceso se vuelva rutinario gracias a una puesta en escena dinámica, una planificación precisa y una creatividad visual que encuentra nuevas maneras de sorprender a un público acostumbrado a las atrocidades.
"Evil Dead: En Llamas" (2026), Sébastien Vanicek
Lo verdaderamente sorprendente, sin embargo, es la capacidad que tiene la película para sostener esa intensidad durante casi dos horas. Después de un prólogo demoledor, sería lógico esperar que el impacto comenzara a diluirse, pero ocurre exactamente lo contrario. Vanicek construye un relato que rara vez afloja la tensión y que encuentra nuevas formas de aumentar la sensación de peligro a medida que avanza. El resultado es una experiencia física, agotadora en el mejor sentido, donde el suspenso y la violencia se alimentan mutuamente hasta un desenlace que nunca deja de empujar los límites del espectáculo.
Esa capacidad para reinventar sus propios mecanismos es, justamente, lo que mantiene viva a Evil Dead más de cuatro décadas después de su nacimiento. Desde la revolución independiente que significó Diabólico (The Evil Dead, 1981), pasando por el humor desquiciado y la inventiva visual de Noche alucinante (Evil Dead II, 1987) y El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1992), hasta el brutal reinicio de Fede Álvarez en Posesión infernal (Evil Dead, 2013) y el horror urbano de Evil Dead: el despertar (Evil Dead Rise, 2023), la saga nunca permaneció inmóvil. Incluso encontró una segunda vida en la televisión con Ash vs Evil Dead (2015-2018), una serie que recuperó a Bruce Campbell como protagonista y abrazó nuevamente el humor negro, el gore desmedido y el espíritu irreverente que hicieron de Ash Williams un ícono del cine de terror. Cada director encontró una nueva forma de interpretar el universo de Raimi, y demostró que el verdadero legado del Necronomicón nunca fue repetir una fórmula, sino permitir que cada generación de cineastas la reescribiera a su manera.
"Evil Dead: En Llamas" (2026), Sébastien Vanicek
Y todo indica que el recorrido está lejos de terminar. Mientras Evil Dead: En llamas reafirma que todavía tiene formas de sorprender, el futuro ya empieza a tomar forma con Evil Dead Wrath, séptima película de la saga, que ya recibió luz verde y llegará a los cines el 7 de abril de 2028. Escrita y dirigida por Francis Galluppi, la próxima entrega funcionará como una precuela ambientada en 1972, casi una década antes de los acontecimientos de The Evil Dead (1981). El Necronomicón aún guarda historias por contar.
“Kunda, Estratta, Montossé, Kanda”. Para quienes crecimos amando el cine de terror, esas palabras nunca fueron solo una invocación. Fueron la puerta de entrada a una saga que nos enseñó que el miedo también podía ser creativo, irreverente, excesivo y profundamente cinematográfico. Evil Dead nos hizo descubrir el poder de los efectos prácticos, de los movimientos de cámara imposibles, de los litros de sangre convertidos en espectáculo y de un cine independiente que, con ingenio y pasión, terminó cambiando la historia del género. Más de 40 años después, seguimos regresando a ese bosque maldito con la misma fascinación de la primera vez. Porque algunas películas envejecen; otras se convierten en clásicos. Y después está Evil Dead: una saga que, como los propios Deadites, siempre encuentra la forma de volver a levantarse.
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