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Contenido creado por Catalina Zabala
Música
Mal aprendida

“Electra” de La Joaqui y su lugar en la industria: ¿cuál es el rol del género urbano?

La satisfacción de deseos socialmente criticados en la música y cómo se traduce en el consumo actual del sonido.

16.06.2026 13:28

Lectura: 11'

2026-06-16T13:28:00-03:00
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Por Catalina Zabala
catazabalaa

Hoy, 16 de junio de 2026, los artistas que lideran el top 50 de Spotify en Uruguay son Jay Wheeler, Jere Klein, La Nueva Escuela, Luana, Quevedo, Anuel AA, La Deskarga y La T y la M. Plena, cumbia, reguetón, RKT, cuarteto: un combo que se puede englobar en género urbano. Y no nos encontramos en un año ni en un mes particularmente exitoso para el género urbano por nada en especial, podría tratarse de cualquier mes. Pronto es posible que en ese ranking regrese la argentina La Joaqui, que lanzó en mayo su quinto álbum de estudio: Electra (2026). Una mujer que puede no estar entre las más populares internacionalmente, pero que genera debate desde que creció su fama. Ella es debate, por lo que representa.

Electra tiene 11 canciones que por momentos se alejan un poco del sonido pesado del RKT que caracterizó siempre a La Joaqui para adoptar recursos electrónicos o de cumbia, dependiendo de la ocasión. La tapa va en sintonía: una foto suya en blanco y negro donde viste solo lencería negra, mostrando los infinitos tatuajes que le recorren el cuerpo. Pelo rubio y cerquillo infaltable, protagonista. Se la ve a través de un vidrio en el que se apoya. Reseñar un disco de este tipo de forma seria resulta difícil: “Turr0logía”, “Jamón”, “Paleta” o “Stripper” son algunos de los temas que lo componen. La sexualización es absurdamente literal. Y si nos fijamos en sus discos anteriores, el panorama es más violento: “Turro”, “Leche” o “SexXxo” son algunas de las más populares dentro de Mal aprendida (2023). “A mí no me pongas triste/ A mí poneme en cuatro/ Si me agarras las tetas/Sola me desato/Haceme mimitos/Esta noche yo vine mimosa/Santurron yo te rezo/Me arrodillo y me pongo golosa”. Esas son dos estrofas seguidas de una única canción.

¿Cómo se aborda de manera seria? ¿Se puede hacer? ¿Corresponde hacerlo?

El género urbano y su furor como fenómeno

Primero: se acepte o no, el urbano y todas sus variantes lideran la escena musical mainstream desde hace ya varios años. Podemos pasarnos la vida hablando de música popular, de indie o incluso del rock, género eterno por excelencia, pero la realidad social cambió. A la hora de elegir qué se sintoniza, la tendencia está muy clara. ¿Qué es lo que pasa con la plena, con la cumbia, con el reguetón o el RKT? Si son géneros musicalmente poco complejos, como se suele sobreentender en varios nichos dentro de la producción y la prensa musicales, ¿qué es lo que genera en los oyentes?

La brutalidad —en sus letras, en sus videos, en lo áspero de su música— del urbano cambió las reglas del juego en la industria musical. Le cueste a quien le cueste. La frase de que “ya está todo dicho” quizás ya se asumió. No queda nada para inventar, ya está todo escrito. Si nos vamos al cine, la creatividad lleva años en crisis. El público se empalagó de tanta biopic, adaptaciones en live action de películas animadas y partes dos o 50 de cualquier franquicia. Encontrar buenas historias es una tarea cada vez más complicada, y hace años que la música parece haber cambiado su camino. Ya le cantó al amor de todas las maneras que pudo. Ya hizo filosofía, se pronunció contra la guerra, rindió homenaje al arte mismo y mezcló todos los sonidos habidos y por haber. Y en una época de hartazgo creativo, el oyente se bajó del barco intelectual y se subió al de lo carnal. A una parte de nuestra existencia mucho más básica pero no por eso ineludible. A esos monstruos que enfrentamos en nuestra realidad más cotidiana: el sexo, el alcohol, la falta de dinero. ¿Y qué pasó con el sonido? Cada vez más percusivo y elemental. Casi primitivo. En un sistema que nos deja sin tiempo para reflexionar, la víctima se escapa y se refugia en lo que permite relajarse. Esconderse en un mundo que no pide más de lo que otorga, y la posibilidad de, durante los dos minutos que dura una canción, no rendir cuentas a nadie.

Se ha repetido que la música no entiende de clases sociales. Que una canción puede unir razas, religiones, idiosincrasias, diferentes economías. Pero quizás nunca fue tan así. De hecho, quizás siempre fue una cuestión de clases. Y hoy, cuando la música ya explotó toda posibilidad de metáfora, búsqueda intelectual y filosofía, les toca a quienes no se les permitía entrar. A los sectores más marginados, que desde los tiempos del rap estadounidense la industria exhibió como algo exótico. En todas las épocas existió la música de clase alta y la música popular. El candombe, hoy homenajeado por Drexler y muchos músicos uruguayos de renombre, fue en sus orígenes el sonido de los uruguayos más marginados. Y hoy, décadas después y con la producción y difusión de música ya democratizadas, los géneros históricamente más sufridos son los que más congregan.

Esto sale en las canciones: “De la más chorra a la más fina” dice L-Gante cuando termina todos sus temas. “Bailan las rochas, también las chetas”, cantaba Nene Malo. La Joaqui declara: “Hice que se ponga de moda ser la más turra” en “Bandidas retiradas”.

La sorpresa es que funciona. A veces parece que menos es más. Que la reflexión tiene que callarse de a ratitos y permitirse sonar. Volver a lo más corporal y físico.

"Tu patrona de lujo" (2024), La Joaqui

La Joaqui: personaje histriónico y sinérgico

La primera canción de Electra es “Turr0logía”, que conocemos hace tiempo por su trend en TikTok. Como adelanta su nombre, es una sátira a su propio personaje. Enumera todos los rasgos visuales que culturalmente identifican a una “turra”: ella no se desprende de su papel, vender otra cosa nunca fue su plan.

Joaquinha Lerena de la Riva, nacida en 1994 en Mar del Plata, comenzó su recorrido musical en un ambiente muy hostil: las batallas de rap de El Quinto Escalón en Buenos Aires, por ejemplo, un mundo sobre todo masculino. Años después, ya consolidada, en entrevistas contó que en ese período fue víctima de violencia doméstica, y que esos años la llevaron a refugiarse. Ahí encontró la música, una vía de escape para hablar de cosas mundanas y superficiales. Se empoderó a través del sexo para no mirar las heridas internas que seguían sangrando. Lo cuenta ella con una claridad que sorprende. 

Y está claro que se trata de un personaje elaborado, basta con mirar sus entrevistas y compararlas con sus canciones. Cuando canta (o más bien susurra), lo hace de manera muy erótica, muy sugerente. Pero a diferencia de otras cantantes muy criticadas, ella no mantiene este rol puertas afuera del estudio. Sea esto positivo o negativo, se separa de su proyecto cuando sale del estudio, y esto hace al personaje más complejo. Su cuerpo colmado de tatuajes hasta el último rincón, sus outfits a lo street wear en sus videos, todo esto se apaga cuando se presenta como Joaquinha como quien apaga la llave de la luz.

"Mal aprendida" (2023), La Joaqui

En “Fingía”, penúltima canción de Electra, lo reconoce: “No es que no tenía corazón, es que fingía que no, para que no me doliera. Para que no lo rompieran”. “A puro dolor, mi amor, la hija de puta que creaste” cantaba antes en “Leche”, de Mal aprendida: un personaje que nace como respuesta.

La Joaqui eligió la sexualización extrema como un arma de combate en un medio hostil. Si la iban a sexualizar, iba a ser la mejor de todas. Ya desde cómo usa su voz, tan diferente cuando habla y cuando canta. Tiene versos ocurrentes, juegos de palabras, un chamuyo muy erótico que genera aberración y adoración. Pero, una vez más, funciona. Es el caso más extremo, la punta del iceberg de un fenómeno complejo que divide públicos y los enfrenta. Ella lo exhibe orgullosa y se defiende con ese escudo, como en Tu patrona de lujo, álbum de 2024. Se ríe de su propio chiste hasta que deja de ser gracioso y se convierte en una firma de identidad para un sector que se ve representado en ella. No deja de ser real por que también sea un juego o una máscara. En una declaración de intenciones.

Si el género urbano se ha llevado golpes de los sectores más conservadores desde que existe, La Joaqui se llevó todavía más. El morbo sexual y el atrevimiento no era tan divertido si lo hacía una mujer que venía de un sector social marginal, y por eso es tan controvertida. Llevábamos años escuchando a Maluma y sus cuatro babys, a Anuel AA y sus videos símil pornográficos, a Rauw Alejandro y “El efecto”, canción tan viralizada por la sexualización de Ester Expósito en redes. Porque el sexo solo es divertido si la mujer es el objeto: deja de serlo cuando se invierten los papeles.

Electra

Esta nueva entrega de La Joaqui no cambia la narrativa que venía construyendo. La sexualidad literal sigue igual de presente, capaz incluso más satirizada en canciones como “Turr0logía”, que es el juego que abre el disco, o “Kamikase” con Doble P. El video de “Jamón”, canción que también se pegó en Tiktok, lleva la vulgaridad a un extremo incómodo, evidentemente buscado. El contenido sexual ya se exhibe como iconografía propia de la cantante; hay juguetes sexuales que decoran tanto visuales como videos en sí, como en la canción “Paleta”, junto a Six Sex. Estos íconos aparecen incluso en “Fingía”, la canción más introspectiva, la cumbia junto a Ángela Torres. Básicamente pide perdón a su amor actual por su recorrido del pasado, pero entiende que si no lo hubiera atravesado el presente sería otro. Una forma graciosa de aludir a los traumas que la han afectado en su vida personal y que la hicieron ser quien es, como explicó en varias ocasiones.

En cuanto a sonido, su RKT no desaparece pero se toma otras licencias. Hay más electrónica y fusiones de otros tipos. El sonido más techno propio de Six Sex se hace notar en su colaboración, y también aparece la cumbia. Pero lejos de proponer ninguna innovación, la propuesta es otra. Seguir siendo absurdamente literal.

Un manifiesto identitario

La búsqueda del género urbano no es la complejidad compositiva en letras ni en aspectos musicales. Abre la puerta a la catarsis, a un manifiesto identitario. Entre los oyentes, algunos se entregan al género y lo defienden con orgullo. En otros sectores, hay quienes lo escuchan a escondidas, quizás por esta misma capacidad catártica y evasiva. También hay quienes lo niegan y se indignan. Que prácticamente buscan abolirlo.

Artistas más masivos son conscientes del atractivo de lo urbano y quieren sumarlo a su barco, porque es un mundo que seduce a sus propios oyentes. No son universos excluyentes. Lali Espósito sacó “Para dos” con La Joaqui. Tini, surgida de la maquinaria de Disney, se reconvirtió en su carrera solista y se corrió del pop a lo urbano; también tiene una canción con La Joaqui, “Muñecas”. Ángela Torres es sobrina de un referente de la música popular argentina, Diego Torres, y considerada una joven promesa de gran talento, que acaba de sacar un disco súper conceptual y teatral con una capacidad de canto como pocas; canta con La Joaqui en su tema “Fingía”.

La Joaqui es, entonces, el mejor fenómeno para hablar de cómo y por qué lo urbano avanza. Sintetiza debates y genera furores en una única figura, y la sexualización extrema en su caso es claramente una herramienta. Y es así cómo la música termina efectivamente unificando, sin ser esta una sentencia positiva o negativa de por sí. Cuando el sonido toca una fibra que no logra racionalizarse. Que no se puede defender con argumentos. Cuando llega a lo esencial y hace que pueblos enteros se refugien en una guitarra eléctrica, en un tambor o, más tarde, en una cumbia. Y quizás sea por eso que lideran el top 50, porque cubren una necesidad que lleva años tocando la puerta. La necesidad del descanso mental y la evasión, de parar la pelota y dejar de ser eficientes por un minuto. Esa necesidad bruta de vivir el momento sin pensar en lo que se viene. Porque a través del arte se puede jugar a ser alguien más, se pueden vivir mil vidas. ¿Quién es el culpable de que esta necesidad exista?

Por Catalina Zabala
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